María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo XV
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Capítulo XV
EN EL QUE JOSÉ PASA DE LA ESPERANZA A LA DESESPERACIÓN Y DE LA DESESPERACIÓN A LA ESPERANZA.
Albina desempeñó bien la misión de que ella misma se había encargado, señalando a Plotino una pista falsa, cuando éste se precipitó, negro de furor, por los corredores subterráneos en busca de María.
Cinco minutos habían casi transcurrido cuando el gymnasiarca y Gayo Flaco, acompañados por dos vigorosos soldados con la espada desenvainada, empujaron la puerta, encima de la cual estaba pintada una antorcha. El tribuno, es cierto, estaba pálido y su túnica sucia de sangre, pero un sencillo vendaje había bastado para cubrir la herida superficial causada por el puñal de María e impedir toda hemorragia.
Detrás de los romanos surgieron los primeros espectadores, gritando de una manera sanguinaria. No obstante, los soldados los mantuvieron a distancia.
Una escena dramática hirió las miradas de los romanos cuando penetraron violentamente en el camarín: María, con los dedos crispados sobre la daga cuya punta tocaba aún la herida que la joven se hiciera, aparecía tendida en el suelo, y una mancha roja destacaba sobre el alabastro de su carne. Incluso los observadores, más atentamente fríos que los romanos sobreexcitados, habrían supuesto que ella se había atravesado el corazón y arrancado el puñal en las convulsiones de su agonía.
—¡Por todos los dioses! —exclamó el tribuno—. ¡Se ha matado!…
Y la exclamación, que se oyó en el corredor, corrió de boca en boca hasta llegar a la muchedumbre que ocupaba el estadio.
—¡Flamen ha muerto! ¡Se ha matado!…
Aturdido durante un instante por aquel choque imprevisto, Plotino se dirigió súbitamente a los dos médicos:
—¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué os encontráis aquí? —preguntó con acento hosco, como si los acusara de haber encontrado a Flamen con vida.
—Yo era cirujano de su padre —explicó José— y amigo de ella. La seguí en cuanto pude, temiendo lo que ha sucedido.
Ya en Magdala, cierta vez, intentó suicidarse.
—Era, por consiguiente —dijo entonces el gymnasiarca a Gayo Flaco—, la judía que tú suponías. Eso no explica el motivo por el que ha intentado matarte.
Antes de que el tribuno pudiera contestar, José se encargó de ello:
—Cuando era una muchacha, Gayo Flaco la violó brutalmente en Magdala. Desde entonces, la vida del tribuno Gayo Flaco le era debida, según nuestras antiguas leyes.
—¿Y después de cinco años todavía quería matarme?
Gayo Flaco estaba extrañadísimo, y su asombro aumentaba su malestar.
—¡Salgamos de aquí! Este olor a sangre me marea.
—Pero ¿qué tonterías son ésas? —gruñó Plotino—. ¿Desde cuándo los romanos han de someterse a las leyes judías?
—El padre de esta mujer era ciudadano romano, lo cual da derecho a que se le haga justicia, incluso si ha intentado matar al hombre que la mancillara.
—El que ordena aquí la justicia soy yo, en nombre de Roma —dijo Plotino— y juzgo a la mujer Flamen culpable de asesinato.
Es una criminal, incluso muerta. ¡Llevaos el cadáver! —ordenó a los soldados—. Que la entierren esta misma noche, a orilla del lago, en el campo reservado a los criminales.
José se puso pálido: aquello era peor de lo que calculara.
Había dado por descontado que el cuerpo de María le sería entregado y que le permitirían enterrarlo a él mismo. Él y Jivaka la hubieran podido reanimar y evadirse de la ciudad con ella, por el lago Mareotis y el Nilo.
—Ella era judía —le dijo al gymnasiarca—. Permitid que yo me haga cargo de ella y la entierre según los ritos de nuestro pueblo.
Plotino ni tan siquiera respondió:
—¡Vigilad su tumba! —Recomendó a los soldados.
Y dando media vuelta, salió con el tribuno y su séquito-Dos soldados montaron guardia en espera de que llegaran los esclavos con una litera para llevarse a la joven hasta el campo común de los criminales, pero no permitieron a los dos médicos que se acercaran a su cuerpo.
Poco después una corta procesión conducida por dos esclavos, portadores de antorchas, abandonaba el estadio. El cuerpo de María reposaba en una litera que llevaban otros cuatro esclavos. El trance en que Jivaka la había hundido era tan profundo, que José, cada vez que encontraba ocasión de acercarse a ella para mirarla o, incluso, para tocar a hurtadillas su piel, se preguntaba si verdaderamente vivía aún.
Iban ambos, con Hadja, al final del pequeño cortejo, torturándose el cerebro para hallar un medio de recuperar el cuerpo y llevarlo a un lugar seguro donde Jivaka pudiera sacar a María de su catalepsia. Hasta el momento no se les había ocurrido nada, y cada paso los acercaba a la horrible perspectiva de verla enterrada viva por los romanos.
A través de las turbulentas calles de la ciudad, se dirigían hacia los oscuros y fantasmales monumentos de Necrópolis, al otro lado del canal Agatadaemon, y su esperanza se debilitaba.
Cerca de la puerta de Necrópolis, José vio un cierto número de féretros apoyados en una pared: la tienda de un fabricante de féretros estaba, según lógica apariencia, adosada a la muralla de la ciudad de los muertos.
Tirando a Jivaka del brazo hizo que se retrasara fuera del alcance de los oídos de los demás, y le susurró:
—¿Cuánto tiempo puede vivir en trance, si la encierran en un féretro?
—Vi a un mago retirado vivo después de seis horas —respondió en seguida el indio, que con mucha frecuencia no necesitaba explicaciones para comprender, y que añadió—: Pero la caja era muy grande.
—¡Deteneos! —dijo José a los esclavos que transportaban la litera—. Debemos comprar un féretro.
—Plotino no nos habló de eso —objetó el soldado de guardia.
—¿Pretendéis privar a un muerto de una sepultura? —preguntó con severidad el galileo—. ¿Quieres que su alma atormente la tuya durante toda la eternidad?
El soldado sintió un escalofrío y dijo:
—Es cierto que el gymnasiarca no nos lo ha prohibido.
—No existe, por consiguiente, motivo para negarle un féretro decente —concluyó José. Y antes de que el soldado pudiera discutir, José golpeaba con fuerza la puerta del carpintero.
—¡Despierta! —gritó—. ¡Necesitamos tu mercancía!
Los esclavos se detuvieron, contentos de gozar de un breve descanso. Al cabo de unos instantes, el comerciante abrió frotándose los ojos, y con la cabeza cubierta todavía con un gorro de dormir. José había examinado ya la hilera de féretros y escogido el más grande.
—Nos quedaremos con éste. ¿Qué vale?
—¿Por qué escoger un féretro tan grande? —gruñó el soldado—. Pesará más.
—Porque la madera es de mejor calidad y durará más tiempo —explicó el médico, que pagó la suma pedida; después llamó a Hadja, para que ayudara a llevar la caja de madera.
Otra vez el pequeño cortejo se puso en camino; ahora se encontraban en el interior mismo de la ciudad de los muertos y a medida que se acercaban al lugar reservado a los criminales, cerca de la orilla del río, se debilitaba el ruido de los clamores y de la música que descendía de la ciudad, donde las alegres manifestaciones prosiguieron, quizá con más ímpetu que antes, en cuanto el pueblo fue informado de que el intérprete del dios estaba vivo. Lo contrario, en efecto, hubiera representado un funesto presagio.
Finalmente, y casi tocando a la misma orilla, llegaron a un emplazamiento vacío, y el soldado encargado de la responsabilidad de la operación ordenó el alto.
En aquel lugar no se podía ahondar profundamente por temor a convertir la tumba en pozo, a causa de la proximidad inmediata del lago. Las fosas eran, pues, poco hondas y la arena se colocaba formando un montículo encima del féretro de aquellos que gozaban de la suerte póstuma de tal lujo. Pedazos de madera, esparcidos unos y otros saliendo del suelo, a veces un hueso blanqueado por el aire salino del mar que el viento traía por encima de la casi isla de Necrópolis, indicaban los puntos donde otros muertos habían reposado o, cuando menos, donde fueron enterrados.
Una fosa, apenas tan profunda como el féretro, fue cavada rápidamente por los esclavos. José se alegró en silencio, ya que si su plan lograba realizarse —y era, en verdad, un plan desesperado—, cada minuto empleado en descubrir el cuerpo de la danzarina podía representar para ella justo la distancia que separa la vida de la muerte. Se negaba incluso a imaginar un posible fracaso: la idea de su única bien amada ahogándose en la pesada oscuridad de la tierra, era más de lo que podía soportar. Sin embargo, era imposible intentar otra cosa, ya que siendo ellos sólo tres y desarmados, no tenían ninguna posibilidad de vencer a los esclavos y a los soldados. Además, si morían en un combate desigual, María quedaría definitivamente condenada.
José instaló por sí mismo el cuerpo en Ja caja, hallando la manera —bajo el pretexto de plantar un pedazo de madera que indicase el lugar donde se encontraba enterrada— de hacer un agujero por el cual esperaba que podría correr un poco de aire. Con idéntica esperanza no clavó el féretro (y también para no tener que perder tiempo después). La arena, lanzada sin apisonar, aumentaba sus posibilidades. No contento con no desesperar, el galileo se ponía a esperar.
En cuanto el entierro hubo terminado, los esclavos desaparecieron con premura, deseosos de alejarse del reino de los muertos y —peor— de la muerte. El corazón del joven latió más tranquilo después de comprobar que sólo quedaba de guardia un soldado. «Era un punto de vista muy de romanos —pensó— considerar a un soldado romano armado más fuerte que tres hombres sin armas, entre ellos un judío». El plan de José no comprendía el atacar al soldado, ya que, suponiendo que lo mataran, cuando el siguiente viniera a relevarlo, daría el aviso con la suficiente antelación para que la vía del Nilo fuera cerrada.
Con objeto de que todos estuviesen seguros, importaba que Plotino creyera que María estaba muerta y bien muerta.
—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó en voz baja a su amigo.
—Resulta difícil calcularlo; en todo caso, unas horas, pues en trance la respiración es casi imperceptible y la caja es muy amplia.
—¿Cómo vamos a hacerlo? —preguntó Hadja—. Yo creo que lo mejor es que tú hables con él mientras yo me coloco a su espalda y lo…
—Lo mejor es que nadie pueda sospechar que el cuerpo ha desaparecido, y que el soldado viva sin sospechar nada.
—Pero es horroroso pensar que ella pueda morir asfixiada…
—Créeme, Hadja, pienso en ello cuando menos tanto como tú, pero ¿para qué vamos a salvarla ahora si mañana la volverían a apresar? Es necesario asegurar su impunidad completa-Mi plan es más largo, lo admito, pero es más seguro, y apresuraré las cosas todo lo posible. Desapareced ambos.
El soldado, que andaba con una regularidad perfecta arriba y abajo de la tumba, se detuvo cuando José se acercó a él, con la intención visible de dirigirle la palabra.
—¿Qué deseas, judío? —dijo sacando a medias su espada de la vaina.
—Esta mujer era mi prometida. ¿Tú no has amado nunca?
—Ella era, en verdad, hermosa —dijo el guardia, tranquilizado—. La vi bailar una vez en el teatro. La aplaudí como los demás, aunque, para mi gusto, yo prefiero las muchachas de las tabernas, que bailan desnudas.
—Esta noche, en las tabernas, habrá muchas —dijo José, subrayando con un movimiento de cabeza el eco de los cantos y de las risas que, desde el Rhakotis próximo, flotaba por encima de las tumbas.
El soldado suspiró.
José prosiguió insistente:
—¿Por qué no vas a reunirte con ellos?
—Tengo ordenado permanecer aquí hasta el relevo.
—¿Cuánto tardará?
—Cuatro horas por lo menos, y eso si el que debe reemplazarme no está borracho perdido y no se detiene a beberse una botella más para consolarse de tener que venir a montar la guardia en el cementerio.
—Nadie se preocupará porque te tomes una hora para calmar tu propia sed, mientras yo me quedo cerca de mi bien amada.
—¡Si se descubriera me la cargaría! —objetó el otro, pero José notó que vacilaba ya.
—¿Es que los muertos hablan? Además, te daré dinero para quedarme solo con ella durante una hora, un precio que pagará tu vino y mucho más.
Alzó la bolsa de manera que el hombre pudiera comprobar que estaba muy llena.
La vista del dinero acabó con todas las dudas del soldado; el contacto del dinero apaciguó todos sus escrúpulos. Tomó con alegría poco disimulada el generoso puñado de monedas que le entregó el cirujano y se dirigió, casi corriendo, hacia sus próximas libaciones.
Apenas hubo desaparecido, José silbó; Jivaka y Hadja se encontraron en seguida a su lado.
Con toda rapidez quitaron la arena y abrieron la tapa del féretro; María apareció acostada en él, exactamente como el galileo la había colocado, pero la piel de sus manos y de sus pies estaba helada.
—He tardado demasiado en alejar al soldado —se lamentó el cirujano.
—No pierdas el tiempo en autocriticarte —dijo Jivaka, mientras la transportaban juntos unos pasos, sobre un manto extendido en el suelo—. Ocúpate sólo en reanimarla mientras Hadja y yo llenamos la caja de piedras, antes de cubrirla otra vez. Coloca tu boca encima de la suya y sopla aire en sus pulmones.
Es un método que empleo con frecuencia con los niños que nacen medio asfixiados.
Arrodillado al lado de María, José, boca contra boca, sopló entre sus labios fríos. Con regularidad, profunda y lentamente, continuó vertiendo su aire en el cuerpo de la joven. Él sentía cómo su pecho se alzaba mientras el aire hinchaba sus pulmones y, cuando se apartaba, un leve susurro acompañaba al aire que se escapaba por la nariz y la boca de María. Todo el tiempo que Jivaka y Hadja necesitaron para dejar la tumba con la misma apariencia que tenía al partir el soldado, José lo empleó intentando devolver la respiración a la danzarina.
Cuando los otros hubieron terminado, le hubiera resultado imposible al soldado advertir que alguien había tocado la tumba.
—Pero dará la alarma al no encontrar a nadie —dijo Hadja.
—No. Probablemente permanecerá ausente más de una hora, y pensará que me cansé de esperar, pero nada le hará sospechar que el cuerpo ha sido tocado, que es lo esencial. Además, no será tan ingenuo que señale espontáneamente que abandonó la guardia.
Después, dirigiéndose al indio, que arrodillado cerca de la Magdalena buscaba su pulso, indagó ansiosamente:
—¿Lo encuentras?
—No —respondió el otro moviendo la cabeza—. ¿Descubriste algún signo de vida?
—Los labios se volvieron más flexibles, quizá. Pero puede que eso sea puramente local y debido al contacto de los míos.
—¡Espera! —dijo el indio—; quizás exista un medio…
Tomó la esmeralda y la colocó ante los labios y debajo de la nariz de María; después, manteniéndola muy cerca de sus ojos, la contempló lo mejor que pudo a la débil claridad de un rayo de luz:
—Me parece… me parece… pero aquí se ve mal… que hay aquí un ligero vaho… Lo esencial ahora es encontrar un lugar donde podamos transportarla y hacerla entrar en calor.
—Nuestras habitaciones en el Rhakotis están descartadas —dijo el médico.
—Como cualquier otro lugar de la ciudad. ¡Con tanta gente en las calles!…
—Y no contamos con ninguna barca para conducirla a su villa —se lamentó el nabateo.
—Eso sería, además, muy peligroso.
—¡Las catacumbas! —exclamó de repente José—. ¿Cómo no he pensado antes en las catacumbas?
—¿Las catacumbas?
—Sí. Aquiles y su pandilla residen allí, y tú sabes que me deben algún agradecimiento.
Jivaka no estaba muy convencido de que aquello fuera posible:
—¿Serás capaz de encontrar en la oscuridad el escondite del ladrón?
—Estoy seguro de recordar el nombre de la sociedad de inhumación cuya firma está inscrita en la entrada de la cripta —aseguró José—. Partamos en seguida y la encontraré pronto…
A través de la sepulcral ciudad de los muertos, transportaron los tres el cuerpo de la inanimada danzarina. Los ladrones, aquella noche, debían de estar muy ocupados con todos aquellos borrachos, cuyas bolsas no serían difíciles de robar…
Sin embargo, José supuso que Aquiles no saldría ya por la noche; aún no estaría restablecido del todo de su larga enfermedad, y era muy probable que le hubieran confiado la vigilancia del cuartel general subterráneo.
La memoria de José le fue fiel. Descubrió sin dificultad la entrada de las catacumbas donde estuvo cuando curó la pleuresía del viejo bandido; sin embargo, como sus repetidos golpes en la puerta permanecieran sin respuesta, comenzó a temer que no hubiera nadie. Después se encendió una luz y una cara apareció en una pequeña ventana con barrotes: era la de Aquiles, y el galileo alzó la antorcha que había descolgado de la pared al cruzar la puerta exterior, y dirigió la luz de manera que el jefe pudiera reconocerle.
—Soy José de Galilea —dijo—. Necesitamos ayuda.
La puerta se abrió inmediatamente:
—¡Por SerApis! —exclamó el anciano al ver el bulto que transportaban—. ¿Qué es eso? ¿Un cadáver?
—Es la danzarina Flamen. Está profundamente dormida y debemos cuidarla inmediatamente si queremos salvarle la vida.
Aquiles no era hombre para hacerle perder el tiempo en inútiles preguntas. Les indicó su propio lecho para tender a María, y, mientras José comenzaba a soplar en su boca, él trajo mantas y colocó piedras en el brasero, siempre encendido. Baña Jivaka trabajaba al lado de José, friccionando hasta irritar las manos y los pies de la joven, para reanimar la circulación.
Transcurrieron varios minutos antes de que apareciera algún cambio. Piedras calientes y mantas parecía que debían conseguir reanimar aquel cuerpo inerte, pero comenzaban a tener la impresión clara de que nada conseguiría despertar su vitalidad.
Y súbitamente, mientras tenía sus labios pegados a los de María y hacía pasar a sus pulmones su propio aire, el galileo notó que el pecho que tenía bajo él se movía en una convulsión, como si la enferma intentara rechazar con su respiración el aire que le era insuflado. Entonces él le buscó el pulso, pero sus dedos temblaban tanto que no conseguía encontrarlo y sintió tanto miedo de una decepción que no osaba esperar. Sin embargo, no se había engañado: sintió contra la punta de sus dedos un débil, pero indudable latido.
—¡Vive, Jivaka! —exclamó lleno de gozo—. ¡Gracias sean dadas al Altísimo! ¡Vive!
—Es un milagro —respondió el indio sin vacilar y sin intentar disimular las lágrimas que le brotaban en los ojos—. ¡Un milagro de la fe, José! Porque te negaste a creer que estuviera muerta, Dios te la ha devuelto.
Estimulados por aquel principio de éxito, redoblaron sus esfuerzos para aumentar la primera chispa de vida que acababa de descubrirse en ella. Pronto comenzó a respirar —de una manera rápida y poco profunda, después más lentamente y con más regularidad— y su cuerpo se puso a revivir.
—¿Y por lo que respecta al trance? —preguntó José—. ¿Intentamos sacarla de él?
—Temo el choque de un despertar demasiado brusco o demasiado repentino —respondió Jivaka—. Vale más permitirle que recobre la conciencia despacio y por sus propios medios.
Recomenzaron una vigilancia activa, interrumpiéndola de vez en cuando con fricciones en las extremidades. Pero ahora sentían algo más que esperanza.