María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo XVIII

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Capítulo XVIII

EN EL QUE DOS CASTOS AMANTES SE SEPARAN SIN SABER SI VOLVERÁN A VERSE.

Con toda evidencia Plotino había tendido hacia aquella conclusión, y la había provocado y preparado desde hacía tiempo.

El honrado José, que sólo contaba con su sinceridad, su fervor y su valor, no era más que un niño al lado del hábil Plotino.

Faltó quizá poco para vencerle. Por un instante lo creyó, y buscó qué error podría haber cometido, pero pronto comprendió que su verdadero error había consistido en creer que, en el caso presente y siendo las circunstancias las que eran, la virtud podría triunfar sobre la fuerza.

Su solo consuelo fue quedar en paz con su propia conciencia…

Para él era mucho; para quienes quería salvar, muy poco.

Ya los espectadores de las primeras filas se preparaban a trepar hasta la plataforma para apoderarse de los prisioneros, cuando sucedió lo inesperado. La repentina manera de efectuarse el silencio, el aspecto de los espectadores que permanecían en pie, y el ver cómo los asaltantes, después de haberse precipitado con frenesí, se retiraban desconcertados, hizo comprender al galileo que algo sucedía, y se preguntó qué podía ser.

Oyó entonces un sordo ruido de trompetas, se volvió y vio que el gran tabique que separaba del escenario la plataforma descendió lentamente por la ranura, sin que se supiera quién había puesto en marcha la maquinaria. El escenario mismo, que el tabique hasta entonces tapara, se encontraba ahora a la vista del público. La expresión de temor que apareció en el rostro de Plotino y en el de Gayo Flaco demostraba que éstos no sabían de qué se trataba.

En el fondo de la escena, donde no se veía ningún decorado, cuatro antorchas ardían en los apliques, como siempre que se trataba de iluminar la escena por la noche. La oscuridad era ya casi completa, por lo que el juego de llamas y de sombras daba al recinto un aspecto curiosamente macabro, y el auditorio tuvo casi la impresión de contemplar el infierno y esperó ver surgir una horda de demonios.

De repente, los acordes resonantes de una gran cítara —un instrumento cuyas notas hubiera José reconocido en cualquier parte del mundo— llenaron el teatro, y mientras el eco se desvanecía, apareció una mujer envuelta en la luz de las antorchas.

Durante un largo momento se hubiera podido creer que había nacido de las llamas, ya que, bajo el bombyx diáfano que cubría su cuerpo, su carne relucía como amasada con fuego.

Con sus magníficos cabellos de cobre rojizo prestos a caer sobre sus hombros, daba hasta tal punto la ilusión de una antorcha viva, que un clamor formidable corrió espontáneamente de un extremo a otro del teatro: ¡Flamen! ¡Afrodita! ¡Flamen!

¡Afrodita!

Durante todo el tiempo que el eco de las ovaciones corrió en oleadas por el recinto, María permaneció inmóvil, noble en su actitud, atenta. Después su cuerpo comenzó a cantar un poema de amor como —única en el mundo entero— podía hacerlo Flamen de Alejandría. La emoción hacía palpitar la sala, de donde no ascendía ningún ruido, y sólo entre los acordes de la gran cítara podía oírse, de vez en cuando, un suspiro que escapaba al conjunto de los espectadores.

José nunca había visto aquella danza. En realidad, nadie la había visto todavía; era la primera representación que de ella daba María, quien, a su vez, sólo la había visto bailar en una ocasión: cuando cinco años antes, por la puerta abierta de su camarín, que daba al triclinium en el palacio de Poncio Pilatos, en Tiberíades, había observado danzar a la esclava Tetis. Sin embargo, María sabía que aquel poema de amor calaría con emoción profunda en todos los espectadores y los obligaría a olvidarlo todo, excepto a la bailarina que se convertía para ellos en el símbolo de lo que un hombre busca siempre y encuentra rara vez en el abrazo de la bien amada.

La representación que diera la esclava Tetis era una verdadera llamada a la orgía, una dosificación de actitudes lascivas.

María, que era ante todo una artista, y aquélla una magnífica hazaña, quizá la última, la convirtió en algo tan dulce, tan bello y tan puro como los poemas que a veces cantaba en escena. En su entusiasmo por contemplarla, incluso los soldados de la guardia se acercaron tanto que pronto no quedó ningún impedimento entre los prisioneros y la puerta que daba a los corredores de palacio y de la libertad.

José, al darse cuenta de que los prisioneros ya no estaban vigilados, se deslizó hasta el más próximo y susurró:

—Pasad por esa puerta mientras los guardias están distraídos.

Huid. Avisad a todos los judíos del barrio. Armaos y haceos fuertes en las casas más sólidas.

Los judíos de Alejandría eran tan numerosos que si construían barricadas y trincheras, no habría bastante tropa para apoderarse de ellos. Estimular a una muchedumbre durante un motín y empujarla al asesinato era una cosa, pero atacar a unos inocentes que no habían infringido ninguna ley, era otra. El gobernador de Alejandría, incluso si de una manera general se plegaba a la voluntad de Plotino, no se atrevería a llegar hasta eso. Gayo Flaco tampoco se atrevería a arriesgarse a perder el favor del emperador Tiberio, el cual se envanecía de ser un hombre pacífico.

Apenas susurrada la orden, los presos comenzaron a abandonar la plataforma. Ahora la oscuridad era completa, y sólo permanecían encendidas las antorchas del amplio escenario donde bailaba María. Sin embargo, incluso en pleno día la muchedumbre no se hubiera dado cuenta de la discreta huida de los judíos, ya que todos los ojos miraban la adorable silueta de la danzarina.

Ahora giraba como la llama de la antorcha cuyo nombre llevaba y sus cabellos parecían una nube de fuego alrededor de la columna encendida de su cuerpo. Había calculado astutamente cómo conservar la atención del público, pues contrariamente a las demás bailarinas del teatro, Flamen nunca había danzado desnuda. Ahora, por vez primera, su cuerpo espléndido se podía adivinar en la penumbra de la escena.

De repente una poderosa ovación subió hacia ella: ¡Flamen!

¡Afrodita! ¡Flamen! ¡Afrodita! Los gritos no cesaban, un rugido formidable la saludaba como a la encarnación viviente y humana de la diosa cuyo culto era más ferviente y más extendido en Alejandría que en cualquier otra parte.

Una mano rozó el brazo de José: Filo, el único de los presos que permanecía aún allí, le hacía signos de que le siguiera; pero José negó con la cabeza: aunque la multitud estuviera fascinada por la danza, nada aseguraba que Plotino no lograra invertir una vez más la situación y desencadenar la jauría contra María. Puesto que ella había arriesgado su vida colocándose ante las manos del gymnasiarca y de Gayo Flaco, ambos furiosos y ultrajados, para salvarlos a él y a los otros judíos, José sabía que no podía hacer otra cosa que permanecer a su lado.

Los aplausos y los gritos de entusiasmo redoblaron y conmovieron las paredes del teatro cuando Flamen se deslizó al suelo, con los brazos extendidos, cubierta con la llama protectora de sus cabellos deshechos. Albina salió de entre bastidores y colocó en los hombros de María un manto blanco, largo y suave.

Cuando se puso en pie, envuelta en el manto, las aclamaciones arreciaron todavía más fuertes, pero ella no se había quedado allí para oírlas. Después de una profunda inclinación a manera de saludo agradecido, corrió hacia el rincón donde se encontraba José y, olvidándose de Plotino y de los demás personajes que se hallaban agrupados en la plataforma, fue a cobijarse entre los brazos del galileo.

Abrazada a él le contó cómo al despertarse se enteró de que había ido al teatro con la fútil esperanza de arrancar a Filo y a los otros judíos a la ira de Plotino y que en seguida partió con Albina, llegando en el momento en que los guardias empujaban a José hacia la orquesta.

—No tenía ningún medio de salvarte a ti y a los demás.

—Tenía que bailar, incluso teniendo que hacerlo desnuda —dijo escondiendo su rostro en el pecho del joven.

Él la besó, sin preocuparse de quiénes la miraban.

«¡Flamen! ¡Flamen!».

La multitud no cesaba de gritar su nombre y se vio obligada a volver al escenario y saludar enviando besos con la punta de los dedos.

Plotino parecía petrificado por el nuevo aspecto que tomaban los acontecimientos, pero Gayo Flaco la devoraba con los ojos.

Cuando los aplausos, al final, disminuyeron, Plotino se volvió, furioso, hacia el lugar donde se hallaran, anteriormente, los grupos de presos, comprobó que habían desaparecido y enmudeció de estupor.

—¿Dónde están? —chilló dirigiéndose a la guardia, que a su vez se quedó estupefacta, contemplando vacío el lugar que habían ocupado los presos.

La multitud, entonces, estalló en una formidable carcajada, que repercutió hasta la última fila.

—¡Tú! —Pálido de rabia, se volvió hacia José—. ¿Dónde están?

—En sus casas —respondió tranquilamente el galileo—. Se fueron a avisar a todos los judíos de la ciudad, y Filo, en nombre del emperador, a pedir protección al gobernador.

Olvidas que en Alejandría muchos judíos son ciudadanos romanos.

El rostro del gymnasiarca palideció todavía más, si ello era posible, y enseñando los dientes gritó:

—¡En ese caso moriréis ambos! ¡Y por mi propia mano!

Arrancó la espada de la vaina de un soldado y se precipitó sobre ellos, que, desarmados e indefensos, nada podían hacer para librarse de su furia; José, sin embargo, se colocó delante de María para que la espada le alcanzara a él primero.

La ayuda llegó, no obstante, de otro lado.

Una mano vigorosa detuvo el brazo de Plotino antes de que la espada pudiera llegar a sus cuerpos.

—¡Imbécil! ¡Más que imbécil! —gritó el tribuno sin soltar el brazo del otro—. ¡El pueblo va a caer encima de nosotros si te permites atacarlos ahora!

Un gran rugido de cólera había salido de la multitud a la primera amenaza contra María, e incluso entonces, algunos hombres se disponían a subir a la plataforma, dispuestos a atacar a Plotino con sus manos desnudas.

—Mata al sanguijuela, si quieres derramar sangre —le aconsejó Gayo Flaco en voz baja—. El pueblo no se preocupará por él.

Lentamente, la expresión enloquecida desapareció de los ojos del romano.

—¿Eres tú el responsable de la superchería que la hizo pasar por muerta? —le preguntó al joven médico.

—Sí, soy yo.

No tenía ningún interés en complicar a Baña Jivaka en aquel drama, y el proyecto, en realidad, había sido ideado por él.

—Ella se encontraba bajo mi influencia cuando intentó matar a Gayo Flaco —prosiguió, esperando, con aquella mentira, desviar su ira de la joven.

—Eso no es verdad —protestó María—. La culpa es mía.

Quise vengarme de él.

Plotino se volvió hacia Gayo Flaco y le preguntó:

—¿Lo que este hombre dijo ayer es exacto? ¿Es cierto que la violaste?

—Hace de eso mucho tiempo —dijo el tribuno a disgusto—, ¡Lo… lo había olvidado!

—Yo no quiero los restos de otro, sea quien sea —dijo el gymnasiarca con desprecio—. Esa mujer es tuya, haz lo que quieras con ella.

—¿Y qué vais a hacer con José? —preguntó María, inquieta.

Plotino respondió con la mayor despreocupación:

—¡Morirá! Debe morir por haber ayudado a los judíos a escapar.

María protestó:

—Yo fui quien les dio tiempo para que escaparan. La culpa es mía.

Sin preocuparse de ello, Plotino ordenó:

—¡De rodillas, sanguijuela! Yo mismo voy a hacer rodar tu cabeza.

José permaneció dignamente en pie, negándose a arrodillarse.

Plotino lanzó una orden y los soldados se apoderaron brutalmente del galileo, obligándole a ponerse de rodillas. Comprendiendo que no lograría influir en Plotino, María, desesperada, se volvió hacia Gayo Flaco.

—Salva la vida de José —suplicó— y seré tu esclava, pero si muere me mataré.

Gayo Flaco vaciló. Su rango era de menos importancia que el de Plotino, pero conocía lo suficiente a María para saber que ejecutaría su amenaza. Viéndole dudar, María añadió:

—Soy rica. Si perdonáis a José, os podréis repartir mi fortuna.

Plotino escuchaba. No era un secreto para nadie en Alejandría que sus deudas eran muchas. Al oír hablar de fortuna, sus ojos brillaron y bajó lentamente la espada.

—¿Cuánto posees? —preguntó.

—Cien talentos áticos de plata. Quizá más.

Plotino juró entre dientes.

—¡María, te lo suplico! ¡No hagas eso! —imploró José—. Prefiero morir mil veces a saberte esclava de Gayo Flaco.

—Yo sola soy culpable de todo esto, José —dijo ella en voz baja—. ¡No tienes que sufrir por mi culpa!

Y luego:

—¿Qué decides? —preguntó ella a Plotino.

Éste devolvió al soldado la espada que le había cogido.

—¡De acuerdo! —dijo, indudablemente deseoso de poseer en seguida el dinero—. Gayo, Flamen será tu esclava mientras vivas, y sus bienes serán repartidos entre nosotros.

—¡Alzadle! —ordenó a los soldados que se aferraban a José—. Llevadlo al Frente del Mar y metedlo en el primer barco que salga para Judea. Y decidle al capitán que le haré personalmente responsable si el Sanguijuela no es vigilado estrechamente hasta que el barco abandone el puerto.

—¡Ven con nosotros, judío! —ordenó el soldado, poniendo en pie a José de una sacudida.

El galileo no podía escoger. Sólo podía obedecer. Ni tan siquiera le dejaron cambiar una sola mirada con María.

La última imagen que conservó de su bien amada, de aquella que se había vendido como esclava para pagar la vida del hombre a quien entregara su amor, de aquél a quien antaño se negara a seguir, aquella última imagen fue la de una joven llorando, entre los dos romanos, y que le tendía los brazos en un adiós desesperado.

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