María de Magdala

María de Magdala


LIBRO PRIMERO » Capítulo XII

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Capítulo XII

EN EL CUAL LA FORTUNA DE JOSÉ SE VISLUMBRA CLARA PARA EL MAÑANA, MIENTRAS QUE SUS ECONOMÍAS DE AYER SE DESVANECEN.

Como lo hiciera en cada una de sus raras visitas a Jerusalén, José se alojó en casa de su tío, el mercader José de Arimatea.

Más respetado aún en la ciudad por su caridad y su bondad que por su riqueza, José, cuyo nombre llevaba el joven médico de Magdala, ocupaba una posición influyente en el Sanedrín, Consejo a la par civil y religioso.

El día siguiente a su llegada, el joven galileo comía con él cuando, después de haber hablado sobre la familia, los amigos y las ocupaciones, su tío le preguntó, con gran atención y con todo detalle, sobre sus relaciones con Poncio Pilatos y su mujer.

Después de haberle escuchado, el mercader aprobó su gestión, subrayando sus palabras con movimientos de cabeza:

—Has hecho muy bien procurándote la simpatía del Procurador y de su mujer —dijo—. Me doy cuenta, aunque no me sorprende, de que tuve razón cuando te recomendé a él.

Acariciándose la barba, prosiguió su interrogatorio:

—¿No has pensado nunca en venir a instalarte en Jerusalén, una vez que poseas el título de médico?

—Supongo —dijo el muchacho sonriendo— que todo aprendiz, todo colocador de sanguijuelas, sueña con llegar a ser aquí, un día u otro, un médico famoso. Pero son tan numerosos los que cuidan enfermos en la ciudad, que mis posibilidades de éxito serían poquísimas… Un guijarro en una montaña…

—¡No tan seguro, no tan seguro! —dijo el otro, sin precisar más su idea—. Ahora a la cama, muchacho. Los jueces no son tan fáciles y valdrá más que mañana tu espíritu esté fresco y lúcido.

En realidad, a José le costó poco convencer a los jueces de Jerusalén de que sus conocimientos médicos y su habilidad en el dominio de la cirugía eran suficientes para valerle el diploma de rophe liman, médico experto. A pesar de que terminaba su aprendizaje, su competencia dejaba atrás en mucho la de la mayoría de los médicos de la Ciudad del Templo, los mejores de toda Judea.

Debido a esto sólo necesitó un día para que todos los exámenes que los jueces creyeron oportuno hacerle quedaran terminados brillantemente. El día siguiente tuvieron lugar las formalidades de la redacción y entrega de los certificados en las dos ramas, y José abandonaba, muy feliz, la sala donde se había desarrollado esta pequeña, pero importante ceremonia, cuando un venerable doctor de la ley, Elías, que también era miembro del Sanedrín, le interpeló:

—¿Cuáles son actualmente tus planes, José de Galilea, rophe uman?

Aquél a quien por primera vez saludaban con este nombre, respondió:

—Tengo la intención de practicar durante algún tiempo en Magdala, cuando menos hasta que el Procurador regrese a Cesárea.

—La confianza que te demuestra Poncio Pilatos es una excelente cosa —opinó Elias—. ¿Y después?

—Cuando haya podido economizar una cantidad suficiente, deseo completar mis estudios en Alejandría.

—¿Por qué seguir estudiando? Sabes ya más que nuestros médicos de Jerusalén, que la mayoría de ellos en todo caso.

—No creo que exista fin para el estudio —respondió José sonriendo.

—Dices verdad —reconoció Elias—, pues está escrito: Instruye a un sabio y será más sabio; enseña a un hombre justo y acrecentará su saber. Pero también está escrito: El hombre sabio escuchará y enseñará; el hombre de comprensión llegará a los Consejos de los Sabios. Podrías aprender mucho aquí mismo, en Jerusalén.

—Estoy persuadido de ello, maestro —admitió José, que se preguntaba hacia dónde tendía aquella conversación alusiva.

—Nosotros, los del Consejo, te conocemos desde hace algún tiempo, a la vez por ese excelente médico de Magdala, tu maestro Alejandro Lysímaco, y por tu tío, José de Arimatea, que es amigo mío. También sabemos de tu éxito en los cuidados que has prestado al Procurador Poncio Pilatos y a su esposa, la dama Claudia Prócula y, puesto que la sangre de David corre por tus venas, conviene que sirvas en el Templo del Altísimo.

Si te agrada venir a Jerusalén, serás nombrado medicas vísceras para el templo.

El joven quedó tan estupefacto, que apenas pudo creer lo que oía. El honor de servir como médico agregado al Templo se concedía generalmente a hombres maduros, famosos en la profesión e, incluso entonces, no se concedía a la ligera. No dudó ni por un momento que la oferta se debía al hecho de que cuidaba a Poncio Pilatos y a su mujer. Sus altas funciones obligaban al Procurador a permanecer en Jerusalén de vez en cuando, una temporada más o menos larga, y su extraordinario mal humor cuando sufría ataques de gota hacía que los contactos oficiales fueran peligrosamente difíciles. Resultaba, por consiguiente, muy lógico por parte del Sanedrín desear tener a mano durante aquellas visitas, a fin de evitar que resultaran peligrosas, a alguien que ya hubiera logrado curar al Procurador.

Fueran cuales fueren las razones que motivaban aquella oferta halagadora, José sabía que su interés consistía en aceptarla.

Como medicas vísceras, tendría segura la clientela de los ciudadanos más importantes y más opulentos de la ciudad y de Judea, y su fortuna estaba hecha. Era aquélla una perspectiva que no podía rechazarse sin reflexionar previamente y, sin embargo, si había estado dispuesto a renunciar a Alejandría para casarse con la Magdalena, ahora dudaba, al haber sido rechazado por ella, en abandonar su proyecto inicial.

—Contaba estudiar en Alejandría cuando menos durante un año —dijo.

—Esto podría, sin ninguna duda, arreglarse más adelante —admitió amablemente Elías—. Nadie podrá reprobar que un hombre desee aumentar su competencia en la ocupación que ha escogido. ¿Te bastará un mes para arreglar tus asuntos en Magdala?

—Creo que me sobrará.

—Presentaré, pues, tu nombramiento a la firma del Gran Sacerdote y serás informado de ello cuando llegue el momento.

Transcurrió más de una semana antes de que le fuera posible regresar a Magdala, pero mientras se apresuraba en el camino, la buena noticia le llenaba de gozo. Esperaba que ante la oferta de un cargo tan importante María consideraría quizá más favorablemente una boda que la llevaría lejos de los lugares donde tanto había sufrido, pero cuando llegó a su casa se enteró que la joven había abandonado su hogar el mismo día que él partiera, y que su madre no había vuelto a verla desde entonces.

Se apresuró a ir a la casa del fabricante de cítaras, mientras repasaba los argumentos que utilizaría para conquistar a María, explicándole que seguramente podría procurarle a Demetrio una excelente clientela en una ciudad tan importante, y que los cientos de miles de judíos que iban a ella cada año en peregrinación no podían dejar de aumentar, en una elevada proporción, la cifra de sus negocios. Quizás incluso pudiera conseguir que le nombraran músico del Templo.

Al acercarse a su casa por la calle de los Griegos, se preguntó qué encontraba cambiado en ella. Sólo al encontrarse frente a la puerta comprendió que faltaban los ruidos acostumbrados, los martillazos sobre las maderas, la vibración de las cuerdas al afinarlas, las notas inseguras de un alumno que se ejercitaba y, por encima de todo, una voz femenina de una incomparable belleza que flotara en el aire hacia las cimas.

Súbitamente la angustia se apoderó de él, atravesó la calle para ir a llamar a la puerta de la pequeña casa y vio que a través de puertas y ventanas aparecían colocadas unas barras.

Un anciano que pasaba se detuvo y le explicó con voz temblorosa:

—Si busca al fabricante de liras, se ha ido. Y todos los suyos con él.

—¿Cuándo partieron? —exclamó José—. ¿Adónde?

El anciano hizo un gesto de ignorancia:

—Hará una semana o algo así, pero no sé dónde fueron.

Todo cuanto sé es que tomaron la Vía Maris en dirección al sur.

—¿Sabe si la muchacha a quien llaman María de Magdala los acompañaba?

—¿La de los cabellos rojos? Sí. Iba al lado de la mula que llevaba a Demetrio.

José no pudo sacar nada más en limpio de él ni de sus vecinos.

Todos estuvieron de acuerdo en confirmar que el grupo había tomado la dirección del sur, es decir, la de Alejandría.

La rama meridional del Camino del Mar iba, a través de la región montañosa, de Magdala a Jope y a otras ciudades marítimas.

Desde Jope era muy raro que transcurriera un solo día sin que un barco zarpara para Alejandría, a algunas jornadas de vela. También partían hacia allí numerosas caravanas que tomaban la vía terrestre, que era más larga. Parecía seguro que María había convencido a Demetrio para marchar a Alejandría sin demora, y José estaba profundamente convencido de que esta dirección estaba ligada al juramento de venganza de la Magdalena.

Pero ¿por qué había partido sin decírselo? ¿De dónde había sacado el dinero para el viaje? Incluso con las bolsas recibidas por su danza ante Poncio Pilatos no hubiera tenido suficiente para llevarse a Egipto a los cuatro músicos y a los hábiles obreros, artistas en su oficio, que, animando el taller del griego, formaban parte de lo que el anciano encontrado en la calle llamaba «todos los suyos».

Todo impelía a José a lanzarse tras las huellas de María. Si alquilaba o compraba un buen caballo o un camello rápido, podía aún perseguirlos por la Vía Maris y quizás alcanzar Jope antes de que tuvieran tiempo de embarcarse. No es que esperara persuadirla de regresar con él —conocía demasiado bien a María para concebir tal esperanza—, pero ella ignoraba sus actuales proyectos para el mañana, ignoraba que había sido nombrado medicas viscerus en el Templo de Jerusalén. Cuando ella lo supiera quizás aceptara esperarle en Alejandría. Necesitaba dinero para alquilar un caballo o un camello —eran más costosos que una mula, pero más rápidos—, mas la jarra en la que guardaba su dinero contenía varias veces el importe necesario para la expedición.

Entró en su casa como una flecha, gritó desde lejos a su madre que salía inmediatamente para Jope y se dirigió hacia la jarra donde guardaba sus economías. Al cogerla la notó en seguida mucho más ligera de lo que recordaba, pero cuando le dio la vuelta y comprobó que estaba vacía, lo comprendió todo.

Comprendió dónde había María encontrado el dinero indispensable para su viaje a Alejandría.

Y, al mismo tiempo, que la persecución se había hecho imposible…

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