María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XVI
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Capítulo XVI
EN EL QUE SE VE AL AMOR VENCER FINALMENTE A LA RIQUEZA.
Un médico, y muy especialmente si este médico era medicus viscerus en el Templo, tenía mucho que hacer en Jerusalén cuando llegaba el invierno. Las losas del gran santuario eran húmedas y frías, los pies y las piernas de los sacerdotes, hombres corpulentos en su mayoría, y amigos de la buena cocina, con frecuencia se hinchaban y se agrietaban. Este estado doloroso, incluso muy doloroso, era popularmente conocido bajo el nombre de «pie de sacerdote» o de «pie de templo». José había obtenido éxitos importantes gracias a un tratamiento de bálsamos suavizantes y de vendajes arrollados de una manera especial, que requerían mucho tiempo y que debían cambiarse con frecuencia para adherirse de manera conveniente sin herir las carnes tumefactas, de manera que pasaba muchas horas del día en los departamentos de los sacerdotes.
El clima de Jerusalén era crudo, duro y húmedo durante buena parte del invierno, y los enfermos eran numerosos en la ciudad; incluso se contaban muchos entre los peregrinos venidos de climas más secos y más cálidos, vestidos de manera inadecuada a circunstancias no previstas por ellos.
José pensaba con frecuencia en María, pero las noticias que recibía de ella eran pocas. Según los informes recogidos por Nicodemo en el transcurso de sus constantes viajes, Jesús parecía evitar Galilea, temiendo quizá que un retorno al lugar de sus antiguos éxitos encendiera otra vez el espíritu revolucionario de algunos de sus discípulos y de las gentes que le seguían.
Como judío devoto que era, José había considerado siempre el Templo como símbolo de adoración más sublime hacia el Altísimo, un lugar santo dedicado a un fin santo. Sin embargo, comenzaba a ver cosas que, convencido de la nobleza de los principios de quienes cuidaban del servicio de Dios, no había observado todavía.
Los tenduchos de los que vendían animales, especias y otros objetos preciosos, destinados a ser ofrecidos en sacrificio al Altísimo, formaban, como sabía, natural e indispensablemente parte del ejercicio del culto del Templo. Sin embargo, el robo y el engaño allí practicados le llenaban de una estupefacción indignada. Un cordero tierno y puro, vendido por la mañana a algún peregrino de Chipre, y entregado a los sacerdotes para ser muerto y quemado en el altar, reaparecía con frecuencia en la tienda del mismo vendedor, por la tarde del mismo día, mientras que un animal viejo y sarnoso, que no valía ni la tercera parte de lo que pagara el peregrino, era sacrificado en su lugar.
En el atrio inferior del Templo pululaban literalmente vendedores que ofrecían a los peregrinos recuerdos y chucherías, y como únicamente las monedas del Templo podían ser entregadas como ofrenda, los cambistas hacían negocios magníficos, cambiando las monedas en curso en unas u otras de las centenares de ciudades del Imperio, contra las admitidas en el Templo, cambio que se efectuaba a un precio formidablemente ventajoso para el cambista.
Cada día José veía peregrinos, delegados por sinagogas alejadas, traer al Templo el «tributo» requerido de todos los judíos, y que ellos pagaban contentos como cosa debida al Señor, y mientras los sacerdotes vivían lujosa y magníficamente, los pobres infelices que habían reunido sus denarios para el «tributo» sufrían hambre y, a veces, carecían de techo.
En sus momentos de introspección —demasiado raros según le parecía— José reconocía que nada de aquello representaba un cambio en el Templo ni en sus costumbres, y que estas injusticias debían de existir desde hacía siglos. El cambio se había producido en él, una nueva visión le permitía distinguir, bajo la brillante apariencia externa, la mezquindad interna, la estafa indudable que se agazapaba bajo la apariencia de la adoración, y discernir las incesantes intrigas políticas de los saduceos que gobernaban el Templo y que dirigían, por consiguiente, toda la vida religiosa de Israel.
Los fariseos, por otra parte, no eran mucho mejores. Él se daba cuenta de ello, a su pesar, ya que siempre se había alegrado y envanecido de pertenecer a aquella minoría selecta.
Con su minuciosidad intransigente con respecto a los detalles de la ley y de su letra, habían llegado a perder completamente de vista la importancia que el hombre, como individuo, revestía a los ojos del Señor.
¿Qué es, pues, el hombre, para que te preocupes por él?, había preguntado el salmista. Casi lo has colocado por debajo de los ángeles.
Y ahora José comprendía que era esto lo que atraía tan poderosamente al pueblo hacia las enseñanzas de Jesús: esa preocupación, ese cuidado del hombre, de la persona del hombre.
Era porque el Nazareno les traía la certidumbre del amor del Altísimo por cada uno de ellos. No puede existir una más firme seguridad que esta palabra de Jesús:
¿Cinco jilgueros no son vendidos por un as? Y ninguno de ellos es olvidado por Dios y tan siquiera uno de ellos cae al suelo sin permiso de vuestro Padre Celestial. Por lo que respecta a vosotros, todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temed, pues vosotros valéis más que una multitud de jilgueros.
Qué consuelo, para un pueblo aplastado por el peso de la ley que los fariseos adoraban tan devotamente, creyendo adorar a Dios, representaba una tal certidumbre del amor del Altísimo para cada uno de los hombres que formaban aquel pueblo.
Resultaba fácil comprender, a la luz de tales afirmaciones, por qué seguían a quien les prometía perdón de sus pecados y les aseguraba el afecto del Padre.
A medida que transcurrían los meses, José cada vez se sentía más tentado de abandonar aquellos rostros falsos, todas aquellas añagazas, todas aquellas estafas, toda aquella glotonería, aquella avaricia y aquel lujo que, bajo el pretexto engañoso de honrar al Altísimo, fluían en el Templo y en todo Jerusalén.
Si hubiese supuesto que María se uniría a él, hubiera abandonado a gusto su fructífera y brillante carrera y regresado a Magdala para vivir con ella. Cuanto más pensaba en la paz del jardín de la vieja casa de Demetrio, desde donde se dominaba el lago, en la voz feliz de María, cuyas canciones flotarían por encima del valle, más se convencía de que sólo en Galilea encontraría una paz cuya necesidad sentía cada vez con mayor intensidad.
Hacia la mitad del invierno, Nicodemo volvió hacia el crepúsculo de una de sus expediciones. José regresaba a su hogar después de una larga serie de visitas y cuando divisó desde lejos el séquito de su amigo, ocupado en conducir las mulas a la cuadra, apresuró el paso para saludarle.
—Me he dado prisa para alcanzar Jerusalén antes de la noche —dijo Nicodemo, en cuanto hubo alcanzado a José—, porque traigo malas noticias.
—¿De María? —preguntó José, asustado.
—No. Ella gozaba de buena salud la última vez que la vi. Jesús está en camino con dirección a Jerusalén —prosiguió con el rostro muy serio—. Va a caer entre las manos de Pilatos y Caifás.
—Yo le creía aún en Tiro.
—Salió de Tiro hace varias semanas y ha atravesado rápidamente Galilea sin llamar la atención.
—¿Ha sabido Herodes Antipas su presencia en Galilea?
—Es posible. Incluso es probable. Pero Jesús ha cuidado de que la gente no se agitara, y sin duda Herodes ha respirado satisfecho al verle atravesar el país sin crear conflictos.
—¿Tú le viste?
—Sí, yo me encontré por casualidad con la Compañía del Pescado, como ellos mismos se denominan ahora, hacia el extremo del lago. Jesús comenzaba a descender con sus discípulos el camino del valle. Tu prometida iba con ellos y te manda su cariño. Ella espera verte aquí dentro de pocos días.
José sintió cómo su sangre corría más aprisa por sus venas al pensar que dentro de poco volvería a ver a María.
—Durante un cierto tiempo escuché la enseñanza de Jesús y, cuando se detuvo, algo me empujó a preguntarle: «Buen Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?».
—¿Y qué respondió?
—Me miró unos segundos, y después me dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, excepto Dios. Tú conoces los mandamientos: No mates. No cometas adulterio. No robes. No levantes falsos testimonios. No hagas daño a nadie. Ama a tu padre y a tu madre. Entonces, yo dije a Jesús: Maestro, fui formado en la observancia de todas esas cosas en mi infancia.
—Es enteramente verdad —dijo José con convicción—. No existe hombre más piadoso que tú en toda Judea.
—Entonces —prosiguió su amigo— me sucedió la cosa más extraña. Jesús me miró y sentí que me amaba, con la misma certeza que si hubiera rodeado mis hombros con sus brazos para sostenerme, o como si la mano de Dios se hubiera tendido hacia mí para ayudarme: sola cosa te falta todavía —me dijo—. Ve, toma cuánto tienes y distribuye tu dinero a los pobres, así amasarás un tesoro en el Cielo. Después ven, toma tu cruz y sígueme. Yo deseaba seguirle, José; lo deseaba más ardientemente que lo que más haya deseado en el mundo —prosiguió Nicodemo, a quien la emoción obligaba a jadear—. Sin embargo, mis riquezas se encontraban a mis pies como cadenas y no me dejaban andar. Le abandoné con gran tristeza.
—¿Lo has visto después?
—No —dijo el otro, moviendo tristemente la cabeza—. Tuve que regresar pasando por Seforis, con objeto de terminar algunos asuntos que tenía en trámite con el intendente de Herodes.
Durante todo el camino de vuelta, no dejé de pensar en él, en sus palabras, en su mirada y en su amor que me envolvía.
Después calló unos instantes, y dijo:
—José. Estoy decidido. Voy a hacerlo.
—¿Vas a vender todo esto? —preguntó José, con tono incrédulo, paseando por el jardín y por la casa una mirada de afectuosa admiración.
—Sí. Haré un inventario de cuánto poseo. Cuando todo esté vendido, distribuiré el dinero entre los pobres. Si entonces Jesús quiere aceptarme entre los suyos, me convertiré en uno de sus discípulos.
—Pero tú posees grandes bienes —protestó José—. Tú empleas a mucha gente y das mucho a los pobres. ¿Quién los defenderá gratuitamente ante los tribunales si tú te alejas de Jerusalén?
—Ahora que conozco la única verdad, sé que nada de eso tiene importancia.
—¿La única verdad?
José frunció el entrecejo:
—¿Qué quieres decir?
—Jesús es el Mesías, José. Ahora estoy convencido.
La voz de Nicodemo era grave y en sus ojos brillaba una luz nueva…