María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo IV
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Capítulo IV
EN EL CUAL LOS OJOS Y LOS OÍDOS DE JOSÉ LE DESCUBRIERON INNUMERABLES NOVEDADES.
Lo que despertó a José cuando despuntaba el alba, fueron los gritos furiosos de los oficiales de a bordo y los aullidos de los esclavos, a quienes fustigaban los vigilantes. Los largos remos gemían sin cesar contra su collar de cobre, pues el viento había menguado y el barco avanzaba gracias al terrible esfuerzo de los galeotes. Cuando llegó al puente, José vio el mar bañado de claridad, aunque la aurora no hubiera aún aparecido.
El capitán Quinto le dijo que faltaban aún diez buenas millas para llegar a Alejandría.
La costa de Egipto era tan baja en aquel lugar, que la gran ciudad ni tan siquiera se adivinaba y el faro de Pharos surgía bruscamente en el mar. Desde la isla baja sobre la cual se erigía hasta la cima coronada por el gigantesco espejo, ante el cual, desde la puesta hasta la salida del sol, ardían grandes fuegos, la imponente torre, construida por Ptolomeo Filadelfo, medía cerca de seiscientos pies de altura, verdadero pilar de alabastro que guiaba a todos los marinos hacia Alejandría.
Aunque a aquella hora los fuegos estuvieran ya a punto de apagarse, los rayos del gran espejo bruñido resultaban suficientes para cegar a quien los mirara directamente.
Imitando el estilo arquitectónico babilónico, aquella maravilla, la más alta del mundo, consistía, de hecho, en cuatro torres superpuestas, cuadradas las inferiores y redondas las superiores. Los bloques de piedra sobre los cuales Sostrato de Cnido erigió el conjunto macizo, estaban soldados con plomo fundido; nada que no fuera aquello, en efecto, hubiera podido resistir los ataques de las olas que, noche y día, las castigaban brutalmente durante las tempestades invernales.
—Le envidio poder ver Pharos «desde el mar» por primera vez. Resulta mucho menos impresionante visto «desde el Nilo» y de las orillas del Lago Mareotis, tal como yo lo descubrí al llegar desde la costa de Malabar.
Se encontraban en la proa del barco, que hendía las masas de agua que se dirigían hacia la playa, como si quisieran engullir aquella ciudad que era ya Egipto, aunque no formara parte de él.
Detrás de ellos, los vigilantes recorrían incansablemente las crujías que dominaban los bancos donde los esclavos se esforzaban encadenados a sus remos. Si un remo no descendía a la cadencia exacta de los otros, el restallar del látigo sobre las espaldas desnudas hacía subir un grito de dolor y de rabia.
Y, sin embargo, aquello que sólo parecía una inútil crueldad, aquella manera de actuar, era en realidad la única que podía disminuir los riesgos, ya que el menor retraso hubiera bastado para que dos remos se entrecruzaran y chocaran contra otros dos y, en pocos momentos, el barco hubiera girado sobre sí mismo, terminando por desplazarse en el centro de un torbellino.
Otra consecuencia se derivaba de la primera con certeza, y es que el falso movimiento podía causar la muerte a un centenar de personas.
Desde donde se encontraban veían a unos soldados que montaban una atenta guardia; iban y venían por los balcones de las torres bajas con tanta solemnidad como en un desfile; veían también las trescientas ventanas del edificio que miraban al mar y, de pronto, aquel espectáculo les fue sustraído: a una orden del capitán, los esclavos sentados al costado oriental habían subido a su vez los remos y el gran barco, modificando bruscamente su curso, corría como una flecha por un estrecho canal formado entre la escollera de piedra, a la izquierda, y las puntas rocosas que surgían del mar, a la derecha, y penetraba en el amplio puerto.
El paso sin transición desde las olas espumeantes y violentas al encalmado espejo del gran puerto, era cosa pasmosa; se creía uno de pronto en un estanque: la arena blanca y las piedras del fondo, en las cuales se enredaban las algas flotantes de colores diversos, se veían con una absoluta nitidez.
Anémonas de mar se balanceaban en las tranquilas corrientes de aquellas transparentes profundidades. Delfines bruñidos y brillantes jugueteaban en bandadas en la superficie. Peces multicolores de tonos vivos esmaltaban los fondos claros, perfectamente indiferentes al barco, que —si puede arriesgarse esta imagen— sobrevolaba por encima de ellos.
A los ojos admirativos del joven médico, los edificios del Frente del Mar se alineaban en todo su esplendor. A pesar de toda su gloria, Jerusalén estaba lejos de presentar un espectáculo tan magnífico y José nunca hubiera podido imaginar que la mano del hombre fuera capaz de crear tanta grandiosidad.
Hacia el este, a la izquierda, se estiraba el inmenso malecón, que formaba un arco de círculo llamado Diabathra, y que era la prolongación del promontorio de Loquias, que constituía uno de los límites del puerto. Allí se alzaba el Palacio Real, y a su lado, brillante bajo el sol matinal, el templo de Isis. En el puerto más pequeño, y más protegido, grandes gabarras, barcos de fondo plano y chalanas aparecían anclados, cuyos colores vivos atraían las miradas.
El capitán ordenó arriar las velas y el barco prosiguió lentamente su camino, atravesando todo el Gran Puerto, así denominado para distinguirlo del puerto del Feliz Retorno, que se extendía al oeste de una gran calzada de piedra llamada Heptastadium, la cual unía a la ciudad misma con la isla de Pharos.
Desde el puerto del Feliz Retorno, el canal Agatadaemon atravesaba el activo y trepidante barrio griego, conducía hacia el sur al lago Mareotis y al Nilo, y los barcos que llegaban de los mares orientales podían, siguiéndolo, alcanzar directamente el Mediterráneo, de manera que esta estrecha vía de agua constituía el lazo entre las tierras históricas de Oriente y el misterioso Occidente más allá de las Columnas de Hércules. A cada extremidad de la calzada del Heptastadium —de una anchura de cien pies— canales, que atravesaban varios puentes, ponían en comunicación los dos puertos de la ciudad de Alejandría.
La orilla del Gran Puerto estaba enteramente bordeada de anchos muelles de piedra, en donde amarraban barcos procedentes de todas las partes del mundo; podían en ellos desembarcarse sin pagar derechos las mercancías no destinadas a Egipto, en tránsito hacia otros países. Esta feliz y provechosa disposición había elevado a Alejandría a la categoría del más importante centro de distribución de productos y de materias primas, de mercancías y de materiales, de todo el Imperio Romano.
José no había visto en toda su vida tantos barcos birremes, trirremes, cuatrirremes —denominados así según el número de sus filas superpuestas de remeros—, barcos mercantes y barcos de guerra, galeras de cabotaje y faluchos, barcazas, barcas planas de vela cuadrada, barcos de remos gracias a los cuales los comerciantes podían transportar todo cuanto puede encontrarse bajo el sol; mástiles apretados como un bosque, velas de colores audaces, pabellones multicolores: la mirada podía asombrarse con razón.
En ningún lugar del mundo existía una ciudad comparable a ésta y sólo el pensar que se hallaba en ella, hacía latir con más rapidez el pulso del joven.
Los muelles aparecían abarrotados de una multitud tan diversa, tan colorida como los barcos. Marinos y mercaderes, vendedores callejeros, que llevaban a sus espaldas, sobre la cabeza o en los brazos, cestas de frutas o de legumbres, mercaderes de vino que transportaban a sus espaldas curiosos odres de piel muy hinchados, mendigos de todas las nacionalidades, con extraños jeroglíficos tatuados en la frente, soldados de todas las cohortes romanas, rostros, voces y vestidos de todos los rincones del mundo llenaban los muelles y se movían sin razón aparente.
Las mujeres sorprendieron a José aún más. Habituado a las costumbres de Jerusalén, donde ellas pasaban la mayor parte de sus vidas encerradas, quedó extraordinariamente extrañado de verlas por todas partes mezcladas a la muchedumbre, circulando entre los grupos, acercándose a los marinos e invitándolos a seguirlas sin ningún disimulo ni discreción, parloteando como grullas, con los cabellos al descubierto, y el rostro sin velo y pintado de tal manera que le pareció desvergonzada.
Las únicas escenas de calma y dignidad que podían descubrirse no procedían de los humanos, sino de las bandadas de ibis y de flamencos, blancos, negros, rosas y de todos los tonos intermedios, que se paseaban por los muelles con aspecto de filósofos y sumamente indiferentes a la presencia de los hombres.
—Vamos a acercarnos al Bruqueión —explicó Baña Jivaka—. A veces se le denomina Zona Real y es uno de los lugares más activos de la ciudad.
—Nunca he visto almacenes y depósitos como éstos, ni tanta gente —dijo José—. ¡Ni tan siquiera durante la Pascua hay tanta gente en Jerusalén!
—Aún está mejor edificado y más animado al otro lado, sobre el lago Mareotis, donde se efectúa el comercio marítimo del Nilo con Persia y la costa de Malabar. ¡Esperad a ver las chalanas llenas de grano! La línea de vida de Roma pasa por esta estrecha lengua de tierra que separa del mar el lago Mareotis y sobre la cual se alza Alejandría misma.
Hacer atracar un barco del tamaño de los grandes navíos redondos era una operación larga y al cabo de un cierto tiempo, aburrida, para aquéllos a quienes, como Jivaka y José de Galilea, obligaba a permanecer a bordo. Era ya media mañana cuando descendieron por la pasarela. Ya sus equipajes, sacados de la cala, estaban amontonados en el muelle y una multitud de porteadores, hablando todos a la vez, los rodeaba.
A Jivaka le costó poco escoger a dos y darles instrucciones respecto al lugar donde transportarlos. Una docena de sillas de mano esperaban a que los viajeros quisieran, a su vez, trasladarse a la ciudad, pero el indio sugirió que la distancia era corta desde el puerto a su domicilio en el barrio griego y que sería agradable ir a pie, a lo que José accedió en seguida.
Abandonando el Frente del Mar, atravesaron las frescas arcadas del Foro y se encontraron en la gran avenida central, denominada Mesón Pedion, o más familiarmente, calle de Canopus.
Flanqueada por columnas, esta importante arteria atravesaba Alejandría de este a oeste en una línea recta de más de tres millas de largo y más de treinta pasos de ancho. Comenzaba en el muro occidental de la ciudad, en la Puerta de Necrópolis que daba acceso a una amplia extensión de tumbas y mausoleos, y de catacumbas inextricablemente mezcladas debajo de tierra, inmediatamente después de la muralla; más adelante, como una gran cinta enlosada, alcanzaba la muralla oriental, la Puerta de Canopus, donde comenzaba un canal que se extendía hasta la misma ciudad de Canopus, situada en una de las numerosas desembocaduras del delta del Nilo. Muy cerca de la puerta de Canopus, el barrio judío ocupaba casi un tercio de Alejandría, y constituía el grupo de población más importante de esta metrópoli, con sus tribunales propios, sus propios funcionarios y la libertad de culto en las sinagogas.
El barrio griego, denominado Rhakotis, no estaba habitado exclusivamente por griegos, sino que en él se encontraban nativos de todas las comarcas. En las calles estrechas, altos macedonios se codeaban con los rubios descendientes de los soldados de Pompeyo, en su mayoría reclutados en las Galias, que se habían unido con mujeres de Alejandría y contribuido así por su parte a aumentar el singular revoltillo que constituía la población mestiza de aquella ciudad, la más cosmopolita entre todas. Egipcios, italianos, cretenses, fenicios, cilicios, chipriotas, persas, sirios, armenios, árabes, judíos, indios e incluso, alguna vez, algún ciudadano de ojos oblicuos y estirados de los imperios amarillos situados al Sol Naciente, pisaban las calles enlosadas y añadían, todos y cada uno de ellos, algo a la indescriptible cacofonía de los sonidos. Un único lenguaje era casi común a los diferentes miembros de aquella prodigiosa Babel, el griego popular que hablaban casi todos, con una docena de acentos variados.
La primera reflexión que se hizo José fue que resultaría casi tan fácil encontrar a María en medio de todo aquello como un molusco determinado en el mar, ya que cerca de medio millón de habitantes residía entre las murallas de la ciudad. Sin embargo, no se descorazonó, aunque al día siguiente de su llegada sufriera su primera decepción. Habiéndose trasladado sin perder tiempo al teatro del Bruqueión, muy cerca del Frente del Mar, se vio negar el acceso a la presencia del director, pero intentó cuando menos informarse respecto a una bailarina y cantante llamada María de Magdala.
Le aseguraron que ninguna persona de este nombre había pertenecido nunca a la compañía del gran teatro de Alejandría y, oído esto, le pareció evidente que no había realizado su ambición de convertirse en bailarina estrella de aquel escenario.
Grandes carteles, colocados en varios lugares, anunciaban que la bien amada de los alejandrinos, una danzarina llamada Flamen, daría una representación cada tarde, a partir de la semana siguiente, con una serie de danzas absolutamente inéditas.
En espera de enterarse de algo concerniente a María en el barrio judío, se dirigió con su carta de introducción a casa de Filo Judeo, el célebre abogado, jefe reconocido de los judíos de Alejandría. Fue recibido cortésmente; el patriarca, de barba blanca, que era considerado como el judío más influyente y más importante fuera de Jerusalén, le ofreció pasteles de especias y vino, pero no pudo decirle nada, excepto que ninguna mujer con el nombre de María de Magdala vivía en el barrio judío, superpoblado. La conversación entonces derivó a Jerusalén.
—¿Qué se piensa en Judea de ese Juan Bautista que predica la venida de Cristo? —preguntó.
José se alzó de hombros.
—¡Ha habido ya tantos! Los hay incluso que se proclaman el Mesías en persona.
—¡Sin embargo, nunca ninguno tuvo la fuerza ni la convicción de un Juan Bautista! Recientemente he tenido ocasión de encontrar viajeros que venían del Jordán y que habían hablado con él. Me dijeron que se ha rodeado de muy numerosos adeptos, que otorga gran importancia al bautismo y repite que la gente debe arrepentirse de sus pecados y ser lavados en agua para ser purificados, espiritualmente purificados.
—Hace años que los esenios predican parecida doctrina —subrayó José.
—Juan Bautista es alguien muy distinto de un esenio más.
Algunos de sus discípulos han llegado hace poco a Alejandría y viven entre los terapeutas.
Esta rama de los esenios de Judea y de Galilea, hombres piadosos como todos los esenios, vivía en las orillas del lago Mareotis, observando en todos sus detalles la ley oral y la ley escrita, viviendo juntos en moradas que eran propiedad común y obedeciendo estrictamente la divisa del Kasidim: Lo que es mío y lo que es tuyo, te pertenecen.
—Como médico —hizo observar Filo—, te resultaría interesante estudiar los métodos de los esenios y de los terapeutas.
Yo les he visto obtener, por medio de la plegaria, curaciones maravillosas.
Colocó la mano en el hombro de José, y le dijo con tono paternal:
—Vuelve a verme, muchacho. Ya que te encuentras en este lado de la ciudad, podrías ver si encuentras a la joven en el pueblo de Eleusis, aunque deteste incluso la idea de que una judía pudiera tener cualquier clase de relación con los borrachos y las prostitutas que viven en este lugar de pecado.
Era aún temprano cuando José dejó la casa del excelente hombre; decidió, pues, seguir su gestión y visitar Eleusis, situado a orillas del mar, justo en los límites de la ciudad, al otro lado del bosquezuelo de Némesis que corría a lo largo de la muralla exterior. Para llegar allí, José salió por la Puerta de Canopus y siguió el camino que conducía al Gran Hipódromo, donde cada estío se celebraban carreras de caballos. Los alejandrinos, amigos del placer y de las distracciones, iban allí durante el transcurso de la temporada, pero ahora no se veía ni un gato.
Más allá del Hipódromo, escondido por el cañaveral y los papiros del lago, se encontraba un pueblo de chozas blancas: al acercarse reconoció la colonia de los terapeutas, de la que le habló el anciano abogado. Había visto colonias esenias de esta clase en las afueras de Jerusalén, y ésta, a despecho de su noble nombre, no le parecía muy diferente de aquéllas. Las chozas donde vivían los Santos Hombres estaban construidas con esteras de caña y de papiros, pasadas después por entero en una especie de mortero hecho con conchas de mar machacadas, conchas que se podían encontrar en abundancia en la playa cercana. Vestidos de un blanco inmaculado, los terapeutas se ocupan de su trabajo, hablando sólo cuando se les hablaba.
Algunos de entre ellos se lavaban interminablemente en el lago, ya que los esenios de todas las sectas tenían la limpieza en gran estima.
Hubiera sido pueril y tiempo perdido buscar a María entre los terapeutas. Prosiguió, por consiguiente, hasta Eleusis. Francamente destinada al placer, denominada lo mismo que la ciudad griega, donde cada año se celebraban grandes festivales en honor de Dionisio, este pequeño pueblo se componía esencialmente de tabernas y casas de juego, más algunas casas donde residían mujeres de placer. José no esperaba encontrar allí a María, de manera que no se sorprendió y, sobre todo, no se sintió molesto de que nadie la conociera.
Un pequeño grupo, que se había formado en el límite del pueblo, escuchaba a un predicador ambulante, un hombre de aspecto hosco vestido con un tejido parecido al de los terapeutas.
Como aquella gente bloqueaba el paso, el joven médico se vio obligado a detenerse y escuchar.
—¡Arrepentíos! —gritaba el predicador—. ¡Arrepentíos, ya que el reino de los cielos está cerca!
Aquélla era una exhortación familiar a los fanáticos que invadían Jerusalén los días de fiestas religiosas.
Un hombrecillo grueso que estaba a su lado, le tocó el brazo:
—¿No sois vos el médico José de Galilea? —le preguntó cortésmente.
—Soy el mismo. ¿Cómo es que vos me conocéis?
—Os vi en Jerusalén el año pasado cuando fui allí —explicó el otro—, pero no esperaba encontraros en Alejandría.
—Acabo de llegar para completar mis estudios.
—Según lo que oí decir en Jerusalén, los alejandrinos no tienen grandes cosas que enseñaros por lo que respecta a vuestra profesión —aseguró luego el hombre—. Mi nombre es Matthat.
—Shalom, Matthat. ¡Y larga vida para vos!
—¡Para vos también! —dijo Matthat inclinándose.
—¿Quién es el predicador? —preguntó José.
—Le llaman Eliacim; es discípulo de un cierto Juan a quien denominan Bautista, porque predica el bautismo de agua.
Los ojos de José se iluminaron:
—Hace una hora estuve hablando del Bautista con Filo Judeo.
—¡Hombres como éstos no son dignos de lavar los pies de un hombre como Filo! —dijo Matthat con desprecio—. Él es todo cuanto un judío debe ser, pero estos predicadores no son más que fanáticos.
—¡Yo soy enviado por Juan el Bautista! —gritaba el hombre con los brazos alzados—. El mensaje que él os dirige está tomado de las palabras del Profeta Isaías:
Una voz grita:
Abrid en el desierto el camino del Señor.
Allanad sus senderos.
Que todo valle sea colmado,
que la montaña se allane
y la colina se convierta en valle,
y que toda carne contemple
la gloria y la salvación
del Señor tu Dios.
—¿Cómo —preguntó alguien entre la muchedumbre—, cómo huiremos de la ira del Altísimo que se acerca?
El profeta los amenazó con un dedo huesudo:
—Llevad dignos frutos de arrepentimiento. Ya que el hacha está colocada en la raíz y todo árbol que no lleve frutos buenos será cortado y lanzado al fuego. Que aquel que posea dos túnicas, las comparta con aquel que no tiene ninguna. Y que aquel que tenga comida, haga lo mismo.
—Estos predicadores ambulantes me asquean —comentó Matthat—. Siempre están dispuestos a aceptar la mitad de los bienes de quienes trabajan, mientras ellos mismos se pasean amenazando a los demás con el infierno y la condenación…
Escupió en el suelo de una manera por demás elocuente.
—¿Juan es el Cristo? —preguntó una voz entre el auditorio.
El predicador alzó la mano reclamando silencio:
—Voy a responder con las propias palabras de Juan:
Yo os bautizo con agua. Pero Aquel que viene después de mí es más poderoso que yo; yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. Él lleva en su mano su pala de aventar, ya que va a limpiar su era y a recoger el trigo en su granero. Pero la paja Él la quemará en un fuego que no se apagará.
El predicador había terminado y la multitud comenzó a dispersarse.
—Cuando menos —dijo Matthat—, Juan ha tenido el sentido común de no proclamarse Cristo, ya que hubiera sido destruido como todos los otros impostores que han surgido en Israel.
—Pero ¿y si fuera realmente el precursor anunciado por Isaías? —sugirió José—. Eso significaría que la venida del Mesías está cercana.
—Los judíos que viven fuera de Judea y de Galilea hablan cada vez menos del Mesías. Quizá gobernemos algún día el mundo, tal y como nuestros profetas nos lo han prometido, pero será por medio del comercio y del dinero. Con ellos y por ellos, pueden comprarse y venderse políticos y adquirir el poder necesario para gobernar a las naciones.
—Quizá tengas razón —dijo José—. Numerosos son los que se han declarado profetas, e incluso algunos se declararon Cristo.
—¡Pero ninguno pudo probar que había sido enviado por Dios! —Terminó triunfalmente Matthat—. Venid, acompañadme a mi casa de comercio en la ciudad. Nos refrescaremos con un vaso de vino y hablaremos de Jerusalén.
La casa de Matthat se hallaba situada en la calle de la Puerta del Sol, en el mismo centro de la ciudad. En las lujosas habitaciones que se encontraban a continuación de la tienda, un esclavo les sirvió vino.
—Sin duda —dijo Matthat sonriendo—, os preguntáis por qué un hombre que dirige un negocio como éste puede encontrarse bien en Eleusis. ¡Os aseguro que yo no buscaba una mujer!
José sonrió a su vez.
—Si me lo hubieseis preguntado, os hubiera respondido que yo lo que precisamente buscaba era una mujer.
El mercader alzó las cejas:
—Nada hay en Alejandría que cuente menos y que, a la vez, resulte más costoso que las mujeres. Si deseáis una, no tenéis más que gritar por una ventana del Rhakotis, y os encontraréis literalmente inundado de ellas.
—¡Existe una confusión! —dijo José—. Yo busco a una amiga que vive en Alejandría, o que vivía hace poco. Se trata de una bailarina y cantante sumamente hermosa que se llama María.
—¿Judía?
—Medio judía y medio griega. Ella vino de Magdala.
—No hay ninguna judía que se llame María de Magdala que se dedique al teatro ni que viva en el barrio judío. ¡Conozco bien la región! Pero si deseáis ver danzar —sus ojos brillaron—, debéis permitirme que os lleve a ver bailar a Flamen, que comenzará la semana próxima una serie de representaciones.
Un judío, aunque se tratara del más devoto de Jerusalén, no sería capaz de venir a Alejandría sin ir a ver danzar a Flamen, la bailarina más famosa de todo el Imperio romano.
—Mi objetivo, al venir a Alejandría, es estudiar cosas que no es posible estudiar en Jerusalén…
Matthat hizo una mueca divertida:
—Llamaremos, pues, a vuestra visita al teatro un estudio de mujeres bonitas. ¡Creedme, nada turbará nuestra vista!
Dejó su vaso.
—Fui a Eleusis este mediodía para visitar a un hombre que debe pensárselo dos veces antes de entrar en la ciudad.
—¿Lo que quiere decir…?
—Que nos dedicamos al negocio de metales preciosos y de piedras preciosas, que compramos a quienes los venden y que, a veces, es preferible no conocer con demasiada exactitud la identidad de los vendedores.
—¿Ladrones?
—¡Si sois tan poco caritativo que les otorgáis ese nombre!
Yo prefiero seguir un razonamiento equitativo y lógico: los ricos se enriquecen a costa de los pobres, haciéndolos trabajar por un precio irrisorio, y resulta natural que los pobres intenten defenderse robando a los ricos. Si yo me hallo entre ellos dos y puedo realizar un beneficio vendiendo a un hombre rico lo que fue cogido a otro hombre rico, ¿quién podrá decir que yo soy un ladrón o aprovechado?
José se echó a reír:
—Razonáis de tal manera, que un filósofo griego se avergonzaría de no poder mejorarlo. Presumo que existen muchos ladrones en una ciudad tan importante y tan poblada.
—No es precisamente eso lo que falta —convino Matthat—. Hay de ellos más vivos que muertos en todo Necrópolis. La policía permanece prudentemente a lo largo de las Catacumbas, sabiendo que un hombre puede fácilmente notar que un cuchillo se hunde entre sus costillas, sin ni tan siquiera haber visto a nadie. Pero es una excelente cosa saber que, aunque fuera en compañía de ladrones, se puede siempre encontrar en Necrópolis un refugio contra los romanos. Nosotros, los judíos, más de una vez nos hemos visto obligados a aprovecharnos de un tan indigno asilo.
—Los hombres no pueden despreciar a un ladrón, si roba para apaciguar su espíritu cuando siente hambre —citó José, y Matthat aprobó, completando la útil cita:
—El profeta dice también: Quien conserva su boca cerrada y su lengua quieta ahorra muchas tribulaciones a su alma. Acordaos de esto, José, y con esta condición podréis quizá daros cuenta que los ladrones son, a veces, apreciables amigos.