María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo III

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Capítulo III

EN EL QUE SE VE A JOSÉ IR DE SORPRESA EN SORPRESA.

Alrededor de una semana después de esta conversación con Nicodemo, José, al regresar cierta noche a su casa, vio atada delante de la puerta una mula cubierta de sudor y de polvo, y en el atrio, a un hombre muy alto que discutía con el liberto Rufo.

—¡Hadja! ¡Mi querido amigo! —exclamó abrazando afectuosamente al nabateo—. ¿De dónde vienes? ¿Dónde vives?

—Vivo en la casa de Demetrio, en Magdala, con el fin de estar lo más cerca posible de la Llama Viva.

—Pero todo lo que poseía ¿no le fue confiscado y repartido entre Gayo y Plotino?

—Es cierto. Sin embargo, la casa de Magdala pertenecía a Demetrio y no fue incluida en el inventario.

José contempló el enorme corpachón terriblemente enflaquecido y los rasgos que el hambre había trazado en él.

—¿Por qué no viniste a mí? Ya sabes que siempre puedes contar con mi ayuda. ¿Podías suponer que si yo poseo un pedazo de pan y un techo, no los repartiría contigo?

El músico sonrió:

—Nosotros, gentes del desierto, somos duros y resistentes.

Alguna privación y un poco de hambre no me harán mucho daño. Pero es la Llama Viva quien te necesita a ti en Seforis, José. Ella me ha ordenado que te lo diga, para que te apresures cuanto te sea posible.

—¿Está enferma? —preguntó en seguida el médico, inquieto.

—Ella sólo me dijo eso —respondió enigmáticamente Hadja—, pero sé que no es para ella misma por lo que te llama.

José no perdió el tiempo en preguntas. Desde Seforis ella necesitaba de él, que se encontraba en Jerusalén; eso bastaba.

Ella nunca le hubiera llamado si no se tratara de algo real y urgente.

Viajar de noche por las grandes vías septentrionales de las caravanas, no era muy aconsejable, ya que la salvaje región montañosa estaba poblada de partidas de ladrones y de galileos rebeldes. Mientras José y el negro cenaban, Rufo se encargó de encontrar dos camellos rápidos y vigorosos.

Al amanecer se encontraban en la Gran Vía Central que atravesaba la cadena de montañas de Samaria hacia el norte, más allá de Lichem y de la ciudad misma de Samaria, hasta el punto en que estaba la Vía del Mar, que une el puerto de Jope a las ciudades de Galilea.

Durante el crepúsculo de la segunda jornada, llegados a una cresta, divisaron el pueblo de Nazaret, situado cerca de la cima de una ladera bastante inclinada, a algunas millas de distancia, entre las colinas de Galilea.

Allí se detuvieron para dar un poco de descanso a los camellos, que estaban muy necesitados de él, ya que habían caminado muy de prisa. José no se encontraba menos cansado que ellos. Poco acostumbrado a aquellos viajes rápidos y sin comodidades, sentía la fatiga hasta en sus huesos. No por ello era incapaz de admirar la belleza hosca de la región rocosa que se extendía desde el lago al mar y desde la cual sus ojos descubrían una amplia superficie. Acababan de atravesar la gran llanura de Esdrelón, que las alturas del monte Carmelo separaban, hacia el oeste, del mar que distaba al menos cincuenta millas, mientras el monte Tabor se elevaba al este, entre el valle y el río Jordán. A lo lejos y hacia el norte, más allá de la fuente del Jordán y en dirección a Damasco, el monte Hermon alzaba su cabeza nevada, que incendiaba el sol poniente.

Aquel espectáculo, a la vez apacible y majestuoso, despertó en la memoria del viajero el recuerdo de las palabras del salmista:

¡Oh, Yahveh!, tú hiciste el Norte y el Mediodía,

Ante tu nombre, como Hermon, Tabor se ha regocijado.

La voz del músico negro volvió a José al momento presente.

—Ahí, al norte, está Seforis. Desde aquí puedes ver fácilmente su teatro.

A unas cinco millas de ellos, la gran ciudad se alzaba entre colinas. Seforis fue, en otro tiempo, el centro más importante de Galilea y desde hacía siglos era el lugar donde radicaba el gobierno. Judas el Gaulonita, durante su desgraciada tentativa de mesianismo y la revolución que la siguió, se había apoderado de la ciudad. El resultado de esta sublevación abortada no se hizo esperar. Los romanos crucificaron en las laderas de las colinas a dos mil judíos. En cuanto a Seforis misma, fue incendiada y arrasada y sus habitantes vendidos como esclavos, aviso solemne a los galileos de que Roma reinaba allí y que no toleraría ninguna deslealtad.

En el transcurso de los años recientes, Herodes Antipas había reconstruido Seforis, de la que había hecho, cuando menos por algún tiempo, la más brillante joya entre las ciudades de aquella fértil provincia. Después, sus deseos, siempre tornadizos, se fijaron en la ciudad de Tiberíades, más nueva, en la orilla del lago. El palacio de Seforis sólo permanecía ocupado unos meses al año, pero la ciudad había seguido siendo residencia del Estado Mayor del importante ejército que guarnecía aquella Galilea mal sometida.

Los granjeros que trabajaban sus tierras durante el día, abarrotaban a aquella hora crepuscular los diversos caminos que conducían a Seforis, y empujaban ante sí las mulas pesadamente cargadas de productos destinados al mercado matinal del día siguiente.

Los dos viajeros se habían puesto otra vez en camino, y los camellos que Hadja y José guiaban por las calzadas llenas de gente, iban al paso. Su velocidad disminuyó más todavía en las calles de la ciudad, donde la multitud era densa, delante del magnífico palacio donde residían las diversas ramas del gobierno de Herodes y ante las residencias de los romanos.

Llegados a una villa de piedra blanca, que sólo el palacio de Herodes sobrepasaba en esplendor y cuya puerta guardaban dos soldados, Hadja hizo detener a los animales.

—He aquí —dijo— la residencia de Gayo Flaco. Su tía, Claudia Prócula, debe de encontrarse en ella actualmente y quizá también el mismo Procurador. La Llama Viva les hizo venir antes de mi partida.

Llevando debajo del brazo el nartik que contenía sus instrumentos y sus medicinas, José fue introducido en un vasto atrio fresco, corazón y centro de la casa. Casi en seguida Claudia Prócula vino hacia él, con las dos manos extendidas en señal de bienvenida.

—María y yo hemos rogado juntas para que vuestro viaje fuera rápido, José. Ahora que os encontráis aquí nos sentiremos más tranquilas.

—He venido con toda la rapidez posible —dijo él inclinándose cortésmente.

—Poncio y yo nos hemos alegrado al saber que María os había mandado llamar sin pérdida de tiempo. Si alguien puede hacer algo por Gayo, sois vos.

—¿Por Gayo Flaco?

—Sabíais que se encontraba enfermo, ¿verdad?

José movió la cabeza:

—No. Todo cuanto sabía era que María me necesitaba.

—Está gravemente enfermo —dijo Claudia—. Tenéis todos los motivos para odiar a Gayo, José; pero María le ha perdonado lo que hizo, y estoy segura de que haréis todo cuanto esté en vuestro poder para salvarle.

—¿Ella le ha perdonado?

Aquel día parecía, en verdad, el día de las sorpresas. Prócula movió la cabeza afirmativamente:

—Las enseñanzas de Jesús parecen realmente transformar a aquellos que las escuchan.

—¿Así que María es discípula del maestro de Nazaret?

Formuló la pregunta con una incredulidad evidente, y la respuesta le dejó más sorprendido aún:

—Sí. Y sus discípulos son en Galilea mucho más numerosos de lo que creeríais posible. ¡Si yo tuviera valor para admitir abiertamente lo que mi corazón cree verdadero, yo sería uno de ellos!

—Quizá —dijo José, completamente desconcertado—, quizá fuera mejor trasladarnos, sin perder más tiempo, al lado del enfermo. He escuchado de vuestra propia boca palabras que me resulta difícil comprender. Y, sin embargo, sé que la boca de Claudia Prócula siempre dice la verdad.

—Gracias, José —dijo ella—. Quiera Dios concederme la fuerza de decir esta verdad a los otros como acabo de decírosla a vos.

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