María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo VI

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Capítulo VI

EL CUAL JOSÉ SE DA CUENTA DE QUE EL AMOR Y LA PACIENCIA LLEGAN A DESCUBRIR UNA AGUJA EN UN ALMIAR.

Disgustado en lo concerniente a la búsqueda de María, José no lo estaba en lo que se refería a sus estudios. Gracias a las relaciones de Baña Jivaka y a su experiencia en Alejandría, pudo dirigirse en seguida a la fuente de ese abundante río de ciencia que era el gran Museo, situado entre la calle de Canopus y el Frente del Mar. De hecho, el Museo constituía una parte de un importante conjunto, un palacio que contenía dentro de sus muros una universidad consagrada al estudio de las ciencias y de varios otros temas.

Los maestros comían en una amplia sala, de la cual partían una serie de arcadas, lugares de conversación y de discusión de los estudiantes entre sí e incluso con sus profesores, en el intervalo de las conferencias, y cerca de allí se abrían las aulas en las cuales se desarrollaban los cursos.

En lo alto, entre el Museo y el promontorio de Loquias, se elevaba el célebre teatro alejandrino. Desde las localidades más altas, los espectadores, si bien se hallaban más alejados del escenario, gozaban en cambio de una amplia vista sobre el maravilloso paisaje del puerto, su bosque de mástiles, su multitud de grandes y pequeños barcos y el gran faro blanco en la isla, al final, al otro lado de la cual se extendía el mar, inmenso y libre.

Al lado del teatro se alzaba el Templo de Pan y más al oeste aún el gran Gimnasio, cuya longitud sobrepasaba un estadio. Inmediatamente después, y finalmente, el Tribunal.

José pasaba los días en el Museo, observando a los médicos y a los cirujanos ocuparse en los enfermos indigentes que afluían desde todos los rincones de la ciudad. Los profesores, mientras establecían sus diagnósticos y trataban a cada cliente, daban una conferencia destinada a los enfermos que les rodeaban en semicírculo, estudiosos y atentos.

Las operaciones quirúrgicas se efectuaban con menos frecuencia, pero en este dominio, ninguno de los profesores podía igualar en habilidad y audacia a Baña Jivaka, ni la enseñanza del célebre Susruta, cuyos preceptos seguía escrupulosamente.

Las tardes se consagraban a las ciencias y, en particular, a la astronomía, dominio en el cual la escuela de Alejandría iba en cabeza de todas las escuelas del mundo.

Allí fue donde Euclides demostró sus famosos teoremas de geometría, allí también donde Eratóstenes había llevado a cabo el hecho prodigioso de medir la circunferencia de la tierra, y bajo aquellas frescas arcadas, Aristarco de Samos había estudiado las estrellas durante muchas noches, para finalmente enunciar la teoría revolucionaria de que la tierra y los planetas, satélites disciplinados, daban vueltas alrededor del sol.

A medida que transcurrían los días, José se fue dando cuenta de que aprendía más de Baña Jivaka que de sus maestros oficiales. Bajo la dirección de su amigo, se hizo hábil en suscitar aquel extraño estado de trance que permitía al cirujano indio efectuar operaciones muy difíciles sin que el paciente sintiera dolor. Bastaba con hacer fijar la mirada y la atención del paciente sobre un objeto brillante —como, por ejemplo, la joya de que se servía Jivaka—, mientras que la voluntad del operador dominaba progresivamente la del otro persuadiéndole de que dormía, y terminaba, en efecto, por hundirse en un sueño tal que los músculos y los nervios quedaban afectados al igual que la conciencia, contrariamente al sueño normal, en el que basta pellizcar, sacudir, y a veces sólo tocar al durmiente, para que su sensibilidad física se despierte, lo mismo que su conciencia. Aprendió de un estudiante egipcio que la práctica de este arte no se limitaba a la India, pues los sacerdotes del Nilo lo utilizaban desde hacía milenios.

Trabajando juntos, José de Galilea y Baña Jivaka ejecutaron en cirugía tales proezas que llegaban a ellos gentes de todas partes, de manera que se ganaban la gratitud y con frecuencia la amistad de hombres influyentes, que participaban, por ejemplo, en el gobierno de la ciudad, de mercaderes de bazar, de cambistas cuyas oficinas estaban situadas en los grandes almacenes, en las casas de comercio extranjero, de gentes de su propia raza que habitaban en el barrio judío.

A consecuencia de su éxito cerca de Aquiles y de su discreción, también llegaron a José ladrones y pequeños malhechores de derecho común, que vivían distribuidos por todas partes.

La convalecencia de Aquiles proseguía con una regularidad sin complicaciones. Durante la primera semana José le visitó en días alternos y al cabo de la segunda, la curación estaba tan avanzada, que el paciente sólo requería los cuidados de un examen ocasional de la herida.

Tal como lo prometiera, pero algunas semanas más tarde —y no la semana siguiente—, Matthat se presentó cierto día para llevar a José al teatro, donde las representaciones comenzaban por la tarde y se prolongaban hasta el crepúsculo.

El drama y la danza eran las distracciones favoritas de los alejandrinos, muy dados al placer, y una gran muchedumbre, que se dirigía hacia las murallas macizas del gran teatro, llenaba cada día las calles cercanas del Frente del Mar, para inmovilizarse en una cola paciente cuando todas las gradas del enorme edificio estaban ocupadas.

—Siempre sucede esto cuando Flamen danza —explicó Matthat, mientras eran empujados por la multitud—. Los habituales al teatro la adoran literalmente y jamás hubo nada igual en Alejandría.

—¿Es una cortesana? —preguntó José, que había llegado a saber que allí, como en muchos otros lugares del mundo, las actrices pertenecían con frecuencia a esta categoría social.

Matthat alzó los hombros.

—Numerosos son los que afirman lo contrario. Hombres influyentes que han solicitado en vano sus favores, están dispuestos a apostar que no es virgen. Sea lo que fuere, su poder sobre los hombres sobrepasa en mucho al de cualquier otra mujer de la ciudad. Quizá no exista otra en el país que pueda comparársele. Es rica de todos los dones que le han sido hechos por sus admiradores rechazados.

—¿Por qué la buscan si ella los rechaza?

Matthat sonrió con ironía:

—Tú eres médico. Deberías saber que el mismo hombre se arruinaría a gusto por la mujer insensible a sus homenajes, que la abandonará en seguida si ella cede a sus súplicas. Cortesana o no, esa Flamen es inteligente y posee una asombrosa sangre fría. Este último año, el recaudador Flavio perdió su cargo por haber robado el dinero de los impuestos para ofrecerle suntuosos regalos a la señorita. El mismo día en que lo apresaron se volvió hacia otro más rico admirador, que fue obligado, como el anterior, a contentarse con pagar muy caro aquella amistad platónica.

Matthat había adquirido billetes que les daban derecho a dos asientos en la gran cavea o auditorium. Penetraron por el pasillo denominado paradoi, que separaba a los actores del público, y recorrieron otros corredores que se separaban del primero hasta alcanzar una fila de asientos cercana al escenario.

Las filas que precedían a la suya estaban reservadas a la nobleza y a la clase opulenta que, prácticamente, se asimilaba a ella. Justo encima de las aberturas construidas para la entrada del público, dos palcos, muy adornados, llamados tribunália, se destinaban exclusivamente a los altos dignatarios de la ciudad.

—Una de las tribunália está siempre ocupada por el enamorado de turno, aquel de quien Flamen acepta temporalmente las atenciones —explicó el judío—. ¡Puedes comprobar con ello que sólo tolera la corte de hombres muy ricos! Nadie que no lo fuera podría ofrecerse, día tras día, el lujo de ocupar una de esas carísimas tribunália.

José dirigió a su alrededor miradas nuevas —era la primera vez que ponía los pies en un teatro—, tratando de verlo todo de una vez. Delante del escenario se encontraba una vasta plataforma semicircular, sobre la cual, según las necesidades del espectáculo, los coros cantaban o bailaban, y al borde de la cual se sentaban los músicos. Estaban afinando sus instrumentos cuando ellos entraron.

Una especie de gran tabique separaba al público del escenario propiamente dicho, pero apenas los dos amigos se hubieron instalado, el tabique se hundió, descendiendo por una hendidura preparada a este efecto en el suelo por los arquitectos, y el escenario apareció, con su tela de fondo pintada.

Casi no existía maquinaria escénica, a excepción del eccyclema, plataforma con ruedas que se empujaba sobre la escena cuando ciertas representaciones especiales así lo exigían.

El auditorium se llenaba rápidamente, y todas las conversaciones reunidas producían un rumor de oleaje. Este espectáculo que precedía al otro, era ya muy brillante: las túnicas de los hombres y los vestidos de las mujeres que los acompañaban rivalizaban en color y brillo. Los vendedores recorrían los pasadizos vendiendo caramelos diversos, frutas y pequeños odres de vino para los espectadores que tenían sed. Hasta entonces nadie había bebido todavía y ya se llamaban de un asiento a otro, con frecuencia a varias filas de distancia; se lanzaban chistes y se contaban las últimas novedades y los más recientes rumores escandalosos.

Pronto los músicos atacaron la obertura y hubo una ligera disminución del tumulto verbal. Por suerte, Matthat y José estaban colocados de modo que oían bien la música y veían por entero el escenario.

Aparecieron primero unos malabaristas: jugaban diestramente con sables y dagas que se lanzaban unos a otros con magistral destreza.

Una hermosa muchacha con los senos cubiertos con placas de metal incrustadas de piedras preciosas y que llevaba un cinturón dorado, colocó los sables en el suelo con las puntas al aire, y ejecutó entre las hojas puntiagudas una danza de una agilidad sorprendente. Parecía, a cada instante, que fuera a caer encima de una de aquellas puntas amenazadoras y los espectadores retenían la respiración, pero a cada paso sus desnudos pies y sus largas piernas blancas pasaban a poquísima distancia, sin tocarlos nunca.

Vino entonces la primera obra. Se trataba de un mimodrama subrayado con comentarios hablados, uno de aquellos cortos dramas escandalosos, donde los gestos contenían tanta intención como el texto, y donde el texto, apartándose con frecuencia de los sobrentendidos, se dirigía al auditorio en apartes de una franqueza absoluta y de una crudeza sin paliativos.

Los caracteres principales de las obras eran clásicamente la esposa infiel, el amante afeminado y demasiado guapo, el marido cornudo y la alegre coqueta. Esta jovencita, muy bonita, obtuvo un ruidoso éxito al aprovechar todas las ocasiones de enseñar lo más posible. Los espectadores demostraron un entusiasmo tumultuoso, lo que no les impidió proseguir en voz alta sus conversaciones… que en este caso no nos atrevemos a llamar «privadas».

Después llegó corriendo, desde el fondo del escenario hasta la orquesta, un grupo de bailarinas, con ligeras túnicas, collares de flores en los cabellos y alrededor del cuello, y liras doradas entre los dedos. Cantaron un tierno poema de amor y, dejando las liras alrededor del escenario, danzaron con una gracia voluptuosa, mientras las ropas casi transparentes añadían un encanto turbador.

Siguió una farsa mimada, el Atellan[15], con sus personajes cómicos: el payaso Buceo, el tonto Pappus, el atolondrado Maccus y el sabio Dossemus.

A continuación el escenario quedó vacío y los músicos interpretaron una extraña melodía, de una melancolía obsesionante y dulce, muy pegadiza, que José no había escuchado nunca y que Matthat le dijo ser una canción del antiguo Egipto.

Una muchacha de piel oscura apareció y corrió sobre las puntas de los pies y los brazos en alto, hasta el centro de la escena, donde se inclinó, flexible como un junco, hasta tocar el suelo con los dedos. Después se irguió y saludó con una lenta sonrisa: José dio un respingo de extrañeza al reconocer a Albina, la hija de Aquiles.

—Después de Flamen es la mejor danzarina de Alejandría.

Son las dos mejores que hayan actuado en este teatro desde hace muchos años. Además, es una muchacha muy buena y muy simpática.

La estatuilla bronceada no llevaba más que una banda de seda en forma de taparrabo, alrededor de los riñones, pero resultaba tan agradable de contemplar, había en ella algo tan casto en su esbelta y flexible silueta, que José ni por un instante pensó que fuera casi desnuda. Su danza era para él una cosa nueva, consistente más en estatismo que en movimientos, en actitudes estilizadas donde los dedos representaban un papel importante, pero que el público apreciaba visiblemente: los egipcios, sobre todo, parecían entusiasmados. José se dio cuenta de que debía ser la gran favorita de los de su raza.

Cuando terminó y desapareció, los aplausos y los gritos la obligaron a volver a saludar, con el extraño y gracioso saludo de su delgado cuerpo enhiesto y después plegado por el talle hasta tocar el suelo con sus dedos. Después desapareció entre una interminable ovación.

La representación prosiguió según el programa establecido: el espectáculo duraba cuatro horas enteras.

Finalmente, un grupo de mujeres negras venidas del lejano corazón de África ejecutó las inquietantes y sensuales danzas tribales de su país, con sus cuerpos desnudos que cubría sólo un delgado cinturón, bañados en sudor y brillantes de reflejos a la luz y al calor de un auténtico fuego encendido en el escenario en un amplio barreño de cobre.

—Pronto aparecerá Flamen —dijo Matthat—. Su actual enamorado ha ocupado el palco.

José volvió los ojos hacia la tribunália y vio ocupado un asiento hasta entonces vacío. Aquel tardío espectador era un hombre alto, de rostro duro, pero hermoso, de romano, con las sienes grisáceas, patricio hasta la punta de las uñas y en cada uno de los rasgos de su altivo rostro.

—Es el gymnasiarca Plotino —explicó Matthat—. Aseguran que se ha gastado ya, siempre en vano, varios miles de denarios de oro con Flamen.

José llevaba ya en Alejandría el tiempo suficiente para saber que el gymnasiarca era el jefe director del gran gymnasium, el gran centro de educación, de instrucción y de atletismo, lugar principal de las actividades sociales y de la vida política de la ciudad, y uno de los hombres más importantes de Alejandría.

—¿Qué hace, pues, esa Flamen para ser tan popular? —preguntó José, intrigado—. No creo que pueda ir más desnuda que las que la han precedido.

—No va desnuda. Se asegura que cuando llegó a Alejandría, el director del teatro pretendió que bailara desnuda como las otras, pero ella se negó categóricamente. Ya juzgaréis si tuvo razón de conservar su originalidad cuando la veáis danzar, más vestida, en verdad, que la mayoría de las mujeres que se encuentran entre el público, y comprenderéis la magia que ejerce sobre la multitud.

La última de las danzarinas negras se marchó moviendo las caderas, y la pesada separación subió gimiendo desde las profundidades del subsuelo. El crepúsculo había ya caído y el personal del teatro encendió las antorchas. El silencio de la asistencia indicaba su espera, estremecida, de la atracción principal.

Entonces, lenta y pesadamente, igual que subió, la separación descendió otra vez, descubriendo un espectáculo de una belleza maravillosa.

Un jardín florido, colocado en el eccyclema, había sido puesto en el escenario. Aparecía en él un banco y una pequeña fuente dejaba oír el canto del agua, con tanto frescor y gracia como si hubiera sido natural. Las flores estaban dispuestas con tanto arte que parecía hubieran crecido alrededor de la fuente y a causa de ella. La belleza del cuadro por sí sola arrancó ya aplausos a los espectadores entusiasmados.

Cuando el silencio se hizo de nuevo, una mujer surgió de una glorieta que se alzaba detrás del banco. Llevaba un lirio entre las manos. Iba vestida con una túnica de un blanco deslumbrante, cuyo tejido, a cada uno de sus pasos, a cada uno de sus movimientos, se pegaba a su cuerpo. Una cinta de plata rodeaba su cintura y subrayaba cada uno de sus pechos. En sus cabellos, de un rojo encendido, una ligera diadema de piedras preciosas resplandecía a la luz de las antorchas.

Los aplausos la saludaron con frenesí y ella esperó pacientemente a que hubieran cesado antes de pulsar las cuerdas de su lira y de ponerse a cantar.

El canto —el poema— cuando llegó a los oídos de José le era ya familiar. Le era familiar ya cuando lo oyera por primera vez cierto día en las calles de Tiberíades, por una voz conmovedora, cálida y fresca a la vez, que planeaba hasta las aguas del lago:

Tejeré violetas blancas

y hojas de mirto verde,

y rodearé con narcisos

la vara de los altos lirios claros,

mezclaré azafrán tierno

al jacinto de mirada azul,

y confiaré a la rosa

todo el amor de mi ardiente corazón.

Heliodora, toma la corona

y colócala en tus cabellos.

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