María de Magdala

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LIBRO TERCERO » Capítulo XI

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Capítulo XI

EN EL QUE CAIFÁS SE MUESTRA DECIDIDO A NO CREER NI A DEJAR CREER EN EL MESÍAS.

A José no le sorprendió mucho ser llamado, unos días después de su llegada a Jerusalén, por el mismo Gran Sacerdote Anas, para que le visitara en su domicilio, próximo al Templo.

Tampoco se sorprendió al comprobar que la indisposición del anciano era tan leve que no justificaba la presencia de un médico.

Después de haberse retirado Anas, varios de sus hijos le habían sucedido en el cargo de Gran Sacerdote, que en la actualidad ostentaba su yerno Caifás: no obstante, era bien sabido que las manos de Anas no habían soltado las riendas y que los otros sólo actuaban de acuerdo con su voluntad.

Uno de sus hijos, Jonatán, había sido descartado de la sucesión paterna, y este «rebelde» —o este «independiente»— seguía, como siempre, intrigando con Herodes Antipas para hacerle proclamar rey de los judíos en Jerusalén, ya que el astuto tetrarca de Galilea pretendía ocupar en la Historia el lugar que alcanzara su padre, Herodes el Grande.

Todo cuanto ocurría a algún judío, más o menos sobresaliente, aunque fuera en Galilea, llegaba en seguida a conocimiento de Anas, que no se movía de Jerusalén ni tan siquiera de su domicilio.

Elías, el doctor de la ley ante quien José pasó sus exámenes que le valieran su diploma de rophe uman, se encontraba presente cuando el joven médico llegó. Caifás y varios otros personajes se encontraban allí, y cuando José, después de recetar para la tos del anciano una tisana emoliente, y cerrando su nartik se disponía a despedirse, Caifás, el Gran Sacerdote actualmente en ejercicio, se aclaró con solemnidad la garganta, preparándose a hablar.

Se trataba de un hombre alto y delgado, de rasgos duros, ojos acostumbrados a no mirar nunca a nadie cara a cara, lo que disminuía para su interlocutor las posibilidades de adivinar el verdadero pensamiento que se escondía bajo sus palabras.

En aquel instante, su frase, inofensiva, dejaba prever gran curiosidad:

—Según creo estuviste no hace mucho en Galilea.

—Estuve cuidando a Gayo Flaco en su última enfermedad.

—¿Hablaste con el Procurador?

Como sus relaciones con Poncio Pilatos eran bien conocidas, la pregunta se dirigía hacia un objetivo más preciso. Evitando los circunloquios y sin ambages, José ganó tiempo y contó su conversación con Pilatos y la misión cerca de Jairo. Le pareció que el interés de su auditorio crecía a medida que avanzaba el relato, y cuando hubo terminado, Caifás preguntó:

—¿Sabes, por consiguiente, de manera positiva y absoluta, que la hija de Jairo no resucitó de entre los muertos?

—No sé nada positivo ni absoluto —rectificó él—. Sé, sencillamente, que Jairo me dijo que, mientras todos los asistentes y los que cuidaban a la niña, y después la velaban porque creían que era ya cadáver, la consideraban como muerta, Jesús dijo que no lo estaba.

—¿Recuerdas las palabras exactas de que se sirvió el nazareno?

—Era Elias el que ahora preguntaba.

—Las sé por Jairo, no por Jesús mismo.

—Jairo es un digno y excelente hombre, y el jefe de la sinagoga de Cafarnaúm. No tendría ningún motivo para mentir sobre esto.

—Según Jairo —José precisó—, Jesús, habiendo entrado en la casa, preguntó: ¿Por qué tanto ruido y tantas lágrimas? La niña no está muerta, sino dormida. Y después, dirigiéndose a ella, dijo, tomándole la mano: Niña, levántate. Y ella se levantó en seguida.

Caifás recorrió con la mirada el círculo de hombres barbudos y dijo:

—Ya os dije que no puede hacerse ningún caso de los rumores de la multitud. Son gentes que convierten cualquier cosa en un milagro. No queda la menor duda de que la niña no estaba muerta.

—¿Viste tú mismo a Jesús de Nazaret? —le preguntó Elias.

—Sí. Le oí enseñar en Magdala y también en Nazaret…

Caifás le cortó la palabra:

—Tú dices que has oído hablar a Jesús. ¿Qué piensas de él?

—¡Ejerce un gran poder sobre el pueblo! Pero no he oído salir de sus labios nada que nuestros propios profetas, o nuestros propios maestros, no hayan anunciado o enseñado antes que él.

Caifás, hosco, protestó:

—¿Cómo? ¿No está predicando la revolución contra Roma y contra las autoridades legales del Templo?

—¡Yo no he oído nada parecido! —insistió con firmeza el médico.

Caifás utilizó su voz más despreciativa:

—¿Cómo, entonces, explicas tú que entre los discípulos de ese nazareno figure un hombre llamado Simón el Cananeo, que fue notoriamente partidario de Judas el Gaulonita y uno de los revolucionarios galileos? También entre ellos figura otro Simón, que fue un constante provocador cuando era pescador con Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, a quien los galileos apodaban «Hijo del Trueno» por el mismo motivo.

—He oído decir a algunos que Jesús es el Mesías —admitió José—, pero nunca oí a nadie hablar de rebelión ni acusarle de haber pensado en ello.

Anas volvió a la carga:

—¿Estás seguro de no haber oído ninguna blasfemia?

—Ninguna. Estoy completamente seguro. Enseñaba sólo cosas parecidas a las que he oído enseñar más de una vez, aquí mismo, en el Pórtico de Salomón, por maestros pertenecientes al Templo.

Una vez de regreso, José contó esta aventura a Nicodemo, que le dijo inmediatamente:

—¡Te encontrabas ante el Sanedrín político!

Todo Jerusalén sabía que aunque sólo existiera un solo Consejo legalmente constituido, de hecho gobernaban a los judíos dos Consejos. El Gran Sanedrín era el Consejo tradicional, que juzgaba sobre las cuestiones religiosas. Podía, si lo juzgaba justo, condenar a muerte por lapidación, según la ley judía, bajo reserva de la aprobación del gobernador romano. El otro Consejo no poseía existencia legal, pero gozaba de un poder considerable. Decidía, en particular, en lo concerniente a las relaciones entre la jerarquía sacerdotal y las autoridades romanas y, naturalmente, se componía de saduceos, ya que ellos formaban la aristocracia sacerdotal y los sacerdotes se reclutaban en sus filas.

Nicodemo prosiguió:

—Caifás domina el Sanedrín político de manera absoluta.

El mismo Elias, que es completamente honrado, opina lo mismo que Caifás: que «la paz bajo Roma» es preferible a la lucha por la libertad. No es necesario decir que los mercaderes, los sacerdotes y los cobradores de impuestos no desean ningún cambio en Judea, mientras Roma les permita enriquecerse a su modo.

—¿Por qué crees tú que están preocupados por el rumor que corre de que Jesús resucita a los muertos?

—José, tú has estudiado la lógica griega —dijo Nicodemo dirigiéndole una mirada divertida—. Un hombre, un simple hombre bonachón, como somos tú y yo, ¿podría devolverle la vida a un muerto?

—De ningún modo. Eso sólo puede hacerlo el Altísimo.

—Por consiguiente, si Jesús posee en realidad el poder sobre la muerte, eso significa claramente que es el enviado de Dios.

—Ya comprendo —dijo pensativamente José—; Jesús es, por consiguiente, el verdadero Mesías. Comprendo ahora por qué se sintieron tan aliviados de que no se hubiera envanecido de haber resucitado a la niña.

Nicodemo afirmó con un gesto:

—Caifás, de eso no hay duda, desea seguir ocupando el poder y, consecuentemente, y esto tampoco puede ponerse en duda, le hace la corte a Poncio Pilatos, cuyo favor busca. Sin embargo, no se atrevería a oponerse a quien fuera reconocido como el verdadero Mesías, el enviado del Altísimo. Caifás se niega a creer que Jesús de Nazaret es el Cristo, por lo cual ha aceptado como una verdad de hecho tu testimonio incierto.

Como tú no estabas seguro de que fuera así, Caifás está seguro de que no lo es. No obstante, Caifás sería el único que ignorara (y él no lo ignora) que el pueblo que sigue a Jesús es muy numeroso, y no se atreve a actuar por sí mismo. Incluso llegaría a creer —continuó Nicodemo— que en el fondo de su corazón espera que Herodes cometa con Jesús el mismo error que cometió con Juan Bautista, ya que cualquier cosa que haga Herodes para descontentar a una fracción del pueblo disminuye sus posibilidades de instalarse en el trono de Judea.

—¿No deberíamos advertir a Jesús, a propósito de ese Simón el Cananeo? Quizá no se dé cuenta del peligro que puede representar ese hombre.

Nicodemo sonrió:

—Entre nosotros te diré que yo opino que el Nazareno no ignora nada de lo que sucede en el corazón de los hombres que le siguen. Durante mi última visita a Roma, escuché a Séneca hablar en el Senado. Dijo, a propósito de Diógenes, algo en lo cual he pensado más de una vez a propósito de Jesús:

En un mundo de tramposos, de asesinos y de ladrones, ser la única persona a quien nadie puede dañar bien vale un reino.

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