María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo XVI

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Capítulo XVI

EN EL QUE DOS AMIGOS, QUE YA NO VOLVERÁN A VERSE NUNCA, SE SEPARAN.

La mañana iluminaba suavemente Necrópolis, y los colaboradores de Aquiles, terminadas sus aventuras nocturnas, habían regresado a su alojamiento subterráneo, cuando María abrió los ojos.

—¿Dónde estoy? —susurró—. No reconozco este lugar…

José le dijo:

—Estás en las catacumbas de Necrópolis. Unos amigos míos que habitan aquí nos han dado cobijo.

—Yo… yo… recuerdo algo como una pesadilla… un lugar oscuro como una tumba…

—Por ahora esfuérzate en no pensar —le aconsejó el galileo—. Has estado muy cerca de la muerte, pero te hemos podido traer de allí. Hasta que nos sea posible abandonar Alejandría, estaremos aquí en seguridad.

—¿Maté a Gayo Flaco?

—No. Sólo le rozaste. El puñal se desvió.

Ella atestiguó lentamente:

—Mi mano se negó a obedecerme. Algo la retuvo.

—El poder del Altísimo; Él no permitió al demonio que te poseía que te empujara al crimen.

Sus ojos recorrieron la habitación, y pudo ver a Baña Jivaka, en pie cerca de ella, al alto nabateo, sonriente, y a Aquiles, que soplaba en el brasero para calentar de nuevo las piedras ya frías, para mantenerlas constantemente a la mayor temperatura alrededor de ella. Los otros miembros de la partida se encontraban agrupados en un rincón, donde, cargado con su perpetua olla de potaje, ardía un segundo brasero.

Todos se sentían felices del retorno a la vida de una mujer tan bella, excepto Manetho, el hijo de Aquiles, quien parecía congénitamente descontento y malhumorado. Cuando José encontró su mirada, se quedó asombrado del odio intenso que pudo leer en él y cuya causa no comprendía. De repente adivinó la verdad: al morir su padre, Manetho le sucedería en la jefatura de la banda; ahora bien, Aquiles hacía unos meses había estado a dos dedos de la muerte, y él, José, le había salvado…

El espíritu rencoroso del joven no se detenía en el hecho de que el cirujano había sanado a su padre, sino sólo en la consecuencia que se derivó de ello: el mantener el obstáculo entre él, Manetho, y su ambición de ser el jefe; José estaba contra él y lo había demostrado… Sintiendo sobre él la mirada de odio de Manetho, el galileo experimentó el escalofrío de una profunda inquietud.

—Aquiles —le dijo a María— es el padre de Albina, la que baila en el teatro. Y éstos son sus hijos y los hombres que trabajan con él.

María sonrió al anciano:

—Vuestra hija es una verdadera artista. En adelante, ella será la primera estrella.

Aquiles inclinó la cabeza y alzó hasta su frente los pálidos dedos de la joven:

—Nadie —dijo (y se le notaba sincero)— igualará nunca a Flamen. He dado las gracias a Isis cuando he sabido que estabais salvada.

Nadie allí la acusaba por haber intentado matar a un jefe romano, e incluso, en cierta manera, a través de un enemigo común, se establecía un cierto lazo entre ella y ellos.

Hacia media mañana se sintió lo suficientemente recuperada para beber una taza de caldo. Mientras permanecía inconsciente, José le había curado la superficial herida del pecho, donde el puñal estuvo muy cerca de alcanzar su objetivo. Ahora, vestida con unas ropas de Albina, sus hermosos cabellos bien peinados, no daba ya la impresión de haber estado tan cerca de la muerte.

Por la tarde, Hadja fue enviado a la ciudad con un billete para Matthat, rogándole que entregara al nabateo el dinero que José le había dado a guardar. Hadja debía encargarse de alquilar, con una parte de aquella suma, una galera rápida que les esperaría a la entrada del canal de Agatadaemon aquella misma noche. El día siguiente se encontrarían en el Nilo, en camino hacia el puente o el canal del Mar Rojo. Una vez lejos de Alejandría estarían en ruta hacia la libertad. Hadja debía también detenerse en la villa de María para recoger sus vestidos y despedir a los criados.

El galileo no esperaba el regreso del gigante antes del crepúsculo, pero en menos de tres horas estuvo de regreso. Su rostro aparecía serio y, al ver a la joven dormida en el lecho, condujo al médico hasta un corredor para poderle hablar en voz baja:

—Traigo malas noticias, José —dijo—. Plotino se sirve de la tentativa de asesinato de Flamen contra el tribuno para perseguir a los judíos de Alejandría.

—Pero ¿por qué? Aquí son respetados.

—En la ciudad se cuenta que Flamen ha llevado al gymnasiarca a la ruina. Él debe mucho dinero a los prestamistas y espera que sus acreedores mueran en los motines de la revuelta y que así, él, Plotino, no les tendrá que pagar.

—¿Encontraste a Matthat?

El músico negó tristemente con la cabeza:

—Una multitud enorme y ruidosa recorría las calles, rompiendo las vitrinas de las tiendas judías. He visto romper la puerta de la mansión de Matthat, pero él no se encontraba en su casa y no traigo el dinero.

Se trataba, en efecto, de noticias inquietantes, ya que José había depositado en los cofres del mercader de joyas una suma importante, con la cual contaba pagar el viaje y todos sus gastos hasta que sus banqueros de Jerusalén pudieran transferirle los fondos necesarios a la ciudad que escogieran para instalarse después de su huida de Alejandría.

—Sólo poseo unas monedas de plata —dijo Hadja—, pero te pertenecen.

Apretó el brazo del negro con afectuosa gratitud.

—Quizás exista otro medio —dijo—. Quizás Aquiles quiera prestarme lo necesario, a cambio de una letra contra mis banqueros de Jerusalén.

En aquel instante se oyó golpear en la puerta exterior y el músico llevó rápidamente la mano a su puñal, mientras los dos se pegaban contra la pared, húmeda y fría. Se encendió una antorcha y José se disponía a llamar a los que llegaban, pero Hadja, colocando un dedo sobre sus labios, apretó aún más el mango de su puñal.

Pronto aparecieron dos personas —Matthat y Albina— y él lanzó un largo suspiro de alivio, aunque estuviera casi seguro de que el gymnasiarca no podía estar enterado de la estratagema.

Entonces avanzó hacia el centro del corredor y, con un grito de terror, Matthat saltó hacia atrás, soltando la antorcha.

Antes de que ésta se apagara, Albina la recogió y exclamó:

—¡Gracias sean dadas a la bienaventurada Isis, helo aquí sano y salvo! ¿Dónde está Flamen?

—Está aquí. Pero ¿qué os ha sucedido?

Sus vestidos aparecían desgarrados y sucios, y el rostro del mercader estaba completamente tumefacto. Oscilaba y titubeaba, y el galileo se apresuró a sostenerlo. Con su ayuda y la de Hadja consiguió llegar a la sala, donde se dejó caer en un montón de almohadones colocados en un rincón.

—Los malos días se han abatido sobre Alejandría —gimió.

Albina relató lo acontecido, ya que él se encontraba enfermo y extenuado.

—Fui esta mañana a la tienda de Matthat para saber lo que sucedió cuando te fuiste del estadio llevando el cuerpo de María.

—Habla en voz baja. Ella está dormida.

—El populacho fracturaba ya su puerta, pero al irme vi a Hadja en la calle y me contó lo que sucedía. Pensé que en el teatro me enteraría mejor sobre las intenciones de Plotino.

Pero… —se interrumpió un instante, dejando adivinar lo penoso que le resultaba seguir hablando—. ¡Plotino había sido el primer enterado! ¡Manetho fue a verlo para contarle, así como a Gayo Flaco, que María no había muerto!

—¿Mi hijo un traidor? ¡Lo mataré con mis propias manos! —exclamó Aquiles fuera de sí.

—Por suerte —continuó la joven—, no le dijo dónde se encontraba María; afirmó que no lo sabía. Plotino, loco de rabia, ha hecho detener a Filo y a los demás judíos importantes, y amenaza con matar hasta el último hijo de Israel que pueda descubrir en Alejandría si no se apodera de Flamen.

Matthat, ahora, había recobrado la voz:

—Ahora los dirige al teatro —explicó—. El foro no podría contenerlos a todos. A mí también me cogieron, pero pude escapar. Albina me descubrió en mi escondite y me condujo hasta aquí.

—Antes de abandonar el teatro —prosiguió la danzarina—, Plotino excitaba a la multitud contra los judíos. Cuando lleguen al paroxismo, la soltará contra Filo y los otros, que pronto serán despedazados. Después de lo cual, excitada por aquellas primeras hazañas, se extenderá por toda la ciudad… para continuar…

José miró a María, que dormía en el lecho: había creído que sus dificultades terminarían al arrancarla sana y salva del cementerio de los criminales. Pero ahora, a causa de ello, muchos inocentes sufrían; muchos, con toda seguridad, iban a morir si no se intentaba algo para impedir que corriera un río de sangre por las calles. No podía pensarse, era de todo punto imposible pensar en entregar a María al gymnasiarca para apaciguar su furor. Además, aquel sacrificio no garantizaría de manera absoluta la seguridad de Filo y de los otros judíos, ya que el gymnasiarca tenía un interés cierto porque aquéllos a quienes debía grandes sumas fueran asesinados por el populacho enfurecido.

Podía, sin embargo, encontrar otra solución: si José afirmaba en público que la culpa era suya, y sólo suya, Plotino se vería forzado a admitirlo como rehén de Filo y de los demás. Él mismo, portador de una carta de Poncio Pilatos para el gobernador de Alejandría, podría obtener un juicio justo por parte de los tribunales. La justicia romana era lenta, pero honesta, y con tal que pudiera obtener —y allí estaba la dificultad— el derecho de defenderse públicamente contra Plotino y Gayo Flaco, le quedaba incluso una posibilidad de que el resultado final le fuera favorable. En todo caso, la información requería tiempo, el suficiente —respecto a esto no le cabía duda— para que María pudiera ser conducida fuera de Alejandría.

—¿Puedes prestarme cinco mil denarios contra una letra de cambio sobre mis banqueros en Jerusalén?

Aquiles, a quien fueron dirigidas aquellas palabras, reaccionó instantáneamente.

—¡Puedes obtenerlos sin ninguna garantía! ¿No me salvaste la vida?

—Gracias de todo corazón, pero es preferible que te dé esa letra —insistió José—. Por si acaso…

No terminó la frase, pero fue inútil; todos comprendieron lo que había callado. Encima de la mesa se encontraban unas tablillas de cera. Pasó una de ellas a la llama para aplanar los hoyos y los relieves de un texto precedente, y sobre la superficie ya lisa, escribió con un estilete de acero y tendió la tablilla al anciano Aquiles:

—Cuando la calma retorne a Alejandría, entrega esto a tu banquero, que lo enviará al mío en Jerusalén y te entregará el dinero en cuanto llegue.

El anciano jefe se dirigió hacia el rincón de la cueva y mientras contaba la cantidad, José tomó al nabateo aparte:

—Escucha, Hadja, amigo mío: te entrego a la que amo más en el mundo para que cuides de ella. Toma el dinero que Aquiles te dará, alquila una galera, la más rápida que puedas encontrar, y esta misma noche, con la ayuda de Baña Jivaka, a quien he rogado os acompañe, conduce a María a bordo y abandonad Alejandría sin perder un segundo. Condúcelos a ambos por el canal, hasta Arsinoé, en la punta del mar de Egipto. Me reuniré con vosotros en cuanto quede en libertad.

Hadja insinuó una protesta:

—Pero tú…

No pudo seguir. El joven médico le interrumpió.

—Jura que harás lo que te pido.

—Juro por Ahura Mazda mismo, el dios del sol, que haré lo que me has ordenado —dijo el gigantesco negro, muy grave—. ¡Pero la Llama Viva se negará a partir!

—Dile que me reuniré con vosotros en Arsinoé —repitió, impaciente, José—. Pero llevadla con vosotros, incluso si es necesario atadla para conseguirlo.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

—Yo regreso al teatro. Voy a intentar salvar a Filo y a los otros.

—¡Te matarán, José! En estos momentos matarán y destrozarán a todo judío que se cruce con ellos en la calle.

—De todos modos, es un riesgo que he de afrontar. Si consigo hablar con Gayo Flaco y con Plotino, quizá llegue a convencerlos de que yo soy el único responsable de la evasión de María. No puedo dejar que mueran por mi culpa unos inocentes.

—Te sacrificas por Flamen —dijo Albina—. Si ella lo supiera, no te permitiría hacerlo.

José movió la cabeza:

—Puesto que Manetho no ha revelado el lugar donde se esconde, María está segura; pero yo no permitiré que los romanos encarcelen a Filo y a los otros por una falta —si existe falta— que es mía y no suya. Plotino tendrá que detenerme y como soy portador de una carta de Poncio Pilatos para el gobernador de Alejandría, se verán obligados a procesarme legalmente.

Filo presentará mi defensa, y no existe en ninguna parte autoridad más respetada que la suya, lo mismo por lo que respecta a la ley judía que a la ley romana.

—He comprobado el estado de espíritu del populacho, José —dijo Matthat—. Te despedazarán antes de que hayas podido hablar, como Albina te ha dicho.

Pero José sabía lo que tenía que hacer: valía más arriesgar cien veces la vida que dejar una sola vez condenar a hombres completamente inocentes de un acto del que él era responsable.

—Permíteme acompañarte —dijo Baña Jivaka, mientras su amigo se dirigía hacia la salida de las catacumbas.

Pero el otro movió firmemente la cabeza:

—Esto no te atañe en absoluto, amigo —dijo abrazándole—. Tú conoces el camino del mar de Egipto por el canal. Acompaña a Hadja y a María, y vela por ella. La mejor manera de ayudarme consiste en conseguir la seguridad de su partida. ¡Nada puedo pedir a tu amistad que tenga más importancia para mí!

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