María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo VII
Página 24 de 65
Capítulo VII
EN EL CUAL JOSÉ, HABIENDO HALLADO A UNA MARÍA QUE RECHAZA SU AMOR, ENCUENTRA AL MISMO TIEMPO UN ENCANTADOR AMOR QUE ÉL RECHAZA ASIMISMO, PERO CON GENTILEZA.
Él la escuchaba cantar bebiendo literalmente su belleza con los ojos y su encanto conmovedor con los oídos. María había cambiado desde sus años en Magdala; su cuerpo era ahora el de una mujer espléndida, sin ninguna huella de adolescencia, y su voz había cobrado una cálida madurez. En otro tiempo poseía la imponderable calidad de las campanillas de plata que fabricaban los artesanos de Éfeso, que no tienen igual en el mundo; pero ahora había adquirido una hondura, una gravedad redonda y plena; era una voz que hacía latir el pulso de los hombres con fuertes golpes y enviaba su sangre a las sienes.
Resultaba fácil comprender que había —y por qué había— ganado la admiración de las multitudes hastiadas de Alejandría, ya que bastaba dirigir una mirada al público para comprobar que, aunque se hallaran presentes las más célebres cortesanas de la ciudad y las más ricas patricias, no existía una sola mujer que se le acercara ni en belleza, ni en porte, ni en seducción naturales. El gymnasiarca Plotino se había inclinado al borde de su palco y, al terminar la canción, José vio a la joven cantante alzar los ojos hacia la tribunália y sonreír, antes de agradecer, con un saludo lleno de gracia y de soltura, el fragor de aplausos y de aclamaciones que atronó el aire.
—¿No es cierto que es exquisita? —preguntó Matthat.
—Todavía más que hace cinco años —respondió José con una convicción ferviente y sin separar de ella la mirada.
—¿Cinco años?
Una sorpresa intensa apareció en el rostro del judío.
—¿No querréis decir que…?
—Sí. La mujer que Alejandría conoce por Flamen no es otra que la María de Magdala que yo buscaba…
Los ojos del mercader se le salían de las órbitas:
—Entonces… ¿cómo es que no llegabais a encontrarla?
—Porque ya no utiliza el único nombre con que yo la conocía, el suyo. Y también porque parece ser que ha procurado ignoren que es medio judía.
—Fue sensata —dijo Matthat moviendo la cabeza—. A nosotros, los judíos, no nos aman, a pesar de que formamos el grupo más importante de Alejandría. Es absolutamente seguro que ningún romano se casaría con ella si supiera que es judía.
—Sólo mitad judía —repitió José—, y ha sido educada como una griega por un griego.
Pero él no podía sino lamentar que María hubiese decidido disimular su origen hebreo, del que él mismo se enorgullecía.
—Flamen —dijo soñadoramente Matthat—. La antorcha.
¡No podía haber escogido nombre más adecuado! A veces parece, en verdad, un hachón ardiendo.
—Un músico nabateo le dio ese nombre. Hadja siempre la llamó la Llama Viva y ella ha tomado el seudónimo de Flamen para el escenario. ¿Cómo fui tan imbécil de no haber pensado en ello en seguida?
Los aplausos habían, por fin, terminado; la orquesta de cuerda atacó una melodía dulce y acuñadora, y María comenzó a danzar. Era la misma danza que ejecutara ante Poncio Pilatos y sus invitados, pero José no la había contemplado nunca. Mientras ella se desplazaba por el eccyclema, él podía imaginar visualmente la escena que los movimientos de su cuerpo evocaban con un arte maravilloso, con tanta claridad como si se hallara a orillas de su querido y hermoso mar de Genesaret, bajo un cielo negro y preñado de truenos que atravesaban deslumbradores relámpagos; oía la lluvia de Marshvan sobre el agua del gran lago y acariciar las orillas con sus promesas de ricas cosechas. El muchacho y la joven que se paseaban por él dándose la mano, podían incluso ser José y María, aquel José y aquella María de hacía una eternidad…
Matthat hizo una aspiración profunda:
—Es la primera vez que la veo bailar esta danza. ¡Vuelvo a encontrar el olor de la lluvia en las colinas de Galilea!…
La música se extinguió dulcemente. La magnífica criatura coronada de llamas se dejaba lentamente deslizar hasta el suelo del escenario, con los brazos extendidos ante ella, mientras la multitud se ponía en pie en un gran ímpetu de delirio colectivo.
Los hombres lanzaban al aire sus botas de vino vacías, las mujeres las hojas secas que habían contenido los pasteles. Sus entusiasmos necesitaban expresarse por medio de gestos vanos, pero que aliviaban sus nervios, demasiado en tensión.
María permanecía en escena, allí donde se había detenido, y saludaba aún, esperando con paciencia que el tumulto se calmara; José ya no podía dudarlo: ella había alcanzado la situación triunfal que ambicionara. Ídolo del pueblo de Alejandría, teniendo como esclavo a uno de sus más importantes ciudadanos, el gymnasiarca Plotino, ¿podía desear algo más?
Cuando se restableció la calma, la orquesta tocó una melodía completamente diferente, de ritmo sensual, y el cuerpo de Flamen se convirtió en seguida en la promesa eterna de la mujer, su respuesta al deseo imperioso del hombre.
—Se dice que Salomé, la hija de Herodes, danza así para sus amantes —dijo Matthat—. He visto veinte veces a mujeres de Oriente bailar esta danza desnudas, pero resultaban infinitamente menos deseables que esta Flamen que danza vestida.
El joven cirujano dirigió su mirada hacia la tribunália. Plotino, pálido, con gruesas gotas de sudor en las sienes, aparecía inclinado hacia delante, con los ojos fijos en la seductora silueta que con tanto arte se movía en la escena. En un instante de adivinación, José comprendió que el otro no había poseído aún a María de Magdala: ningún hombre desea con tanta voracidad un fruto que ya ha probado. Aquella seguridad, sin embargo, le aportó poca alegría.
—¿Cómo sois capaz de conservar vuestra calma? —Matthat demostraba una gran extrañeza—: Si amáis a esa joven, ¿no ardéis en el mismo fuego que Plotino?
José movió lentamente la cabeza.
—Cierto es que Flamen es todavía más hermosa de lo que lo fuera María de Magdala, pero la mujer que danza no es la misma. Un espíritu malo se ha apoderado de ella.
—Si se trata de un mal espíritu, vos sois el único hombre aquí que no estuviera dispuesto a entregarle su alma… No es extraño que ella pueda hacer de los hombres lo que desee.
La danza alcanzó su inevitable apogeo y María abandonó la escena corriendo. Sin embargo, la muchedumbre la aclamaba, gritaba y armaba un alboroto formidable y ella tuvo que volver a saludar varias veces antes de irse, y sólo se restableció el silencio cuando subió del subsuelo el tabique de separación.
—Deseo hablar con ella —dijo el galileo—. ¿Sabéis por dónde se va a los vestuarios?
—Sí. A veces Albina cena conmigo después de terminado el espectáculo.
En la parte posterior del vasto escenario todo le pareció confusión mientras buscaban el camarín de la bailarina. Mujeres apenas vestidas atravesaban rápidas. Estaban quitando el decorado del eccyclema, porque el espectáculo del día siguiente sería distinto. Con sus instrumentos debajo del brazo, los músicos abandonaban el teatro. A la entrada de un corto corredor que conducía al camarín de la estrella, aparecía pintada en la pared una antorcha encendida. Debajo de ella, un soldado romano montaba guardia, con la espada en alto, con el escudo personal del gymnasiarca fijado a su casco debajo de las águilas romanas. Cuando Matthat y José llegaron a su altura, extendió el brazo y la hoja brillante les cortó el paso.
—Deseamos hablar a la danzarina Flamen —dijo cortésmente José—. Somos antiguos amigos de Galilea.
—Nadie visita a Flamen sin permiso especial del gymnasiarca —dijo el soldado con aire de aburrimiento y fatiga, como si aquella clase de tentativa se produjera con mucha frecuencia y resultara monótona—. Seguid vuestro camino.
—Pero…
—¿No habéis oído lo que os ha dicho el guardia? —exclamó una voz a sus espaldas.
José se volvió y vio a Plotino a menos de un metro de él. El rostro del gymnasiarca resultaba aún más duro y amenazador, visto de cerca, que desde lejos en la tribunália.
—Lo he oído —dijo José, siempre igualmente cortés—. Si permitís que le digan a Flamen que José de Galilea está aquí y desea verla, estoy seguro de que me recibirá. Somos antiguos amigos.
—Flamen no tendría a un judío por amigo —dijo Plotino, despreciativo—. Conozco a este Matthat; es un encubridor, un mercader de objetos robados. ¿Esperáis, por medio de un subterfugio tan grosero, llegar a venderle algo?
—No pretendemos venderle nada —aseguró Matthat.
José insistió:
—Os aseguro que la conocí en Galilea.
—¡Silencio, perro judío! —gritó el otro, rojo de ira—. ¡Insultas a Flamen sólo con insinuar que podría conocer tu maldito país!
Una luz asesina pasó rápidamente por sus ojos; sin que José hubiera podido esperar que Plotino se dispusiera a pegarle, recibió en la sien el choque violento de un puño con guante de malla, sintió que la piel se hendía bajo el metal en un relámpago de sufrimiento, y después la oscuridad se lo tragó.
De momento creyó hallarse en su domicilio, en el departamento que compartía con Baña Jivaka, en el Rhakotis. Era de noche, pues una lámpara de aceite brillaba, en un aplique, contra la pared, y la habitación era semejante a la que él ocupaba, semejante a miles en el barrio griego, pero algo, sin embargo, distinguía a ésta de aquéllas: una cierta manera de estar colgadas las cortinas de la ventana, algunos almohadones de colores alegres y un olor delicado que flotaba en el aire.
Percibió un movimiento en el rincón más alejado y distinguió un vestido de seda blanca. Durante un breve instante de ilusión apasionada, creyó que se trataba de María, pero cuando una joven avanzó hacia el centro del círculo de luz, reconoció la piel oscura y los rasgos de Albina, la hija del ladrón.
—¡Por fin has decidido despertarte!
Los dedos de la joven tocaron su frente y él se dio cuenta de que llevaba un vendaje. Entonces recordó casi lo sucedido, cuando se encontraba a dos pasos de la puerta de María.
—¿He permanecido mucho tiempo inconsciente?
—Casi seis horas, según la clepsidra. Vi cómo Plotino te lanzaba al suelo en el corredor del camarín de María. Matthat y yo te trajimos aquí mientras permanecías sin conocimiento.
—¿Quién me vendó?
—Tu amigo, el médico de Malabar. Matthat fue a buscarlo.
Nos aseguró que sólo estabas aturdido y que lo mejor era dejar que volvieras en ti por ti mismo.
—¡Pero es de noche!
Intentó alzarse sobre un codo y en seguida la habitación se puso a dar vueltas. Albina le ayudó dulcemente a recostarse en los almohadones.
—Es casi de día —dijo—. ¿Por qué?
—¿Hemos pasado la noche juntos?
—Buena parte de ella, sí. ¿Qué sucede? Yo no me inquieto por ello, ¿por qué habrías de inquietarte tú?
—¿Y tu reputación?
Ella alzó los hombros sonriendo:
—Yo soy bailarina. Que lo seamos o no, todo el mundo nos cree cortesanas. Por consiguiente, más vale que no nos preocupemos por ello. Tienes que permanecer acostado.
—Ma… Flamen… ¿se enteró de que yo la buscaba?
Albina negó con la cabeza:
—Plotino está loco de celos. En cuanto ella llega al teatro, coloca un guardia ante su puerta y nadie puede invitarla, ni siquiera el director. ¡No hubieras debido intentar verla en el teatro! Si Matthat y yo no te hubiésemos sacado de allí inmediatamente, Plotino hubiera podido muy bien matarte. Es el dueño en Alejandría. Se asegura incluso que el Gobernador se halla más o menos sometido a él.
—Pero ¡si hacía semanas que la buscaba fuera del teatro! —protestó el joven.
—Entonces, ¿es verdad lo que dijiste de Galilea?
Quizás hubiera dicho demasiado, pensó de pronto el herido.
Si María deseaba que su origen medio judío no se conociera en Alejandría debía, como amigo, guardarle el secreto.
—Quizá me engañara —dijo vagamente, pero era demasiado honrado para mentir.
—No te preocupes —dijo Albina, consolándole—. Yo soy una de las pocas personas que saben que Flamen lleva sangre judía. Al principio de estar ella aquí, fuimos muy amigas. Yo entonces era primera bailarina y ella formaba parte del coro, pero no tardó mucho en pasar delante de mí.
—¡Después de eso, la mayoría la odiaría!
Albina movió la cabeza:
—No. ¿Por qué? Flamen es una gran artista; la mejor danzarina que yo he conocido. Es normal que ocupe el lugar que le corresponde según los dones que ha recibido, y nadie podría odiarla por eso. Lo malo es que ha matado su alma, y eso no puedo perdonárselo.
—¿Qué estás diciendo?
—La mujer ha sido creada para responder a una inmensa necesidad del hombre. Entre sus brazos, y sólo allí, puede olvidar las preocupaciones de la jornada y ella puede otorgarle hijos vigorosos e hijas hermosas, con el fin de que su linaje no se extinga. Pero una mujer que atiza las pasiones de los hombres y que, aunque está resuelta a no calmarlas, se dedica sabiamente a inflamarlas todavía más en su propio interés, esto lo considero deshonesto.
—¿Es, pues, cierto que no se entrega a ninguno de los hombres que la siguen así?
Una expresión de desencanto, casi de pesar, cruzó por sus hermosos ojos:
—¡Tú también, José! Tú la amas… como los otros…
—No como los otros —rectificó tiernamente—. Siempre la amé. Hace años que la conozco, años que la amo fielmente.
¡Pero no a la mujer que he visto! Ella era entonces una adolescente exquisita, intacta, que nada había estropeado… Hoy…
Dejó en suspenso la frase comenzada: el pensar en lo que se había convertido, le hacía daño.
—Resulta difícil pensar que Flamen haya sido como tú dices, José. Pero, ya que la amas tanto —prosiguió Albina—, voy a decirte lo que creo, y es que Flamen no ha sido la amante de nadie, que sólo ha amado su propia avidez, su propio y único deseo, el deseo de oro y de poder.
—¡No! No es la avidez lo que la empuja —objetó él suavemente—. Es un profundo deseo de venganza.
—¿Qué deseo de venganza podría poseer tanta fuerza y tanta duración?
—Fue cruelmente violada por un romano, en su adolescencia —explicó él.
—Y en consecuencia… ¿odia a todos los romanos? Sí… eso puedo comprenderlo… cualquier mujer lo comprendería…
¿Y tú seguiste amándola a pesar de todo, José? Debes de ser un santo.
José movió la cabeza:
—¿Por qué culparla de su desgracia? Un sabio entre los judíos dijo cierta vez: El amigo ama en cualquier tiempo, y el hermano ha nacido para amar en la adversidad.
Albina alisó con sus dedos suaves la venda que le rodeaba la frente:
—No he conocido muchos judíos, José, y nunca a ningún hombre parecido a ti, y si Flamen te trata como trata a los demás…
Ella respiró profundamente, como para reunir todo su valor:
—¿Por qué me resulta tan difícil decirte que me sentiría feliz si pudiera concebir robustos hijos de ti, y consolarte entre mis brazos, y preservarte del daño que causa el mundo? Yo soy una danzarina y me consideran, como es lógico, una meretriz, pero nunca he dormido con un hombre por su oro, ni lo haré. Por consiguiente, ningún hombre de bien querrá casarse conmigo a causa de ello.
—Creo que te engañas, Albina —dijo, poniendo una mano encima de las suyas—. Muchos hombres te querrían por lo que eres, y no por lo que la gente cree que te es común.
—Hombres como tú, sí, pero nunca he visto ni uno solo. Yo desearía ahorrarte el pesar que Flamen te causará, lo sé, pero si insistes en querer verla, voy a decirte dónde y cómo podrás encontrarla. Ella vive a orillas del lago Mareotis, fuera de las murallas de la ciudad, más allá del Serapeo, allí donde la mayoría de los ricos tienen sus villas. Según me han dicho, Plotino la rodea de una guardia continua, pero si vas a lo largo de la orilla, te será posible deslizarte en el jardín, entre las tapias y el agua.
Él se acordó de una experiencia análoga, cuando la salvó al pasarla por el agua más allá del muro…
—¿Cómo sabes tú eso? —le preguntó.
Albina le sonrió tiernamente:
—¿Olvidas que mi padre es ladrón de oficio? Pero vigila que no vean o crean también que eres un ladrón. Sus guardias pronto alejarían de ti toda esperanza de volver a verla… a ella… a cualquiera…
La boca de la muchacha sonreía, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.