María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII
… ¡QUE NO HAYA NADA ENTRE ÉL Y EL MAESTRO!…
Toda tentativa de resistencia hubiera sido una locura, dado que Jesús iba rodeado de unos cincuenta soldados, entre romanos y judíos. María y José siguieron al destacamento lo más cerca que pudieron, hasta el palacio de Caifás. Pocas personas consiguieron penetrar en el patio, y menos todavía en la sala donde los sacerdotes interrogaban al Nazareno, pero el soldado de guardia, reconociendo al médicas vísceras, agregado al Templo, dejó pasar a José y a María, quienes consiguieron situarse en un lugar desde donde podían ver y oír el desarrollo del interrogatorio —si se puede llamar interrogatorio— en aquellas circunstancias.
No se trataba de un proceso corriente ante el Sanedrín:
Anas, el anciano Gran Sacerdote; Caifás, su yerno, Gran Sacerdote en ejercicio; Elias y algunos otros, entre los cuales se encontraban los que habían interrogado a José a su regreso de Galilea, se constituyeron en tribunal, y Jesús fue conducido ante ellos. Se trataba, en suma, de lo que Nicodemo había llamado el Sanedrín político, pequeño grupo formado por los sacerdotes y doctores de la ley más influyentes, el cual, aunque no disfrutaba de una existencia legal, no por ello gobernaba menos al pueblo con una mano férrea e inflexible.
Jesús permaneció sereno, de pie y con las manos atadas.
Ya algunas manchas oscuras destacaban en su piel clara, lo que indicaba el tratamiento brutal que le habían infligido los soldados, y por la muñeca corría sangre producida por un corte. La especie de desolación que, desde hacía unos días, aparecía en su rostro ya no existía, dejando paso a una expresión casi exaltada, como si Dios le hubiera, efectivamente, concedido una fuerza particular en aquella hora de prueba. No demostraba el menor temor, sino una resignación serena a todo cuanto pudiera ocurrir.
Los testigos —que José reconoció ser los que se mezclaban al auditorio cuando Jesús predicaba y le dirigían preguntas insidiosas— se encontraban a un lado. Cuando Caifás hizo una señal con la cabeza en dirección suya, el que parecía jefe se destacó del grupo y exclamó con gran vigor:
—Yo le oí decir: Yo destruiré el Templo, hecho de mano de hombre, y en tres días edificaré otro que no estará hecho de mano de hombre.
Caifás se mostró ostensiblemente satisfecho al oír anunciar tal blasfemia contra el Templo, pero Jesús miró al hombre que acababa de testimoniar, el cual se turbó en seguida, tartamudeó y acabó farfullando una versión muy diferente de la historia.
Furioso, el Gran Sacerdote lo envió junto a los otros, a quienes llamó sucesivamente a declarar, pero que en vano lograron proporcionar un relato coherente; sus declaraciones eran contradictorias y resultaban cada vez más confusas, hasta tal punto que aquella parodia de proceso hizo que el auditorio comenzara a murmurar.
Aquella reacción de la gente tuvo por efecto inmediato que el Gran Sacerdote se sonrojara violentamente. Entonces éste se dirigió secamente a Jesús:
—¿No tienes nada que contestar a la acusación que esta gente formula contra ti?
Jesús, en efecto, no respondía nada. Entonces Caifás insistió, más severo aún:
—¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?
Lentamente, los ojos del prisionero recorrieron toda la sala y se detuvieron ante la elegante persona de su atormentador.
Ante la serenidad de aquella mirada, la suficiencia del Gran Sacerdote pareció desconcertarse un instante, pero precisamente entonces Jesús habló, y su voz era alta, clara y precisa, como si no se dirigiera sólo a aquellos que estaban presentes en la sala del Tribunal, sino que deseara ser oído por los que llenaban ahora el patio:
—Soy yo quien lo soy, y vosotros veréis al Hijo del Hombre sentarse a la derecha de la Potencia y venir con las nubes del cielo.
Entonces, súbitamente triunfador, Caifás se rasgó la túnica y dijo:
—¿Qué necesidad tenemos de testigos? Vosotros habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?
Y, tal como les había sido ordenado, los miembros de aquella caricatura de Tribunal, respondieron a la vez:
—¡Ha merecido la muerte!
—¡Atadlo, lleváoslo y entregadlo a Poncio Pilatos, para que pronuncie la sentencia! —ordenó Caifás gozoso. Porque aquél era el minuto de su triunfo. El hombre que se había atrevido a condenar y a burlarse de los sacerdotes y de los fariseos delante del pueblo, se había condenado con sus propias palabras y estaba a su merced, a merced de él, Caifás.
Una vez más los soldados convergieron sobre Jesús, pero antes de que lo sacaran de la sala él paseó su mirada y vio a José y a María, que se encontraban allí, desesperados por aquel proceso denigrante, y en la horrible imposibilidad de hacer algo, de emprender algo. Una sonrisa pareció distender sus labios durante un segundo, una sonrisa de ánimo dirigida a ellos, cuando era su vida y no la de ellos la que estaba en peligro.
Cuando la mirada de José se encontró con la del Maestro, fue como si una luz súbita se hubiera hecho en su cerebro.
Una luz tan viva, que resultaba cegadora. Una luz de certidumbre que sólo podía venir de Dios mismo. Y él supo que la cosa que le había faltado ya no le faltaba. Supo que había hundido su mirada en los ojos del Hijo de Dios y que había visto en ellos la gloria de la revelación que había buscado sin lograr encontrarla hasta el instante en que oyó a Jesús proclamarse él mismo Cristo.
La sacudida y el esplendor de este conocimiento le ocasionaron un breve vértigo, y fue él quien esta vez tomó el brazo de María, buscando en ella un poco de fuerza. Y ella comprendió —por haber pasado antes que él por la misma experiencia— lo que José sentía, y, rodeando sus hombros con su brazo, le sostuvo y le estrechó contra ella, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Permanecieron así enlazados, bajo la última mirada del Maestro, mientras el público salía por detrás de los soldados, dejándolos solos en la sala, esta vez silenciosa.
Cuando se encontraron otra vez en el patio, José susurró, todavía cegado y conmovido por el misterio que le había sido dado comprender:
—¡María, Él es, en verdad, el Hijo de Dios! Acabo de verlo, como si el Altísimo hubiera abierto una página ante mí y me permitiera leer esas palabras escritas…
—Ya lo sé, querido —dijo ella suavemente—. Y también supe siempre que cuando él considerara que había llegado la hora, Jesús mismo te revelaría la verdad. —Los sollozos enronquecieron su voz—: ¿Qué podemos hacer, José? Pilatos pronunciará su sentencia esta mañana, y después lo crucificarán.
—Tengo que hablar a Pilatos esta misma noche. Quizá llegue a persuadirle de la verdad.
Sin embargo, aquello también le falló, porque alrededor del palacio del Procurador se encontraba situada una guardia doble, con la orden formal de que no se le molestara por ningún motivo. Si hubieran necesitado una prueba para cerciorarse de que todo había sido premeditado por Caifás y Pilatos, allí la tenían.
Durante un buen rato quedaron como atontados por aquel nuevo golpe, incapaces de reaccionar e invadidos de una triste desolación. Después José vio una nueva luz:
—Claudia Prócula está en Jericó —dijo—. Si me dirijo allí en seguida y le pido que sin perder tiempo venga a Jerusalén, sin duda puede influir favorablemente en el gobernador.
—Puedes intentarlo —dijo María recobrando valor—. Sé que ama lo bastante a su marido para hacer lo que sea con tal de ahorrarle el peso de la muerte del Hijo de Dios, de su muerte en cruz.
El alba blanqueaba ya el horizonte cuando el rápido camello del médico entró en el patio del palacio de Herodes en Jericó, donde vivía Claudia Prócula. El soldado de guardia que formaba parte de la escolta personal de Pilatos le reconoció y le dejó pasar inmediatamente. El nomenclátor, sin embargo, le anunció que la esposa del gobernador aún dormía; la angustia le hizo persuasivo y logró convencer al funcionario de la importancia que tenía despertar a la dama. Al cabo de pocos minutos, Claudia Prócula llegó a la habitación donde se hallaba el joven. Con los ojos desencajados por la inquietud y crispando sus manos sobre el pecho, ella exclamó:
—José, ¿cómo estás aquí a esta hora? ¿Poncio está enfermo?
—El Procurador goza de excelente salud —dijo, mientras colocaba una rodilla en tierra—. He venido a suplicaros que salvéis a Jesús de Nazaret.
—¿Salvar a Jesús? ¿Qué le ha sucedido?
—Caifás lo ha hecho detener por blasfemo y lo han condenado a muerte. El Procurador pronunciará la sentencia esta mañana y entonces…
—¡La crucifixión! —murmuró ella—. Pero ¿por qué? Yo creí que habían reconocido que era inofensivo.
—Caifás teme que sus enseñanzas minen el poder absoluto que el Gran Sacerdote ejerce sobre el pueblo. Debe de haber conseguido convencer al gobernador de que la muerte de Jesús es lo más conveniente para el bien del Estado.
—¡Ay! ¡No debe de haberle costado mucho convencerlo!
Pilatos me prohibió que escuchara a Jesús, y yo me negué a obedecerle. Éste es el motivo por el que no he ido a Jerusalén, donde mi desobediencia hubiera podido causarle molestias.
—¡Pero ahora es preciso ir! Y con la mayor rapidez posible… porque de lo contrario vuestro marido hará crucificar al Hijo de Dios.
Ella le miró fija y detenidamente y vio que él estaba convencido de la verdad de lo que acababa de decir.
—Sé que María lo considera desde hace mucho tiempo como el Mesías. Pero tú… yo no sabía… ¿Desde cuándo? ¿Y por qué?
—Ya no dudo —dijo con sencillez— desde que la noche pasada me fue revelada la verdad.
Claudia Prócula respiró hondamente y dijo:
—Si él es el Hijo de Dios…
Se puso intensamente pálida de repente:
—¡Oh, José! Es preciso que Poncio no cometa ese… esa cosa… Es necesario que no exista nada entre él… y el Maestro…
Ordena que preparen en seguida un carro. Mientras, voy a vestirme. Partimos para Jerusalén.