María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo IX

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Capítulo IX

EN EL QUE DEMETRIO RECUPERA LA VISTA Y MARÍA SIGUE NEGÁNDOSE A ABRIR A LA VERDAD LOS OJOS DE SU ALMA.

José y Bana Jivaka operaron el ojo derecho de Demetrio unos días más tarde, y al cabo de dos semanas retiraron el vendaje con el que habían cubierto ambos ojos con objeto de que toda luz, por débil que fuese, todo estímulo y toda fatiga fueran evitados no sólo al órgano operado, sino también al otro, y que los movimientos fueran en ambos reducidos a lo mínimo, con objeto de facilitar la curación.

Al indio le costó bastante obtener el trance que suprime toda conciencia y, por consiguiente, todo sufrimiento, ya que el resto de visión que le quedaba al anciano era tan reducido que apenas divisaba la esmeralda. Sin embargo, para obtener la inmovilidad total era necesario una especie de deslumbramiento producido por un objeto brillante, y ella era necesaria en una operación tan larga, minuciosa, delicada y, hay que decirlo, tan dolorosa.

Fue imprescindible, por consiguiente, recurrir a una llama muy viva, que el anciano miró no sin aprensión, ya que causaba mucho dolor a su nervio óptico, pero sí con valor, mientras que con una voz serena e irresistiblemente firme, en la que ponía toda su voluntad, el cirujano le ordenó que se durmiera.

Los instrumentos colocados encima de la mesa formaban un arsenal en apariencia muy mezquino para luchar contra la ceguera: un finísimo punzón de metal terminado en un garfio minúsculo, una larga aguja, todo lo afilada posible, terminada en vez de ojo en un pequeño mango de madera perfectamente adaptable a los dedos y a la palma de la mano del operador.

María y Hadja quisieron hallarse presentes.

—La operación que voy a efectuar —dijo José cogiendo el delgado garfio— es muy sencilla. La catarata, como sabéis, se limita al pequeño cuerpo esférico, transparente como cristal en todo ojo sano, que ocupa el centro del globo ocular. Este cuerpo que se ha vuelto opaco hay que desalojarlo de su posición normal y hacerlo caer fuera del rayo visual, lo que permitirá que la luz pase. El garfio se utiliza para asegurar la inmovilidad total del ojo durante la inserción de la aguja.

Mientras iba explicando, José introdujo con prudencia el pequeño garfio en el extremo del blanco del ojo, de manera que, cuando fijaba firmemente el punzón, el instrumento estabilizaba el ojo por completo.

—¿No siente ningún dolor? —preguntó María, inquieta.

—El dolor radica en el espíritu, y durante el trance dominamos el espíritu.

José tomó entonces la aguja y, cogiéndola por el mango de madera entre sus dedos, presionó con sumo cuidado la punta en el globo del ojo, justo al borde del iris, y la hizo deslizar de tal suerte que pasaba por detrás de la pantalla pigmentada, en el centro de la cual se abre la pupila.

—Puede alcanzarse la catarata por delante o por detrás del iris; Susruta utiliza este último procedimiento y, por consiguiente, hacemos lo mismo.

Los gestos del joven cirujano eran mesurados, seguros y tranquilos, ya que durante aquellos meses había efectuado esta operación en varias ocasiones; la aguja le obedecía tan perfectamente como sus dedos y parecía formar parte de él mismo. En un momento dado encontró la resistencia del cuerpo esférico que endurecía la catarata, y por medio de varios movimientos perfectamente controlados, rompió la cubierta de la lenteja y los asistentes pudieron ver la pequeña abertura redonda de la pupila, la punta de la aguja y el desgarro que ocasionaba; apareció una minúscula esfera de un blanco mate, del tamaño de un guisante, que resbaló lentamente a través de la clara gelatina que llevaba la parte posterior del ojo, gelatina que iba a atravesar por efecto de su propio peso y en el fondo de la cual caería.

Baña Jivaka, que en más de una ocasión disecó cadáveres de gentes que habían fallecido por otros motivos algunos años después de haber sido operados de cataratas, aseguraba que ésta se disolvía y reabsorbía enteramente con el tiempo, sin dejar rastro.

José retiró la aguja cuando el borde superior de la esfera opaca llegaba al borde inferior del iris. Esperó con ansiedad para ver si, como algunas veces sucedía, la bola blanca saltaba y pasaba delante de la pupila, ya que en ese caso sería necesario empujarla hacia atrás y guiarla hacia abajo, e incluso partirla en varios pedazos con la punta de la aguja, trabajo que requería mucho tiempo y presentaba —sobre todo— el riesgo de provocar una peligrosa inflamación del ojo, que destruiría el efecto de la operación.

Todo salió bien. La catarata desapareció fuera del rayo luminoso y no hizo falta hacer nada más. El vendaje fue colocado fácil y sencillamente. La colocación con una tela que cubriera el vendaje y tapara los ojos fue más laboriosa. No quedaba por hacer más que esperar las dos semanas de ritual para saber si la operación había logrado éxito y si se iba a poder tratar el ojo izquierdo.

Las dos semanas habían transcurrido. María y Hadja se encontraban cerca de José y de Jivaka en la habitación semioscura mientras José, habiendo retirado la envoltura externa, se encontraba ante la última capa de vendas, vacilando quitarlas y romper la especie de sortilegio que los tenía inmóviles y tensos… El cuerpo de María se pegaba al suyo: tanto temblaba de esperanza y de angustia a la vez.

Suavemente, retiró el último obstáculo a la luz y con un gran suspiro silencioso de satisfacción, comprobó que, por debajo, la pupila aparecía transparente y clara.

—¡Por Diana! —exclamó Demetrio—. ¡Veo la luz! ¡Veo…! María se lanzó al cuello de José y lo besó en la boca:

—¡Lo has conseguido, José! ¡Le has devuelto la vista!

Después, confusa por aquella explosión espontánea, se volvió hacia Jivaka.

—¡Perdonadme, os lo ruego! Nosotros, los judíos, nos excedemos al manifestar nuestros sentimientos, y nos emocionamos con facilidad…

—Un hombre a quien tal felicidad no estremeciera sería de piedra —dijo José—. Los cirujanos no conocen alegrías más vivas que las de volver la luz a un ciego.

Sin embargo, José había tomado nota del Nosotros, los judíos…

—¡Hay que celebrar dignamente esto! —gritó María—. ¡Esto nos recordará los buenos tiempos de Magdala!

José, emocionado hasta lo hondo de su corazón, seguía tomando nota.

Los amigos, a quienes la feliz emoción común facilitaba la conversación, aprovecharon aquella distensión de sus nervios para discutir largamente de las cosas que más les interesaban, y que más preocupaban a José: de los dioses paganos y del Dios único, de Sócrates y de la conciencia, del Mesías y del amor al prójimo, que tendía a reemplazar, en los judíos, la estrechez de fórmulas.

José recordó las palabras de Demetrio, que el indio admiró muchísimo: Los demonios que poseen a un hombre nacen en sí mismo, son los hijos de sus propios deseos.

Al cabo de un tiempo bastante largo, el anciano manifestó que deseaba descansar y María dijo que necesitaba prepararse para el teatro. Jivaka retornó al Rhakotis, pero María retuvo a José, que se disponía a partir con su amigo:

—José, ven conmigo al jardín; tengo algo que decirte.

Por la mañana había llovido y los árboles y las flores aparecían aún relucientes de humedad. El sol había secado ya el banco de piedra de la orilla del estanque.

—Siéntate un momento cerca de mí —dijo ella—. Ya casi no te veo.

—Me aconsejaste que me fuera de Alejandría, recuérdalo. —Si lo hicieras, sería mejor para ti y para mí. Yo soy tal como decía tu amigo hace un momento hablando de los judíos: por todas partes por donde yo paso, se produce inevitablemente «una gran conmoción y mucho ruido».

—¡Yo también soy judío! ¿Lo has olvidado?

—Sí, pero tú eres sensato y serio, y en cambio mis emociones son tan ardientes como mis cabellos.

—La muchacha a quien conocí en Magdala era amada por todos y, no obstante, sus emociones también eran ardientes…

María sonrió con su risa medio falsa, medio cínica, que él ya le conocía.

—¡Olvidas fácilmente, José! Las mujeres de Magdala me odiaban porque sus maridos se paseaban para seguirme con sus ojos por la calle. Ellas sabían lo que ellos pensaban, y yo también…

—Que los hombres sientan el deseo de poseerte, no te da derecho a odiar.

—No —admitió ella—. Supongo que no. Pero yo sólo odio a Gayo Flaco y a los romanos.

—¡Eso representa ya odiar a muchos! Recuerda lo que Demetrio decía de Sócrates: la bondad y la caridad son un fin en sí mismas. Nuestros antiguos profetas enseñaron la misma cosa durante miles de años. Deberías anular el odio en tu corazón y en tu alma.

—¿Cómo podría hacerlo mientras él esté vivo?

—Matar a Gayo Flaco, empujar a algunos romanos a la ruina a causa del deseo que sienten por ti, no te proporcionará nunca la paz, María. Si llevas a cabo ese horrible proyecto, te arrepentirás toda la vida, y eso admitiendo que no pierdas la tuya al ejecutarlo.

—Entonces tú, en mi lugar, ¿qué harías?

—Sólo encontrarás la paz perdonando.

—¡Perdonar a Gayo Flaco! —exclamó ella, roja de ira y de vergüenza—. ¿Cómo puedes sugerir semejante cosa y pretender aún ser amigo mío?

—Precisamente porque soy amigo tuyo sé que no existe otro camino que conduzca a la paz interior, y te lo digo. Abandona ese plan insensato, María —suplicó él—. Gayo Flaco es uno de los favoritos del emperador Tiberio, y sobrino de Pondo Pilatos. No podrás suprimir a un romano de esta importancia y vivir un día más.

—¿Ni tan siquiera si tal es mi derecho, según la ley?

—Ni tan siquiera así. Pero ¿qué ley te daría el derecho de matar?

—La ley escrita de los judíos: Si un hombre encuentra en un prado a una joven prometida, y si la viola, y si se acuesta con ella, entonces el hombre que se haya acostado con ella morirá.

José, de momento, no encontró respuesta, pues ella había dicho verdad: tal era la rígida ley de los judíos. Sin embargo, protestó:

—La ley dice que el hombre morirá, pero no te da derecho a matarlo. La ejecución de la ley pertenece al dominio del Consejo y de los jueces.

—La ley dice que la vida del culpable pertenece al hombre a quien la joven está prometida. Tú no has matado a Gaya Flaco, José; por consiguiente, me corresponde a mí el hacerlo.

—Eso hubiera sido un asesinato.

Ella golpeó el suelo con cólera:

—¡Yo era tu prometida! —exclamó ella—. Pero ni tú, ni el Consejo, ni los jueces judíos se hubieran atrevido a matar a Gayo Flaco, porque es romano y tenéis miedo. La ley de nuestro pueblo dice que debe morir y yo, que no tengo miedo, ejecutaré la sentencia.

Su furor y su resolución la hacían aún más hermosa y, sin embargo, él sabía que lo que ella se proponía era pura locura que sólo podía desembocar en su propia muerte, fuera cual fuese la justificación que invocara. Pensó en algún medio para impedirlo. Si lograba obtener que le revelara su plan, quizás encontrara el medio de hacerlo fracasar. Sabía que su odio, entonces, derivaría hacia él, pero incluso a ese precio estaba dispuesto a obtener la salud y la vida de la mujer amada.

—¿Cómo esperas conseguirlo?

Ella movió la cabeza, la alzó con un gesto que él conocía bien y que no presagiaba sumisión.

—¿Crees que ahora voy a revelártelo? Mi decisión está tomada, y Alejandría entera conocerá la hora de mi venganza.

—¿Alejandría?… Yo creía que Gayo Flaco estaba en Roma.

—¿En qué crees que he trabajado durante estos últimos meses? —le preguntó ella—. Recuerda que te dije que Plotino haría destinar a Gayo Flaco a Alejandría cuando yo quisiera.

Estará aquí dentro de unas semanas: ¡le han nombrado praefectus vigilium, al mando de todas las tropas romanas acantonadas en la ciudad!

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