María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XIII
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Capítulo XIII
… UNA BARCA SE ALEJA DE LA ORILLA…
La ciudad de Betsaida —corrientemente llamada la ciudad de los peces— se hallaba situada en una pequeña bahía, en el extremo septentrional del mar de Galilea, a menos de dos millas al este del punto donde las aguas frías del Jordán desembocaban en él. Cerca de la ciudad, las aguas de Ain-el-Tabiga, conducidas hasta allí por un acueducto romano, caían espumantes en el lago y encontraban la corriente helada, formando un remolino donde abundaban los peces.
Desde el camino, José podía ver sus saltos, tan numerosos y agitados, que el agua misma parecía viva.
Existían en la región gran cantidad de barcas, y sus redes, a veces, aparecían tan cargadas, que a los pescadores les costaba mucho trabajo sacarlas. Por ello al viajero le sorprendió ver tan pocas aquel día.
Más allá de Cafarnaúm, allí donde el camino de Damasco tuerce en dirección a los picos nevados del monte Hermon, se encontraba el puesto de Aduana que marcaba la frontera entre la tetrarquía de Herodes Antipas y la de su hermano Filipo; José, que no llevaba ningún bulto ni nada que declarar, fue autorizado a pasar sin detenerse y a proseguir.
Chuza no se había equivocado al decirle que encontraría a Jesús sin dificultad, ya que alcanzó a ver una multitud a una milla de Betsaida. Desde lo alto de su montura, pudo ver por encima de las cabezas, y quedó muy sorprendido, incluso muy impresionado, por la diversidad de los rostros que podía distinguir en aquel grupo único. Los judíos se encontraban, evidentemente, en gran mayoría, y eran fuertes campesinos de raíz galilea; pero se codeaban con delgados fariseos de rasgos ascéticos, escribas de toda categoría, incluso de las más elevadas, mercaderes, artesanos, viajeros, pescadores y hasta romanos con toga o uniforme militar. Se encontraban también allí beduinos llegados de los desiertos del sur y del este, algunos egipcios de tez oscura que se habían destacado de las caravanas que circulaban por la Vía Maris, persas, fenicios e incluso un nubio, muy alejado de su costa africana. El conjunto formaba un grupo tan cosmopolita como aquellos que José tuviera ocasión de ver en los muelles de Alejandría, y la doble fila de barcas descansando sobre la arena explicaba por qué el lago estaba casi desierto.
Como siempre, por todas partes donde iba el Nazareno, los enfermos formaban una proporción notable del auditorio. Mendigos arrastrándose por el suelo mostraban sus llagas horribles y supurantes, llenas de suciedad. Hombres con articulaciones deformadas y endurecidas por el reumatismo, saltaban penosamente, apoyados en bastones o en groseras muletas. Algunos, incapaces de desplazarse por sí mismos, eran transportados por sus familias en camillas o literas improvisadas.
A un costado, un pequeño grupo de enfermos ocupaban un espacio aislado. El vacío mismo que se formaba alrededor hubiera traicionado la naturaleza de su mal impuro, si los miembros agostados, las manos sin dedos, los rostros sin labios, sin narices o sin párpados, la piel con manchas de costras plateadas no lo hubieran revelado por sí mismos.
Había corrido el rumor de que Jesús curaba a los leprosos, y a partir de entonces todos los leprosos de los alrededores —e incluso de varias millas a la redonda— le seguían como podían, con la esperanza de ser tocados por él, o simplemente de tocarlo.
Algo más alejados que aquel grupo lastimoso, varios hombres llevaban a otro cuyos pies y manos aparecían fuertemente atados, y que gritaba, juraba, lanzaba con rabia insensatas injurias obscenas, alaridos y baba, y se debatía furiosamente contra las ligaduras que protegían a los demás contra sus ataques.
Mujeres que sufrían toda clase de deformaciones repugnantes y dolorosas se arrastraban entre la muchedumbre.
Las súplicas de los mendigos, los clamores de dolor de aquéllos a quienes la multitud empujaba sin piedad, el parloteo incomprensible y maniático de los posesos y de los locos formaban una ronca cacofonía cuyo horror igualaba al pus causado por las llagas de los leprosos.
Al contemplar a aquella humanidad miserable, a la vez suplicante, rabiosa, doliente y desbordante de un sentimiento complejo, donde existía más deseo que confianza, más desconfianza que esperanza, aquella masa deplorable que formaba, cuando menos, la mitad del auditorio, José comprendía que Poncio Pilatos, por naturaleza intolerante con el populacho, pudiera llegar casi a odiar al hombre, sólo por el hecho de que las excelentes calzadas romanas fueran invadidas y manchadas con tan atroces despojos humanos. Aquel género de cosas violaba el sentido del orden, que con tanta naturalidad sienten los espíritus militares. Se debía sentir particularmente exasperado por saber que su mujer, una patricia por cuyas venas corría sangre de varios emperadores, creyera secretamente en las enseñanzas de aquel molesto carpintero de Nazaret.
Habiendo detenido su camello ante el oleaje de la multitud, José veía muy bien a Jesús, debido a que el Maestro estaba sentado en un pequeño saliente rocoso que formaba una especie de púlpito natural que dominaba el río. Ni María, ni Simón Pedro se hallaba visibles, pero Hadja permanecía cerca de él.
Un grupo de fariseos, tan reconocibles por sus modales como por sus vestidos, lo rodeaban.
José oyó a uno de ellos que le preguntaba:
—¿Maestro, nos darás un signo? ¿Un signo del cielo en testimonio de que el Altísimo te ha escogido como su profeta?
Jesús alzó la cabeza, y José se asustó al ver el cambio que se había producido en él desde el día en que lo viera por primera vez, cerca de la casa de María. Su cuerpo y su espíritu parecían inclinarse bajo el peso de alguna gran pena o de alguna profunda desazón. Sin embargo, José no llegaba a comprender el porqué, ya que nunca, en Galilea, había visto tanta gente siguiendo al Maestro. «Aquí hay más de cinco mil hombres, cuyo número fue el que se aseguraba que alimentó con algunos pequeños panes y unos cuantos pescados».
Como Jesús no respondiera en seguida, el fariseo insistió:
—Los antiguos profetas nos daban signos. Moisés hizo manar agua de la roca y alimentó a los hijos de Israel en el desierto, con el maná caído del cielo.
Suspirando profundamente, Jesús respondió con una voz tranquila:
—¿Por qué esta raza exige un signo? En verdad os digo que no será dado signo a ésta.
En aquel mismo momento, otro grupo de fariseos que había conseguido abrirse paso a través de la multitud, se acercó al espolón rocoso donde Jesús se hallaba sentado.
—¡Vete! —le dijo uno de ellos en voz alta—. ¡Vete de aquí porque Herodes quiere matarte!
Un rumor de cólera subió de la muchedumbre, pero Jesús alzó la mano y en seguida el ruido se apagó. Entonces el Maestro habló:
—Id a decirle a ese zorro: Ved, yo echo a los demonios y efectúo curaciones, hoy y mañana, y el tercer día llegaré a mi término. Sin embargo, hoy, mañana, y aun el día que seguirá, debo caminar, porque no es conveniente que un profeta muera fuera de Jerusalén.
De repente su voz cambió de tono y se convirtió en un verdadero grito de angustia. Exclamó:
¡Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas, tú que lapidas a aquellos que te son enviados! ¡Cuántas veces, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, he querido yo reunir a tus hijos! ¡Y tú no lo has querido! ¡Y he aquí que tu casa está abandonada! Y yo te lo digo, tú no me verás más hasta que llegue el día en que dirás: «¡Bendito es aquel que viene en nombre del Señor!».
José se sintió emocionado por el apostrofe apasionado de Jesús. «Es exactamente así —pensó con un repentino relámpago de inspiración— como hablaría el verdadero Hijo de Dios, el Deseado, el Esperado, si viniera para esclarecer a los judíos y hubiera sido rechazado por sus jefes». Como, de hecho, sucedía ahora a Jesús. Por primera vez, su convencimiento de que Jesús no podía ser el Mesías, quedó fuertemente disminuido.
En aquel instante Jesús se puso en pie, como impacientado por la falsa rectitud de los fariseos y su perpetua petición de signos visibles. La multitud se apartó ante él y le dejó el camino libre, mientras se dirigía hacia el borde del agua. Cuando subió a una de las barcas alineadas en la orilla, sólo entonces comprendieron que no tenía la intención de hablar en la playa, como con frecuencia había ocurrido, sino que se iba, que se marchaba, y los dejaba. Entonces se pusieron a lanzar gritos furiosos, a clamar todos juntos para obtener que se quedara y efectuara curaciones milagrosas.
Algunos incluso intentaron aferrarse a los lados de la barca, con el fin de retenerle, pero los pescadores saltaron a bordo y, apoyando sus remos en la arena, pronto lograron alejar la barca hacia aguas más profundas.
Izando las velas, se dirigieron a la otra orilla.