María de Magdala
LIBRO PRIMERO » Capítulo XI
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Capítulo XI
EN EL CUAL NOS ENTERAMOS DE LA EL PROYECTO DE JOSÉ SE PRECISA; CAMINO DE LOS DOS SERES QUE PROMESA DE MARÍA; EN EL QUE Y EN DONDE SE ADIVINA QUE EL SE AMAN VA A BIFURCARSE.
María regresó a su domicilio en Magdala, unos días después de la partida de Gayo Flaco para Roma, pero el estado de su espíritu no había mejorado mucho. Pasaba una gran parte del día en su habitación o en el jardín, sosteniendo sobre su pecho su querida lira, pero sin nunca pulsar sus cuerdas. La dureza de su rostro, inmóvil, bastaba para reflejar su sufrimiento y vergüenza, pero no hablaba más que cuando le dirigían la palabra, y su respuesta era siempre breve y hecha en tono neutro, tan desprovista de sentimiento como de inflexiones.
Así pasaron las semanas y se acercó la fecha en que el maestro de José, el médico Alejandro Lysímaco, iba a conducirlo a Jerusalén a que lo examinaran los jueces, con el fin de que apreciaran su competencia y su derecho al título de rophe uman, que le permitiría practicar la medicina por su propia cuenta.
Unos días antes de su partida, María se presentó en su casa por la mañana, muy temprano. Su madre estaba en el mercado y él se encontraba solo en la casa. Los ojos de la joven despedían un extraño brillo; parecía tener fiebre, pero cuando la interrogó negó sufrir el menor malestar.
—He venido —dijo— a pedirte llenes mi frasco con vino de mandrágora, pues está vacío.
Mientras vertía con gran cuidado en el pequeño frasco el útil y poderoso extracto, se dio cuenta de que las miradas de María eran atraídas por una gran jarra que se encontraba en un extremo del anaquel.
—Aquí está mi fortuna —dijo él sonriendo mientras la cogía—. Fíjate, casi está llena hasta la mitad.
Las bolsas que le diera Claudia Prócula habían hecho aumentar mucho su tesoro, e incluso Pilatos mismo recurrió varias veces a sus sanguijuelas.
María tomó un puñado de monedas y lo dejó deslizar entre sus dedos.
—Pronto tendrás lo suficiente para ir a Alejandría —dijo ella con una voz apagada.
Él movió la cabeza y respondió:
—Cuando regrese de Jerusalén, comenzaré en seguida a hacerme una clientela aquí mismo.
—¿Cómo? ¿No deseaba tu corazón firmemente ir a completar tus estudios en Alejandría?
—¿Sería una novedad para ti oír que mi corazón lo que desea es vivir a tu lado? ¿No sabes que prefiero mil veces vivir en Galilea contigo que en cualquier otra parte sin ti?
—¡No digas eso! —susurró ella—. Te lo ruego, José, no digas eso.
Se dejó caer en un banco, escondiendo su cara entre las manos, pero no con bastante rapidez para que él no vislumbrara un infierno de angustia en sus pupilas. Sin embargo, cuando intentó acercarse a ella para consolarla, lo rechazó.
—Ve a visitar a tus pacientes —dijo ella sin mirarle—. Yo me quedaré aquí y veré a tu madre cuando regrese del mercado.
De mala gana cogió él el nartik que contenía sus instrumentos y sus remedios, y se alejó de la casa. Su primera visita —se trataba de colocar sanguijuelas en los ojos hinchados e inflamados de un tintorero de lanas— le ocupó casi una hora.
Cuando terminó, y antes de dirigirse hacia el siguiente paciente, se apresuró hasta su propio domicilio para comprobar si su madre había vuelto, ya que a veces encontraba en el mercado otras mujeres, y se entretenía hablando con ellas. El pensar que María pudiera permanecer sola mucho rato, a solas con su congoja, le resultaba intolerable.
La casa parecía vacía y pensó que probablemente su madre habría acompañado a María hasta un pequeño parque vecino.
Considerablemente aliviado por poder decirse que sus temores eran infundados, se dirigió hacia su gabinete con objeto de colocar en el cubo las sanguijuelas ahítas de la sangre del tintorero y coger otras que estuvieran en ayunas. Allí encontró a María en el suelo, y junto a ella el frasco que había contenido su provisión de vino de mandrágora.
Por el momento no pudo creer lo que veía. ¿No había dado María aquella misma mañana pruebas de una cierta animación, cosa que no le sucedía desde hacía bastante tiempo? No obstante, recordó que la primera vez que le dio una pequeña dosis de mandrágora, le había explicado que una gran cantidad de aquel vino producía el sueño y la muerte.
¿Por qué había hecho aquello? Se lo preguntaba a sí mismo mientras la alzaba, inerte y blanda, y la llevaba hasta su lecho. Vivía aún, pero la completa relajación de sus músculos, la lentitud y la poca hondura de su respiración, atestiguaban que quizás una importante cantidad de la droga había pasado ya a la sangre. Hubiera comprendido que ella tratara de matarse en el paroxismo de su vergüenza y de su dolor en el momento de la abominable experiencia vivida en manos de Gayo Flaco. Pero ya habían transcurrido dos meses desde entonces, tiempo suficiente para que el efecto del choque se hubiera atenuado y recuperado cierto equilibrio.
Sin embargo, no perdió el tiempo formulándose preguntas ridículas. Aunque hubiera tomado la droga en cuanto él se fue, no hacía más de una hora, y existían muchas probabilidades de que la mayor parte de ella se encontrara todavía en el estómago. Si lograba que la expeliera, cuando menos esa cantidad no agravaría su estado.
Felizmente poseía una kulcha —una sonda estomacal— en su nartik. Lo que siguió no fue en modo alguno agradable, pero tuvo la satisfacción de conseguir que expulsara una parte del vino de mandrágora. Utilizó en seguida el tubo para verter en el estómago de la muchacha una dosis importante de la mezcla denominada mithridaticum, debida, según se decía, al rey del Ponto, Mitrídates VI, que deseaba protegerse contra los envenenamientos, tan frecuentes en la época. La hizo preparar para que fuera «un antídoto contra todo reptil venenoso y toda substancia venenosa»; a partir de entonces, bajo formas diversas y ligeramente modificadas, su mezcla se utilizaba en el mundo entero.
Cuando la madre de José regresó, él estaba calentando piedras en el atrio para acabar de entonar a María, ya tapada con varias mantas. Todo cuanto podía hacer desaparecer, o cuando menos atenuar los efectos del veneno, se había hecho. Ahora lo único que podía hacer era luchar, por el medio que fuera, para sostener las fuerzas de la paciente.
Durante todo el día y parte de la noche permaneció al lado del lecho donde María estaba tendida. La dura máscara de dolor que inmovilizaba sus rasgos desde hacía semanas, había desaparecido, y otra vez parecía la alegre niña que danzaba y que amó en cuanto la vio bailar en la calle de Tiberíades.
Al verla tan apacible, comprendió menos aún lo que hiciera su vida insoportable hasta el punto de intentar matarse.
Al finalizar el día, mientras las sombras de la noche comenzaban a extenderse, creyó varias veces que el espíritu de María iba a abandonar el cuerpo. Luchó desesperadamente para salvarla, utilizando todos los recursos de su saber y todos los estimulantes de su farmacopea. Acabó por caer de rodillas al costado del lecho y rogar a Dios que le permitiera vivir, y cuando la oscuridad descendió hasta el lago, cuando la habitación quedó completamente a oscuras, sintió que el pulso se reanimaba entre sus dedos. Con exultación comprendió que había ganado la partida en su batalla contra la muerte.
Era ya más de medianoche, y hacía mucho rato que José mandó a su madre acostarse, cuando María dio señales de retornar a la vida. Bruscamente se retorció a consecuencia —según parecía— de un dolor agudo, encogiendo las piernas como si intentara encontrar una posición que aliviara su dolor, a la manera de los que sufren un cólico. Cuando el muchacho puso sus manos en el lugar del cuerpo donde el sufrimiento parecía haberse centrado, notó los músculos abdominales tensos y duros como madera. Al cabo de unos segundos estiró ella las piernas, pero apenas lo hizo el espasmo se repitió. Esta vez gimió y él creyó, por un momento, que iba a recobrar el conocimiento, pero el espasmo terminó y sus rasgos se apaciguaron. Poco tiempo después otro espasmo la obligó a encorvarse de nuevo.
Ahora José comprendía por qué María había querido matarse.
No debía de hacer muchos días que ella se sabría encinta, y su desesperación la había conducido a desear suprimirse.
La dosis masiva de vino de mandrágora estaba ocasionando un aborto.
José borró toda huella de lo sucedido, enterrando el feto en el jardín.
Al amanecer, María se despertó recordando sólo su pesar y su vergüenza, pero no su sufrimiento. Estaba pálida y grandes círculos oscuros se veían debajo de sus ojos.
—Todo ha terminado, querida, y todo va bien: ¡te encontré a tiempo! —le dijo con voz tranquilizadora.
Lentamente, el rostro de la joven volvió a cubrirse con la máscara que hasta aquel momento no lo hiciera:
—Deseaba morir —dijo con un tono amargo—. ¿Por qué me lo has impedido?
—Nadie tiene derecho a atentar contra su propia existencia, María. Debes vivir para Demetrio y para aquellos que te aman.
—¿Y ser tratada de meretriz cuando lleve el niño de Gayo Flaco?
—Esto es lo que intentaba hacerte comprender —dijo dulcemente—. Expulsaste el germen; tu pesadilla ha terminado y nadie en el mundo lo sabe, excepto tú y yo.
Durante un largo instante permaneció silenciosa. Si aquella noticia la aliviaba, no lo dejaba ver y su rostro no se distendía.
Cuando habló fue para preguntar:
—¿Qué le dirás a tu madre?
—Ella piensa que has sufrido uno de tus síncopes.
María, entonces, volvió el rostro hacia la pared y José prefirió no seguir habiéndole.
Rogó a su madre que le diera un caldo caliente más tarde, cuando estuviera en condiciones de tomarlo, y se fue a visitar a sus enfermos. Cuando regresó, por la tarde, María estaba sentada en el lecho y sus mejillas se teñían de rosa. Él le cogió la mano que descansaba encima de la manta.
—Voy a partir a Jerusalén —le dijo—. Quizás esté ausente toda una semana. Si deseas que no me sienta preocupado, prométeme que no volverás a repetir lo que hiciste ayer.
Ella le miró a los ojos y su aspecto de fría resolución le dio miedo:
—No intentaré volver a matarme —dijo lenta y claramente—. ¡Ahora ya tengo un motivo para vivir!
Durante un minuto, José esperó que ella dijese lo que él aguardaba oír con tanto deseo, pero en cuanto ella habló, sus ilusiones se desvanecieron.
—Hoy —dijo ella— he jurado ante el Altísimo, con un juramento solemne, que no cejaré hasta matar a Gayo Flaco y haberme vengado.
Por mucho que dijo José, nada pudo hacerla retroceder de su determinación. En vano insistió sobre el hecho de que un miembro de la raza conquistada no poseía ni la más pequeña posibilidad de éxito contra un miembro —e incluso un miembro bastante importante— de la raza conquistadora, y que su resolución sólo podía conducirla a la desesperación y quizás a la muerte: la sangre estremecida, la sangre judía de María había triunfado en ella sobre la parte lógica y razonable procedente de su sangre griega, y oía desde muy alto la implacable ley del tiempo de Moisés, en el tiempo en que Dios dijo: Tú deberás dar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, lastimadura por lastimadura.
A partir de entonces, el estado de María mejoró rápidamente y cuando José estuvo dispuesto a partir para Jerusalén, se paseaba ya por la habitación. Había pedido que le trajeran su lira de casa de Demetrio, y la tocaba con frecuencia durante el día. Sin embargo, él no se forjaba ilusiones y no creía ni por un instante que aquélla fuera la María de antes, aquélla a quien amara en seguida y a la que nunca había dejado de amar.
Un espíritu malo se había apoderado de ella, un demonio de odio que parecía decidido a no permitirse descanso alguno hasta que no consiguiera su fin: la muerte del hombre que había mancillado su carne y roto su orgullo.