María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXVI
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Capítulo XXVI
EN EL QUE EL PRESENTE YA ES SÓLO GLORIA Y ALEGRÍA, Y EL FUTURO ADQUIERE LOS COLORES DE LA FELICIDAD.
El día siguiente era el Sabbat, y los esparcidos partidarios del crucificado permanecieron en Emaús, en las colinas, a siete millas de Jerusalén, sin moverse de allí en todo el día.
Sin embargo, como la casa de campo de Nicodemo era pequeña, María y José, con Simón Pedro y algunos otros, se alojaron en la de un hombre llamado Cleofás, también fiel a Jesús.
El día siguiente, a primera hora, se pusieron en camino hacia Jerusalén para ofrecer al Maestro supliciado un último homenaje, el embalsamamiento y la preparación de su cuerpo para el entierro definitivo, después de lo cual el sepulcro que se hallaba en el jardín de José de Arimatea podría ser sellado: la noche de la crucifixión no quedó tiempo para preparar aquellos últimos deberes, y la ley judía no permitía ocuparse en ello el día del Sabbat.
Caminando al lado de su amado por el camino de Emaús a Jerusalén, María se dio cuenta de que el cansancio que inutilizaba su joven fuerza había desaparecido: las flores se abrían por todas partes y los árboles se cubrían con la nube ligera de su verdor primaveral.
—Ahora comprendo —dijo ella en un susurro— por qué Jesús escogió esta época para morir. Igual que el grano que se siembra en la primavera, necesitaba morir con objeto de revivir y demostrar a todos el camino de la vida eterna que pasa por él.
José la miró, sorprendido una vez más por la verdad que revestía su intuición cuando se trataba de Jesús:
—Pero ¿y si no resucita?
—Resucitará —dijo ella sin el más pequeño instante de vacilación—. Él nos lo ha dicho, él nos lo ha prometido, y el Hijo de Dios no puede mentir.
—Querida, ¿por qué no poseeré yo tu fe? —suspiró José con entera sinceridad.
Ella sonrió estrechándole la mano:
—La posees, José. Sólo que mientras yo creo verdad lo que conozco y sé en mi corazón, tú crees verdad lo que tu sentido y tu inteligencia te demuestran verdadero. ¿Dudas todavía de que Jesús sea Hijo de Dios?
—No. Eso lo sé, sin la más ligera sombra de duda.
—Él resucitará, y tú quedarás enteramente convencido de su resurrección cuando él escoja el revelártela.
Continuaron ambos el camino durante algún tiempo, sin decir palabra, con los ojos fijos en la gran ciudad blanca que cubría la colina.
Después, José, armándose de valor, arriesgó tímidamente una pregunta, cuya respuesta esperó con angustia, temeroso, a la vez, de oírla:
—¿Y nosotros dos, María, ahora que Jesús ha sido crucificado?
—Su fin ha sido alcanzado —dijo ella con sencillez—. Ahora ya no me necesita. Mira, las flores se abren, las hojas vuelven a crecer y nosotros estamos juntos: todo es como yo te prometí.
Él se preguntó a sí mismo, al mismo tiempo que a ella:
—¿Nuestras vidas volverán a ser como fueron?
—Nadie puede seguir a Jesús y volver a ser igual que fue antes, José. Pero ¿quién lo desearía después de todo cuanto nos da…?
La mirada de José permanecía fija en la gran ciudad, resplandeciente al sol de la mañana.
Para un peregrino que se acercara a Jerusalén, con el corazón lleno de esa adoración que todo judío siente hacia la Ciudad Santa, aquello debía de ser una visión capaz de evocar la magnificencia del Trono Eterno.
Él, José, sabía demasiado bien, desde que los ojos del Maestro se lo habían hecho ver, todo lo que escondía aquella maravillosa fachada de mármol y de oro: la miseria y el sufrimiento de los humildes, la rapacidad de aquellos que eran ricos en bienes, pero pobres en generosidad y en virtudes; la explotación de los peregrinos en nombre de una jerarquía sacerdotal corrompida; los dedos ávidos y ganchudos de aquellos que se decían los servidores del Templo, aquellos sacerdotes que no vacilaban en sacar un tributo al más miserable buhonero, vendedor ambulante de «recuerdos» en el patio exterior, el atrio de los gentiles, ni en cerrar los ojos sobre los robos de los mercaderes y los fraudes de los cambistas con tal que compartieran con ellos los beneficios; la falsa vanidad de los fariseos, su falso y dañino orgullo que rebajaba el culto de Dios hasta convertirlo en un culto de forma y de fórmulas, un culto todo él de apariencia externa y hueco por dentro, un amor casi fetichista de la regla y de sus menores detalles; los escribas, superfluos, solemnes y vacíos, que pasaban horas interminables en discusiones sin peso ni alcance, y no dedicaban ni cinco minutos a servir a sus hermanos, para ayudarlos en la necesidad…
Todo esto era la realidad detrás de la mentira de aquella fachada triunfante que reverenciaba piadosamente, al término de su viaje, el peregrino lleno de polvo y fatiga ante quien ella se alzaba, en el flanco de la colina, clara como un joven sol.
Y eran todos aquéllos, todos los sepulcros blanqueados a quienes velaba esta luminosa y pura apariencia, los que habían crucificado al Deseado, a Aquel que se esperaba y que había venido para ponerle ante los ojos, ante el espíritu, en el corazón, el noble objetivo, la alta esperanza poco a poco borrados, perdidos y desaparecidos en el transcurso de los siglos, desde aquella Pascua lejana en que los judíos marcaron las jambas y los umbrales de sus puertas con la sangre del cordero, con el fin de ser salvados, mientras que, por mano del ángel exterminador, la cólera vengadora de su Dios caía sobre el pueblo egipcio que había oprimido a Su rebaño.
De pronto, José preguntó:
—¿Te gustaría volver a Galilea y empezar otra vez a cero?
Su respuesta y su recompensa las encontró en el brillo repentino de los ojos amados:
—¡Esperaba que dijeras esto, José! —dijo ella tendiéndole la mano para que él depositara la suya en ella—. Pero no volveremos a empezar desde cero. Volveremos, sencillamente, al principio del camino que tomamos un día parecido a éste, en Tiberíades, para subir juntos a Magdala.
Al llegar a las puertas de la ciudad, José se separó de los otros y se dirigió a casa del vendedor de especias para comprar todo cuanto necesitaba, hierbas aromáticas y perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús antes de los funerales. Efectuó con toda rapidez sus adquisiciones y dirigió sus pasos hacia el sepulcro, donde el Maestro había sido provisionalmente depositado.
No sentía la más mínima tristeza al pensar que pisaba por última vez el suelo de Jerusalén. El recuerdo de aquella maravillosa joya de esmeralda, el mar de Galilea, los saltos de centenares de peces, la imagen de las ricas viñas y de los armoniosos bosquecillos de Genesaret, de las velas de cálidos colores que se veían deslizar por el agua verde cuando los pescadores conducían, antes del crepúsculo, sus barcas cargadas…, todo aquello formaba a los ojos de su memoria un cuadro más bello y más querido que el que se presentaba ahora.
¡Y con María, por fin, a su lado, nada faltaría!
Cuando, cargado con sus paquetes de hierbas aromáticas, franqueaba el portal del jardín de su tío, María llegó hasta él corriendo, con los brazos extendidos. Ella venía del sepulcro y en su rostro todo era gloria y alegría.
—¡José! ¡José! —gritaba—. ¡Ha sucedido, José! ¡Jesús ha resucitado!
Los paquetes cayeron al suelo, porque los brazos del joven se habían abierto para recibir a la Magdalena, que sollozaba de felicidad.