María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XVII

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Capítulo XVII

EN EL CUAL SE VE AL TRIUNFO Y AL ENTUSIASMO PRECEDER A LOS INSULTOS Y A LA MUERTE PREVISTA.

Cuanto más pensaba José en aquella conversación con Nicodemo, más seguro estaba de que debía advertir a Simón Pedro de los peligros inevitables que presentaba para el grupo de Jesús la llegada a Jerusalén. El pueblo de la capital no estaba inflamado, como los galileos, de un patriotismo capaz de arder más fuerte de lo prudente: acostumbrados, desde hacía mucho tiempo, a vivir bajo la férula romana y a prosperar bajo esta ley, no se dejarían influir con facilidad contra los romanos, gracias a los cuales vivían bien. Por su parte, los sacerdotes se negarían a turbar el culto en el Templo, excepto para dar la bienvenida al «verdadero Mesías», y en este caso no consideraban como tal a Jesús de Nazaret.

Una vez bien considerado todo, José estaba convencido de que una visita del Nazareno a Jerusalén sólo podía crear complicaciones más o menos dramáticas (se inclinaba con temor hacia el «más») y, por consiguiente, decidió partir al otro día por la mañana y ponerse en camino hacia la Gran Calzada del Valle, con la esperanza de dar con la Compañía del Pescado, y quizá de persuadir a sus miembros de que, desde todos los puntos de vista, era preferible no presentarse en Judea.

El camino desde Jerusalén al Jordán se dirigía por el nordeste hacia Jericó: no era aún mediodía cuando el camello rápido que montaba José penetró en esta estación termal. Herodes se había hecho edificar en él un palacio hasta donde llegaban, por medio de un acueducto, las aguas calientes de Callirhoe, cerca del Mar Muerto. Un gran teatro, varios mercados públicos, y el inevitable foro demostraban la influencia romana, y las calles aparecían abarrotadas de una muchedumbre que pertenecía a las nacionalidades más diferentes.

José sólo se detuvo para comer un poco de pan, dátiles y queso, y para dar de beber a su camello, antes de reemprender el camino que se dirige hacia el norte, paralelamente al Jordán. No había recorrido mucho camino, cuando divisó un grupo de gente, en un estrecho desfiladero. Incluso si no hubiera visto a Jesús en el centro del grupo y descubierto, entre las mujeres, una silueta a la vez noble y graciosa coronada de cobre rojizo, la presencia de numerosos enfermos le hubiera confirmado que había encontrado a quienes buscaba.

Tras de atar su camello a un árbol, José logró llegar hasta María. Después de besarla en la mejilla, le tomó la mano y la guardó entre las suyas, pero colocando un dedo en los labios, le recomendó silenciosamente que no hablara. La lección no duró mucho y cuando el gentío comenzó a hablar, el Maestro y sus discípulos se dirigieron hacia María y las otras mujeres que habían preparado la comida. Por primera vez, José se encontraba muy cerca de Jesús, lo bastante para estudiar ardientemente su rostro. En un momento dado, su mirada se hundió en los ojos del Maestro, de una manera impensada, notando en seguida lo mismo que le descubriera Nicodemo, y sintió la impresión de que un brazo amigo y protector descansaba encima de sus hombros. Se trataba de un sentimiento extraño, una súbita impresión de certeza y paz que no había vuelto a encontrar desde cierto día de su lejana infancia galilea, cuando su padre aprobó afectuosamente algo que él hiciera.

Cuando Jesús hubo terminado su frugal comida, se levantó y llegó hasta el borde del pequeño valle, en el punto por donde pasaba el camino de Jericó; y Simón Pedro le seguía, así como los otros.

He aquí —les dijo— que subimos a Jerusalén, y vosotros veréis cumplirse todo cuanto han escrito los profetas respecto al Hijo del Hombre, a quien veréis entregado y condenado a muerte. Y el tercer día resucitará. Que aquel de entre vosotros que desee participar en la resurrección, aquel que desee llegar arriba, sea primero vuestro servidor, que quien quiera ser el primero, se convierta antes en el más humilde, en el último y en el esclavo de cada cual. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en prenda de muchos.

Entonces dio la vuelta y volvió a tomar el camino de Jericó, y los discípulos le siguieron, pero murmurando entre ellos, porque no comprendían sus palabras y les parecían duras.

José caminaba al lado de María, dejando el camello a disposición de Hadja, para el transporte del material.

—¿Por qué has venido, José? —preguntó María—. Te mandé decir por Nicodemo que te vería dentro de unos días.

—Para rogarte que le digas a Jesús que, con toda seguridad, ocurrirán cosas graves si se presenta en Jerusalén.

—¿Por qué no se lo dijiste tú hace unos instantes? Te vi cómo le mirabas.

—Es algo que me sucedió en aquel instante y que hizo que pasajeramente me olvidara de todo lo demás. Tuve casi la sensación de que Jesús me rodeaba la espalda con su brazo, y sin embargo, era imposible y estaba a veinte pasos de mí…

¡Me sentí incapaz de pensar en otra cosa!

—¡José! —exclamó María con los ojos brillantes de alegría—. Esto es lo que yo esperaba que sucediera. Ahora podrás comprender lo que representa para quienes, entre nosotros, le amamos.

—Me siento diferente, es cierto —dijo el joven—. Pero, si es el Mesías, ¿no hubiera yo debido sentir la súbita y fulgurante certidumbre?

—El conocimiento de Jesús nos llega a cada uno de manera diferente —dijo ella muy serena.

María lanzó una larga y triste mirada hacia la muchedumbre que seguía al Maestro, charlando, murmurando, discutiendo y querellándose.

—Existen algunos —añadió ella con melancolía— para quienes ese reconocimiento no llega nunca. Simón el Cananeo y Judas Iscariote no cesan de agitarlos, de excitarlos, de azuzarlos con la idea del reino terrenal, de tal manera que no son capaces de pensar en otra cosa que no sea la de coronarlo rey en Jerusalén, y han conseguido que compartan su punto de vista la mayoría de los otros.

—Pero ¡Jesús debe saberlo! ¿Por qué no los reprende o los esclarece de otra manera?

—Parece convencido de que sólo existe un medio de hacer comprender a la gente para qué ha venido a este mundo. Hace unos minutos tú mismo oíste cuál…

—¿Y se dirige a Jerusalén sabiendo que eso puede costar le la vida?

—Él sabe que eso le costará la vida. Ya que el camino del retorno a Dios sólo puede ser mostrado a los hombres con su muerte, acepta morir.

—Entonces —dijo tristemente José—, mi venida es inútil.

—Lo que te ha sucedido hoy —interrumpió en seguida María— es mucho más importante que el hecho de haber o no podido advertir a Jesús, que lo vale todo. Esto significa que en este mundo y después de la muerte, tú y yo podremos vivir juntos, por toda la eternidad, cerca de él.

Jesús y sus seguidores pasaron la noche en Jericó, y por la mañana reanudaron su marcha hacia Jerusalén, de la que les separaban aún unas quince millas.

Al dejar Jericó, un hombre que estaba sentado tranquilamente al borde del camino, sosteniendo en la mano un bastón que usan casi siempre los ciegos, se puso a gritar: ¡Jesús, hijo de David! ¡Ten piedad de mí!

—¡Acercadle! —ordenó Jesús a quienes intentaban echarle.

Y el hombre, abandonando en seguida su manto, estuvo rápido al lado del Señor. Éste le preguntó:

—¿Qué deseas que yo haga por ti?

—¡Señor, haz que vea!

—¡Ve, pues! —dijo Jesús—. Tu fe te ha curado. Y en seguida vio y se unió a la multitud que le acompañaba en el camino y que rodeó al ciego curado, ya que eran numerosos los que en Jericó lo conocían. Pero Jesús siguió su camino.

—Quédate atrás y examina, si lo deseas, al hombre de más cerca, José —dijo María—. Después podrás unirte fácilmente a nosotros.

El médico, en efecto, estaba ansioso por estudiar desde más cerca lo que tenía todas las apariencias de un milagro. Cuando la multitud comenzó a apartarse un poco del hombre, le habló:

—Soy médico y cirujano —dijo—. ¿Puedes explicarme cómo fuiste curado?

El hombre se irguió en toda su estatura. Nada lamentable quedaba ni en su actitud ni en su voz, pero se veía fácilmente que sospechaba de él.

—¿No serás tú uno de esos fariseos que ponen en duda todo cuanto hace y dice Jesús de Nazaret?

—No; yo también amo a Jesús. Pero muchos en Jerusalén me preguntarán: «Tú, médico, ¿qué curaciones viste efectuar al Maestro?». Y yo desearía responderles con una entera e irrefutable verdad.

Mientras el ciego contaba al médico su prodigiosa aventura, se pusieron en marcha. Bartimaeus —así se llamaba el ciego milagrosamente curado— no podía andar de prisa, y así sucedió que Jesús y su séquito casi habían llegado a Jerusalén cuando los alcanzaron.

Mientras el Maestro se dirigía hacia el monte de los Olivos, entre Betfagia y Betania, pequeños pueblos tan cercanos a la ciudad que podían ser considerados casi como barrios, una tal muchedumbre salió a su encuentro, que su entrada en la ciudad tomó casi aspecto de procesión triunfal.

José se abría paso con dificultad cuando María le vio y se acercó a él, con las manos tendidas y los ojos brillantes de alegría:

—¡El pueblo le conoce, José! ¡El Altísimo ha revelado al pueblo quién es él!

José no pudo evitar contagiarse del entusiasmo extasiado que se apoderó de todo el grupo que rodeaba al Maestro, según la costumbre. Simón el Cananeo avanzaba con la ancha sonrisa de quien ve que las cosas suceden tal y como las había previsto (¡aunque en realidad no era así!). El mismo Judas Iscariote sonreía, cosa que no sucedía con frecuencia, y parecía feliz de aquel recibimiento.

Simón Pedro vio a José, que se acercaba hacia él a largas zancadas a través de la multitud, y le dio en las espaldas unas palmadas amistosas:

—¿Qué tal, médico? ¿Reconoces que todas tus dudas y tus angustias eran inmotivadas, exactamente como te anuncié?

Él alzó sus dos brazos, y su voz se destacó como un trueno por encima de las cabezas de la muchedumbre:

—¡Escucha, oh pueblo de Jerusalén! Escucha la palabra del profeta Zacarías.

¡Exulta y regocíjate, oh hija de Sión, oh hija de Jerusalén! ¡Estremécete de alegría y lanza gritos de satisfacción, porque he aquí a tu rey que viene hacia ti! Justo, y él mismo salvado; humilde, y sentado sobre un asno, sobre el pollino de una borrica.

Y yo descabalaré los carros de Efraín —y los caballos de Jerusalén— y yo romperé el arco de guerra.

Y él prolongará la paz entre las naciones, y su dominio se extenderá de un mar al otro, y desde el río hasta las extremidades mismas de la tierra.

Durante un instante se hizo el silencio, hasta que el sentido de la profecía alcanzó el espíritu de la multitud. Después comprendieron que Simón Pedro proclamaba a Jesús como Aquél a quien se esperaba, el Emmanuel, el Deseado, el Mesías predicho por los profetas, que conduciría a Israel a la dominación sobre todos los pueblos del mundo.

Y cuando Simón el Cananeo clamó:

¡Hosanna, al hijo de David! ¡Bendito sea Aquel que viene en nombre del Señor!, la multitud se unió a su clamor y lo convirtió en un inmenso trueno exultante.

Fue así como Jesús entró triunfalmente en Jerusalén.

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