María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo VI
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Capítulo VI
EN EL QUE SE VE A LA BELLEZA, A LA FUERZA, AL ORGULLO Y A LA CONCUPISCENCIA CONVERTIRSE EN HUMO, A MENOS QUE, TRANSFORMADOS EN VIRTUDES, SEAN SALUDADOS CON DESPRECIO Y SALIVAZOS.
Poncio Pilatos se encontraba en el jardín de su villa, en una especie de quiosco desde el que se dominaba el lago. Alzó la vista y sonrió al acercarse José.
—La paz sea contigo, José de Galilea —dijo cortésmente.
Después le enseñó el pequeño manuscrito que estaba leyendo cuando el nomenclátor introdujo al joven en el jardín.
—¿Conoces los poemas de Virgilio?
El recién llegado negó con la cabeza:
—El cuidado de los enfermos me deja poco tiempo para hacer otras cosas.
—En Roma, médicos y cirujanos son con frecuencia filósofos.
He oído decir a los instruidos que el hombre padece más males a causa de su alma que de su cuerpo.
—Los griegos —confirmó el otro— enseñaban una doctrina parecida.
—¿Y tú?
—Yo no negaré que un espíritu melancólico y un humor sombrío puedan provocar algún desorden físico.
—Yo he hecho más de una vez esa experiencia —dijo el Procurador—. No es labor fácil, puedes creerme, gobernar un pueblo ignorante y lioso como el pueblo judío. En Cesárea, donde el peso de mi cargo no es pequeño, sufro siempre de la gota más que en Tiberíades. Y en Jerusalén aún es peor.
—El clima quizá contribuya también.
Pilatos no estaba de acuerdo.
—El frío del invierno ya ha llegado hasta aquí, y sin embargo apenas siento un dolorcillo en el dedo grueso. Tú seguramente habrás comprobado que la vida en Galilea, aquí cerca del lago, es mucho más apacible que en Jerusalén y otros lugares de Judea. Aquí a uno le queda más tiempo para pensar, reflexionar y meditar, sin verse obligado a escuchar la vana palabrería de la gente interesada en acercarse al poder, con la intención de obtener algún beneficio. Mira, escucha estos versos que hablan de Italia y que lo mismo podían aplicarse a Galilea:
… más las viñas fecundas y las gruesas olivas
y las ricas cosechas de espigas tan hermosas
adornan nuestros campos. Y en sus verdes orillas
pace el manso ganado y pastan los rebaños…
Nuestro clima conoce la eterna primavera,
animales y suelo dan dos frutos al año,
y nuestro bello sol jamás nos abandona…
Pilatos enrolló el manuscrito y se volvió hacia el joven:
—Hoy me ves preocupado, José, pero ¡hasta en Tiberíades tengo quebraderos de cabeza!
Se puso en pie y colocó su mano ante los ojos a guisa de pantalla, resguardándose del sol de la tarde:
—Me estoy preguntando dónde se encuentran las barcas.
Ésta es la hora que, de costumbre, regresan de la pesca.
—Una multitud considerable se ha reunido al otro lado del lago —explicó José—. Vi muchas barcas por allí mientras descendíamos por el camino de Magdala.
En los rasgos del rostro de Pilatos se reflejó la preocupación:
—El que los galileos se reúnan en grupos no presagia nada bueno. ¿Qué hacían? ¿Gritaban enfurecidos contra Roma?
—En absoluto. Hadja me dijo que escuchaban al maestro a quien llaman Jesús de Nazaret.
—¿Ese que pasa por curandero?
—Sí, el mismo. En tiempos pasados ya existía más de uno.
—Ya lo sé. Sólo que ya ves, Herodes intenta persuadirme de que éste empuja al pueblo a la rebelión, y siempre debo buscar dos sentidos diferentes, y a veces opuestos, en la menor cosa que me diga. ¿Opinas —dijo entonces, con brusquedad, el Procurador— que debo llevar a Pila a Jesús?
José, cogido de improviso, vaciló antes de dar su respuesta.
No la había encontrado aun cuando Pilatos prosiguió:
—Poco importa. Eres lo bastante honrado para contradecirme si crees que debes hacerlo. Y si no estás de acuerdo conmigo, quizá me mostrara furioso contra ti. Casi estoy resignado a que mi hijo sea siempre deforme; ésta es una de las causas de la suerte injusta que me ha tenido aislado, apartado, en Judea, cuando hubiera podido ocupar una alta posición en el Imperio. Y no obstante…
Calló, y durante un buen rato permaneció silencioso. Después dijo:
—¿Has oído decir que Jesús resucita a los muertos?
—Me han hablado de un milagro —respondió José—, aunque ignoro si lo fue.
—¡Por consiguiente, tú también dudas!
—He visto morir a mucha gente, y nunca he visto a nadie volver a la vida. Si la hija de Jairo estaba verdaderamente muerta, como la gente asegura, y si fue resucitada, en ese caso sí sería un milagro.
—Ésta es la razón por que te he convocado —dijo entonces Pilatos—. Deseo que hables con un cierto Jairo, de Cafarnaúm, y descubras toda la verdad. Además, ya que irás allí podrías escuchar a Jesús de Nazaret y si enseña algo que ataque a Roma… Pero no, no estaría bien que te propusiera que espiaras a alguien de tu propia raza. Puedo descubrir eso por mí mismo. Ocúpate sólo en saber lo que concierne a esa niña.
Los funerales de Gayo Flaco se efectuaron al tercer día que siguió a su muerte. Mucho antes de la hora, la ciudad estaba llena de carros y de sillas de manos de oficiales y funcionarios romanos. El rango en el orden ecuestre del tribuno fallecido y su cargo de comandante en jefe de todas las tropas de Roma en aquella región, ofrecían al Procurador la ocasión de un inmenso despliegue de fuerza militar que serviría tanto para descorazonar a los galileos, en el caso de que, en efecto, prepararan una sublevación, como para recordar a Herodes Antipas que Poncio Pilatos, el más alto funcionario de la región, después del legado de Siria, disponía de un poder considerable y que no se sentía dispuesto en lo más mínimo a permitir que se olvidara la potencia militar de Roma.
El dissignator —que éste era el nombre del maestro de ceremonias romano— ocupó su lugar delante de la casa mucho antes de la partida del cortejo fúnebre, para disponer el orden de marcha. A su lado se encontraban los lictores con su haz, emblema universal de la justicia civil romana. El cuerpo del comandante difunto se encontraba tendido en el féretro, suntuosamente tapizado de seda y colocado en el centro del atrio, y en los altos apliques de oro ardían unas antorchas, suscitando una danza de luz y de sombras entre las palmas, las coronas, las flores y las cintas colocadas alrededor.
A la hora prevista sonaron las trompetas de las tropas personales de Gayo Flaco, y los portadores —todos ellos oficiales directamente bajo su mando— entraron y colocaron en sus hombros el féretro descubierto. En el exterior esperaba el carro del tribuno, tirado por cuatro caballos rápidos, que a él le agradaba conducir a una velocidad fantástica a través de ciudades y pueblos, dejando más de una vez tras sí cuerpos destrozados o muertos, sin que ello le preocupara lo más mínimo. El féretro fue colocado en el carro, debidamente acondicionado.
El carro del dissignator avanzaba en cabeza del cortejo, precedido por seis trompetas uniformados que abrían la marcha.
Venían en seguida los plañideros profesionales vestidos con largas túnicas blancas y que entonaban solemnes himnos fúnebres; sus rostros aparecían pintados de blanco y se golpeaban el pecho con un dolor enteramente profesional. Los danzarines, mimos y flautistas, que les seguían, formaban con ellos un curioso contraste, evocando, con sus gestos, sus actitudes y la música, los triunfos militares y políticos del difunto.
Erguido, frío y altanero, de uniforme y con el pecho cubierto de medallas, Poncio Pilatos, de pie en su carro, no miraba ni a derecha ni a izquierda.
No pudiendo ir acompañado hasta la hoguera funeraria por las efigies de sus antepasados —las imagines de su familia encontrábanse en las alae del atrio de su palacio romano—, Gayo Flaco iba acompañado de pancartas llevadas por sus oficiales; en cada una de ellas aparecía escrito el nombre de uno de sus ascendientes y algunas palabras resumían los hechos culminantes de su carrera.
Después de ellos, en la silla de manos de Poncio Pilatos, con las cortinillas entreabiertas, iba Claudia Prócula. Detrás de esta silla, adornada con águilas romanas, marchaba, conducido por el primer caballerizo, el caballo favorito de Gayo Flaco, ricamente enjaezado de oro, con una silla vacía en el lomo, y después del caballo de batalla, una columna de soldados llevando las insignias y los trofeos del jefe, precedía a cincuenta lictores que llevaban su haz invertido y un grupo de portadores de antorchas encendidas, aunque fuera de día, reliquia de un tiempo en que los entierros, en Roma, se efectuaban por la noche.
Entonces, solo, rodaba el carro fúnebre que llevaba el féretro descubierto donde reposaba, magnífico en su uniforme de gala, color de púrpura, tan bello como si estuviera vivo, un Gayo Flaco dormido…
María había escogido desfilar entre las otras esclavas, las cuales, por propia voluntad de su dueño difunto, se convertían en libertas. Iba ella vestida de negro y con el cabello enteramente tapado; sin embargo, no por ello su belleza dejaba de resplandecer entre quienes la rodeaban.
Sin tomar parte en el desfile, José marchaba al lado de las esclavas, junto a la muchedumbre.
El pueblo de Galilea no había amado nunca a Gayo Flaco; si, atraído por curiosidad, afluía al paso del cortejo, no daba ninguna señal de tristeza, e incluso, si hubiera habido menos militares armados, algunos se hubieran burlado o lanzado alguna pulla. Prudentemente, todos guardaron silencio, hasta el paso de las esclavas y, entre ellas, María.
Entonces, con gran sorpresa de José, un hondo resentimiento recorrió la multitud, como una ola que corre por la superficie de un estanque. Una mujer, al pasar María cerca de ella, escupió, llena de desprecio, la palabra que José oyó aplicar por primera vez, en Tiberíades, años antes, a la adolescente que ella era entonces: ¡Meretrix!
—¿Por qué le decías eso? —le preguntó a la mujer de cara astuta de zorra—. Es una esclava como las otras.
La mujer le miró con aire de sospecha:
—¿Sois extranjero de Ja región?
—Soy médico en Jerusalén —respondió sin apartarse de la verdad.
La otra le explicó:
—La mujer vestida de negro se llama María de Magdala, pero no es una verdadera esclava. Es una judía, una antigua danzarina, que prefirió seguir a su amante romano a vivir con los suyos.
—¿Cómo sabéis esas cosas?
—¡Galilea entera lo sabe! El tribuno Gayo Flaco lo contaba en todas las tabernas, porque sabía que oír decir que una mujer de su raza era adúltera humillaría a los judíos.
—Pero —protestó José— ella va entre las esclavas.
—Lo hace para disimular su pecado, ahora que el hombre tras el que iba ha muerto. ¡María de Magdala debería ser lapidada como cualquier otra mujer adúltera!
Mientras José hablaba con la mujer, María había continuado su camino.
Ahora, las tropas romanas que iban a desfilar ante la hoguera pasaban ante él, y el trueno de sus pies calzados de cuero impedía toda conversación. Centuria tras centuria, todas con equipo de batalla completo, pasaban, cada una de ellas conducida por su capitán. Después desfiló la caballería, al paso, y en la punta de sus lanzas ondeaban pendones de vivos colores.
Finalmente llegaron —formando un gran tumulto— los equipos de asalto, máquinas pesadas llamadas ballistae capaces de lanzar hasta un octavo de milla de distancia bolas de piedra casi la mitad de pesadas que un hombre; la catapulta, arcos enormes utilizados para lanzar a grandes distancias largas flechas inflamadas, y otras máquinas no menos formidables.
El aspecto era impresionante, pero José, para poderlo apreciar, estaba demasiado preocupado por la mujer que calumnió a María.
María, que gracias a la muerte de Gayo Flaco había logrado llegar sana y salva a la libertad, ¿debería enfrentarse con otras no menos graves dificultades, ocasionadas por gentes a cuyos parientes en alguna ocasión salvara la vida en Alejandría y que la juzgaban mal? Era aquél un pensamiento que le inquietaba mucho.
En el cementerio, fuera de las puertas de la ciudad, se había alzado una hoguera fúnebre. El cuerpo del tribuno iba a ser incinerado en ella; después sus cenizas serían reunidas y enviadas con gran pompa a Roma, para descansar en el columbarium que guardaba los restos de sus antepasados.
Al llegar a la necrópolis, el cortejo funerario se formó conforme a las instrucciones del dissignator, delante de una plataforma erigida delante de la hoguera, y desde donde Poncio Pilatos pronunció un extenso elogio del difunto, elogio en el curso del cual deslizó con mucha habilidad algunas frases que daban a entender que aquella fuerza romana, que acababa de presentarse pacíficamente a la vista de todas las miradas en un cortejo de duelo, podía muy bien, en caso necesario, servir para calmar las veleidades imprudentemente tercas de los judíos.
La lección era tanto más precisa y clara cuanto que, visible exactamente delante del cementerio, se elevaba la montaña en el flanco de la cual Judas el gaulonita y dos mil judíos habían sido crucificados. Entre los asistentes había más de un judío que aún lo recordaba…
Una vez terminada la oración fúnebre, el lujoso féretro fue llevado hasta la cima de la pira y colocado en el centro.
A una orden del dissignator, los esclavos empuñaron la silla de Claudia Prócula y las mujeres de la casa del muerto la siguieron.
Poncio Pilatos lanzó con su propia mano la antorcha que hizo arder las ramas secas colocadas al pie de la inmensa pirámide y ésta ardió en seguida.
En pocos instantes, corriendo y crepitando a través de los troncos secos, las primeras llamas alcanzaron la cúspide.