María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XIV

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Capítulo XIV

¿LA LLAMA VIVA? NO… MARÍA DE MAGDALA, UNA DE LAS MUJERES QUE SIRVEN A JESÚS.

La muchedumbre estaba de muy mal humor. Los enfermos que no habían tenido la posibilidad de acercarse al Maestro, murmuraban y juraban, y los sanos, inmovilizados por la lentitud de los enfermos, daban empellones y llegaban a pegar a quienes los rodeaban. Estallaron riñas esporádicas, la gente daba vueltas y se agitaba sin saber, en realidad, el motivo, gruñendo y llegando a injuriar y maldecir entre dientes al Maestro mismo. Todos se sentían decepcionados y ninguno parecía soportar decentemente la decepción.

¿Qué había ocurrido en realidad? José, lleno de angustia, se lo preguntaba. La tristeza visible de Jesús —no había, en efecto, intentando disimularla— y ahora la petulancia, la irritación de aquella masa de gente que protestaba —eran, sin embargo, los mismos que hasta entonces lo siguieran ciegamente—, le parecían otros tantos signos de aquel cambio, que él desconocía, pero que resultaba inquietante. La lógica le decía que no debía ver más que el descontento de una multitud respecto a aquel de quien esperaba milagros y curaciones, y que no había hecho ni una cosa ni otra.

Ahora bien, la negativa de Jesús a conceder a los fariseos el signo que reclamaban de él, ¿podía significar que el Maestro no era capaz de hacerlo? ¿Por qué motivo, si era realmente el Mesías, el Esperado, el Deseado, se había negado a ello?

¿Deseaba ser creído bajo palabra? ¿Quería probar a los hombres?

Hadja, que seguía con la mirada a José y su camello, se acercó a saludar al joven.

—¿Cuál es la feliz circunstancia que te ha hecho regresar tan pronto a Judea? —preguntó.

—Claudia Prócula se sintió lo bastante enferma para mandar llamarme.

—Eso es lo que oímos decir. María rogó por ella cada día.

El médico lo miró muy sorprendido:

—¿Ya no la llamas la Llama Viva?

—Aquella que llevaba el nombre de Llama Viva era otra persona —explicó el nabateo con entera sencillez—. Hoy es sólo María de Magdala, una de las mujeres que sirven a Jesús.

—Chuza me dijo que está situada en primera categoría y que las dirige.

—Es cierto. Quizá porque ella le ama más que las demás.

Durante unos breves segundos José se sintió atravesado por los celos, pero en seguida su corazón recobró la serenidad, ya que sabía que María sentía por Jesús un amor completamente distinto del que sentía por él. Aquél era un amor que el ser humano sólo entrega a su Dios.

—Acampamos en las colinas, detrás de Betsaida —dijo Hadja—. María se sentirá muy feliz al verte.

La multitud había comenzado a dispersarse y les fue posible andar por el camino que, hacia oriente, conducía a la ciudad.

—He venido a advertirle de que Herodes tenía la intención de hacer asesinar a Jesús, pero los fariseos que hace un momento estaban aquí se me han adelantado.

—Nosotros sabíamos que Herodes había alquilado sicarii —dijo Hadja—. Ésa es una de las razones por las que nos hemos instalado en el reino de Filipo. Desde entonces me coloco siempre al lado de Jesús mientras enseña y —añadió duramente— llevo siempre mi cuchillo en el cinturón, al alcance de mi mano.

Hadja guió a José por entre las colinas que dominan Betsaida.

Mientras caminaban, podían ver, debajo de ellos, pasando con las velas desplegadas ante la ciudad, la barca en la cual el Maestro había abandonado la otra orilla. Pronto alcanzaron un pequeño edificio alrededor del cual se alzaban tiendas de piel de cabra. Varias mujeres se movían alrededor de unos fuegos al aire libre, detrás de la casa, pero ninguna de ellas tenía el pelo cobrizo de María.

—Quizás haya ido a la ciudad —supuso Hadja—. Se lo voy a preguntar a esas mujeres.

José había visto más de una vez campamentos de aquella clase situados cerca de las ciudades que atravesaban, o contorneaban las caravanas. La gente, en general, se reunía en grupos para viajar por las grandes calzadas romanas que atravesaban aquel país turbulento, con objeto de asegurarse una protección mutua contra los ladrones y los bandidos que infestaban la región montañosa. El jefe de la caravana y su familia dormían en la casa que alquilaban durante unos días, mientras los otros dormían en invierno en las tiendas, y en verano al aire libre, en el suelo, envueltos en pieles y mantas tejidas, ya que incluso en las noches de estío el aire refrescaba bastante al llegar la mañana.

De pronto, las voces de varias personas que hablaban a la vez y que venían del pequeño edificio detrás del que él se encontraba, llegaron hasta los oídos de José. Reconoció la de Simón Pedro y se acercó, seguro de que su antiguo amigo de Cafarnaúm le acogería encantado. Sin embargo, en el momento de ir a llamar a la puerta, se detuvo, al darse cuenta de que en el interior estaban discutiendo.

—Os digo —gritó una voz profunda y furiosa— que le proclaméis rey desde mañana mismo. Filipo es débil y no hará nada. Antes de que se entere o de que haya comprendido lo que sucede, habremos reunido la fuerza suficiente para caer en tromba desde Galilea y apoderarnos de ella.

—Pero —objetó Simón Pedro— ¿y si el Maestro se niega?

—¿Podría negarse a ser rey de Israel cuando le coloquemos la corona en la cabeza? —siguió diciendo la voz de bajo.

—Yo os digo que Jesús no desea ser rey.

José se sobresaltó, porque la voz que acababa de formular aquella opinión era la de María. Ésta continuó:

—¿Es que no sois capaces de comprender cuál es su objeto?

—Tiene que ser rey —dijo positiva y categóricamente la voz de bajo—. ¿No está ello escrito en los salmos de Salomón?

—Parece, en efecto, que en ellos encontramos la promesa del Altísimo de que Jesús será rey —admitió Simón Pedro.

José se dio cuenta que estaba escuchando en la puerta la discusión de un plan cuya finalidad era obligar a Jesús a convertirse en rey de Galilea, en espera, sin la menor duda, de marchar sobre Jerusalén. Sabía que, no siendo discípulo del Maestro ni nada parecido, no tenía ningún derecho a escuchar lo que allí se decía. Sin embargo, María se hallaba en la habitación, y todo lo concerniente a María, le concernía también a él; cuando menos, eso le parecía.

—Parece, en efecto, que… —remedó, sarcástica, la voz de bajo—. ¿Tu fe será débil o tibia, Simón, hasta el punto de hacerte dudar de que Jesús sea realmente el Mesías?

El pescador era de temperamento vivo e irascible y, además, extremadamente puntilloso sobre aquel punto en particular.

—Nadie tiene derecho a decir que soy desleal al Maestro —gritó furioso—. Y aquel que se permita…

María le interrumpió antes de que pudiera completar su amenaza:

—Simón Pedro siguió a Jesús mucho tiempo antes de que lo hiciera Simón el Cananeo. Ni uno ni otro tenéis derecho a tomar una decisión que sólo corresponde al Maestro. A él sólo compete saber lo que debe hacerse.

—Pero —objetó el hombre con voz de bajo, a quien ella llamaba Simón el Cananeo— él dice que quiere irse a Tiro.

Resulta un desastre abandonar Galilea en este momento; el pueblo está dispuesto a proclamarlo rey.

Súbitamente José sintió un puño de hierro en su hombro, y la punta de una daga que le picaba la piel.

—¡No te muevas ni hagas un solo gesto! —dijo una voz dura.

Él no podía ver a quien le inmovilizaba así, ni llamar a Simón Pedro o a María, por temor a que su agresor le hundiera el arma.

—¿Quién te ha enviado? —preguntó la misma voz—. ¿Herodes Antipas?

Él logró responder:

—Mi nombre es José de Galilea.

—¡Un sicario, eso eres! ¿Por qué, si no, estarías escuchando en la puerta?

—Hacedme entrar en la casa —propuso—. María de Magdala y Simón Pedro me conocen bien.

—Anda hacia delante —dijo el otro—. ¡Y cuidado con dar un paso en falso, amigo!

Cuando cruzaron la puerta, José tuvo la posibilidad de lanzar una rápida mirada sobre el hombre del puñal. Se trataba de un judío forzudo, con los pómulos salientes, una nariz de ave de presa, y su rostro era de aquellos que no se olvidan fácilmente; las circunstancias, además, acabaron de grabarlo en la memoria del viajero.

María fue la primera en verlos y se apresuró a dirigirse hacia ellos y a coger al hombre por el brazo.

—¡Vuelve ese puñal a tu cinturón, Judas Iscariote! —exclamó ella indignada—. José es mi prometido y nuestro amigo.

Simón Pedro los miró, y su rostro se llenó de estupor; pero quien más se fijó en José fue Simón el Cananeo. Éste se acercó a él, murmurando un juramento, y preguntó:

—¿Qué significa esto?

El hombre a quien María llamó Judas Iscariote volvió a guardar con desagrado el puñal y agregó:

—Lo he encontrado escuchando en la puerta.

—Así que ha oído lo que estábamos diciendo —dijo, hosco, Simón el Cananeo—. ¿No eres tú ese José, medicus vísceras en el Templo de Jerusalén y además amigo de Poncio Pilatos?

—Él mismo.

María, que seguía indignada, exclamó:

—José no escucha en las puertas, y lo que haya hecho estoy segura de que puede explicarlo.

—Hadja y yo llegamos juntos al lugar donde Jesús enseñaba, a orillas del lago. Él ha ido en tu busca, María, pero yo oí tu voz y la de Simón Pedro, que salían de esta casa, y me acerqué para entrar y hablaros. Cuando me di cuenta de que erais varios, esperé. Eso es todo.

José se preguntó si era oportuno hacerles saber que sus intenciones ya eran conocidas por Poncio Pilatos, pero se dijo que aquello los haría desconfiar de él aún más.

Después pensó que María conseguiría, quizá, persuadir a Jesús de no seguirlos en lo que no podía ser más que una empresa completamente loca y condenada por anticipado.

En el fondo estaba seguro de que el dulce carpintero de Nazaret era capaz de resolver completamente aquel asunto por sí mismo.

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