María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo V
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Capítulo V
ROGAD POR VUESTROS ENEMIGOS, AMAD A QUIENES OS ODIAN; ÚNICAMENTE POR MEDIO DE LA BONDAD TODOS LOS HOMBRES SERÁN LIBRES.
Algunas horas después de la llegada de José, el estado de Gayo Flaco se agravó muchísimo e hizo temer lo peor. Durante un cierto tiempo durmió bajo el efecto de la droga, pero se despertó con una rabia delirante, luchando frenético contra los esclavos que se esforzaban por mantenerlo quieto en su lecho; juraba sin cesar, mientras el fuerte jadeo de su respiración se oía en la villa entera. Cuando el ciego furor alcanzó toda su intensidad, la cabeza del enfermo se inclinó bruscamente hacia atrás y todo su cuerpo se quedó rígido, mientras sus piernas y brazos se agitaban, en una serie ininterrumpida de espasmos.
José, que lo vigilaba atentamente, movió la cabeza indicando que ya no quedaba esperanza:
—El mal ha alcanzado el cerebro —dijo—. Una convulsión como ésta anuncia que…
—¿El fin…?
—No tardará en llegar. Harías bien en enviar a alguien que avisara a Poncio Pilatos y a Claudia Prócula.
—Va a volver con el Procurador después de la cena. No tardarán mucho.
Gayo Flaco se encontraba bajo los efectos de otra convulsión cuando Claudia Prócula entró sola. Lo que vio, hizo que el color desapareciera de sus mejillas, y su mano se crispó en su garganta.
—¿Está agonizando?
—Le di una poción para calmarle —dijo José—, pero sólo ha actuado poco rato porque la inflamación ha llegado al cerebro.
Cuando ello sucede…
Se detuvo para no pronunciar la palabra fatídica.
—Entonces —dijo dulcemente María— lo único que podemos hacer es rogar al Altísimo.
Ante el asombro de José, Claudia Prócula se arrodilló cerca de María, en un rincón, y ambas se pusieron a rezar. José se arrodilló también y buscó en su memoria alguna plegaria aprendida en su niñez, adecuada para formular en presencia de la muerte.
Fue aquella escena la que contemplaron los ojos del Procurador de Judea cuando entró en la habitación del agonizante.
—¡Prócula! ¿Qué estás haciendo?
Claudia Prócula se puso en pie, temblando ante el tono furioso de la pregunta:
—Nosotros… yo… rezaba por Gayo Flaco —farfulló.
—Esto es obra tuya, ¿verdad?
Pilatos se había vuelto bruscamente hacia María, pero antes de que ella pudiera contestar, Prócula protestó con firmeza:
—Te equivocas, Poncio. Hace tiempo que rezo en secreto a Jehová, María no tiene nada que ver con ello, excepto demostrándome con su ejemplo lo que es capaz de hacer la fe en Él.
Ante la cólera del alto funcionario romano, María no manifestó el menor temor. Era como si un poder y una visión que ellos no podían conocer la colocara en una zona aparte, donde las manifestaciones de la violencia no pudieran llegar.
—Nosotros, que gobernamos en nombre de Roma, adoramos al emperador como a un dios, Prócula; tú lo sabes —dijo secamente el gobernador—. Pero el Dios de los judíos no admite a ninguno más. Cuando le rezas, blasfemas contra el emperador.
Y tú… —se volvió ferozmente hacia María—, en adelante rogarás a los dioses que se adoran en la casa de tu dueño.
—He aquí —dijo con calma María— las propias palabras de Jehová: Yo soy el Señor, tu Dios. No te prosternarás delante de ningún dios extranjero, porque Jehová es un Dios celoso. No tendrás otro Dios más que a mí.
José temió que Poncio Pilatos golpeara a María, y se colocó en seguida entre él y la joven. Sus ojos encontraron la mirada ardiente y furiosa del Procurador, pero sus párpados no se cerraron mientras esperaba, sabiendo el riesgo que correría si se veía obligado a resistir al romano.
Una expresión de perplejidad apareció en los rasgos de éste.
—José, ¿qué castigo le espera al hombre que golpea a quien gobierna en nombre de Roma?
—La crucifixión —respondió suavemente el otro, sorprendido de oír su propia voz sonar tan clara y firme.
—¿Y te atreverías a golpearme porque castigara a una esclava?…
—María sólo es esclava de Gayo Flaco —dijo José, sin que nada demostrara su turbación—. ¡Le debo la vida y la protegería, si pudiera, contra el emperador mismo!
—¿Y si ella infringía las leyes de Roma?
—Roma ha garantizado a los judíos, en su propio país, adorar a su propio Dios —le recordó el otro—. Y María, hija adoptiva de un ciudadano romano, está protegida por las leyes de Roma.
—Deberías haber sido doctor en leyes, José —le dijo Pilatos, en tono amistoso—. Por lo menos tu inteligencia es buena y tu espíritu no es malo, y es mucho más de lo que puedo decir de muchos con quienes trato en Jerusalén. Sin embargo, olvidas que puedo ser juez al mismo tiempo que Procurador imperial.
Se acercó a la cabecera del lecho:
—¿Puedes hacer algo por mi sobrino?
José lanzó un gran suspiro de alivio.
—Le he sangrado y he intentado sostener su fuerza —explicó—. Le he dado un calmante, pero el delirio se agrava y las convulsiones han comenzado.
—He visto heridas como ésta en el campo de batalla —dijo Pilatos—. No dejaba ninguna esperanza. Sin embargo, estoy contento de que María te haya llamado.
Se volvió hacia la joven, y durante unos instantes el joven médico creyó que iba a presentarle excusas. Dijo sólo:
—Has sufrido mucho en manos de mi pariente, María de Magdala. ¿Cómo eres capaz de rezar por él, cuando su curación significaría que seguirías siendo esclava?
—Alguien ha dicho: ¡Amad a vuestros enemigos! —dijo ella sencillamente.
—¡Vosotros los judíos sólo sabéis responder con citas de vuestro Dios! —dijo Pilatos, sarcástico.
—Ésta es una cita de un hombre —dijo María—. Del maestro, Jesús de Nazaret.
Antes de que Pilatos pudiera hablar, Claudia Prócula dijo con una voz suplicante:
—Aseguran que Jesús hace milagros, Poncio. ¿Y si le suplicáramos que viniera aquí?
—No quiero fanáticos religiosos en la casa de mi sobrino —dijo, hosco, el Procurador.
—Pero…
—¡Cállate, Prócula! José es el mejor médico de la región.
Si dice que no queda esperanza para Gayo Flaco, es que no queda. Ven. Vamos a regresar a Tiberíades. Esta sarnosa capital de Herodes no me agrada en absoluto.
Cuando Pilatos y su mujer se hubieron marchado, María dijo dulcemente:
—Te has portado como un hombre valiente y bueno, José, y te quiero por eso, pero hubiera sido preferible dejar que me pegara que poner tu vida en peligro.
—No tenía derecho a acusarte por lo que Prócula pueda creer.
—Pilatos es un hombre turbado y está en plena confusión, José. Claudia Prócula dice que con frecuencia parece fuera de sí, en estos últimos tiempos, pero ella no sabe qué es lo que le contraría. A veces llega hasta detener en el camino a viajeros para preguntarles: «¿Qué es la verdad?».
José sonrió:
—Ésa es una cosa que los filósofos vienen haciendo desde el comienzo de los tiempos. Es su pregunta favorita.
—Yo creo que él conoce la verdad: que todo procede del Altísimo, pero tiene miedo a creerla.
—¿Por qué alguien temería creer en el Dios vivo? —¿Podría él reconocer al emperador como «divino» en este caso? ¿Podría permitir que las águilas romanas ondearan sobre su palacio? Ya ves todo lo que implicaría eso para un romano.
—Sí —admitió José—. Lo comprendo. Pero ¿por qué manifestó una tan violenta oposición cuando Prócula sugirió que se llamara a Jesús para que viniera a ver a Gayo Flaco?
—Supongo que es a causa de su hijo Pila.
—¿El niño del pie deforme? Le vi cuando aún era muy pequeño, pero nada pude hacer por él.
—Desde que Jesús resucitó de entre los muertos a la hija de Jairo, Prócula ha recobrado la esperanza y piensa que él podría sanar el pie de su hijo.
—En Cafarnaúm vivía un Jairo, que era jefe de la sinagoga.
Cierta vez le visité.
María confirmó:
—Es ese mismo. Prócula conoce a Jairo y a su mujer. Cuando oyó hablar del milagro, quiso conducir el niño a Jesús, pero Pilatos se negó, y ahora piensa que ha descuidado a su hijo.
—¿Por qué se negó Pilatos?
—Siempre igual, porque es un alto funcionario romano, sin duda. Creo que, como Jesús sana en nombre del Altísimo, el Procurador teme que si su hijo fuera curado por él, se vería obligado a reconocer el poder de Dios.
—Esto sería imposible —dijo pensativamente José—, puesto que él niega el poder de Dios. Decisión dura de tomar, en verdad, tratándose de su propio hijo.
—Yo he intentado que Prócula admitiera estas verdades, pero ella mira las cosas desde un ángulo distinto, por ser madre de Pila.
José sonrió:
—Cierto día te hice un sermón sobre tu deber hacia el Señor, y ahora eres tú quien me enseña la humildad.
—¡Todo el mundo sabe cuan bueno eres, José!
—¿De verdad lo soy?
Él se formulaba la pregunta con toda sinceridad, pesando el pro y el contra, y mirando al enfermo tendido y momentáneamente agotado por la violencia de las convulsiones.
—Yo me encuentro ligado, por un juramento que presté voluntariamente, a pensar sólo en el bien de mis enfermos, pero no puedo olvidar que la muerte de Gayo Flaco sería tu vida. Si muere, serás libre. Y sabiendo lo que significaría para ti si viviera, no creo que pudiera rezar como tú lo haces.
—Es un homenaje implícito que dedicas al poder del Altísimo —dijo ella dulcemente—, porque no vacilas en cuidar a Gayo Flaco con todos los recursos de tu ciencia y de tu habilidad, con todos los medios de que dispones… Y cuando veas a Jesús comprenderás cómo puedo rogar por la vida de Gayo Flaco con todo mi corazón, aun si supiera que mañana me pegaría o que me haría azotar por sus esclavos, o que me entregaría como un objeto de poco precio a cualquier visitante. Mirar sencillamente a Jesús, escucharle hablar, puede convertir a una criatura en algo totalmente distinto a lo que era con anterioridad.
Durante la noche el enfermo cayó en coma, mientras el veneno, infiltrándose por todas partes, acababa de apoderarse de su cuerpo. Poncio Pilatos y su mujer habían regresado a Tiberíades cuando murió y permanecieron a su lado hasta el fin.
—Claudia —dijo el Procurador, cuando José anunció que había fallecido—, por muy lejos que nos encontremos de nuestro país debemos seguir la costumbre romana.
Ella accedió con un signo y se acercó al lecho. María se encontraba dos o tres pasos detrás.
—¡Gayo Flaco, levántate! —ordenó Pilatos varias veces, mientras Prócula repetía el conjuro.
Se trataba del rito conclamentio, «la llamada a los muertos», usual desde siempre en las familias romanas.
—Conclamentum est (el llamamiento ha sido lanzado) —anunció solemnemente Pilatos—. Puedes enviar a buscar a los embalsamadores, José. Dentro de tres días haremos alzar una hoguera y entregaremos el cuerpo del tribuno a las llamas, con todos los honores que corresponden a un jefe militar; después enviaremos sus cenizas a Roma.
Los embalsamadores eran hábiles y efectuaron con rapidez su trabajo. El cuerpo, vestido con una toga limpia y en la que aparecían las numerosas insignias militares y civiles que Gayo Flaco conquistara en el transcurso de su vida, fue instalado con gran pompa en el lecho funerario, en el atrio, con los pies en dirección hacia la puerta y una moneda de oro en la boca, para pagar su pasaje al barquero Caronte[19] en la travesía de la Estigia.
Antes de que las puertas se abrieran a aquellos que desearan saludar al muerto, se sacó un molde de cera del rostro del tribuno, una mascarilla denominada imago, que más adelante sería enviada a Roma, donde ocuparía un nicho en una de las dos alae[20], en los ángulos más alejados del atrio, en la casa de su familia. Allí, una inscripción, o títulus, diría a los parientes y a los visitantes cuáles fueron las hazañas del desaparecido. El privilegio de exponer aquellas imagines quedaba limitado a las familias de alto abolengo.
Poncio Pilatos decidió que su sobrino sería incinerado con los honores militares que le hubieran sido rendidos si su muerte hubiese ocurrido en Roma. El galileo se dijo que la ceremonia sería una ocasión perfecta para demostrar a Herodes Antipas y a su inquieto pueblo que Roma seguía mandando en aquellos lugares. Herodes Antipas no se atrevió, evidentemente, a alzarse contra un homenaje póstumo dedicado a quien fue favorito del emperador Tiberio, incluso si aquel homenaje debía consistir en un despliegue de fuerzas y en una esplendorosa exhibición de pompa y de la autoridad romana en Seforis, la capital de la tetrarquía judía.
José quedó muy sorprendido cuando, en medio de los preparativos, recibió la orden de personarse ante el gobernador en Tiberíades. Hadja le acompañaba, y mientras descendían la estrecha y fuerte pendiente de Magdala, todo el panorama del claro lago, y de las populosas ciudades edificadas en sus orillas, se extendía ante sus ojos.
Hacia el norte, más allá de la ciudad de Cafarnaúm, se extendía la alfombra verde del valle de Genesaret, amplia sucesión de bosques y de campos. De allí salían en la primavera los primeros frutos y las legumbres para los mercados de Jerusalén, los más bellos frutos del mundo, tan sabrosos incluso que los sacerdotes del Templo se esforzaban, a veces, en impedir que llegaran hasta el mercado, temerosos de que, demasiado tentados por los melones y otras delicias, los fieles se retrasaran probándolos y olvidaran sus deberes hacia Dios.
Algo más al norte de Cafarnaúm se hallaba un lugar donde las fuentes, de una agua muy mineralizada, surgían de entre las rocas: José conocía el rincón por haber ido allí numerosas veces para recoger el agua medicinal, sobre todo para tratar los excesos de los humores acumulados que requerían una purga.
Fuera de la zona de las fuentes se abría una pequeña bahía, de forma casi semicircular, un lugar tan tranquilo, de una paz tan perfecta, que un hombre de pie en la orilla podía, hablando con una voz normal, sin elevar el tono, hacerse oír desde el flanco de la montaña…
Desde donde se encontraban, Hadja y él podían ver que una multitud de gente llenaba la playa, la desbordaba incluso, subiéndose a las barcas de los pescadores, que flotaban cerca de la orilla, con sus velas de colores chillones arrolladas a los mástiles: vistas desde allí arriba parecían juguetes, y los hombres no mayores que hormigas.
—Jesús enseña hoy —explicó el negro—. Esa cala es uno de sus lugares predilectos, ya que allí se oye desde todas partes.
—Es la muchedumbre más compacta que he visto en la región. ¿El maestro atrae siempre un público tan numeroso?
—Sí, porque los enfermos le siguen por todas partes.
—¿Los has visto con tus propios ojos, Hadja? —le preguntó el médico, a quien aquel tema interesaba vivamente.
El otro afirmó con un movimiento de cabeza:
—Cierta vez Jesús curó a un paralítico que sus parientes hicieron pasar a través del techo, porque la casa estaba tan llena de gente que no se podía penetrar por la entrada. En Gadara echó a unos demonios que se precipitaron en un rebaño de puercos, los cuales en seguida se hundieron en el lago, donde unos y otros se ahogaron.
Siguieron andando y mientras guiaban sus camellos por el estrecho camino que descendía, José continuó preguntando:
—¿Por qué le sigues? ¡Al fin y al cabo, tú no eres judío!
—En mi país —respondió el músico— los nobles y los ricos oprimen a los pobres, como en todas partes del mundo, según lo que he podido observar. El maestro de Nazaret me dice que a los ojos del Señor todos somos iguales. Y como yo sé en mi corazón que eso es una cosa buena, creo en sus enseñanzas.
—¿Proyecta suprimir a los opresores por la fuerza?
—Nunca, en las cosas que dice, oí nada parecido.
—Entonces será que espera liberar a aquellos que los más fuertes tienen sojuzgados.
El nabateo sonrió:
—Eso sería muy fácil si todos fueran tan buenos como tú y la Llama Viva, ya que entonces no existiría ninguna injusticia entre el hombre y su hermano. Es precisamente el corazón de los hombres lo que Dios desea hacer cambiar, para poder hacerlos entrar en ese reino de Dios de que habla. Entonces, todos los hombres serán libres.