María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo IV
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Capítulo IV
EN EL QUE JOSÉ SE DEDICA A HACER BIEN A QUIEN LE ODIA Y LE HA HECHO MUCHO MAL.
El accidente que, según contara Prócula al galileo, había ocurrido a Gayo Flaco, hubiera podido ocurrirle a cualquiera.
Su caballo había tropezado durante una cacería de ciervos, y el tribuno se había herido en la pierna. La llaga no era profunda ni demasiado dolorosa. Ahora bien, durante el curso de la semana se declaró la infección, la piel enrojeció, el miembro se hinchó y los escalofríos y la fiebre aparecieron pronto; desde hacía varios días el paciente deliraba furiosamente.
Claudia Prócula no entró en la habitación del enfermo con José, quien no se dio cuenta de ello por haber fijado su mirada en una mujer arrodillada en un rincón, con los ojos cerrados y que murmuraba una plegaria: era un cuadro que jamás olvidaría.
Una María de Magdala completamente nueva se encontraba allí, ligeramente más delgada, un poco más pálida que la última vez que la vio, pero bajo el brillo intacto de sus cabellos llameantes, quizás aún más hermosa, en su dolor, ya que los rasgos tan queridos se encontraban revestidos de una serenidad que explicaba la paz interior por fin conquistada, la confianza en algún poder que no podía discernir ni adivinar.
Ella abrió los ojos, vio a José y su figura se iluminó, se animó, mientras el color retornaba a sus mejillas.
—¡Sabía que vendrías! —exclamó ella.
Al oír su voz, sintió que su corazón se contraía antes de que ella le pusiera las manos en sus brazos, le besara en la mejilla y se acercara a él, como si necesitara sentir su fuerza y asegurarse tangiblemente de su presencia.
Al mirarla, al recordar la luz maravillosa que le llegó desde sus ojos al verle, José comprendió, José supo que el amor de María ardía siempre con el mismo fervor y ardor que el suyo. Él habló con calma, suavemente:
—¡Qué hermoso es volverte a ver, María! ¿Rezabas por Gayo Flaco cuando entré?
—Sí. ¿Te cuesta creerlo?
—Cuando éramos niños, nos enseñaron la exhortación del Altísimo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¡Debo reconocer, sin embargo, que en tu caso me resultaría muy difícil!
Ella sonrió:
—Jesús dice: Ama a tus enemigos, bendice a quienes te maldicen, ruega por quienes te persiguen y, si tu hermano peca contra ti, perdónale.
El hombre que se encontraba tendido en el lecho rechinó los dientes y juró. Dos esclavos que se encontraban a su lado se precipitaron para lograr que no se moviera, pero José los apartó con un signo y colocó la mano en la frente del enfermo.
Como si la conciencia del gesto apaciguador penetrara en su espíritu en desorden, Gayo se calmó un poco. Su piel ardía, seca y rugosa bajo los dedos del médico; el pulso, en su muñeca, latía enloquecido, como si la sangre quisiera hacer estallar la vena que la contenía. Su respiración, jadeante y ruidosa, se oía desde todos los rincones de la habitación, y, mientras en su delirio y su fiebre hablaba y juraba sin interrupción, sus dedos aferraban las mantas y su propio cuerpo, como si buscara maquinalmente algún parásito visible.
Un pasaje de los escritos de Hipócrates acudió al espíritu de su discípulo:
Cuando, durante las fiebres agudas, las manos se agitan ante el rostro, como si cogieran briznas de paja en el vacío, si estiran las mantas o arrancan el revestimiento de las paredes… todos los síntomas de esta clase de género son malos, es decir, mortales.
Apoyando su oreja en el pecho ardiente, José escuchó con atención en diversos puntos, y al llegar a las costillas bajas del costado derecho, oyó el ruido que preveía —algo así como el roce de cuero seco contra cuero seco— y que revelaba una pleuresía profunda. Fue peor cuando examinó el abdomen, ya que al más ligero contacto, y desde lo hondo de su delirio, Gayo Flaco temblaba de dolor.
En la ingle izquierda, del lado de la pierna herida, una fuerte hinchazón inflamada parecía a punto de estallar por efecto de la presión interior. La pierna entera aparecía completamente roja y los tejidos resistían al tacto, duros como madera.
José desenrolló la venda; la herida, superficial, parecía bastante insignificante por sí misma, pero los bordes se veían desgarrados y de ella manaba una débil serosidad, signo en sí mismo más grave que una gran cantidad de pus.
Una vez terminado el examen, el galileo rehízo el vendaje y después se lavó las manos cuidadosamente, ya que la experiencia le había enseñado que las inflamaciones de aquella clase se transmitían con frecuencia de una persona a otra, por un corte o un arañazo, y ocasionaban en poco tiempo tanto daño como el que resultaba de la herida original. Muchas veces se había preguntado cómo era aquello posible, pero todavía no había podido encontrar una respuesta válida, aunque el sabio Marcos Terencio Varrón había escrito varios siglos antes:
Puede ocurrir, en los lugares pantanosos, que vivan pequeños animales invisibles al ojo, y que entren en el cuerpo por la boca y la nariz, ocasionando graves desórdenes.
José estaba dispuesto a admitir que aquella opinión respondiera a la realidad y que se encontrara allí el verdadero origen de muchas enfermedades. Pero en el caso que le ocupaba, parecía indiscutible que el elemento dañino, cualquiera que fuere, había entrado en el cuerpo por la herida, ya que en ésta se encontraba indiscutiblemente el centro de la inflamación que se había extendido ya a todo el lado izquierdo y seguramente no se detendría allí. ¿Podría ser que los animalúnculos de que hablaba Varrón penetraran en los tejidos? Si era así, era un poderoso argumento en favor de la limpieza, que Hipócrates reclamaba con insistencia por parte de aquellos que tenían que tocar heridas y que el galileo había practicado siempre rigurosamente, mitad por instinto, mitad por sentido común.
—No hay esperanza —dijo en voz baja María—. Lo leo en tu cara.
—El veneno pronto habrá invadido el cuerpo entero —reconoció José—. He oído en su pecho el roce de las pleuras inflamadas.
—¿No puedes intentar nada más?
—El pulso es irregular, lo que indica un edema agudo; voy a sangrarlo, pero envolviéndole la parte baja del cuerpo en paños húmedos y calientes. A veces ayudan a calmar el delirio.
Mientras María hacía traer paños y agua caliente por los esclavos, José abrió el nartik y extrajo de él una delgada nail de acero, que así se denominaba la lanceta empleada para abrir las venas. Enseñó a uno de los esclavos cómo debía apretar el brazo de Gayo Flaco por encima del codo y comprimir en aquel lugar la vena saliente. Rápidamente, y con decisión, hundió la lanceta a través de la piel y de la pared venosa. Un débil hilillo de sangre, espeso y con un color malsano y negruzco, cayó en la taza que sostenía un esclavo. El cirujano mantuvo separados los bordes hasta que la taza estuvo llena, después retiró el nail y vendó el brazo lo mejor que pudo. Después de esto, retorció los trapos que se humedecían en agua caliente, los estiró, actuando con precisión y rapidez para perder el menor calor posible, y envolvió con ellos las piernas y las caderas del enfermo.
Cuando hubo terminado, consiguió de Gayo Flaco que bebiera una mezcla de vino caliente y de adormidera: poco tiempo después el tribuno dormía con el primer sueño apacible que consiguiera desde hacía varios días.
María y José comieron juntos, en una pequeña habitación contigua a la del enfermo. Aunque ella fuera, técnicamente hablando, una esclava, observó que todos los de la casa la trataban con la mayor deferencia y que, con toda evidencia, era tan amada como respetada.
—Has cambiado desde que dejaste Alejandría —dijo ella—. ¿Eres feliz en Jerusalén?
—¿Cómo podía ser feliz sabiéndote esclava?
—¿Puede hacerte algún bien el saber que la esclavitud me es ahora indiferente?
—Perteneces a otro hombre.
Ella colocó sobre la suya una mano suave:
—Gayo Flaco puede ser el propietario de mi cuerpo —dijo ella con sencillez—. Tú sabes que mi corazón te pertenece, que desde el primer día que te vi en Tiberíades, lo fue. Hace de eso tanto tiempo…
Él sonrió:
—¿Aquel día en que me recordaste que yo no era un médico, sino simple sanguijuelero, y que se debía todo a mi tío, José de Arimatea?
—Tú eras un buen colocador de sanguijuelas, como ahora eres un buen médico, un buen cirujano y un hombre bueno. El pueblo necesita hombres como tú, José. Tienes que buscar la felicidad en tu trabajo.
—Sólo el estar aquí y verte me hace feliz, cuando menos por un momento. Pero ¡cuánto me agradaría que pudiéramos retornar a aquellos días de Magdala!
—Fui allí la semana pasada… pasé unas horas en la casa… yo… yo sentí volver a ser lo que era… antes de que sucediera todo lo demás…
—¿Fue muy terrible?
La recorrió un escalofrío:
—A veces, sentía que si nada cambiaba me iba a matar, a pesar de la promesa que te hice… Pero Claudia Prócula se mostró muy bondadosa conmigo… Poncio Pilatos, durante estos últimos tiempos, está muy preocupado y confuso, pero creo que a su manera siente algo por mí. Es un hombre raro, con saltos de humor y con frecuencia muy sombrío… Recientemente, Gayo Flaco bebía mucho más que de costumbre, y sucedió que…
Inmediatamente se llevó las manos a la garganta. El galileo se sobresaltó:
—¿Intentó estrangularte? Veo las señales.
—Durante unos días apenas pude tragar —admitió—. Claudia Prócula me llevó con ella hasta que me encontrara mejor.
Durante mi ausencia ocurrió el accidente de caza.
—¡Pensar que yo vivía cómodamente en Jerusalén mientras tú sufrías torturas, porque te sacrificaste por salvarme!
¿Cómo podré pagarte todo esto, María?
—Tú no me debes nada, muy al contrario. Yo fui la única culpable. Por mi culpa estuviste a punto de morir en Alejandría.
Por mi causa tuviste que abandonar la ciudad en donde estudiabas… Por culpa mía te encadenaron como a un malhechor…
Pero yo era otra persona en aquella época. Algún poder maléfico se había apoderado de mí.
—Tú estabas poseída por un demonio. ¡No tenías la culpa!
Ella movió la cabeza:
—Demetrio tenía razón cuando decía: Los demonios que posean a un hombre, han nacido en él mismo o de él mismo. Mi demonio… era el odio. Cuando niña, odiaba a mi padre porque no me daba lo que yo deseaba apasionadamente: juguetes, alegría, felicidad, vestidos como los que llevaban las demás niñas, todas las cosas que una mujer, incluso una niña, ama y desea ya.
—Tenías razón en odiarle. Estaba decidido a venderte como esclava.
—Sólo Dios tiene razón cuando dice: Honrarás a tu padre y a tu madre, y también: No odiarás. Nada se gana odiando.
Ha sido preciso que me convirtiera en esclava para comprender que, si lo hubiese intentado con todas mis fuerzas, hubiera perdonado a mi padre incluso eso. Ahora sé que he llevado conmigo, en mí, ese fardo de odio en mi infancia, incluso cuando llegué a la adolescencia. Lo que ocurrió con Gayo Flaco en Tiberíades no hizo más que obligarme a odiar con más furor, hasta que mi vida toda quedó dominada y obsesionada por el odio.
—No hubieras llegado nunca a ser bailarina-estrella en Alejandría si tu voluntad de venganza no te hubiese empujado, hasta tal punto que alcanzaste el éxito.
—La persona que vivió en Alejandría fue otra, José —dijo ella formalmente—. Hace meses que murió, precisamente en el instante que me desperté en las catacumbas de Necrópolis, y en que me dijeron que te habías ido al teatro a salvar a Filo y a los otros. Hasta entonces sólo había pensado en mí, en mi odio y en mi voluntad de venganza. Pero allí, en el teatro, algo ocurrió en mí. Como si el Altísimo aprobara por fin lo que yo hacía, incluso si casi todo el mundo debía tratarme de impúdica por danzar desnuda, lo haría para atraer hacia mí toda la atención durante el tiempo suficiente para permitir a Filo y a los otros evadirse. El peso de los pecados, de las faltas y de culpabilidades, dejé de sentirlo en mi alma. A partir de entonces me convertí en una mujer diferente.
—Quien me encuentra, encuentra la vida; tales son las palabras de Dios —le recordó José—, y el salmista dice: Los corazones rectos buscan siempre la justicia, y también: Dios perdona las culpas, Él cura toda enfermedad. Y en otro lugar: La justicia es más agradable al Altísimo que el sacrificio.
—Estoy segura de que he encontrado al Altísimo, porque estaba dispuesta a sacrificarme por aquéllos cuyas vidas estaban a punto de perderse por mi culpa —admitió ella—, pero todavía no comprendí lo que había sucedido hasta que oí hablar a Jesús.
—Tú —rogó José—, a tu vez, háblame de él.
En los ojos de María apareció una cálida luz. Durante una partícula de segundo, José sintió un espasmo de celos alzarse contra aquel hombre a quien nunca había visto y que parecía ejercer tanta influencia sobre todos aquellos que le habían oído, una influencia como nadie en el mundo ejerciera sobre esta María, a quien amaba más que a su vida.
—Pasábamos cierto día por Cafarnaúm —dijo ella— y nos encontramos bloqueados por la multitud, hasta que los soldados nos abrieron paso. El pueblo me odia porque vivo con Gayo Flaco, pero a él nadie se atreve a insultarlo, mientras que a mí me humillan porque soy judía y me llaman mujer perdida.
—Pero eso no es verdad.
—¿De qué me hubiera servido decirles la verdad? Aquel día, pues, me insultaban. ¡Prostituta!… ¡Meretriz!… ¡Adúltera!… porque sabían que, entre aquella multitud, los soldados no podían coger a los que gritaban. Sé que Jesús no los oía y que no me veía, porque yo apenas podía distinguirle. Pero sus palabras llegaron hasta mí con tanta claridad como te oigo a ti, y parecía que se dirigiera a mí sola.
Nicodemo había dicho algo bastante parecido: José se acordaba de ello. ¿De qué extraño poder aquel maestro estaba, pues, dotado, que los hombres no olvidaban lo que él enseñaba, mientras olvidaban con tanta facilidad lo que aprendieran, de niños, de sus padres y en la sinagoga?
La voz de María le sacó de su meditación.
—Oí decir a Jesús: Bienaventurados seréis cuando os ultrajen, cuando os persigan, cuando digan falsamente toda clase de cosas contra vosotros… Era curioso, José; temblé y me replegué sobre mí misma cuando me insultaron, pero entonces aquello ya no me inquietaba… Era como si me hubiera dado fuerzas para soportar los insultos e ignorarlos… Si pudieras oírle, comprenderías lo que yo siento… Y Simón dice…
Ella, de pronto, calló, como si hubiera estado a punto de revelar algo que no debiera decirse.
—¿Qué sucede, María? ¿Prefieres que no lo sepa?
—Le prometí a Simón no decirlo, pero sé que no le molestaría saber que te lo he dicho a ti. Dice que Jesús es el Mesías.
—Pero si el nazareno es en verdad «Aquel que se espera», esta buena noticia debería ser gritada a toda voz.
—Creo que Simón desea que el maestro tenga más discípulos antes de revelar la verdad.
José movió gravemente la cabeza:
—Judas el Gaulonita también se proclamó Mesías —le recordó— y Seforis fue el centro de la rebelión. Pero dos mil judíos fueron crucificados aquí, en el flanco de la colina, y los romanos arrasaron la ciudad entera y vendieron a toda la población como esclavos. Esto es lo que volverá a suceder si los galileos cometen la tontería de seguir a otro falso Mesías.