María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XV
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Capítulo XV
EL MESÍAS NO SE EQUIVOCA; PERO AQUELLOS A QUIENES AMA, SE HAN EQUIVOCADO.
El campamento, sobreexcitado aquella noche, conoció poca tranquilidad. Judas Iscariote y Simón el Cananeo esperaban el regreso de Jesús para darle cuenta de su proyecto de revolución.
Simón Pedro, aunque no muy convencido, los sostenía.
De pronto, estalló el trueno: Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, regresaron a Betsaida con la noticia de que el Maestro los había enviado a reunirse con los otros discípulos, mientras él se dirigía a las colinas para orar. Explicaron que estaba firmemente decidido a abandonar en seguida Galilea y a dirigirse a la región de Tiro, próxima al mar.
Una vez terminada la cena, Simón Pedro permaneció unos instantes al lado de José y de María, mientras los demás se alejaban para discutir el nuevo cariz que presentaba la situación.
—Vi a Jesús en la orilla este mediodía —contó el médico—. ¿Qué le ha sucedido? Parecía triste.
—Lo está —dijo en seguida María—. Está preocupado porque sus discípulos no le comprenden. Ellos piensan en un reino terrenal, mientras que Jesús sólo piensa en cambiar el corazón de los hombres y reinar en ellos.
—Pero él es el Cristo —objetó Simón Pedro—. El Mesías enviado por Dios para liberar a los hombres de la opresión.
—¿Qué pruebas tienes tú, Simón —preguntó José—, para creer que Jesús es Aquél a quien se espera?
—¿Qué pruebas más necesito si poseo Su palabra? —¿Él mismo te lo ha dicho?
—Fue aquí, en Betsaida, no hace mucho. Jesús nos preguntó:
¿Vosotros quién decís que soy yo? Y yo respondí:
El Cristo de Dios. Entonces insistió en que no habláramos a nadie de ello.
—¿Por qué dijiste eso, precisamente eso? —preguntó José.
—Era algo que yo sabía —dijo Simón sencillamente—. Lo mismo que sé que esta noche estoy sentado aquí, con María y contigo.
—Yo también lo siento —aseguró María—. La primera vez que le vi, supe en mi corazón quién era.
José insistió, atormentado por una necesidad de saber con certeza:
—Pero si Jesús es verdaderamente el Mesías, ¿por qué no lo anuncia públicamente?
—Porque los tiempos aún no han llegado —replicó Simón Pedro—. Pero nosotros estamos preparados. Si el Maestro no se hubiera ido, estábamos dispuestos a proclamarlo rey y a marchar contra Seforis y Tiberíades, desde mañana. Después le llegaría el turno a Jerusalén. Y el ungido del Señor reinaría sobre Israel.
—¿Tú crees, pues, que Jesús tiene verdaderamente la intención de instaurar un reino en la tierra?
—¿Para qué, si no, vendría el Mesías? ¿No está escrito que liberará a los judíos de toda servidumbre y los colocará por encima de todos los pueblos del mundo?
José lo miró con un sincero asombro.
—¿No se puede entender eso de otra manera? Porque, en verdad, los soldados de Roma…
Simón se puso en pie bruscamente, con el rostro rojo de cólera:
—¡Ve con cuidado, José! ¡Cuándo tú dices que el Altísimo no es capaz de prevalecer sobre una potencia humana, aunque ésta sea la de Roma, blasfemas contra el Señor tu Dios!
Y, sin esperar respuesta, salió con paso decidido y furioso.
José intentó seguirle, pero María puso la mano en su brazo.
—No trates de discutir con él; Simón el Cananeo y Judas Iscariote le han atraído a su punto de vista, lo mismo que los hijos de Zebedeo. Los cinco no sueñan más que en establecer un reino temporal.
—Tú no estás de acuerdo con ellos; lo sé. ¿Por qué motivo?
—Porque Jesús también lo ha dicho: He aquí que el reino de Dios está dentro de vosotros. El mensaje de Jesús no está destinado a nuestros ojos ni a nuestros oídos, José, sino a nuestros corazones.
Él estuvo a punto de asentir, a causa de la tranquila convicción con que ella se expresaba. Y ¡sin embargo!… El hombre a quien había oído hablar aquella misma tarde, sentado en el espolón rocoso encima del río, era tan diferente del libertador de que le habían hablado desde su infancia, del liberador esperado y que sería conocido y reconocido como el Cristo.
María se puso en pie.
—Ven, José —le dijo—. Vamos a pasear a lo largo de la costa. Jesús puede regresar, y cuando llegue tengo que encontrarme aquí para lavarle los pies, para ungir su cabeza con aceite y para vigilar que tenga un vestido limpio que ponerse mañana. Pasemos juntos el tiempo de la espera.
La luna se alzaba ya por encima de las colinas escarpadas, al este del lago, donde se agrupan las ciudades de la Decápolis.
Un larga franja de plata se extendía sobre las aguas, que rompían a veces en miles de pequeñas olas, apenas rizadas, cuando un pez saltaba por la superficie lisa y brillante. José cogió la mano de María y se instalaron en la orilla, con los cuerpos y los corazones muy cercanos.
—¿Te acuerdas de nuestro último paseo a lo largo del agua? —preguntó ella.
—¿Cómo podría olvidar algo que se refiriera a ti? Era en Alejandría, en el jardín de tu villa, a la orilla del lago Mareotis.
—Tú intentabas persuadirme de que no matara a Gayo Flaco. —Ella alzó hasta sus labios la mano que apretaba—. ¡Querido José, siempre tan bueno! —dijo ella cariñosamente—. Si te hubiese escuchado entonces…
—… Te hubieras convertido en una de las mujeres más ricas del mundo.
—Pero no habría conocido a Jesús.
—¿El privilegio de conocerle vale el desprecio de todo cuanto hubieras podido obtener?
—Mucho más —respondió ella con sencillez—. Si fuera ahora tan rica como lo era antes, lo daría todo a cambio del honor y la alegría de servir a Jesús. Todo en el fondo de mí, en el fondo de mi alma, me dice que fui creada para esto. El amor que él siente por el mundo, es el de una madre por su hijo, y esto una mujer lo comprenderá siempre mucho mejor que un hombre.
Ella se volvió a mirar las colinas a las cuales estaba adosada Betsaida:
—Está por allí, en alguna parte, rogando a su Padre que abra los ojos de todos los hombres, a fin de que puedan verle tal como es. Son tan numerosos los que sólo le miran para ser curados… Los fariseos buscan un signo del cielo, y los zelotas como Simón y Judas, sólo le ven conduciendo triunfalmente a los judíos a Roma. Ni uno solo parece ser capaz de darse cuenta que, creyendo en Jesús, siguiendo sus enseñanzas, sus corazones mismos pueden ser cambiados hasta que vean la gloria del Altísimo en este mundo y desde este mundo.
—¿Se habría equivocado en su misión?
—No, José. El Mesías no puede equivocarse en nada. Aquéllos a quienes ama son los que se han equivocado. Sus discípulos —incluso Simón Pedro, a quien ama más que a los demás— no son capaces de pensar en él más que como un rey terrenal. Por lo que se refiere a Poncio Pilatos y a Herodes Antipas, le consideran como un «criminal», pero no se atreven a arrestarle, porque temen las consecuencias.
—¿Entonces, qué puede hacer sino partir?
—No lo sé —dijo María inclinando la cabeza—. No lo sé, pero estoy segura de que él ha tomado una decisión. No hace mucho tiempo nos dijo: Es preciso que el Hijo del Hombre sufra mucho, y que sea repudiado y condenado a muerte, y cuando lo hayan matado, al tercer día resucitará de entre los muertos.
José, incrédulo, dijo:
—¿Cuál es el hombre que profetizaría su propia muerte?
—¿Y quién será capaz de vaticinarla sino el Hijo de Dios?
Jesús no regresó al campamento aquella noche, y muy temprano un mensajero llegó de su parte ordenando a los otros que tomaran el camino de Tiro, como con anterioridad lo había decidido. José se despidió de María y dirigió su camello en dirección a Cafarnaúm. Durante el camino a Jerusalén se le ocurrió como un relámpago, y como una revelación interior, la certidumbre de que el grupo de revolucionarios, que se denominaban a sí mismos zelotas, representaba para Jesús un peligro infinitamente mayor, y más próximo, un riesgo mucho más peligroso para la simiente que el Maestro se esforzaba en hacer germinar en los corazones de los hombres, que no lo fueran nunca Herodes y Pilatos.