María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXV
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Capítulo XXV
EN EL QUE SE VE A PEDRO, PERDONADO CON ANTELACIÓN, OBEDECER A SU MAESTRO Y PONERSE A LA CABEZA DEL REBAÑO HUÉRFANO…
Tres cruces se alzaban en el Gólgota.
Aunque fuera todavía temprano, y que se encontraran en tiempo de Pascua, la oscuridad se hizo repentinamente.
Los soldados romanos habían encendido sus antorchas.
Miles de personas, en vez de prepararse para la comida, en el transcurso de la cual se comería en familia el cordero pascual, sin mácula, se retrasaban permaneciendo en los flancos de la colina. No se trataba de los grupos sanguinarios que, por la mañana, llenaban el Praetorium; eran, sencillamente, judíos que habían amado a Jesús, habían escuchado sus enseñanzas, descubriendo una esperanza nueva, una novísima prueba de que Dios los amaba por sí mismos y no por su importancia social, no por el mayor o menor valor monetario de sus sacrificios o por la ostentación de su piedad.
Ellos se prosternaban en el polvo, en el lugar de la ejecución, y vertían amargas lágrimas, mirando al pálido supliciado que realzaba sobre la cruz central, aquél cuyas manos, clavadas en el tronco, con tanta frecuencia y con tanto cariño habían acariciado a sus hijos.
Los soldados romanos encargados como de costumbre de aquel trabajo de verdugos, habían querido hacer llevar la cruz por Jesús, tal y como era la costumbre, pero no le quedaban ya fuerzas, y había sido transportada por las anchas y sólidas espaldas de Simón de Gyrene..
Habían atormentado a Jesús de mil maneras, física y mortalmente, y ahora se encontraba suspendido allá arriba, con la frente herida por las espinas de la corona irrisoria y dos veces cruel que le habían hundido en la cabeza y que le formaba una aureola roja; largas gotas de sangre se secaban en sus mejillas, y encima de su cabeza habían fijado, por orden de Pilatos, una placa que indicaba el motivo de la condena. Inscripción irónica y que quería ser una befa: «Jesús, rey de los judíos».
Pero eran los judíos, sobre todo, los que se sentían humillados.
Desde el primero hasta el último minuto, José y María permanecieron al pie de la cruz. Se estremecieron y estuvieron a punto de no poder resistir, cuando los clavos desgarraron la tierna carne de las manos que tan misericordiosamente habían aliviado los sufrimientos de los demás. Se maravillaron (e incluso los brutales soldados que se habían burlado de él al quitarle sus vestidos y sortearlos, inopinadamente inquietos, permanecieron silenciosos) cuando, en su dolor, oró por aquellos que le atormentaban: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!
José y María, y algunos otros, cuyo amor les otorgó valor para resistir a la muerte del Maestro, oyeron descender desde lo alto de la Cruz el grito patético: ¡Eloi! ¡Eloi! Llama sabachtani!, el grito del agonizante que se siente, en su última agonía, enteramente abandonado ¡incluso por su padre!
Después de esto, Jesús pareció caer en coma, del que ya no salió, cuando uno de los soldados, deseando apresurar la lenta agonía, hendió su lanza en el costado del condenado.
Durante aquella tarde, José hizo intervenir a su tío, José de Arimatea, cerca de Poncio Pilatos, de quien había obtenido la autorización de preparar el cuerpo para embalsamarlo y colocarlo en una tumba. Y ahora, viendo que el Maestro había dejado de respirar, él y su tío habían rogado al centurión responsable de hacer descender de la Cruz y de entregarles el cuerpo del supliciado, conforme a las órdenes del gobernador.
Cuando la Cruz fue colocada en el suelo, el centurión mismo los ayudó a levantar el cuerpo maltratado y herido y tenderlo en una sábana nueva. Al volver a alzarse, el romano dijo con un tono de tranquila certeza: Este hombre era un justo, era verdaderamente el Hijo de Dios.
Después de vacilar unos segundos, se decidió al fin:
—Cuando lo hayáis colocado en la tumba, salid de la ciudad.
He oído hablar a los guardianes del Templo. Esperan apoderarse esta noche de todos aquellos que estaban cerca del Maestro y matarlos.
—Seremos prudentes —prometió José—. Y puedes estar seguro de que Dios te bendecirá por habernos avisado.
José siguió las parihuelas que llevaban, para descender por la colina, cuatro hombres robustos que pertenecían al personal doméstico de su tío, y María, que ya no disimulaba sus lágrimas, marchaba a su lado. El cortejo atravesó la ciudad y llegó hasta el jardín de José de Arimatea, en el cual se encontraba un sepulcro nuevo, que había hecho abrir para él en la roca.
La mano de María se cogió a la de José durante el largo y doloroso recorrido detrás del cuerpo de aquel que habían amado y que ahora sabían que era Hijo de Dios.
—¿Crees tú que resucitará, querida? —preguntó cariñosamente José.
—Estoy segura de ello —respondió María—. Porque cierta vez dijo: Él será entregado a los gentiles, que se burlarán de él, le llenarán de ultrajes, le cubrirán de salivazos y, después de haberlo flagelado, lo condenarán a muerte, y él resucitará al tercer día.
Mientras José preparaba con sus propias manos el cuerpo, cubriendo de hierbas aromáticas las llagas y las heridas dolorosamente aparentes en la carne exangüe (en espera de poder celebrar funerales completos el día siguiente al Sabbat que seguía a la Pascua, es decir, el tercer día), y colocaba con todo cuidado los pliegues de la sábana nueva, los servidores alumbraban con sus antorchas el interior del sepulcro, cerca del cual los fieles que habían llegado hasta allí rezaban en silencio.
El alba del Sabbat se iniciaba.
Apenas el joven médico había terminado su tarea, cuando un ruido se produjo en el exterior y un hombre muy corpulento entró corriendo y sollozando, y se lanzó al lado del féretro. De momento, José no reconoció a Simón Pedro, pues sus vestiduras aparecían desgarradas, sucias y cubiertas de barro.
José lo dejó sollozar hasta que hubo terminado su fúnebre y piadosa tarea. Después le ayudó a levantarse y lo condujo al exterior.
—Pedro, Jesús ha prometido que resucitaría. Nosotros siempre hemos creído en su palabra —dijo María, consolándole y poniendo una mano en el hombro de aquel corpachón que estremecían profundos sollozos de angustia.
—Pero ¡es que yo he renegado de mi Maestro! —se lamentó él—. He renegado por tres veces en el patio del Gran Sacerdote, antes de que el gallo cantara esta mañana.
—Quizá no fuera a Jesús mismo a quien negabas, Simón Pedro —dijo dulcemente María—, sino, como Judas cuando traicionó a su Maestro, lo que uno y otro deseabais que fuera y que él siempre se negó a ser.
Ella hablaba así desde lo hondo de una de aquellas extrañas intuiciones que a veces se le ocurrían a causa de su inmenso amor:
—Ahora tú ya sabes lo que Cristo significa y lo que siempre quiso y por lo que vino al mundo.
Simón Pedro la miró sin comprender del todo; después, una luz de esperanza, casi de alegría, se encendió en sus ojos.
José, al ver aquello, le dijo con dulzura:
—El centurión nos ha advertido que nuestras vidas pueden peligrar esta noche, Simón Pedro. Después de Jesús tú eres el jefe, y en ti delegó su autoridad. Llama a los otros y nos dirigiremos a Emaús, a casa de Nicodemo, donde estaremos seguros.
Fue un hombre nuevo el que se volvió hacia el pequeño grupo, que se acurrucaba en la sombra, y le habló. Y como los corderos siguen a su pastor, ellos siguieron al suyo, siguieron la alta y firme silueta del nuevo jefe Simón Pedro, a quien Jesús mismo los confiara, y que les precedía con paso seguro por el camino de Emaús.
—Si yo no supiera todavía por qué te amo, José de Galilea —dijo María—, ahora lo sabría.
Con las manos enlazadas siguieron, también, a su nuevo guía…