María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo XIII
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Capítulo XIII
EN EL QUE VEMOS A ALEJANDRÍA EN FIESTAS.
El festival de la Gran Dionisíaca de Alejandría se efectuaba tradicionalmente a fines de marzo, cuando ya las brisas de invierno habían dejado de importunar a la Ciudad sobre el Gran Mar y el aire llegaba tibio, con promesas de estío. Las hierbas crecían profusamente por todas partes y durante los tres días del festival, los parques públicos, las calles, los jardines que bordeaban el lago Mareotis y las islas que parecían flotar en él, resplandecían con idéntica magnificencia de color.
José había oído hablar de aquellos espectáculos, durante los cuales el pueblo de Alejandría se volvía literalmente loco en su búsqueda de placer y en su exceso de excitación, pero aunque el espectáculo de esta locura se desarrollase bajo sus propios ojos, le costó creer lo que veía.
La temporada de las carreras de caballos se inauguraba unos días antes del comienzo de la Gran Dionisíaca, y miles de apostantes se precipitaban cada día hacia el Gran Hipódromo, más allá de la puerta de Canopus.
Por la tarde y por la noche todos los establecimientos de bebidas estaban abarrotados y la alegría desenfrenada reinaba por todas partes. Desde que Dionisio era considerado por los griegos como la misma divinidad que Baco y, por los egipcios, como Osiris y SerApis fundidos bajo otro nombre, el festival de la Gran Dionisíaca ofrecía una excusa a las bacanales más licenciosas que puedan imaginarse, ya que todos podían participar en ella. La población casi entera cesaba de dormir, o casi, durante aquellas tres noches, y lo mismo de día que de noche las plazas públicas aparecían repletas de gentes.
Cada día se representaba en el teatro uno de los grandes dramas griegos, y la culminación de estas representaciones consistía, la víspera de la boda simbólica y de la muerte del dios, en la representación de Las Bacantes de Eurípides, que mostraba al dios que había descendido a la tierra y recorría bajo forma humana la ciudad de Tebas, donde predicaba su propio culto. Rechazado por las mujeres, que no veían en él más que un humano sacrilegio, se dedicaba entonces a predicarles el culto de Dionisio, empleando los sortilegios para conducirlas a un éxtasis de adoración, recordándoles que, en los antiguos tiempos, había arrastrado a las mujeres a sacrificar en homenaje a la divinidad, y a destrozar con sus propias manos niños y animales. Cuando el rey de Tebas, Penteo, intentó oponerse a las orgías abusivas que desencadenaba aquel culto, Dionisio, siempre disfrazado, se servía de nuevo de su poder mágico para enviar al rey vestido de mujer, entre las bacantes, quienes, conducidas por su propia madre, la reina Agave, lo hicieron pedazos, en su frenesí de loco éxtasis.
María, en la representación de aquel año, danzaba el papel de Agave, conductora de las bacantes y madre de Penteo. Cuando, al final de esta escena, abandonaba el lugar de la colina donde el crimen se había cometido, titubeante y llevando entre sus manos criminales la cabeza ensangrentada de su hijo, José no podía impedir que por su espalda corriera un escalofrío de horror; tan realista era la actuación de Flamen, hasta las últimas frases, cuando, dándose cuenta de su crimen, maldecía al dios que la había empujado a matar a su propio hijo. Dionisio, entonces, decía: «¡Tal es el castigo que te envía el dios cansado de tus ultrajes!». Ella respondía: «¿Un dios debe actuar como lo haría un hombre en la cúspide de su ira?», y se lanzaba en seguida a una danza trágica con la cual finalizaba la obra, que termina con el suicidio de Agave, que expía así su pecado.
Una tempestad de aplausos estallaba en el amplio teatro y José comprendió que acababa de asistir a lo que muy bien podía ser en la realidad el último episodio de una vida, la última interpretación de una gran actriz que se identificara con su personaje, y decíase con un escalofrío de angustia que quizás aquélla fuera un ensayo general de lo que llevaría a cabo, realmente, al día siguiente.
Aunque María se hubiera negado con obstinación a decir qué medio utilizaría para matar a Gayo Flaco, José se sentía ahora seguro de adivinarlo. Alejandría entera sabía que el nuevo praefectus vigilium, a quien su rango en el orden ecuestre colocaba ahora entre la nobleza, casi inmediatamente después de la familia imperial, sería el dios Dionisio; y que la mujer más hermosa y más querida de la ciudad, Flamen, sería Afrodita, la diosa del amor.
¿Qué genio diabólico había, pues, inspirado a la joven, permitiéndole actuar de manera que su triunfo de venganza y su triunfo de actriz coincidieran en aquel final de festival?
Sólo ella lo sabía. José, que la vigilaba atentamente desde hacía varios meses, había comprobado Ja tremenda tensión nerviosa que necesitaba ella para mantener un perpetuo equilibrio entre los dos enamorados celosos, desenfrenados y violentos.
Nada, sin embargo, había podido, durante aquellos meses, desviarla del objetivo perseguido por su ambición y por su odio.
Ahora las corrientes ya estaban desencadenadas inexorablemente con la fuerza de una marejada. Ya no había que pensar en detenerla.
Y pensando en el mañana, en la suerte hacia la cual se dirigía la mujer a quien amaba, José sentía un terror frío.
El día siguiente no hubo tiempo para cambiar ni una sola palabra con María antes de que ella partiera para el embarcadero, en la orilla del lago Mareotis, donde el dios Dionisio iba a venir a reclamar a su esposa, la divina Afrodita. A causa de la enorme muchedumbre, el festival, en vez de celebrarse en el teatro, iba a serlo en el estadio. En un extremo del anfiteatro se había montado un escenario. En la escena se había erigido el trono del rey y el lecho nupcial, a través de cuyos cortinajes transparentes los espectadores podían seguir la unión ritual de las dos divinidades. Allí Dionisio sería simbólicamente inmolado, para representar la semilla que muere en el suelo. Después, desde el lecho conyugal, el dios muerto se levantaría vivo, simbolizando esta vez el tallo tierno naciendo del suelo fértil.
Después de lo cual, punto culminante de los tres días del festival, se celebraría la orgía más atroz, más tumultuosa y más desenfrenada de todas, que señalaba el triunfo efervescente de la vida.
José, Matthat y Baña Jivaka asistieron juntos a las diversas ceremonias.
Una multitud inmensa se aglomeraba en la orilla, cerca del estadio, en el lugar donde se encontraba el desembarcadero reservado a las galeras privadas y a las embarcaciones de la corte imperial y real, cuando ésta asistía a los combates de gladiadores. También allí llegaba el dios Dionisio para encontrarse con su futura esposa, la divina Afrodita. Después de lo cual, precedidos y seguidos por un inmenso cortejo triunfal, se trasladarían juntos a través de las calles de la ciudad hasta el estadio mismo, donde la gran diversión que se desarrollaba antes de las bodas sería preparada en su honor. Después se celebraría la boda y, finalmente, se representaría la tragedia, que —José estaba convencido de ello— sería una tragedia real.
La multitud era tan densa que los tres amigos no pudieron atravesarla y tuvieron que contentarse con seguir los acontecimientos a distancia desde lo alto de las escaleras que conducían al estadio. Los espectadores estaban de un humor alegre y al pasar la silla de manos, adornada, esculpida y dorada, y con las cortinillas cerradas, hasta el malecón donde el dios iba a desembarcar, los gritos de «Flamen» y de «Afrodita» resonaron por todas partes.
Surgiendo de detrás de una de las ocho islas, apareció una gran embarcación en la cual remaban cien esclavos. Encima del imponente trono de oro que en ella se había erigido, se sentaba un hombre muy bello, mientras frente a él y alrededor 2 3 4 danzaban muchas hermosas jóvenes. Detrás del trono, un gigantesco esclavo negro sostenía la tradicional cabeza de toro que evocaba, para los egipcios, al dios Apis bajo la forma de quien, a veces, se complacía en aparecer Dionisio.
Al divisar la embarcación, dejose oír el potente clamor de veinte mil pechos: «¡Viva Dionisio! ¡Viva el dios del vino!».
Y en aquel escenario flotante, las danzarinas giraban alrededor del trono en actitudes de adoración, hasta que la embarcación sólo fue colores luminosos, en oleadas, en volutas, en nubes móviles, brillantes y diversas, constituidas por sus vestiduras diáfanas y sedosas. Cuando la barca llegó al fondeadero y fue amarrada, los sacerdotes tonsurados de SerApis se acercaron, se arrodillaron y se inclinaron profundamente; uno de ellos llevaba un sistro, instrumento tradicional de su oficio, y el otro balanceaba largas palmas en señal de bienvenida y de paz.
Dos bellas princesas de Isis avanzaron entonces, con la frente ceñida por una cinta de oro modelada en forma de cobra. La gran sacerdotisa las seguía, con la frente igualmente ceñida por una cobra de oro puro y los hombros cubiertos con el manto sagrado de largos flecos. Llevaba ante ella un tazón lleno con agua del Padre Nilo, agua tan sagrada que sus dedos, para no tocar siquiera el contenido, estaban protegidos por los flecos blancos de la toca que cubría su cabeza y caía a lo largo de su espalda, de sus brazos y de sus manos.
Mientras la sacerdotisa de Isis se prosternaba ante el dios Dionisio para desearle la bienvenida en nombre de su propia divinidad, un coro, dirigido por otro sacerdote, entonaba un himno de loor al visitante olímpico.
Los esclavos, portadores de la silla en la que estaba instalada Flamen, alzaron sus puños hasta la altura de sus hombros y, siguiendo el muelle, la colocaron precisamente detrás de los sacerdotes de SerApis y de las sacerdotisas de Isis. Vestido de un blanco inmaculado, el gymnasiarca Plotino, que dirigía el festival, caminaba al lado de la silla de manos, donde iba la diosa del amor. Mientras avanzaba, él gritaba: «¡Bien venido a Alejandría, oh divino Dionisio! ¡Abandona tu barca, te lo rogamos, y pon pie en esta orilla para unirte a las fiestas que celebramos en tu honor!».
Un largo clamor de aprobación ascendió de la muchedumbre, mientras Plotino alzaba la cortina de la silla y ofrecía la mano a la encantadora mujer que se disponía a descender.
«¡Flamen! ¡Flamen! ¡Afrodita!», rugió la multitud una y otra vez, y transcurrieron varios minutos antes de que la voz de Plotino lograra dejarse oír otra vez.
—Te traemos hoy, oh divino Dionisio, esta maravillosa esposa, también hija de los dioses, y cuya gracia y belleza son dignas de ti, de tus padres y de los suyos. ¡Salud, oh Afrodita, diosa del amor y de la belleza, salud! ¡Oh, divina!
María permanecía inmóvil. Bajo sus cabellos de cobre, recogidos sólo por un delgado círculo blanco que brillaba al sol de la mañana, las líneas reales de su cuerpo espléndido subrayadas por su sencillo vestido blanco, merecía en verdad todos los elogios que le dedicaba su admirador Plotino.
—¡Por todos los profetas de Israel! —susurró Matthat—. ¡Nunca existió una mujer más hermosa; en verdad es digna de un dios!
Bajo la luz de la mañana, Gayo Flaco aparecía, asimismo, tan hermoso como un dios, con su cuerpo magnífico, sus rasgos modelados impecablemente. Una ligera caperuza cubría sus rizos, sandalias de oro en los pies, sin armas, vestido con una corta túnica tan blanca como el vestido de María y que dejaba al desnudo sus musculosas piernas. Las danzarinas vestidas con bombyx transparentes escoltaban su marcha, desde el trono al malecón, y se detuvieron al mismo tiempo que él cuando se encontró cerca de la diosa. Plotino se arrodilló ante él, en señal de buena acogida, a los gritos delirantes de los alejandrinos que se amontonaban en las orillas, las murallas, los muelles, y cuántos lugares pudieron deslizarse sin ser rechazados por los soldados: «¡Dionisio! ¡Afrodita!».
María, a su vez, dijo con una voz clara:
—¡Sed bien venido a Alejandría, oh divino, oh mi futuro esposo!
Ella cayó a los pies de Dionisio, pero fue Gayo Flaco, y no el dios, quien la ayudó a levantarse con ambas manos, la atrajo contra sí y besó sus labios, mientras resonaban las aclamaciones ininterrumpidas de un público entusiasmado. Después, llevando a María de la mano, alcanzó la silla de manos y se instaló al lado de ella, con las cortinillas alzadas para que todos pudieran contemplar la pareja divina que pronto iba a desposarse.
Los esclavos corrían delante de su silla y de la de Plotino, que abría el cortejo, lanzando flores y hojas, mientras el gran desfile, que iba a durar unas horas, comenzaba, pasando por todas las calles y avenidas de la ciudad, por los muelles y por los barrios, antes de regresar al estadio, donde se celebraba el matrimonio ritual, la consumación de las bodas y la muerte y resurrección del dios.
Entonces, la nueva estación comenzaría y con ella el ciclo anual de fecundación, de fertilidad, de crecimiento, de cosecha, de muerte y la renovación perpetua de la simiente a la vida y de la vida a la simiente.
La silla de manos de Plotino abrió la marcha, seguida por los mimos, hombres y mujeres vestidos con trajes fantásticos y representando —cada uno en la forma con que se aparecían a los humanos— las múltiples divinidades honradas en Alejandría.
Después un grupo de muchachitas vestidas de blanco lanzaron flores a la calzada. Seguían las danzarinas que llegaron en la embarcación del dios, y cuyos transparentes velos resplandecían con todos los colores del arco iris.
Desfilaron a continuación los sacerdotes de SerApis, tonsurados, desnudos hasta la cintura y portadores de las palmas rituales y de los sistros que agitaban al andar, de ofrendas al dios, hechas a imagen de las barcas del Nilo, cabezas de toro doradas, altares de sacrificio en miniatura, e incluso una estatuilla en oro, velada, del dios SerApis, cuyo signo llevaban marcado en su frente.
Las servidoras de Isis los seguían —nunca muy alejadas de ellos—, ya que Osiris había sido el esposo muerto y resucitado de Isis, el padre de su hijo Horus, aquel de quien también nació SerApis, ya que los Ptolomeos habían creado este dios único y doble fundiendo en una sola persona a Osiris y al toro sagrado Apis.
Estas sacerdotisas se escogían por su belleza, que disimulaba sólo un taparrabo de seda, mientras una cobra rodeaba su frente y sus cabellos, y ellas agitaban los sistros sagrados, cantando himnos de adoración a su diosa, mientras el pueblo aclamaba su paso bajo el sol que comenzaba a calentar.
La gran silla donde iban en visita el dios y su futura esposa llegaba entonces. Gayo Flaco, visiblemente halagado por ser el centro de la atracción, saludaba y sonreía —cosa que no sabía prodigar— mientras María, muy erguida, con las mejillas tan blancas como su vestido, sonreía maquinalmente. Al distinguirla por entre la multitud que lo inmovilizaba, José, al verla tan pálida y crispada, se preguntó si sería capaz de llevar hasta el fin su proyecto, y rogaba para que abandonara tal propósito y recobrara la sensatez en el último instante. Sin embargo, al recordar que los últimos cinco años de aquella existencia no habían sido más que una incesante e implacable preparación de aquel instante, en el cual ella esperaba vengarse y triunfar al fin del hombre que tan cruelmente la había tratado en su adolescencia, apenas se atrevía a esperar que la razón pudiera aún prevalecer sobre la obsesión insensata que la guiaba y la sostenía.
Detrás de los dioses, danzando, caminando y saltando, centenares de máscaras atravesaban la ciudad. Sátiros y silenos, bacantes y ménadas, ninfas y victorias, todos los personajes tradicionales de las dionisíacas —cuya conmemoración se celebraba en el Imperio entero— llenaban las calles, y detrás de ellos aún, carrozas tiradas con cuerdas doradas por esclavos sudorosos, que vigilantes armados de látigos restallantes flanqueaban a ambos costados. En uno de estos carros, una estatua del tamaño doble del natural, pero que parecía viva, evocaba a Nysa y se alzaba mecánicamente para verter leche en una taza de oro, mientras en la carroza siguiente unos sátiros distribuían vino, haciéndolo correr por unos caños colocados en la parte posterior, de manera que todos pudieran beber cuando les apeteciera.
En otra carroza podía verse al niño cornudo Zagreo, despedazado por los titanes, mientras en el centro de la plataforma, Zeus, padre de Zagreo, sostenía un jarrón de vidrio, en el cual, ante los gritos de estupefacción y de admiración de la multitud, el corazón del niño destrozado continuaba latiendo rítmicamente. La parte posterior de aquella misma carroza representaba la cámara nupcial de Semelé, hija de Cadmos, rey de Tebas, cámara en la cual, impregnada y fecundada por el corazón vivo de Zagreo, nacería Dionisio.
La carroza siguiente representaba, no sin lógica en la cronología, a Dionisio adolescente, jugando con un grupo numeroso de ninfas desvestidas en una gruta de donde, de vez en cuando, salían palomas, pichones y golondrinas que los espectadores se esforzaban por coger. La mayor y última carroza de esta serie presentaba a Dionisio adulto, dios del vino, instalado sobre un elefante conducido por un sátiro.
Otra serie de carrozas menos importantes y de un estilo diferente seguía a la primera.
En cada una de ellas un cuadro viviente evocaba un episodio de la vida de los dioses o de héroes queridos por los alejandrinos.
Alejandro el Grande, deificado, iba acompañado de sus dos protectoras: Victoria y Atenea.
Ptolomeo I, deificado también, y su reina Berenice.
El emperador Augusto y Tiberio, el viviente dios romano-Regimientos de soldados de infantería y caballería cerraban el cortejo, de manera que entre el instante en que la embarcación de Dionisio fondeó en el muelle del lago Mareotis y el momento en que, habiendo dado la vuelta completa a la ciudad, la silla de manos de Plotino, que abría la marcha, entró en el estadio, habían transcurrido más de tres horas.
Fue necesaria, cuando menos, otra hora para que todo el mundo pudiera colocarse según el orden preestablecido, y transcurrieron tres horas más antes de que la última escolta llegara a las puertas del estadio.
Hacía ya mucho tiempo que el espectáculo había comenzado.