María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo XIV
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Capítulo XIV
¡DUERME, MARÍA DE MAGDALA!… ¡Es MENESTER ABANDONARSE AL SUEÑO!
Dionisio y Afrodita, instalados el uno al lado del otro, en sus tronos, en medio del escenario que se alzaba a un extremo del estadio, iban a ver, como les era ofrecido, un interminable programa de festejos.
En la arena, los gladiadores combatían, mirmillones[17] cubiertos de un casco, armados con una corta espada y un escudo, contra retiarius[18], armados, por su parte, con una red, un puñal y un tridente; en plena carrera, los que iban en los carros luchaban con lanza y espada, mientras sus conductores respectivos se esforzaban por medio de hábiles maniobras en estorbar al adversario. No fue preciso mucho tiempo para que la hierba y la arena —según los lugares— se llenaran de sangre, pero los espectadores no se cansaban de pedir más.
Entre estos ejercicios sanguinarios, grupos de acróbatas •efectuaban milagros de habilidad, de fuerza, de agilidad y de precisión, y eran despedidos con aplausos.
Sin interrupción, se sucedían en la pista danzarinas de las más diversas nacionalidades, cuyo arte, en circunstancias diferentes, hubiera interesado mucho a María. Algunos mimos evocaban diversos episodios de la vida de Afrodita, diosa del amor, y de Dionisio, dios del vino.
Instalado cerca de uno de los vomitorios —corredores que conducían a los camarines de los artistas, y por donde éstos salían a la arena—, José presenciaba aquellas representaciones histriónicas, con el hondo malestar de un creyente que asiste a parodias del culto, y temblaba de angustia por María.
Pero a poco el festival llegaba a su fin y la luz gris del crepúsculo descendía sobre la ciudad. El acontecimiento principal de la jornada se aproximaba, y el público experimentaba ya una cierta tensión, una espera sobreexcitada, preludio de lo que iba a seguir: la cortina transparente detrás de la cual se retiraría la divina pareja cobraba más importancia en el espíritu de los asistentes que el espectáculo de los últimos actores.
La tensión ganaba a la multitud y ya se hacía insoportable cuando, en alguna parte, resonó un prolongado y potente redoble de tambores, vibrante y sonoro como el trueno en estío, y ante la cámara nupcial, ricamente adornada, se alzó una silueta gigantesca —mayor que la que nunca viera José— cubierta con una armadura de plata y la corona de oro de los dioses.
—Es Júpiter —explicó Matthat—. Va a celebrar la unión de Afrodita y Dionisio. Yo he visto en algún lugar a ese joven representando el mismo papel.
A una orden del padre de los dioses, Dionisio y aquella que iba a convertirse en su esposa se arrodillaron junto a él y unieron sus manos. Por encima de sus cabezas inclinadas, el actor entonó las palabras solemnes que los unían en matrimonio y, cuando hubo terminado, Gayo Flaco ayudó a María a levantarse. Ella osciló durante unos segundos, y José pensó que iba a caer con uno de aquellos síncopes de que sufriera en su adolescencia y de los que ahora parecía curada.
María recuperó su equilibrio y su aplomo, y cuando el dios la tomó entre sus brazos y se inclinó para darle el beso de esponsales, la multitud se desbordó en vítores…
Él la condujo a la cámara nupcial. Una vez allí se desarrolló el simulacro que debía terminar con la muerte y resurrección del dios.
José apartó de allí su mirada. Sabía que María realizaría su firme propósito; ahora o nunca. Con Hadja entre bastidores, resultaba cosa fácil sustituir el puñal de pergamino por una arma verdadera que no se aplastaría al tocar el cuerpo de la víctima designada, sino que continuaría su camino hacia el corazón, sin que Gayo Flaco pudiera darse cuenta de la sustitución.
Enfermo de horror, incapaz de detener —fuera cual fuese— el curso de los acontecimientos, José luchaba contra un violento impulso de ponerse en pie y gritar avisando al interesado.
Si incluso hubiera llegado a hacerlo, aquello no hubiera servido de nada, ya que en la inmensidad del estadio, con las aclamaciones de la multitud, una voz aislada no hubiera tenido ninguna probabilidad de ser escuchada; y si, por extraordinaria casualidad, el seudo Dionisio la hubiera oído, no le hubiera quedado a María la más pequeña posibilidad de salvarse…
Todos los ojos en el inmenso recinto estaban fijos en la mano que sostenía la daga, mientras el brazo de la esposa se alzaba por encima del cuerpo de su divino enamorado, quien la abrazaba aún con su brazo izquierdo. Aunque el público de Alejandría, muy aficionado al teatro, estuviera familiarizado desde hacía mucho tiempo con el empleo de los accesorios escénicos y supiera que el puñal se aplastaría en el momento oportuno, una repentina tensión se apoderó de la muchedumbre, como sucedía siempre en el minuto fatídico, y cuando la hoja se hundió en el cuerpo tendido, un suspiro unánime expresó aquella angustia.
Después, el grito de dolor de un hombre se dejó oír, rompiendo el encanto. Apenas cesó, María, como una diosa de la venganza, arrancó las cortinas y apareció en el escenario. Apareció allí, en pie, erguida, hermosa, no como la diosa del amor, sino como la de la venganza.
El puñal que sostenía con su mano derecha tenía la hoja llena de sangre, y si los espectadores más cercanos podían verla, no por ello se desconcertaron; en el teatro griego, como en todos los que le han sucedido, ocurría con frecuencia que un asesinato o un suicidio se simulaban con el mayor realismo por medio de una minúscula vejiga llena de algún líquido rojo, que se rompía en el instante requerido. Los espectadores, que admiraban la actuación y la belleza de María, no se dieron cuenta inmediatamente de que no asistían ya a una pantomima, sino a una tragedia.
Sin embargo, cuando en vez de permanecer en escena para recibir como estaba previsto al dios su esposo resucitado, la joven huyó corriendo hacia los bastidores improvisados, algunos espectadores comenzaron a decirse que aquel realismo era quizá realidad.
Un ligero desorden se manifestó entre el auditorio; unos se ponían en pie para ver mejor, otros para acercarse y otros para comentar lo sucedido, cuando un segundo personaje apareció entre las cortinas rotas de la cámara nupcial; se trataba de Gayo Flaco, que ya no tenía nada de divino, pero en cuya túnica blanca aparecían manchas de sangre que traicionaban su humanidad, y que gritaba con una voz ronca de terror:
—¡Socorro!… ¡Ayudadme!… Me muero…
Entonces se armó un terrible desconcierto, gracias al cual José, sin tan siquiera elevar una plegaria agradecida porque el romano seguía con vida y María no era una asesina, franqueó de un salto el asiento colocado debajo del suyo, y se lanzó hacia el corredor que conducía a los camarines de los artistas, debajo del escenario. Conocía vagamente la dirección que debería seguir y, mientras corría, el tumulto, cuyo rumor llegaba apagado hasta él, le explicó que los espectadores habían, por fin, comprendido que habían estado a punto de asistir a un asesinato auténtico, cometido ante sus mismos ojos…
Actores, actrices, danzarinas, músicos, acróbatas y personal auxiliar se lanzaban, enloquecidos, por los corredores que se entrecruzaban debajo del estadio. Muchos, que no se encontraban ni en escena ni entre el público, corrían y enloquecían por contagio, sin saber con exactitud el motivo.
Cuando José se encontraba en una esquina del corredor, vacilando, vio una figura familiar que se acercó en seguida a él y le dijo con voz grave:
—María se ha dirigido corriendo hacia su camarín. Llevaba sangre en su vestido.
—Ha intentado matar a Gayo Flaco —dijo él, jadeando por efecto de su carrera y de su inquietud—. ¿Dónde se encuentra su camarín?
Albina no perdió el tiempo en preguntas, sino que lo condujo hasta una puerta encima de la cual campeaba la antorcha de Flamen.
—Voy a esperar fuera —dijo la joven—. Si vienen, intentaré desviar su persecución.
Él la saludó con un movimiento de cabeza rápido y agradecido.
Hadja montaba ya la guardia.
—¡Alabado sea Ahura Mazda por encontrarte aquí! —exclamó el nabateo—. ¿Lo ha matado?
—No.
Con una mirada rápida, José examinaba la disposición del lugar: al final del corredor se abría una ventana lo bastante ancha para permitirle escapar… ¡con tal que les diera tiempo!
—Abre esa ventana —ordenó—. Voy a buscar a María y probaremos a huir por el lago.
Hadja corrió hacia la ventana y José abrió la puerta del camarín.
Quedaba quizás una posibilidad de salir del estadio antes de que la multitud se recobrara de la parálisis o del estupor que la inmovilizó durante unos instantes. Si podían alcanzar una de las barcas que efectuaban la travesía del lago, todo no estaría perdido.
María se encontraba de pie cerca de su mesita tocador, pálida, con sangre en los dedos y en el vestido y el puñal aún en su mano derecha. Sus ojos aparecían dilatados hasta el punto de no poseer casi color y sólo se reflejaba en ellos una hosca desesperación. Nada indicaba que reconociera a José, ni incluso se diera cuenta de su presencia.
De improviso se movió, pero entonces con una tan desconcertante rapidez que José llegó justo a tiempo de alcanzar su puño, mientras ella dirigía la daga hacia su propio corazón.
Si no actuó con la suficiente velocidad para evitar que se hiriera, consiguió desviar el arma, que no alcanzó su objetivo, pero que, desgarrando su vestido blanco, se hundió en la carne blanda del pecho, provocando una herida bastante larga, aunque poco profunda, y se escapó de los dedos de la joven, que se derrumbó entre los brazos de José.
—¡Yo… yo no… no pude matarlo…! —dijo sollozando—. Algo retuvo mi mano…
—¡El Todopoderoso no permitió que cometieras un crimen!
Ahora, rápido. Él nos ayudará a huir…
La voz de la multitud se oía ahora como la de una jauría lanzada sobre la pista de su presa. El pueblo estaba rabioso a causa de la afrenta hecha al dios; la primera víctima de su cólera sería, con toda evidencia, la mujer que había intentado matar, no a Gayo Flaco, sino a aquel que personificaba a Dionisio. (Tal era, sin duda alguna, el sentir popular).
—Hadja nos espera fuera —insistió José—. Apresúrate. Si podemos alcanzar el lago en la oscuridad, estaremos a salvo.
María movió la cabeza negativamente:
—Ya he causado bastante daño —murmuró—. Vete y déjame antes de que sea demasiado tarde.
—Yo no te abandonaré nunca, María —dijo con sencillez—. Si el Altísimo lo permite, viviremos juntos. Si la multitud se apodera de nosotros, moriremos juntos.
Entonces Baña Jivaka entró en tromba en la estrecha habitación.
—¡Pronto! ¡Pronto! —dijo jadeando—. ¡Me están pisando los talones!
—Debes venir, María —suplicó José—. Si no te decides, moriremos ambos a manos del populacho.
Ella tendió la mano hacia el puñal:
—Déjame morir, José —suplicó—. Ahora es la única manera de salvarte…
«¡Déjame morir!, es la única manera…». Estas palabras iluminaron la inteligencia de José, como una súbita inspiración: ¡la muerte, o la apariencia de la muerte!, la salvación estaba allí…
Con un movimiento rápido se volvió hacia su amigo:
—Tú posees más experiencia que yo… ¿Puedes hundirla en un trance tal que un profano pueda creerla muerta?
La despierta inteligencia del indio asimiló inmediatamente la situación: aquella herida en el pecho… el puñal… sí, todo parecía verosímil…
—Haz exactamente lo que Jivaka te diga, querida —le rogó José—. Si no te resistes, aún podemos salvarnos.
Sin responder, ella se recostó en él como si estuviera al borde del síncope, y él, sin esperar a que hablara, sin insistir más, la tomó entre sus brazos y la tendió en el suelo, ante la mesita tocador.
—Mira a Jivaka —le ordenó entonces—. Obedécele exactamente.
Ella se encontraba ya más allá de toda resistencia.
El médico había sacado de su bolsillo la esmeralda, de la que no se apartaba nunca y, escogiendo el ángulo por el que pasaba la luz de las dos antorchas colgadas de la pared, la colocó ante los ojos de María:
—Duerme, María de Magdala —salmodió entonces—. Abandónate y duerme… duerme… duerme…