María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXII
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Capítulo XXII
¡PARA QUE SU DOLOR SEA PERFECTO, NO LE FALTARÁ NI LA SOLEDAD NI EL ABANDONO!…
Ahora o nunca el momento hubiera sido propicio para llevar a la ciudad superpoblada a un estado de frenesí religioso. Una amonestación áspera, algún milagro impresionante, y hubiera podido despertar el interés apasionado del pueblo, hacerse reconocer como el Cristo y proclamarse rey de Judea. No hizo absolutamente nada por atraer la atención sobre sí.
No obstante, cuando se sentó para enseñar, el auditorio que le rodeó en seguida era mucho más importante que el de los otros maestros que aprovechaban aquel período de entusiasmo religioso para predicar.
Él no fustigó, sin embargo, ni a los fariseos, ni a los sacerdotes, ni les reprochó sus pecados y su hipocresía cómo había hecho otras veces. Tampoco increpó a los cambistas y a los vendedores del Templo, que desde hacía tiempo habían vuelto a colocar sus mesas y sus jaulas, y seguían ejerciendo sus fastuosos negocios.
José, que cuando hubo terminado de predicar le siguió por la ciudad, no comprendía nada. Se hubiera dicho que el Maestro esperaba algo, pero ningún indicio permitía adivinar qué.
Ni por un momento supuso el joven que Caifás, odiando a Jesús como lo odiaba, abandonaría la esperanza —o incluso la resolución— de detenerlo y de hacerlo ejecutar. Pero, aunque mucho más reducida que precedentemente, la multitud que lo rodeaba seguía siendo demasiado importante para que una detención en pleno día pudiera llevarse a cabo sin complicaciones.
Porque era inevitable que fuera seguida de un proceso ante el Sanedrín; el pueblo se precipitaría allí y las posibilidades de convencer de blasfemia al dulce Maestro de Nazaret ante un Sanedrín en el que contaba con numerosas simpatías y un público estremecido y nervioso, serían demasiado pequeñas para que el Gran Sacerdote cometiera aquella torpeza.
Aquellos que fueron considerados como profetas, tuvieron siempre derecho a una mayor libertad de lenguaje que quienes no podían prevalerse de inspiración divina. Y si Jesús no era proclamado el Mesías, numerosos eran los judíos que lo aclamaban como tal.
Ello hizo que durante toda la semana no sucediera nada, o casi nada.
Unos días más y el período pascual habría terminado, y numerosos serían los que le escuchaban actualmente, reunidos en el pórtico de Salomón, que partirían hacia sus hogares respectivos, en alguna provincia más o menos alejada. La víspera de Pascua, María encontró a José, que partía para su visita matinal a los enfermos. Ella había permanecido casi todo el tiempo con las demás mujeres en la casa del médico, ya que sólo los discípulos más próximos acompañaban cada noche al Maestro a Betania. José se sorprendió al verla descender hacia la ciudad, a aquella hora, con varias mujeres del séquito de Jesús.
—Hoy sales muy temprano —le dijo él.
—Jesús nos ha pedido que ayudáramos a María, la madre de Marcos, a preparar la cena de esta noche para él y los doce.
Aquella María era la hermana de Bernabé, un levita originario de Chipre, uno de los más importantes entre los adeptos de Jesús de Jerusalén. Su nombre era Joseph, o José, pero los apóstoles le habían dado el apodo arameo de Bernabé, que significa «hijo del consuelo». Su sobrino, Marcos, era todavía un niño, pero compartía con todo su corazón la fe de los suyos.
Sucedía, con bastante frecuencia, que Jesús y sus apóstoles se detuvieran a reposar brevemente en casa de esta otra María, antes de llegar a Betania.
—¿Por qué esta noche? —preguntó, extrañado, el médico—. La Pascua es mañana.
—No lo sé. Lo único que sé es que insiste en cenar esta noche con los doce en casa de María.
Ella apretó nerviosamente la mano de su amigo.
—¿Te fijaste en sus ojos estos últimos días? Siento un miedo terrible por lo que veo en ellos.
—Nada de cuanto temíamos ha ocurrido, y he aquí que el período pascual está casi terminado.
—Supón que Jesús sabe que su hora ha llegado y que ésta sea su cena de despedida con sus discípulos…
Para reconfortarla —o por lo menos para intentarlo—, José le recordó:
—Los profetas hablan con frecuencia en parábolas, cuyo sentido nos escapa. Eso tú lo sabes. Quizá quisiera decir una cosa completamente distinta cuando habló de que le matarían.
—Prométeme que vigilarás fuera de la casa donde debe cenar.
Desde su regreso es la única noche que haya pasado en la ciudad.
—Vigilaré, te lo prometo. Hadja estará a mi lado. Si alguien viene, podremos avisarles.
Cuando José y Hadja montaron la guardia, era ya de noche.
Hacía calor y las cortinas estaban abiertas en la sala donde Jesús cenaba con los doce. De vez en cuando, José, desde la maleza donde estaba escondido, o a veces Hadja, que ocupaba una posición análoga, al otro lado de la casa —de manera que entre los dos vigilaban toda la calle—, oían retazos de conversación llegar hasta ellos.
María acudió a traerles a cada uno un poco de comida fría y un pequeño frasco de vino.
—Vigila bien, José —suplicó ella—. Intuyo que el fin está cercano.
La cena proseguía en la casa, y al no ocurrir nada, el joven se persuadió de que habían interpretado mal las palabras de Jesús. Pero he aquí que su voz se elevó por encima de todas las otras, y el médico oyó claramente que afirmaba:
—En verdad yo os digo que uno de entre vosotros me traicionará, uno de los que comen conmigo.
Inmediatamente se desencadenaron las preguntas, porque cada uno de los discípulos decía con tristeza:
—¿Quién es? ¿Seré yo?
—Es uno de los doce —dijo Jesús—, aquel que pone conmigo el pan en el plato.
José sintió que el corazón se le oprimía mortalmente, porque la voz del Maestro era melancólica y resignada, como si su visión profética le mostrara con exactitud lo que iba a suceder.
¿Estarían justificados los temores de María? ¿Su intuición habría sido un verdadero presentimiento de algo terrible y horroroso que iba a suceder en Jerusalén durante aquel período pascual?
Pronto les oyó cantar el himno que anunciaba el final de la cena, y lanzó un suspiro de alivio, porque ahora iban todos a abandonar la ciudad y, fuera lo que fuese la amenaza que sintieran, no ocurriría antes del día siguiente, cuando ellos regresaran.
Y ya sería de día…
José avisó a Hadja que se escudara en la oscuridad para que al salir no se dieran cuenta de que habían sido vigilados, cuando la puerta se abrió de repente y un hombre se precipitó en la calle. La alta silueta, el perfil de ave de presa y aquellos ojos duros y brillantes no permitían equivocarse. Mientras el hombre de Iscariote pasaba por delante de él, la luz de una linterna que colgaba delante de la puerta de María, madre de Marcos, iluminó su rostro, y José lo vio más duro y más obstinado aún que de ordinario, e inexplicablemente supo que algo grave había ocurrido allá arriba.
Corriendo casi, Judas descendió por la calle, y José, sin saber en realidad cómo ni por qué, siguió tras él. Le costó bastante seguirle sin hacer ruido, ya que casi atravesaron toda la ciudad, uno detrás del otro, y Judas iba aprisa, sin que se volviera una sola vez. Sólo se detuvo ante el palacio de Caifás y a la voz del hombre que montaba la guardia. No obstante, debió de tratarse de una pura fórmula, ya que una vez identificado le permitieron la entrada. No había duda posible: Judas era esperado.
Al cabo de unos instantes José observó que se producía algún ruido en el patio del palacio de Caifás. Oyó voces judías mezcladas con otras groseras de soldados romanos, y ruido de armas, todo lo cual le reveló que entre los que debían de estar esperando había soldados de Pilatos.
¿Esperando? ¿Esperando qué? ¿A aquel que iba a conducir a la jauría hasta su presa? José estaba seguro de que Judas había ido a informar sobre el lugar y la hora en que el Maestro nazareno podría ser capturado, por la noche y cuando no había mucha gente presente para intervenir.
Sin embargo, el joven médico se preguntaba cuál era el motivo que impelía al hombre extraño, de carácter inexplicable, llamado Judas Iscariote, a revelar al Gran Sacerdote y a sus compinches la presencia de su Maestro, aquella noche en la ciudad. María decía que el hombre de Iscariote había sufrido un cambio en aquellos últimos tiempos. ¿Sería porque comprendió al fin que el Nazareno estaba desprovisto de toda ambición personal?
También era posible, aunque muy remotamente posible, que Judas hubiera contado con que el arresto de Jesús provocaría en el pueblo movimientos tan violentos, una sublevación tan fuerte, que miles de fervientes exaltados y resueltos le arrancarían de las manos de los soldados y le colocarían, a pesar del Gran Sacerdote y de Poncio Pilatos (e incluso de su propia protesta), en el trono de Judea. Porque el acuerdo entre el Procurador y Caifás resultaba indudable: la presencia de los soldados romanos entre la tropa que esperaba a Jesús en el patio del Gran Sacerdote no podía poseer otro sentido.
Suponiendo que Judas hubiera hecho, en verdad, aquel dramático cálculo, resultaba inconcebible que pudiera creer por un solo instante que Roma se inclinaría ante un acto consumado.
Si en algún caso se pudiera imaginar que un plan como aquél llevaría a la realeza, se debía también saber por anticipado que sólo podía ser efímero y costar a Judea un río de sangre.
Las puertas del patio se abrieron, y un corpulento oficial romano salió a la calle, acompañado por un capitán de la guardia judía del templo. Detrás de ellos seguían unos cincuenta soldados, de los cuales más de la mitad pertenecían a la guardia romana de la Antonia. Cuando Judas salió a su vez y se reunió al grupo, José comprendió que no tenía que permanecer más tiempo allí. Era muy posible que Jesús y sus discípulos se encontraran todavía reunidos en casa de María, madre de Marcos.
Por consiguiente, convenía que no estuvieran dentro de las puertas de la ciudad cuando los soldados llegaran.
Aunque fatigado por su primer trayecto, efectuado casi corriendo, José se dio cuenta de que debía atravesar toda la ciudad en sentido inverso y llegar allí antes que la tropa, inevitablemente más lenta, para poder esconder al Maestro en algún lugar seguro.
Sin embargo, al llegar a la casa donde se celebró la cena, Jesús y sus apóstoles ya habían partido. María, ayudada por las otras mujeres, se ocupaba en poner en orden la sala del banquete. Ella se dirigió rápidamente hacia el joven:
—Hadja me dijo que Judas había escapado corriendo de la casa y que tú le habías seguido. Estaba inquieta por ti.
—Judas conduce aquí a Caifás y a los romanos —dijo jadeante—. Me he apresurado para advertir a Jesús.
—¿Judas ha hecho eso? ¡Claro, sólo podía hacerlo él!
—¿Están en camino hacia Betania? —preguntó José.
—El Maestro no irá allí esta noche. Al salir, Simón Pedro me dijo que se dirigían al monte de los Olivos, a orar en el jardín de Getsemaní.
—Entonces no es aquí donde Judas conducirá a los soldados.
Si él sabía que iban allí, se dirigirá al jardín. ¡Oh! Si, cuando menos, me hubiera quedado para saber qué dirección seguirían… —exclamó amargamente—. Porque ahora ya es demasiado tarde.
—En ningún caso hubieras llegado a tiempo para avisarles —dijo María con lógica—. ¿No te das cuenta? Todo sucede exactamente como Jesús lo había predicho. Uno de sus discípulos lo ha traicionado ante el Gran Sacerdote y los escribas.
¡Todo tenía que suceder así, José!
Y así, exactamente como Jesús lo había predicho, sucedieron las cosas, y se enteraron de ellas cuando encontraron, cerca del monte de los Olivos, a los soldados que llevaban en medio de ellos a Jesús, a quien habían atado.
Ni uno solo de los once que se encontraban cerca de él en el jardín, le acompañaba en aquella hora de su gran desolación.
Ni uno de los once se ofreció a compartir su suerte.