María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo V
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Capítulo V
EN EL QUE EL PROVINCIANO JOSÉ QUEDA DESLUMBRADO POR LA INMENSA CIUDAD; EN EL QUE EL CIRUJANO JOSÉ DESLUMBRA A LOS ALEJANDRINOS, Y EN EL QUE EL ENAMORADO JOSÉ BUSCA A MARÍA SIN ENCONTRARLA.
A pocos días después de su encuentro con Matthat, el esclavo de éste vino a la casa del Rhakotis, donde José vivía en compañía de Baña Jivaka, y le rogó fuera a casa de su amo, con sus instrumentos y sus drogas. El amo le mandaba decir que tenía un amigo enfermo y que deseaba procurarle los mejores cuidados médicos.
Mientras esperaba una silla de manos, en el ángulo del Mesón Pedion y de la calle de la Puerta del Sol, cerca del jardín público llamado de Onfalos, José tuvo ocasión de comprobar la actividad de aquella gran ciudad en uno de sus puntos neurálgicos.
A un lado se encontraba el barrio judío, al otro la Regia, que daba acceso a los cuarteles, a la Sema —así se denominaba el templo-tumba donde el cuerpo de Alejandro reposaba en un féretro de oro—, al palacio en el promontorio de Loquias y al cercano templo de Isis. El sol estaba próximo a su puesta y las calles aparecían llenas de gentes; los peatones se deslizaban con habilidad entre un alud constante de carros, de vehículos diversos y de sillas de manos, lo que hacía más difícil atravesar aquel cruce, el más congestionado de la ciudad.
Todavía era demasiado temprano para las cortesanas, que rara vez mostraban su rostro —y lo que se atrevían del cuerpo— antes del crepúsculo, pero en cambio por todas partes circulaban hombres, toda clase posible de hombres. Los romanos regresaban a sus hogares desde el baño, donde habían pasado buena parte del día, y empujaban con arrogancia a los griegos y a los egipcios de piel oscura.
Un príncipe, vestido de blanco, jefe de tribus que vivían más allá del Mar Rojo, atravesaba la multitud con un orgullo igual al orgullo romano, en traje de gala, con todos sus cobres bruñidos y brillantes al sol poniente, y seguido por dos esclavos con el sable desenvainado, para el caso de que su amo se encontrara metido en una de aquellas peleas causadas por el odio y carentes de gloria, que estallaban con frecuencia entre individuos de distintos países en aquella ciudad poliglota. Se decía, y era cierto, que en una hora se podía ver pasar, en aquel cruce, cuando menos un rostro perteneciente a cualquier país de la tierra. No es menester decir que los judíos abundaban, ya que el barrio judío de Alejandría era, en verdad, el más rico de todas las ciudades judías y más poblado que ninguna de ellas.
Matthat tuvo que hacer signos a varias sillas de manos, antes de que se detuviera ante él una de dos asientos, a los puños de la cual aparecían encadenados cuatro esclavos. El monopolio de las sillas de manos en toda la ciudad estaba en manos de unos pocos que, a consecuencia de ello, podían establecer las tarifas que les viniera en gana.
(Los alejandrinos verdaderamente ricos poseían su propia silla conducida por sus propios esclavos). El movimiento de la multitud se dirigía principalmente hacia el Frente del Mar, donde la vida social se desarrollaba al caer la tarde, a causa de la frescura apaciguadora que allí reinaba y de los lugares donde se servían bebidas.
Ya en el Foro, un centenar de grupos más o menos numerosos discutían con vigor sobre los temas más diversos, y viajeros que llegaban de países lejanos cautivaban a sus auditorios conocidos o desconocidos, con el apasionante relato de algunas de sus aventuras. Una hora después, cuando el sol ya se había enteramente ocultado, las cortesanas descenderían de sus habitaciones, situadas en lo más alto del bullicioso barrio griego, y pasearían a lo largo del Heptastadium, mientras la brisa pegaba a sus cuerpos los tejidos… ligeros… que las vestían; y los galanteadores escribirían con tizones de madera en las piedras del parapeto el nombre de la bella cuya compañía solicitaban, la hora de la cita y, claro, el precio que estaban dispuestos a pagar; después de lo cual, la señorita se dirigiría al lugar designado, o bien borraría desdeñosamente la oferta, porque no le agradara o porque resultara humillante por su mezquindad.
Todo esto resultaba muy abierto, muy sereno…
La silla avanzaba con lentitud a través del Rhakotis hasta la puerta Necrópolis, donde la más pequeña biblioteca del Museo aparecía ya cerrada, contra el Serapeo, el templo del dios artificialmente creado por los Ptolomeos para unir en un solo culto los de Isis y Osiris.
Las calles del Rhakotis eran estrechas, y la silla fue varias veces detenida por verdaderas reatas de mulas, cargadas con los famosos odres bulbosos conteniendo vino, y cestas de frutas que iban a ser vendidos aquel mismo día a lo largo del Frente del Agua.
En el centro mismo del barrio griego se celebraba el mercado, casi vacío de provisiones a aquella hora. Aquí los puestos iban a ser guarnecidos durante la noche y la clientela matinal encontraría en ellos todo cuanto su exigencia pudiera desear. En aquel momento era una plaza completamente desordenada, llena de cestas vacías, sacos, jaulas y, como en todos los mercados del mundo, de desperdicios que esperaban la llegada del barrendero. Todas las mercancías que quedaban se agostaban por momentos —las bayas demasiado maduras, las hortalizas marchitas, las flores ajadas, los pescados malolientes— e iban a ser vendidas a bajo precio; la verdura se colocaba en los cestos vacíos para las cabras y los conejos, que esperaban su pitanza, desechos de la ciudad.
Alrededor del mercado varias tabernas habían instalado mesas y sillas o bancos para tentar a los que sentían apetito; dátiles e higos secos, aceitunas negras y verdes, anguilas ahumadas, dulces rellenos de manteca y azúcar o miel, pequeñas jarras de vino o de cerveza, dispuestos encima de las mesas, llamaban silenciosamente a los paseantes.
Pero, por muy atentamente que José abriera los ojos y los oídos, no veía por ninguna parte a la esbelta muchacha roja ni oía ninguna voz clara que cantara bellos poemas de amor, acompañada por una cítara gigante…
Los esclavos torcieron hacia el sur y la puerta de Necrópolis, que era necesario franquear para llegar al dominio de los muertos. Pasaron el canal de Agatadaemon, que unía el lago Mareotis al puerto del Feliz Retorno. Parecía el canal demasiado escuálido y débil para unir Oriente a Occidente y, sin embargo, desempeñaba bien su cometido, y desde el Mar Rojo, desde el Alto Egipto, los barcos, gracias a él, alcanzarían el More Nostrum, y a través de él franquearían las columnas de Hércules y pasarían al océano para alcanzar las costas bretonas, las británicas, las caledonienses y las hibernianas.
Al llegar a la puerta de Necrópolis, Matthat despidió a los porteadores y su silla y, con José, pasó a pie al otro lado.
Hacia el sur se extendía el estadio, lugar donde se desarrollaban los más bellos festivales religiosos de Alejandría. Las grandes Dionisíacas se efectuaban allí cada primavera, celebrando la resurrección de la vida en el grano que estaba muerto en el corazón cálido de la tierra y el surgir de las tiernas hierbas verdes, promesa del trigo y de la futura cosecha. En el estadio tenían asimismo lugar los juegos preferidos por los griegos.
Matthat giró en la dirección opuesta, hacia los lugares de reposo de los muertos instalados para su último sueño cerca de la orilla del lago Mareotis. Existía en la orilla misma un suntuoso barrio de ricas villas, pero a la Necrópolis misma los ruidos de una vida opulenta y alegre no llegaban, y la paz de la tarde entre las tumbas era completa.
Resultaba difícil imaginar que ladrones —muy vivos— habitaran entre aquellos muertos… y sin embargo…
No había duda de que Matthat sabía lo que hacía y adonde iba, ya que andaba delante de su compañero con paso seguro, a lo largo de una avenida pavimentada que atravesaba el vasto cementerio. Como todas las ciudades de la época, Alejandría enterraba desde hacía mucho tiempo sus muertos más allá de sus murallas. Allí, según la riqueza terrestre del difunto y de su familia, las tumbas representaban una enorme diversidad en su magnificencia y, como es natural, en su buen gusto. La larga avenida pavimentada que atravesaba la necrópolis por su centro aparecía literalmente bordeada por una muralla casi ininterrumpida de amplios, sólidos e imponentes mausoleos de mármol, cada uno de los cuales llevaba grabada en una tablilla la lista de quienes ocupaban las tumbas. Detrás de aquel muro, tan macizo como el de una fortaleza, se alineaba una fila de tumbas menos impresionantes, menos costosas, entre las cuales se veía alzarse la alta silueta de oscuros cipreses, o extenderse el verde de pinos marítimos o de pinos parasoles.
A medida que uno se alejaba de la fastuosa avenida central, las criptas eran cada vez menos suntuosas y cuando, finalmente, se llegaba cerca del lago, una especie de gran campo bastante inculto, se extendía hasta el borde del agua, sembrado de tumbas que abrigaban el descanso de aquellos que fueron demasiado pobres para que les fuera elevado un monumento cualquiera, sobre todo si no eran miembros de alguna de las numerosas sociedades de inhumación. Éstas habían agujereado, bajo el suelo, en su parte más alta, más alejada del lago, una serie de largas catacumbas, que permitían sepultar en pisos diversos y variados; en suma, una utilización provechosamente racional del subsuelo en un cementerio que, cada vez con más rapidez, tendía a la superpoblación. Cualquiera, en Alejandría, podía entregar a la sociedad que prefiriera una módica cantidad mensual y conseguía asegurarse una última morada, fuera cual fuese la hora de su muerte.
—Como médico que sois, presumo, José —dijo Matthat—, que no sentís hacia la muerte el terror de la mayoría de los judíos.
Según su costumbre, el joven respondió con una cita:
—Es conveniente aspirar a la muerte si ésta conduce al espíritu a un lugar donde viva eternamente.
Matthat frunció el entrecejo:
—Cuando era joven conocía bien los libros de la ley y los profetas, pero no recuerdo en absoluto ese texto.
—Fue un filósofo romano quien pronunció estas palabras.
Se llamaba Cicerón.
Baña Jivaka había revelado a José las obras de este gran orador, así como las opiniones de Sócrates y de algunos otros griegos, y el joven médico quedó muy sorprendido al comprobar hasta qué punto el pensamiento de aquellos genios paganos sobre la vida y la religión correspondía a las cosas que le habían sido enseñadas.
Matthat se detuvo ante una entrada con columnas de mármol que ostentaba el nombre de una sociedad de inhumación.
Después de haberse cerciorado de que nadie los observaba, empujó la pesada puerta e hizo una señal a José para que le siguiera al interior. Una lámpara ardía detrás del batiente, al lado de una hilera de antorchas entre las cuales Matthat escogió una que encendió en la lámpara; después, alzando la llama por encima de su cabeza, penetró en un estrecho pasadizo descendente.
Las paredes y el suelo aparecían húmedos, de manera que el pie resbalaba y un escalofrío se deslizó por las espaldas del galileo.
—Morada adecuada para los muertos, en efecto. Un vivo pronto se moriría aquí, tísico.
—Nos encontramos por debajo del nivel del mar, lo que explica estas filtraciones —dijo Matthat—. Respecto a una eventual consunción, siempre es muy preferible a una crucifixión segura. ¿Habéis visto alguna vez un hombre clavado a la madera de la cruz por los soldados romanos, José?
—Una vez, en Cesárea, Poncio Pilatos hizo matar a un fanático que intentó asesinarle.
—Según lo que oigo contar, Pilatos tiene una tendencia demasiado frecuente y rápida a crucificar. No es muy sorprendente que nuestra gente le odie. Sobre todo, habida cuenta de que, en nuestros climas, sucede con frecuencia que los condenados tarden varios días en morir en la cruz, con ese refinamiento de horror de que las moscas los atacan y que las ratas, por la noche, roen sus vísceras. Los asesinos son mucho menos crueles que los romanos. En general, acaban con sus víctimas pronta y radicalmente, lejos de las miserias de este mundo, mientras los guardias efectúan su ronda o miran hacia otra parte.
—Evidentemente, es más misericordioso —reconoció el otro.
Bastante más abajo llegaron a una puerta sólidamente cerrada, en la que el judío dio dos golpes rápidos y, después de un intervalo, dos más.
Una pequeña mirilla se abrió al cabo de unos instantes y una voz gangosa preguntó:
—¿Quién va?
—Matthat. Abre, Manetho. ¡No nos encontramos aquí para jugar!
La puerta se abrió, pero un sable desnudo cerraba el paso.
Matthat dijo entonces a su compañero, en arameo:
—Éste siempre es tenaz, ya me arreglaré con él.
—¿Has venido a engañarnos una vez más? ¿Y quién es ese canalla que traes contigo?
—Un médico para curar a tu padre —dijo secamente Matthat—. ¡Apártate, bufón!
—No necesitamos ningún medicucho —refunfuñó el bandido—. Esta mañana he oficiado un sacrificio a SerApis. Pronto se encontrará bien.
—¡Basta! Aquiles me rogó que trajera un médico. Traigo uno. Quiero que José de Galilea entre. Déjanos pasar.
Manetho se apartó como le ordenaban, pero murmuró aún:
«¡Estos judíos! ¡Qué porquería!…», y escupió a sus pies de manera elocuente.
—¡Nosotros somos los que corremos peligro y vos el que os lleváis el provecho! —dijo aún en un tono de rabia, pero sin embargo, obedeció.
—¿Y qué haríais, dime, si yo no vendiera lo que vosotros robáis? —preguntó Matthat, mientras caminaban—. ¿Crees que no hay peligro en ello? ¿Por qué no lo haces tú, entonces?
Sabes muy bien que otras bandas estarían encantadas de que os dejase para ocuparme de sus mercancías y las transformase en oro.
Penetraron en una habitación bastante grande, iluminada por las lámparas de aceite. El aire era glacial, pero no viciado, y el joven galileo dedujo que debía existir una abertura cualquiera en la superficie, quizá disimulada por otra tumba. En un rincón ardía un brasero de carbón, sobre el cual se calentaba un potaje que despedía un olor apetitoso. Varios hombres rodeaban el brasero y, sobre un lecho, un anciano de cabellera de nieve estaba tendido. Una muy hermosa joven vestida de blanco, visiblemente hija suya, permanecía a su lado.
—Shalom, Matthat —dijo cortésmente el anciano—. Te saludo a la manera de tu pueblo.
—¡Shalom, Aquiles! He conducido hasta ti a uno de los mejores médicos conocidos, José de Galilea, a quien ves aquí.
El rostro de la joven se iluminó y José vio que era muy hermosa, con rasgos delicados debajo de unos cabellos negros que le caían encima de los hombros, y una silueta encantadora.
—Ésta es Albina —dijo Matthat presentándola—. Baila en el gran teatro de Alejandría.
—Salud a ti, José de Galilea —dijo ella con una voz grave y musical, inclinándose ante el joven—. Cura a mi padre de esta grave enfermedad y podrás pedirnos lo que quieras, incluso nuestras propias existencias.
—¡Judíos! —murmuró Manetho desde lejos, pero Aquiles le llamó al orden con rudeza, por lo que, rojo aún de furor, se unió al grupo que se calentaba al fuego.
—Perdona la grosería de mi hijo —dijo dulcemente el anciano—. Es un zopenco mal educado, vergüenza de la sangre que llevamos en nuestras venas mezclada a la sangre de Egipto.
He estado gravemente enfermo y la fiebre no me abandona.
Si tú tienes un remedio eficaz…
—Permitid, primero, que os examine, y después quizá pueda hacer algo para aliviaros.
El diagnóstico no fue difícil de establecer. Hipócrates, cinco siglos antes, había ya descrito la pleuresía purulenta y su evolución. Inflamación de los pulmones para comenzar, lo cual no era difícil de comprender en un hombre de cierta edad que vivía durante todo el año en aquel lugar frío y húmedo. Después, derrame del fluido en el interior del pecho, acumulación purulenta y lento envenenamiento de la víctima. En aquella época, la mayoría de los médicos opinaban que era conveniente esperar que el empiema rompiera por sí mismo su cubierta, lo que no se producía en la mitad de los casos. Pero Hipócrates y sus seguidores, algunos cirujanos audaces, aconsejaban un tratamiento más eficaz y más expedito: el drenaje del humor envenenado, por medio de una abertura practicada entre las costillas, directamente a través de la pared torácica. José se preguntó si convenía arriesgarse en aquella ocasión, tratándose de un jefe de bandidos, con un hijo amenazador que sólo esperaba el más pequeño pretexto para intervenir.
Sin embargo, no dudó más allá de un minuto, ya que, fiel ante todo a su profesión, no podía proponer más que el único tratamiento que le pareció contener alguna garantía de curación, independientemente de las consecuencias que pudieran derivarse.
Albina, que le había observado con ansiedad, exclamó:
—Hay esperanza, lo leo en su rostro.
Él dijo:
—Sí, creo que vuestro padre puede ser salvado; pero no con un remedio, sino por la cirugía.
Ella se sofocó un poco y dijo a su vez:
—¿El cuchillo?
—El cuchillo.
—El cuchillo es la herramienta del embalsamador —gruñó Manetho—. Mi padre no está muerto.
José explicó:
—En su pecho se ha formado una acumulación de pus.
A menos que se le extraiga en seguida, vuestro padre se envenenará.
Aquiles dio en seguida su conformidad:
—Hace días y días que siento un peso en el costado. Haced lo necesario, José, pero hacedlo aprisa, porque siento que ya el veneno mina mis fuerzas.
José, siguiendo las indicaciones de Matthat, había llevado consigo la caja donde colocaba sus instrumentos y sus remedios.
No fue precisa una larga preparación. De acuerdo con la descripción muy detallada que dejó Hipócrates, el espacio entre las costillas del lado derecho se encontraba lleno, hinchado por la acumulación de pus que se había formado en el fondo de la cavidad torácica. Hizo que el anciano se acostara sobre el lado izquierdo, y estirando la piel entre las dos costillas más bajas, bajo la axila, de un solo golpe, rápido y seguro, cortó la piel y la capa de grasa en un corte largo como la palma de la mano. Los pequeños vasos dejaron escapar sangre y Aquiles tuvo un pequeño espasmo a consecuencia del dolor inesperado.
Albina, con inteligente valor, acercó la lámpara de aceite con objeto de que el joven médico pudiera ver el campo operatorio y taponar con lana lavada la sangre, cuya sola vista había hecho que Matthat se desmayara. Mientras esperaba, dejando la herida taponada, que los pequeños vasos se obstruyeran al coagularse la sangre, no pudo dejar de admirar la gracia de los movimientos de la muchacha. En cierta medida le recordaba a María. Recordó entonces que también ella era bailarina y tomó nota mentalmente de preguntarle sobre el asunto.
La pequeña hemorragia, debidamente cortada, permitió a José apartar los labios de la herida con su mano izquierda y después, a todo lo largo de la incisión, cortar el tejido nacarado que envolvía los músculos; dando media vuelta al bisturí, se sirvió del mango de hueso para separar, siguiendo la fibra, los músculos que encontraba bajo sus dedos.
¡Cómo hubiera deseado poseer el poder de Baña Jivaka y colocar al paciente en trance para evitarle aquel dolor agudo!
Lo más penoso de soportar iba a llegar ahora: en la segunda capa muscular, las fibras eran perpendiculares a las de la primera.
Ahora ya no se trataba de trabajar con el mango del bisturí para abrirse paso, era necesario cortar resueltamente, pero con un exquisito cuidado, pues la bolsa de pus se encontraba precisamente debajo de aquellos músculos.
Cuando hubo preparado la herida, separando con ambas manos la carne, y colocando en la abertura una capa de lana lavada con objeto de que el líquido envenenado no se extendiera al azar, hundió sus dedos en la abertura; entonces percibió una masa bastante parecida en su resistencia a lo que pudiera ser la piel tirante de un tambor. Hizo deslizar la hoja del bisturí a lo largo de su dedo índice, colocó la punta de acero en la envoltura del absceso, apoyó lentamente en el mango y sintió cómo la hoja penetraba en la bolsa tensa… De repente, un espantoso olor llenó la cueva… Supo que había logrado su objeto…
—¡Madre sagrada de Horen! —exclamó la joven—. ¿Cómo ha podido vivir con este horror dentro del cuerpo?
José trabajaba rápidamente, dejando manar lo más fétido de la cavidad donde había estado el pus, y secándolo a medida que salía. Cuando el agujero se vació, enrolló en forma de tubo un cuadrado de lana y lo deslizó por la abertura, para que sirviera de tapón y de drenaje a la vez, impidiendo que la incisión se cerrara antes de que el pus quedara completamente evacuado.
La operación, desde el comienzo al final, no había durado más de media hora.
A pesar de su sufrimiento, Aquiles respiró a fondo:
—¡Ah!… —alargó mucho su exclamación—. Me habéis quitado un gran peso, José, habéis hecho un milagro.
—¡Nada de milagro! Sencillamente una operación quirúrgica.
—Pero que pocos cirujanos se atreverían a llevar a cabo, incluso en Alejandría —dijo calurosamente Albina—. Nuestra deuda hacia vos es grande. Os debemos incluso nuestra vida por haber salvado a nuestro padre.
—No pido honorarios. Sois amigos de Matthat, que es amigo mío. Esto es suficiente.
—No —intervino con firmeza Aquiles—. Los antiguos escritos de los judíos dicen, yo lo sé, que todo trabajo es digno de su salario. Albina, coge la bolsa en el cofre y tráemela.
Su respiración era mucho más fácil. Dirigió una ligera sonrisa a José: en adelante era un amigo.
Cuando la joven volvió con el objeto pedido, el joven galileo se estaba lavando las manos. Mientras se las secaba, Aquiles desató el cordón de la bolsa e hizo deslizar algo en el hueco de su mano.
—Toma esto —dijo al cirujano—. Es la dote prevista para Albina. No tienes por qué vacilar, no ha sido robada, sino comprada.
Si no quería ofender al anciano, José debía aceptar: se trataba de una perla muy hermosa, de tamaño mayor que una nuez. La tendió a la muchacha.
—Acéptala de mi parte, como un regalo de amistad —dijo—. Yo no deseo pago ninguno por haber podido aliviar a tu padre.
La bella danzarina morena sacudió la cabeza:
—La vida de mi padre vale para mí más que todas las joyas del mundo. Toma la perla, te la ofrecemos él y yo: la has merecido diez veces.
José la depositó en su bolsa.
—En este caso, la venderé —dijo— y daré, a vuestra intención, el dinero a los pobres.
Mientras colocaba sus instrumentos, vio que los rasgos de Manetho estaban deformados por la ira. Al salir de Necrópolis, Matthat hizo una observación que confirmaba esta impresión:
—Temo haber subestimado a Manetho y creo que te hundiría sin vacilar, e incluso con alegría, un puñal entre las costillas, para asegurarse la posesión de esa perla. Entrégamela y la venderé; el dinero estará seguro entre las manos del prestamista y dará intereses hasta que te dispongas a regresar a Jerusalén. Me las arreglaré para que Manetho sepa que ya no posees ni la perla ni el dinero.
Consintió muy a gusto en ello, ya que no sentía el menor deseo de que su cuerpo fuera descubierto cualquier mañana flotando en las aguas del canal Agatadaemon.
Al llegar a orillas del canal, Matthat llamó a una de las barcas que hacían el trayecto entre el lago Mareotis, el puerto del Feliz Retorno y el centro de la ciudad; allí José se despidió de él para regresar solo al Rhakotis.
Los alejandrinos gozaban de la reputación de dormir de día y de velar de noche, reputación que le pareció bien merecida; aunque se acercara el invierno, hacía aún calor y podían oírse conversaciones en veinte lenguas. Fuertes marinos y pescadores del Frente del Mar pasaban por las estrechas calles, dándose el brazo, y quienes se cruzaban con ellos debían esconderse en los corredores o en las puertas si no querían encontrarse derribados en medio de la calzada. Casi en cada rincón, una taberna dejaba escapar risas ruidosas, voces animadas por las discusiones, gritos alegres de mujeres rodeadas de hombres y casi tan numerosas como ellos.
En una noche tan feliz y tan cálida, José recordaba con una amarga dulzura haber atravesado la ciudad de Magdala acompañando a María a casa de Demetrio, y antes de entrar en ella haberle dado un beso. ¿Llegaría a hallarla alguna vez en aquella ciudad bulliciosa y desbordante? Se lo preguntaba sin creer demasiado en ello. Si ella había fracasado en su ambición de ser danzarina estrella en el teatro de Alejandría, su búsqueda tenía pocas probabilidades de éxito. ¿Dónde buscarla? Quizás, incluso, despechada, habría abandonado la ciudad para dirigirse a Éfeso, a Antioquía, o incluso a Roma, donde existían teatros importantes.
Sin duda la presencia hostil de Manetho había impedido al joven cirujano preguntarle a Albina, como fuera su intención.
Sin saber en realidad por qué, tomó por una calle que conducía al Gran Puerto; ya que sólo podía confiar en la casualidad, comenzaría por el Frente del Mar… Los mástiles y los remos de innumerables barcos se veían desde todas las calles que daban al puerto, y si María se había embarcado para «algún lugar», fuera cual fuera aquel «algún lugar» tenía que haber partido desde aquel gran muelle.
Cuando llegó al acantilado cercano al Heptastadium, quedó durante un instante asombrado: era la primera vez que iba allí de noche y no estaba preparado para lo que vio. Un espejo reflejaba en dirección al mar la luz de los grandes fuegos encendidos cada noche sobre la plataforma en la cima del Pharos, pero incluso las mismas llamas bastaban para iluminar el puerto y la gran calzada de piedra que unía al continente la isla sobre la cual se elevaba el faro.
En las calles, en la calzada y en el muelle evolucionaba una multitud inmensa, la mayor que José contemplara nunca, ya que aquel lugar sin par en el mundo constituía el paseo favorito de los alejandrinos.
En Judea, las mujeres no salían por la noche, a menos de ir acompañadas por hombres de sus familias, mientras que la muchedumbre que desfilaba ante sus ojos estaba formada por muchas mujeres solas de todas las nacionalidades, de todos los colores de piel y de todas las clases sociales. La altiva patricia romana paseaba indolente, vestida con lujo, acompañada, a veces, de una esclava negra como el carbón, desnuda hasta la cintura, y con la parte inferior del cuerpo cubierta con una tela de un blanco de nieve. Casi codo a codo con la matrona más casta, una cortesana se paseaba con el ondulante y despreocupado movimiento de caderas particular de su tribu, con las mejillas coloreadas con antimonio, pupilas llenas de kohl, labios de un carmín vivo muy pintados, mirada que se hundía audazmente en los ojos de los hombres, y sonrisa que invitaba más que las palabras, dirigida a quienes su apariencia denotaba prosperidad. Egipcias de piel oscura paseaban al lado de gigantes rubios, descendientes de los soldados que vinieran antaño con Alejandro y luego con las legiones de César. A José, estupefacto, le parecía que las cortesanas eran más numerosas que las mujeres respetables y quizá no anduviera demasiado equivocado.
En una comunidad exclusivamente judía, aquellas mujeres «pintadas y llenas de adornos» se hubieran hecho lapidar por el populacho, pero aunque un reflejo producido por su educación le hiciera apartar la mirada, su voluntad no bastaba a impedir que su pulso latiera más de prisa al cruzarse con aquellos cuerpos deseables y simpáticos, apenas disimulados bajo vestidos de seda diáfana, que disponían de manera que quedara al desnudo un hermoso seno tentador.
Para que la tentación resultara menos fuerte que su voluntad de resistencia, el joven se dirigió resueltamente hacia los muelles, donde día y noche proseguían la carga y descarga de los barcos. Si María había dejado Alejandría, quizás algún marinero, o algún descargador, se acordara de haberla visto embarcar, de haber visto a Demetrio, o a Hadja, el nabateo de alta estatura, de anchas espaldas y perfil de halcón.
Se detuvo para charlar con mercaderes fenicios de cabellos y nariz largos, quienes —mientras esperaban embarcar— vigilaban con todo cuidado los montones de paquetes de tejidos teñidos con aquella rica púrpura romana que los oficiales de Tiberio tanto apreciaban para sus uniformes, pero de nada se enteró por ellos, y tampoco por los romanos que, habiendo ido más allá de las Columnas de Hércules, tenían importantes cantidades de ámbar y de estaño en bruto.
Todos los productos fabricados, todas las materias primas del mundo entero se cruzaban en aquel puerto inmenso y seguro, puerto obligado y también libre, donde las mercancías en tránsito para otros países no pagaban derechos de aduana.
Venidos del lejano Imperio de los Han, los tejidos de algodón y las ricas telas de seda, a veces bordadas en oro, procedentes de las costas de Malabar; los monos y los pavos reales y las joyas preciosas, venidas de Arabia; el incienso y las especias, venidas de los países que los negros llaman Nubia; el marfil y el oro, todo y centenares de otras mercancías llenaban depósitos y almacenes y desbordaban en el muelle.
Interminables filas de esclavos subían y bajaban por las pasarelas de las calas manipulando día y noche, bajo el látigo de los vigilantes, las cargas más diversas.
Todos los caminos del mar se dirigían hacia aquel puerto rebosante de barcos, hacia aquellos muelles saturados de humanidad, y desde los graneros inagotables del valle del Nilo, un río interminable de trigo desembocaba en las sentinas, con destino a Roma y especialmente para sus soldados.
Sin embargo, ningún capitán recordaba haber tomado a bordo una muchacha cuyos cabellos eran tan rojos y tan ardientes como la puesta del sol sobre el lago Mareotis, un músico anciano, grueso y alegre, y un gigante negro nacido en el desierto.