María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo XVII
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Capítulo XVII
EN EL QUE SE COMPRENDE QUE NADA ES MÁS INESTABLE QUE LAS SUCESIVAS SINCERIDADES DEL POPULACHO.
José no había visto nunca en el Rhakotis un tumulto semejante.
Tipos pertenecientes a la hez de veinte naciones arrastraban por las calles y se apoderaban de todo judío lo bastante infortunado para tropezar con ellos. Con objeto de no caer en sus manos, José tuvo que ir escondiéndose de casa en casa y de rincón en rincón, pero no tardó en comprender que de aquella manera no llegaría al teatro, que sería inevitablemente capturado y despedazado antes de poder pronunciar una sola palabra.
La única solución posible era llegar allí por el agua.
El joven cirujano, siempre escondiéndose, efectuó a la inversa el camino tan penosa y peligrosamente recorrido, llegando por fin al puente, allí donde el camino de Canopus atraviesa el canal Agatadaemon en dirección a la puerta de Necrópolis.
Las aceitosas y lentas aguas del canal ondulaban débilmente a sus pies, mientras escondido en la sombra del puente intentaba divisar una barca de alquiler.
Los gritos de furor de una jauría lanzada a la caza de judíos en el Rhakotis llegaban hasta él distintamente; se preguntó, angustiado, cuántos cadáveres tumefactos, rotos, apenas identificables, flotarían mañana en aquellas aguas sucias y grasientas.
Sabía que el suyo también podría ser uno de ellos y este pensamiento, al tomar forma, le hizo temblar de miedo.
La lógica le decía que un hombre solo nada podía hacer para arrancar a Filo y a los notables judíos al furor criminal de Plotino y de la muchedumbre. Aún estaba a tiempo de regresar a las catacumbas, donde se encontraban María y los otros, y huir con ellos: había intentado llegar al teatro y había fracasado.
Nada ni nadie pensaría que podía haber hecho más.
Nadie, excepto su conciencia.
Mientras José discutía con ella, apareció una galera que venía del lago Mareotis, con una antorcha encendida en su proa y cuatro esclavos inclinados sobre los remos.
Vestido con una túnica finamente plisada, un griego grueso, de rostro apacible, hombre afortunado sin la menor duda, estaba tendido sobre unos almohadones. José se dijo que probablemente habitaba en alguna villa en las orillas del lago y que, quizás, aún no estuviera al corriente de lo que sucedía en la ciudad. Por otra parte, los griegos y los judíos se entendían mejor que las otras nacionalidades de Alejandría, porque en las venas de muchos judíos corría sangre griega.
El galileo sabía que si llamaba a la galera, seguramente lograría ser transportado hasta el muelle mismo del Bruqueión, a corta distancia del teatro. Ahora bien, hacerlo significaría pasar su Rubicón particular, ya que una vez en el corazón de la ciudad no podría volverse atrás. Si deseaba detener la galera era preciso actuar aprisa, porque la antorcha llegaba a su altura… ¡Entonces o nunca!
Una seductora imagen pasó en aquel momento por su imaginación; se veía entre María, Jivaka y Hadja remontando rápidamente el Nilo hacia el canal del mar de Egipto y hacia la libertad, en una galera parecida a aquélla, pero mayor. Otra escena sustituyó a aquella visión amable, otra escena que él sabía acontecía probablemente en aquel mismo momento en el gran teatro de Alejandría: la muchedumbre rugiendo decidida a matar a Filo y a los patriarcas judíos y el rostro duro y frío de Plotino que los empujaba a la caza.
Cristalizada de repente su decisión, no pudo esperar ni un instante más y gritó hacia la galera, mientras avanzaba al encuentro de la luz:
—¡Deteneos, os lo ruego! Soy médico y un amigo mío está en peligro, al otro lado de la ciudad. ¿Me concederéis el favor de viajar con vosotros?
A una orden de su amo, los esclavos se apoyaron sobre los remos y detuvieron la barca. José descendió hasta el borde del agua, en el mismo centro de la luz proyectada por las antorchas, con los brazos en alto:
—Estoy completamente solo —dijo—. Si queréis ayudarme, quizás eso me permita salvar la vida de un amigo.
No mentía, ya que, en efecto, esperaba salvar la cabeza de Filo.
—Conducid la galera hasta la orilla —ordenó el griego a los remeros, y en cuanto tocó tierra, tendió cortésmente la mano a José, para asegurar su equilibrio mientras subía a bordo.
—Voy a cenar en casa de Alcibíades —explicó jovialmente a su pasajero— y si su cocina no es mejor que de costumbre, es probable que necesite yo mismo un médico antes de que transcurra la noche.
La galera se deslizó rápidamente por el canal Agatadaemon y el puerto del Feliz Retorno, tomando entonces la dirección nordeste para pasar bajo el puente del Heptastadium, el más cercano a la ciudad.
La gran calzada que conducía a Pharos, generalmente rebosante a aquella hora, aparecía desierta de paseantes.
—Parece como si toda Alejandría estuviese aún embriagada después de las dionisíacas —observó el griego—. ¡Nunca vi el paseo tan vacío!
José, aunque conocía el motivo, movió sencillamente la cabeza en sentido afirmativo. Los alejandrinos eran frívolos y versátiles: cazar judíos les divertía más aquella noche que el placer pacífico, cotidiano y burgués de deambular a lo largo de la calzada.
—¿Estuvisteis ayer en el estadio? —preguntó el griego—. He oído decir que Flamen intentó matar al tribuno Gayo Flaco.
—Sí, estuve.
—¡Ese dios estuvo a punto de no resucitar! —contestó el griego riendo—. ¡Lástima que ella fracasara!
Asombrado, el otro preguntó:
—Así, ¿aprobáis lo que hizo?
—Una mujer tan hermosa como Flamen siempre tiene razón. Todo hombre debería sentirse feliz y honrado de morir en sus brazos. Dicen que después intentó suicidarse, pero que un judío, por medio de algún sortilegio, la salvó cuando la creían muerta.
—Lo he oído decir, en efecto.
El galileo se esforzaba por dar a su voz un tono neutro.
—¿Adónde os dirigís? —preguntó su huésped—. Yo me dirijo al cuartel, al pie del promontorio Loquias.
—Cualquier punto me servirá.
—¿Os va bien el pequeño puerto, más allá del Timonium?
—¡Me irá perfectamente! —dijo con convicción. Aquello, en verdad, era una suerte: los muelles abrigados detrás de la isla en semicírculo, que englobaba el Pequeño Puerto, se encontraban a poca distancia del Foro y del teatro; podía esperar llegar hasta el escenario.
Cuando la galera llegó al muelle de piedra, José saltó a la orilla y agradeció cortésmente a aquel que le había favorecido más de cuanto pudiera sospechar.
El muelle, en aquel lugar, aparecía desierto, pero desde el cercano teatro llegaba el fuerte rugido de numerosas voces, y pronto se encontró en el límite de una multitud inmensa. La gente empujaba, se daba empellones, gritaba en todas las lenguas, se peleaba y reía a la vez, espectáculo terrible y salvaje en verdad.
José se encontraba ante la imposibilidad de abrirse paso y bajo el peligro de ser identificado como judío. Lo que entonces sucedería lo sabía demasiado bien, y sólo el hecho de pensarlo le helaba el corazón. Todavía no era demasiado tarde para retroceder hacia la oscuridad… y Filo y los patriarcas estaban casi seguramente fuera de toda posibilidad de salvación, rodeados por aquella jauría aulladora ávida de sangre.
—¿Qué sucede? —preguntó a un individuo que se encontraba a su lado, asimismo inmovilizado.
—Plotino anima a cazar a los judíos —dijo el hombre—. Antes de que transcurran muchas horas la sangre va a correr por las calles de Alejandría.
—¿Han detenido ya a muchos?
—¿Detenido? —El hombre rió—. ¿Por qué iban a detener a esas sanguijuelas que roban nuestro dinero con la usura? El pueblo cuidará de Filo y de los otros, podéis estar seguro, y apostar tanto oro como tengáis. No hay duda.
El hombre miró a su interlocutor y una sospecha brilló en sus ojos:
—Pero vos sois… vos sois un… —comenzó, mientras José, invadido por un terror pánico al pensar que su identidad podía ser revelada allí, entre aquella masa que le rodeaba por todas partes, le dio un empujón tan repentino y tan violento que, a pesar de la presión que los rodeaba, estuvo a punto de caer al suelo.
—¡Un judío! —gritó a pleno pulmón—. ¡Un judío! ¡Matad al judío!
La excitación que se creó inmediatamente, produjo una especie de torbellino, ayudado por el cual el galileo, empujado a derecha e izquierda, se encontró en el límite opuesto.
Gracias a un esfuerzo de voluntad, recobró la calma y el equilibrio y supo que nunca se hubiera perdonado si hubiese cedido al pánico y huido. Y sin embargo, la ferocidad que resonaba en las voces de los hombres que lo rodeaban, cuando habían reclamado la vida de un judío, sin saber ni tan siquiera cuál, no le dejaba ninguna duda sobre la suerte que le esperaba si el populacho se volvía contra él. La predicción de Albina resultaría cierta, su cuerpo sería destrozado más rápidamente aún que el de los hombres y mujeres entregados indefensos a las fieras en el circo.
Frente a la derrota o a la muerte —o con mucha probabilidad a ambas—, José hizo la única cosa que sabía hacer, la única cosa que un judío devoto pudiera hacer en tales circunstancias: rezó. Rogó en silencio al Altísimo que le guiara. Y allí, de pie en medio de una multitud desbordante de rabia tanto más viva cuanto que ignoraba a la vez el origen, la causa y el móvil, de una muchedumbre encarnizada en destruir a cualquier miembro de una raza ferozmente odiada, el joven médico se sintió, de repente, solo. Solo y al margen de todo peligro, de toda enseñanza. Le pareció oír hablar en él una voz que sólo él podía escuchar, la voz misma del profeta Isaías, cuyas enseñanzas había aprendido desde la infancia:
No temas nada, pues estoy a tu lado;
yo soy tu Dios, avanza sin temor.
Yo te ayudaré, y con mi mano augusta
fortaleceré tu corazón: mi derecha es fuerte y justa.
Ahora José sentía que un valor y una serenidad nuevos inundaban su alma. Sabía que el peligro seguía siendo el mismo, pero ya no lo temía. Y ahora que ya era capaz de pensar sin temblar, su pensamiento se aclaró y vio cómo podría llegar a penetrar en el teatro.
En seguida se puso a gritar:
—¡Llevadme a Plotino! ¡Traigo noticias de Flamen!
La multitud se hizo en seguida eco de tal grito. Pasado de mano en mano, alcanzó en pocos instantes el lugar donde se encontraba la guardia. Los soldados alzaron sus espadas desnudas, impidiéndole el paso, pero al oír lo que decía, uno de los hombres lo condujo hasta la orquesta, desde donde Plotino, de pie, arengaba a la multitud. El guardia, sin interrumpir los efectos oratorios del gymnasiarca, empujó a José hasta el escenario, en el cual se encontraban Filo y una docena de patriarcas, de los cuales ninguno parecía estar gravemente herido, aunque sus vestidos aparecían rotos y sucios y sus rostros mostraban algún arañazo. El jurista y los patriarcas mostraban una serena dignidad, pero algunos lloraban, visiblemente desmoralizados por el terror.
El discurso proseguía, repitiendo las más antiguas, las más manidas, las más absurdas cantilenas, las acusaciones más oídas, sabiendo que aquél era el mejor modo de jugar con las emociones de una multitud inestable: el músico que desea conseguir la popularidad, sabe que las obras más repetidas son las que llegan con más facilidad a su auditorio, y que sus éxitos pasados son la mejor garantía de los futuros. A cada mentira cien veces repetida, a cada acusación falsa, a cada necia calumnia, el público respondía con aclamaciones entusiastas o indignadas, según el efecto buscado por el orador, y cuando pasó a los insultos, la masa delirante se puso a gritar como una bandada de lobos, hasta el punto de no escuchar ya a Plotino y de seguir aullando a pesar de que éste ya había terminado.
Él esperó entonces a que enmudecieran y después, dirigiéndose hacia los prisioneros, escogió el nombre del más venerable y del más conocido de ellos:
—¡Filo! —exclamó—. Confiesa ahora tus culpas delante de tus iguales si no temes avanzar.
El desprecio se leía en el sereno rostro del anciano jurista.
Cada uno de sus movimientos, de sus gestos mesurados, demostraban un desprecio absoluto. Y también con desprecio, sacudió sus hombros para rechazar las manos de los soldados romanos que trataban de empujarle hacia delante. Solo, se destacó del grupo y se acercó a su atormentador, plantándole cara con un tranquilo desdén.
—¿Dónde se encuentra, en Alejandría, la célebre y gloriosa justicia romana? ¿Cómo es, Plotino, que te atreves a incitar a la chusma contra la gente honrada? —preguntó con una voz ronca y seca—. ¡El emperador es un hombre justo, y esto te costará la cabeza!
Con el reverso de la mano, el gymnasiarca golpeó la boca del anciano judío, y un repentino silencio cayó sobre el auditorio, ya que el nombre de Filo siempre fue respetado en la ciudad.
—Sabemos —gruñó Plotino— que el suicidio de la judía Flamen fue una añagaza de magia para sustraerla a la muerte, castigo que merecía por su acto. ¿Dónde la habéis escondido, perros judíos?
—Ignoro todo cuanto se refiere a esa mujer —prosiguió Filo sereno— y mi pueblo no sabe nada de magia.
—¡Mientes! —gritó el otro con una voz sobreaguda y que desafinaba—. ¡Mientes! ¡Habéis escondido a la asesina y os burláis de la justicia romana que tú elogias tanto!
—¿Asesina? ¿A quién ha matado? ¿A este hombre? —preguntó el anciano, señalando con el dedo a Gayo Flaco—. ¡Por su aspecto parece encontrarse magníficamente bien!
Aquellas palabras provocaron una risa desatada entre la multitud, que por naturaleza se inclinaba siempre hacia el más astuto.
Filo prosiguió, duro y mordaz:
—Soy yo quien te debería decir: «¡Confiesa la verdad, si te atreves!». Confiesa al pueblo que has pedido prestadas sumas enormes, que has gastado en vino y en mujeres, y que no puedes devolver, porque ahora tus dedos y tu bolsa están vacíos, y que buscas, para evitar el pago de tus deudas, la manera de matar a tus acreedores, utilizando el pueblo y estimulándole con tus palabras.
Plotino alzó otra vez el puño para pegar al anciano, pero antes de que consiguiera llevar a cabo su propósito, José se interpuso entre Filo y el gymnasiarca:
—Golpéame a mí, romano —dijo lo bastante alto para que su voz se oyera en todo el vasto recinto—, porque yo soy el único responsable de la evasión de María de Magdala, a quien tú llamas Flamen.
El gymnasiarca permaneció inmóvil y su puño cayó a lo largo del cuerpo. Un silencio súbito descendió sobre la multitud, asombrada por aquel cambio dramático en el curso de los acontecimientos, y José prosiguió:
—La mujer se encuentra a salvo en un lugar donde nunca lograrás encontrarla. Filo nada sabe de ella, ni ninguno de los otros inculpados.
Plotino recuperó el habla:
—¿Y tú lo sabes?
—Yo lo sé —repitió José—; pero tú no ignoras que no lo revelaré jamás, ni forzado por la tortura más cruel.
Algo en su actitud, en su voz y en su forma de afirmar hizo comprender al romano que sus palabras eran ciertas. Al darse cuenta de la imposibilidad de apoderarse de la mujer que se había burlado de él, que lo había utilizado como un instrumento, el furor de Plotino aumentó:
—¡Perro judío! —gritó—. ¡Dame una sola razón que me impida matarte en seguida aquí mismo!
José se volvió hacia Gayo Flaco, y adivinando algún nuevo drama, el público, jadeante, enmudeció y esperó.
—¡Esta pregunta debes hacérsela al tribuno aquí presente! —dijo fríamente el médico, tendiendo un dedo acusador contra el romano—. Pregúntale, pues, al tribuno Gayo Flaco por qué la mujer a quien tú llamas Flamen ha querido matarle. Él lo sabe, él sabe que desde hace cinco años su vida le pertenece a ella, que está en deuda con ella, que, según la justicia y la ley, debe pagar con su vida.
El miedo asomó a los ojos de Gayo Flaco, porque sabía cuan fácil era volver contra los romanos el furor del pueblo de unas regiones que, más de una vez, se habían sublevado contra el Imperio.
Con una voz llena de ansiedad, gritó:
—¡Es mentira! ¡Yo no le debo nada a esa mujer!
Antes de que Plotino pudiera intervenir, José dijo en voz muy alta, dirigiéndose a todo el auditorio:
—¡Judía por su padre, es griega por su madre!
Judíos y griegos reunidos formaban la mayoría en la cosmopolita Alejandría, y si daban tiempo y tenía la suerte de colocar una cuña entre romanos y griegos y de convencer a estos últimos, una gran parte del público se colocaría a su lado: los odios nacionales se transformaban con facilidad en chispas inflamables. Estaba seguro de alcanzar ventaja. El galileo prosiguió:
—El gymnasiarca Plotino la odia porque, a pesar del dinero que pidió prestado a los judíos, no pudo lograr favores de la danzarina. En cuanto a Gayo Flaco, la violó cuando era una adolescente y según la ley judía debe pagar con la vida tal crimen, pagarlo a su víctima o a su familia. Ella permaneció, por consiguiente, dentro de la ley judía cuando intentó matarlo.
Los romanos hablan mucho de justicia cuando esto les favorece, pero una justicia unilateral no es justicia. Vosotros, griegos, ¿permitiréis que estos dos romanos asesinen a unos hombres justos porque ambos tengan deudas que pagar?
La multitud comenzaba a dar señales de aprobar lo que decía el joven médico, pero Plotino lo empujó con brutalidad a un lado, considerando que si no intervenía iba a perder la partida.
—Vosotros, ciudadanos de Alejandría, ¿permitiréis a estos judíos que hagan lo que quieran? ¿Quién gobierna aquí, los judíos o Roma? ¿Dónde está vuestro orgullo? ¿Os inclinaréis ante prestamistas y mercaderes?
Plotino, por su parte, no ignoraba que el odio contra los mercaderes que se enriquecían y contra los prestamistas a quienes se debía dinero en todo el Imperio, era ostensible. Estaba seguro de tener la gente a su favor.
—¡No! —gritó alguien.
La multitud se hizo eco de aquel grito. La gente de Plotino exclamó: «¡Muerte a los judíos! ¡Muerte a los mercaderes y prestamistas! ¡Crucificadlos!».
Con el corazón destrozado, José comprendió que había perdido la partida.
La situación, una vez más, había cambiado.