María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XII

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Capítulo XII

BASTA QUE MARÍA PERTENEZCA A QUIENES LE SIGUEN —YA SEA EL MESÍAS O UN AVENTURERO— PARA QUE JOSÉ DESEE SU SEGURIDAD.

La vida en Jerusalén parecía haber perdido todo interés para José, y cuando unas semanas después recibió un aviso convocándole a Tiberíades por parte de Claudia Prócula, estuvo muy lejos de sentirse contrariado.

Como en su cuadra hubiera ya siempre un camello rápido por si María necesitaba su ayuda, el viaje duró la mitad del tiempo de lo que hubiera empleado utilizando una mula.

A pesar de que todavía se encontraba sin salir de su habitación después de una violenta crisis de asma, a la que siguió una leve congestión pulmonar, Claudia Prócula estaba fuera de peligro cuando él llegó. Se persuadió sin dificultad, no obstante, de que obraría sensatamente permaneciendo unos cuantos días en Tiberíades para asegurarse de que la paciente no corría ningún riesgo de recaída.

Poncio Pilatos se encontraba aquel día de un humor espantoso, debido quizás a que su dedo del pie, gotoso, le causaba mucho dolor, y mientras José le colocaba sanguijuelas, el Procurador no cesaba de fulminar, en primer término contra Herodes Antipas, después contra los galileos en general, y contra Jesús de Nazaret en particular, quien agitaba (deplorablemente en su opinión) las excitables poblaciones ribereñas del lago.

—Yo mismo lanzaría a los sicarii contra el nazareno —gritaba—, pero entonces Herodes se quejaría a Roma de que yo intervengo en su gobierno. Nada sería mejor para sus planes de ascender al trono de Judea, con Jonatán como Gran Sacerdote, que el indisponerme con el Emperador y lograr que me destituyeran como Procurador.

José se sobresaltó:

—Así, ¿estáis al corriente?…

Pilatos sonrió sombríamente:

—El oro romano es capaz de comprar espías en todas partes donde haga falta. Sé incluso que tú compareciste ante el Gran Sacerdote y que intentaste convencerle de que Jesús no tiene ninguna intención de empujar al pueblo a sublevarse.

—Estoy seguro de ello.

—La buena gente como tú sois fáciles de engañar —dijo el Procurador en tono amistoso—. Caifás no dejó de recordar la presencia entre sus discípulos de Simón el Cananeo y de Judas Iscariote, ambos partidarios del Gaulonita (dos que escaparon entonces, pero que parecen incorregibles). Incluso el Iscariote es quien regenta la caja y ¿qué cosa existe más importante que el dinero para quién desea provocar un alzamiento?

José se dio cuenta de que Pilatos conocía los detalles de su conversación y comparecencia ante el Sanedrín y que, por consiguiente, las relaciones entre el gobernador y el Gran Sacerdote eran tan estrechas como generalmente se decía.

—¿Por qué, entonces, Herodes no ordena arrestar a Jesús?

El Procurador hizo una mueca de desprecio.

—¡El noble Herodes Antipas padece una crisis de conciencia!

Cuentan, incluso, que cree que el espíritu del Bautista ha entrado en Jesús para perseguirle. Lo que en realidad desea es que Jesús vaya a continuar sus enseñanzas a Jerusalén. ¡Allí, comprendes, el que debería entendérselas con él sería Poncio Pilatos! No es bobo el tetrarca, pero yo acabé con algunos galileos.

Incluso, una vez, me vi obligado a… neutralizar a toda una pandilla de ellos en las gradas mismas del Templo…

—Ya oí contarlo —dijo José, retirando una sanguijuela hinchada y reemplazándola por otra vacía.

La cosa sucedió antes de que él se trasladara a vivir en Jerusalén, y aquél era un motivo más de odio que se añadía a los de los judíos contra Poncio Pilatos.

—¡Si tú deseas evitar una suerte parecida a tus amigos galileos, recuérdales lo que les sucedió a los otros!

Al día siguiente, a hora muy temprana, el joven médico llegó a Magdala y se encontró con que la casa de Demetrio tenía colocadas barras en las ventanas y en la puerta.

Un vecino le contó que ni María ni Hadja se habían presentado desde hacía más de una semana. Y prosiguió:

—María sigue a Jesús. Él enseña a los discípulos a no preocuparse por lo que comerán, ni del lugar donde dormirán. Y la verdad es que consiguen comer. La semana pasada eran unos cinco mil los que seguían desde hacía dos días al Nazareno y sus discípulos. Cinco mil que tenían hambre. Entre todos ellos no reunían más que cinco panes pequeños y algunos pescados.

—¡Cinco mil! —repitió José, estupefacto, ya que incluso en la populosa Galilea una tal cifra resultaba impresionante.

—Cinco mil —repitió el hombre—. Y todos ellos comieron.

—¿Viste tú el milagro con tus propios ojos? —La confianza de José sufría en aquel caso una muda prueba.

—Con mis propios ojos, no, pero se lo oí contar a uno de los que comieron del pan y de los pescados milagrosos —repitió el hombre, que concluyó con calma—: Y según parece todo ello era excelente. Desde aquel día, sus discípulos han tomado la costumbre de llamarse entre ellos la Compañía del Pescado.

—Si las cosas sucedieron como dices, fue verdaderamente un milagro —reconoció José.

El hombre continuó:

—En la plaza del mercado, cada día son más numerosos los que cuentan las cosas maravillosas que hace el Nazareno.

Después, bajando la voz como para confiarle un grave secreto, dijo:

—Incluso hay muchos que dicen que es el Mesías, y que de todas partes le vienen partidarios, de manera que, cuando llegue el momento, el pueblo se sublevará en todo el país y lo nombrarán rey.

Tales habladurías y tales relatos deberían necesariamente convencer a Pilatos, y más aún a Herodes, de que el Nazareno preparaba, en verdad, la revolución. José quiso poder entrevistarse lo más pronto posible con María y Hadja y advertirlos del peligro que corría su Maestro.

(No se le ocurrió que Herodes y el mismo Pilatos podían muy bien ayudar a difundir aquellos rumores y, así, cargarse de razón contra Jesús y su gente. José poseía un espíritu sin recovecos). La voz de su amable informador se infiltró en su pensamiento:

—Hace varios días estuvo aquí un hombre que buscaba a María de Magdala. Se trataba de Chuza, uno de los intendentes de Herodes Antipas.

José recordó en seguida que María le había contado que Chuza y su mujer se habían mostrado muy buenos con ella durante su permanencia en Seforis, en casa de Gayo Flaco. Si todavía se encontraba en Galilea, él y su mujer sabrían dónde encontrarla, y sin pensar que ellos mismos habían venido a buscarla a Magdala, donde ella no estaba, empujado simplemente por una nueva esperanza y su deseo de salvarla, volvió la cabeza a su camello en dirección a Seforis.

La casa de Chuza estaba a poca distancia del palacio de Herodes. El intendente era un hombre bajito, de movimientos vivos y nerviosos, con aspecto de absoluta sinceridad. Su rostro se aclaró cuando el médico dijo quién era:

—Mi mujer y yo amamos mucho a María, que con frecuencia nos habló de vos.

—Me dijeron ayer en Magdala que buscabas a María.

—Sí. Ayer mismo mi mujer partió para advertirla.

—¿Advertirla? —José sintió que su aprensión aumentaba—: ¿Advertirla? ¿Corre algún peligro?

El intendente, después de vacilar, se convenció de que podía confiar en José:

—De un momento a otro, Herodes puede tomar una decisión contra Jesús. Espero que María pueda decidir a su Maestro a pasar al otro lado del Jordán, en el territorio de Filipo.

—¿Piensas tú realmente que arrestarían a Jesús?

Chuza movió la cabeza:

—No. Ninguna cárcel de Galilea quedaría cerrada tras él.

El pueblo arrancaría las piedras con sus propias manos. Herodes esperaba que pasaría al territorio de Pilatos, pero ahora ya no se atreve a esperar más. De todos lados vienen a decirle que Simón el Cananeo y los otros quieren proclamar a Jesús rey de Galilea, quizá mañana, quizá hoy mismo, pero, en todo caso, pronto. Herodes teme que si permitiera un alzamiento semejante, los romanos se apoderaran de su reino.

—Oí los mismos rumores en Magdala.

—No se trata de rumores, sino de historias verdaderas.

¡Conozco a ésos! Para liberar a los judíos del yugo romano, están dispuestos a hacer correr a los demás el riesgo que sea…

—Pero ¿el pueblo de Galilea seguiría a Jesús si éste lo condujera contra Herodes o contra Pilatos?

—Si la eventualidad se produjera, creo muy sinceramente que el pueblo le seguiría. Bastaría la más pequeña chispa para encender un espantoso incendio. Por eso Herodes ha pagado a sicarios para que asesinen al Nazareno.

José preguntó vivamente:

—¿Tienes alguna idea de cuáles son sus proyectos?

—¡No! No expusieron los detalles delante de mí. Pero el medio más sencillo consiste, con toda evidencia, en suscitar movimientos de masas. Una simple riña inicial puede ser suficiente… por poco que la represión fuera torpe, desencadenaría una sublevación… y nada resultaría más fácil que matar a Jesús durante la lucha.

—Debo encontrar a María sin pérdida de tiempo, y advertirla, para que ella misma pueda avisar a Jesús.

—Ayer se hallaban aún en Cafarnaúm. Si mi mujer ha llegado a tiempo, sin duda habrán alcanzado Betsaida, en el territorio de Filipo. Observa las aglomeraciones; las hay fatalmente en todos los lugares donde Jesús enseña y sana a los enfermos.

Poco tiempo después, José se encontraba en la Gran Calzada romana y se dirigía hacia el norte a buena velocidad. Durante el camino se formulaba angustiosas preguntas sobre lo que iba a resultar de aquella aventura, cuyo desarrollo se precipitaba de repente hacia el drama.

Había llegado el momento para Jesús de demostrar si verdaderamente era el Mesías.

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