María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo X
Página 27 de 65
Capítulo X
EN EL CUAL SE ENCUENTRAN REUNIDOS POR VEZ PRIMERA ADÁN, EVA Y LA SERPIENTE.
Sabiendo que no podría convencer a María de que abandonara su firme resolución de venganza, el galileo estuvo tentado de hacer lo que ella le aconsejara y regresar a Jerusalén. Sin embargo, se vio obligado a cuidar el ojo izquierdo de Demetrio, y la operación, esta vez, fue seguida de una inflamación que le obligó a curar a diario el ojo enfermo, es decir, a visitar cada día la suntuosa villa de María en el lago Mareotis, y ello hasta que la inflamación desapareció. Fue preciso un mes entero antes de que Demetrio se encontrara en estado de salir, y aun entonces se necesitaban muchos cuidados, porque el edema y la hidropesía habían hinchado su cuerpo.
Cuando el anciano músico pudo soportar el trayecto y la fatiga de varias horas de teatro, el galileo le acompañó a ver danzar a María. Desde un asiento algo alejado de la tribunália, consiguió ver bien, ya que su visión era mejor de lejos que de cerca. María, aquel día, parecía inspirada y nunca bailó con más ardor al mismo tiempo que con tanta gracia. Al contemplar su belleza, José admiró el exquisito encanto de su esbelto cuerpo, mientras evolucionaba por la escena siguiendo el ritmo expresivo de la danza. Sintió una depresión profunda y un sombrío presentimiento se apoderó de su alma. Ella se había lanzado por un camino terriblemente peligroso y no estaba en su mano el poderla detener. Ella estaba poseída, en efecto, por un demonio, pero no conocía el medio de echarlo. Su angustia aumentó todavía cuando vio, en el palco reservado al gobernador de la ciudad, a Gayo Flaco, bello como un dios griego.
Cuando la representación hubo terminado se dirigieron hacia el camarín de María por los corredores que se cruzaban en el subsuelo del gran teatro. Ella llevaba aún el vestido con el que acababa de bailar; se encontraba sentada ante su mesita tocador y su ayudante, una esclava de Cyrene,, de piel oscura, le cepillaba el cabello. María se puso en pie y corrió hacia el anciano, al que besó con ternura.
—¡He danzado para ti, Demetrio! —exclamó ella—. ¿Te ha gustado?
—Nunca te ha igualado nadie, hija mía —respondió con una voz velada por la emoción—. Este minuto es la culminación de mi vida.
—¡Tendremos otros minutos! —aseguró ella alegremente—. Muchos otros. El director ha prometido montar las Bacchae de Eurípides, para la gran dionisíaca[16], y yo conduciré las danzarinas.
—Sé que triunfarás —dijo orgullosa y tiernamente Demetrio—. Ahora posees cuanto habías deseado.
—¡Todo no! —Rectificó María, súbitamente seria—. Todo no. Pero el momento se acerca. ¿Le has visto?
La pregunta iba dirigida a José.
—Sí. ¿Desde cuándo está en Alejandría?
—Desde hace pocos días. Plotino organiza un banquete en honor suyo mañana por la noche.
—¿Qué misterio es ése? —preguntó Demetrio.
María explicó:
—Gayo Flaco se encuentra en Alejandría. Hoy estaba en la tribunália.
—¿Cómo te las arreglarás para que no se peleen? Plotino, si te muestras amable con Gayo, sentirá celos.
—José, de eso no entiendes nada; pero yo, en cinco años, he aprendido el arte de manejar a los hombres. No hay más que decir a cada uno de ellos que el otro roba tu afecto.
—Imagínate que comparan tus afirmaciones.
—Como desconfían el uno del otro, es poco probable.
José se encogió de hombros:
—Haríamos mejor en irnos, Demetrio —dijo—. Sin duda la joven llamada Flamen tendrá aquí pronto la visita de sus admiradores.
Su tono hizo sonrojar a María, pero antes de que pudiera responder se oyó la voz del soldado que guardaba la puerta…
Casi en seguida la cortina fue abierta con un gesto arrogante y un hombre alto, con uniforme de tribuno romano, entró.
Durante unos segundos, blanca como una estatua de mármol e igualmente inmóvil y rígida, María contempló al joven romano que avanzaba hacia ella. Sin embargo, recobró el color cuando él tomó su mano, se la llevó a los labios y exclamó:
—Por mi honor, no hubiera sido capaz de esperar la comida de mañana para tener la alegría de encontraros. ¡Tanta belleza y un talento parecido merecen un homenaje más espontáneo!
Después sus miradas se encontraron y una expresión de perplejidad intrigada asomó al rostro del hombre.
—Vuestros rasgos —dijo— me son familiares.
—¿De verdad? —inquirió María.
Ella sonreía, pero sus ojos permanecían duros y fríos.
Sólo entonces Gayo Flaco se percató de que en la habitación había otras personas. Se volvió sucesivamente hacia los dos hombres y los examinó sorprendido y con los ojos muy abiertos.
—¿No eres tú Sanguijuela, José de Galilea, a quien conocí en Tiberíades? —preguntó.
—Yo soy José de Galilea —respondió con calma el joven cirujano.
—Y mi nombre —dijo el anciano— es Demetrio, citarista de Magdala, y resido desde hace algunos años en Alejandría.
Las miradas de Gayo Flaco se trasladaron hacia María, y si fuera posible se diría que se abrieron todavía más, y su asombro creció:
—¿Es posible que seas tú la pequeña danzarina que conocí en Tiberíades?
La voz de María, fría y seca, le cortó la palabra.
—En Alejandría me llaman Flamen —dijo con orgullo.
—¡María de Magdala! —Gayo Flaco pronunció dulcemente aquel nombre—. Las calles de Tiberíades. Has recorrido un largo camino desde entonces, querida. ¡Eres más hermosa que nunca! No es sorprendente que todos los hombres de Alejandría estén a tus pies.
—¿Y vos?
No dijo más que aquellas dos palabras, pero su voz era dulce y casi acariciadora. Al oírla, José comprendió mejor su poder sobre los hombres.
El tribuno sonrió lleno de fatuidad y alzó otra vez hasta sus labios los dedos temblorosos.
—No hay duda de que pronto seré como los demás —dijo—, y espero ser, a no tardar mucho, el primero entre tus admiradores.
José no pudo soportar más:
—Venid, Demetrio —dijo—. Voy a conduciros a vuestra casa.
—¡Quédate, Sanguijuela! —ordenó Gayo Flaco—. ¿Tienes noticias de mi tío Poncio Pilatos y de Claudia?
Antes de que el galileo pudiera responder, Demetrio habló, con un tono decidido:
—José de Galilea hace mucho tiempo que no pone sanguijuelas.
Sabe, romano, que es medicus viscerus del Templo de Jerusalén, el médico cirujano más respetado de toda Judea y médico personal de Poncio Pilatos.
Gayo Flaco se encogió de hombros:
—En Roma otorgamos poca importancia a los médicos, que son griegos en su mayoría.
No se excusó por aquella fórmula desdeñosa ante Demetrio, a quien dominaba la ira.
José, entonces, respondió a la pregunta:
—Antes de embarcar para Alejandría pasé algunos días en la casa de vuestro tío, en Cesárea. Todos gozaban de buena salud, excepto la dama Claudia Prócula, a quien la dificultad de respirar hace sufrir mucho aquel clima marítimo.
—Ella debería permanecer en Tiberíades —dijo Gayo—. Allí se encuentra mucho mejor. Espero ir a verlos pronto.
—Creí que ibais a permanecer en Alejandría —dijo María, que, en seguida, se mordió los labios contrariada por haber demostrado que se interesaba por su residencia.
Sin embargo, él estaba bajo el influjo de su belleza, y no lo notó.
—Pasaré seguramente seis meses en Alejandría y después regresaré a Judea y Galilea. Poncio Pilatos se muestra demasiado indulgente con los judíos. Necesita en Seforis y en Tiberíades alguien con quien pueda contar para vigilar a Herodes Antipas.
—Si teméis a Herodes, ¿no deberíais ir antes?
Gayo Flaco rió con desprecio ante el candor de José.
—Un Procurador romano no «teme» a un miserable tetrarca de provincia. Sin embargo, en buena política, conviene vigilar a Herodes. Por otra parte, se observa agitación en Judea y en Galilea. Por lo que he comprendido, los judíos toman las armas a causa de un hombre llamado Juan el Bautista.
—¿Han oído hablar de Juan en Roma?
En la voz de José aparecía un tono de incredulidad.
—Roma sabe todo lo que sucede, incluso en las lejanas provincias del Imperio. El emperador siempre ha vigilado los manejos de Herodes Antipas. A menos que me engañe en mis deducciones, Herodes perderá la paciencia antes de mucho tiempo, y ese Juan perderá su cabeza.
—¿Por qué razón?
—¿Existe alguna razón mejor que otra para decapitar a quien organiza motines y excita al pueblo? Herodes señala que Juan el Bautista ha predicado el advenimiento de otro rey.
Tú, José, tienes suficiente edad para recordar que dos mil judíos fueron crucificados en Galilea por haber ayudado a uno de esos aventureros que perpetuamente intentan arrancar tu país a los romanos y al gobernador designado.
—Juan el Bautista es un simple predicador —protestó José.
—Me parece que tú sabes muchas cosas sobre él —dijo el tribuno, que en seguida entró en sospechas—. ¿No serás tú, por casualidad, un rebelde?
José movió la cabeza:
—Sé de él lo mismo que saben todos cuantos viven en el país, que es un esenio y que anuncia la venida del Mesías.
—De todas maneras, lo anuncia un poco demasiado alto.
Heredes puede arreglárselas en lo que concierne a Juan, ya que se trata de un judío. Será preferible. Si el que se encargue de ello tiene que ser mi tío, vuestra nación entera va a gemir en las calzadas de los romanos.
—¿Cuándo iréis a Galilea, Gayo Flaco? —preguntó entonces María.
—Supongo que a principios de estío, como os dije. Mi tío ha pedido un suplemento de tropas para reprimir los alzamientos que estallan por todas partes desde que utilizó el tributo del Templo para construir un acueducto, lo que es mucho más práctico y útil. Cuando las nuevas tropas lleguen de Roma, en primavera, tomaré su mando y entonces tus compatriotas sabrán, José, lo que es un puño vigoroso en el timón.
El joven cirujano contuvo su cólera ante el desprecio confesado por el tribuno: una querella en aquel instante no serviría para nada.
Gayo Flaco estaba lanzado, a pesar de la poca importancia de su público:
—Confidencialmente, Poncio Pilatos sospecha que los agentes de Heredes mantienen esa agitación. Si tú eres médico del Templo, debes saber que Antipas ambiciona gobernar Judea lo mismo que Galilea, e incluso la tetrarquía de su primo Filipo.
Heredes es un viejo zorro astuto y no estará de más disponer de su reino.
Lo que Gayo Flaco decía de Heredes era absolutamente cierto, y José lo sabía muy bien. Un grupo de Jerusalén, que se denominaba a sí mismo herodianos, dirigido por Jonatán, uno de los hijos del gran sacerdote, conspiraba sin interrupción ni tregua para lograr que Judea fuera gobernada por un tetrarca judío, y no directamente por Roma, representada por un Procurador. Jonatán, hombre vano y muy preocupado de prerrogativas sociales, había sido descartado para la sucesión al oficio de Gran Sacerdote en favor de Caifás, cuñado del 2 1 4 Gran Sacerdote actual. Si Herodes Antipas conseguía, por casualidad, convencer al emperador Tiberio que Judea le proporcionaría muchas menos preocupaciones bajo el reinado de un rey judío que bajo el gobierno de un Procurador romano, Jonatán sería Gran Sacerdote, y de ahí su adhesión a la política herodiana.
José se volvió otra vez hacia Demetrio.
—Debéis de sentiros muy fatigado. Permitid que os acompañe a vuestra casa.
—¿Vienes con nosotros, querida? —preguntó el anciano alzándose lenta y penosamente debido a que el edema entorpecía sus movimientos y sus fuerzas desfallecían rápidamente.
Antes de que María tuviera tiempo de responder, Gayo Flaco dijo:
—Me consideraría muy honrado si me permitieras conducirte a tu casa en mi silla particular. Debes de estar fatigada después de tus danzas y podríamos detenernos en el camino para tomar algún refresco.
María sonrió y movió negativamente la cabeza:
—Esta noche debo descansar si mañana quiero estar dispuesta para la comida que Plotino ofrece en vuestro honor.
Ella le tendió la mano:
—Hasta mañana, pues.
Gayo se inclinó galantemente y besó sus dedos.
—Hablaré de ti al Gobernador, Sanguijuela —dijo—. Padece gota, y recuerdo que obtuviste buenos resultados tratando a Poncio Pilatos de ese mismo mal. El favor del Gobernador de Alejandría debe ser muy útil a un médico.
Apenas el romano hubo partido, Demetrio, a quien durante todo el rato le costó mucho trabajo contenerse, estalló ya inconteniblemente:
—¡Cerdo arrogante! ¡Marrano vanidoso! Porque vuelve locas a las mujeres, le parece normal insultar a los hombres.
¡Y tú! ¡Tú!
Se volvió, rabioso, hacia María:
—¡Tú haciéndole mimos y gracias y excitándolo como la última de las prostitutas! ¿Olvidaste, quizá, lo que te hizo?
El color desapareció lentamente de las mejillas de la joven y sus dedos entrelazados se apretaron con tanta violencia que su piel se tornó del mismo color que la cara.
—¡No, no lo he olvidado! —dijo muy lentamente, como si esta frase breve fuera una plegaria—. ¡No, ante el Todopoderoso juro que no he olvidado nada!