María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XVIII

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Capítulo XVIII

EN EL QUE AQUELLOS QUE AMAN AL MAESTRO SIENTEN VENIR, ANTES QUE LA GLORIA ETERNA, EL DOLOR Y LA MUERTE CUYO PRECIO DEBEN SER.

Nicodemo y José ofrecieron sus casas a Jesús, pero el Maestro prefirió quedarse en Betania, fuera de la ciudad. Durante los días que siguieron, los éxitos de Galilea parecieron repetirse.

La mañana que siguió a su entrada en la ciudad, Jesús enseñó en el pórtico de Salomón, reservado a los maestros y estudiantes. Pero, así como los otros maestros estaban rodeados, cada uno de ellos, por un grupo fijo y cotidiano de alumnos fieles, aquellos que venían a oír a Jesús abarrotaban el pórtico y desbordaban las gradas que conducían a la terraza inferior, llegando hasta las calles. Como siempre, el número de enfermos sobrepasaba al de los sanos.

Durante las horas que duró la enseñanza, todas las funciones quedaron interrumpidas en el Templo, debido a que la afluencia alrededor de Él era tal, que los peregrinos no podían abrirse paso. Y así el acostumbrado río de dinero se redujo a un pequeño riachuelo, y cuando el Gran Sacerdote vino a darse cuenta del motivo de aquella sequía, e inspeccionar la multitud, sólo muy pocos se dieron cuenta de su presencia.

Para un hombre como Caifás aquello constituía una grave ofensa, más grave aún que la de ver que un sencillo carpintero nazareno se atrevía a usurpar en Jerusalén el lugar de los más célebres exegetas de la ley.

Como lo habían hecho en Galilea, los sacerdotes, los fariseos y los escribas se reunieron alrededor de Jesús, intentando que cayera en alguna trampa.

Después de desvirtuar todas sus astucias, y como siguieran molestándole, les declaró:

¡Desgraciados de vosotros, guías ciegos e hipócritas, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!

En verdad yo os digo, raza de víboras, que los cobradores de impuestos y las prostitutas entrarán en el paraíso antes que vosotros. Porque Juan vino a vosotros con toda justicia y buena fe, y vosotros no lo creísteis. Pero los cobradores de impuestos y las prostitutas le creyeron. E incluso cuando le visteis no creísteis en él y no os arrepentisteis.

La multitud dejó oír murmullos de aprobación por aquel golpe directo lanzado a la suficiencia y a la vanidad de los fariseos, que no eran muy populares porque su interpretación puntillosa y mezquina de la ley perturbaba constantemente la actividad normal del pueblo. Sin embargo, estaban tan acostumbrados a aquella antipatía, que no por ello cesaron en sus preguntas:

—Maestro —dijo uno de ellos—, ¿cuál es el más importante mandamiento de la ley?

Jesús esbozó una sonrisa, adivinando en seguida la finalidad de la pregunta. En cuanto admitiera que la más pequeña porción de la enorme masa de reglas según las cuales vivían los judíos verdaderamente piadosos era más importante que otra, se expondría a un interminable interrogatorio sobre los más insignificantes puntos y detalles.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, toda tu alma y todas tus fuerzas —dijo sencillamente—. Es el primero y el mayor de los mandamientos. Y el segundo le es parecido. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.

¡Y no se atrevieron a interrogar más aquel día!

Vuelto hacia la multitud y hacia sus discípulos, que estaban sentados a sus pies, en las gradas, dijo aún:

—Los escribas y los fariseos se han instalado en la sede de Moisés. Así, pues, observad y practicad lo que os dicen, pero no lo que hacen. Porque dicen, pero no hacen. Cargan las espaldas de los hombres con pesados fardos que ellos mismos no tocarían con el dedo. Todo cuanto hacen, lo hacen para ser vistos de los hombres. Llevan anchas filacterias y largos borlones para ser vistos desde lejos. Y les agradan los sitios de honor en los banquetes y los mejores asientos en las sinagogas, y los saludos en las plazas de mercado y también ser llamados rabinos.

»Pero —y su voz resonó amplia y fuerte— vosotros no debéis ser llamados rabinos. Porque vosotros tenéis un solo Maestro y sois todos hermanos. Y no llaméis a ningún hombre padre aquí abajo, porque vosotros tenéis un Padre que está en los Cielos. Y no permitáis que os llamen Maestro, porque vosotros tenéis un Maestro, que es el Cristo. Él, que es el más grande entre vosotros, será vuestro servidor. Porque el que se ensalza será humillado, y quién se humille será ensalzado.

Su voz, ahora, era la de un juez que pronuncia una sentencia contra los malhechores:

—Desgraciados de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque vosotros cerráis a los demás el reino de los Cielos. Vosotros no entráis en él, pero impedís que entren aquellos que lo desearían.

—Desgraciados de vosotros, porque recorréis los mares y los continentes en busca de un solo prosélito y cuando, al fin, lo habéis encontrado, hacéis de él un hijo del infierno parecido a vosotros mismos.

Los fariseos se estremecían de malestar y de vergüenza, y sus rostros enrojecían. Con una lógica inexorable, Jesús les señalaba la mezquindad y la poca importancia de las cosas que, precisamente, ellos elevaban a la altura misma de la adoración del Dios Todopoderoso.

La multitud se alegraba en su corazón —y con palabras— de la amonestación infligida a aquellos seres tan orgullosos, tan desdeñosos y tan superiores, y reía de alegría y bienestar cada vez que Jesús marcaba un nuevo punto, gritando su aprobación cuando la voz acusadora proseguía:

—¡Desgraciados de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, vosotros que pagáis el diezmo de la menta, de la calle, del camino y de toda legumbre, pero que descuidáis lo que es verdaderamente el derecho y omitís el amor de Dios, la caridad, la justicia y la fe.

—Desgraciados de vosotros, porque sois como las tumbas que no se ven y sobre las cuales se anda sin siquiera notarlas.

Por primera vez veía José a Jesús verdaderamente enfadado, y el pueblo lo aclamaba con tan entusiasta convencimiento, que durante un buen rato hubo de interrumpirse. Después su palabra se alzó de nuevo, estallante como un látigo:

—Desgraciados de vosotros, que sólo sois sepulcros blanqueados por fuera, pero llenos de impurezas, de viejos huesos y podredumbre en el interior.

Después, su voz sonó triste, limpia de todo enfado, y una gran angustia afloró en sus palabras:

—La sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y mensajeros, ¡y ellos los expulsarán, los matarán y los crucificarán!

—Porque será exigida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde el origen de los tiempos, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue muerto y pereció entre el altar y el santuario. ¡Sí, en verdad os lo digo, se exigirán cuentas a vuestra generación!

»¡Oh, Jerusalén, Jerusalén!

Se trataba del mismo grito que el Maestro lanzara cerca del lago, cuando los fariseos lo atormentaban para obtener de él un signo, y el apostrofe era idéntico:

—¡Tú, que matas a los profetas y lapidas a aquellos que te han sido enviados!…

»… He aquí que tu casa está abandonada…

Jesús se alzó, de pronto, y separó ampliamente los brazos, como si abrazara a la ciudad, con su gran templo en la colina, brillante de mármol y oro:

—¡Vosotros sois todas esas cosas; en verdad yo os digo que no quedará de ella piedra sobre piedra!

Después, con zancadas rápidas, descendió las gradas sin pronunciar palabra ni mirar a derecha ni a izquierda.

María y varias otras mujeres se hospedaban en la casa de José, mientras que los hombres —excepto los más próximos a Jesús, aquellos que no se separaban de él nunca y vivían a su lado en Betania— permanecían en la casa de Nicodemo.

Éste, aunque se había convertido definitivamente en discípulo del Nazareno, seguía ocupando su sitio en el Gran Sanedrín.

Aquella tarde se presentó en el jardín, donde María se paseaba con José, y cuando se acercó a ellos, su rostro aparecía serio.

—¿Por qué triste? —le preguntó María, sonriente—. José me dice que tú eres uno de los nuestros y quienes siguen a Jesús conocen una alegría que no puede igualarse con ninguna otra.

—El Templo y todos sus alrededores hierven y tiemblan al conocer el relato de una dura amonestación que el Maestro, esta mañana, ha administrado a los sacerdotes, a los escribas y a los fariseos —respondió su amigo—. Ahora van a odiarlo más que nunca.

José comentó:

—Yo estaba allí. En efecto, los ha atacado dura y severamente, pero con toda justicia.

—Cuanto más mezquina es el alma, mayor odio siente hacia aquellos que muestran su mezquindad a los ojos de todos —dijo Nicodemo—. Esta tarde se ha reunido el Gran Sanedrín: si se atrevieran conducirían a Jesús ante el Consejo y lo lapidarían a muerte.

María protestó:

—¡La multitud no se lo permitiría! El pueblo, que ama a Jesús, es más numeroso que los sacerdotes y escribas, e incluso que los fariseos. Si los saduceos se atrevieran a tocar un solo cabello de su cabeza, pronto los echarían del Templo y hasta de la ciudad.

—El miedo a la muchedumbre es la única cosa que retiene a Caifás —confirmó Nicodemo—. Esto, y el hecho de que Pilatos no está en Jerusalén. El Procurador odia vivir en Jerusalén en invierno. Sólo el emperador podría hacerlo venir aquí antes de la Pascua, que es la fecha regular de su visita. Y, cuando venga, lo hará, como siempre, acompañado de una nutrida escolta de soldados, para el caso de que el populacho se agite.

—¿Qué podría hacer Caifás? —preguntó María—. Ni tan siquiera los sicarii conseguirían acercarse a él: tan bien lo guardamos.

—Además —dijo José—, apenas consiguiera herirle, el asesino sería despedazado por la multitud. Ellos lo saben y no es muy probable que se atrevan a hacer algo por el estilo mientras el Maestro se encuentre en Jerusalén.

—Caifás está enterado de todo. Sin embargo —prosiguió Nicodemo—, no puede permitir a Jesús reclutar cada día más discípulos, existiendo tantos defensores en Jerusalén. Sobre todo, desde que cuentan con un jefe.

—¡Simón el Cananeo! —exclamó María—. En Betsaida lo tenía todo preparado para proclamar a Jesús rey.

—Simón el Cananeo no es ni el verdadero jefe ni el más peligroso de los defensores —dijo tristemente Nicodemo—. Te olvidas de Iscariote.

—¿Judas? ¡Habla tan poco! A quien siempre se le oye es a Simón.

—El cual repite lo que Judas le ordena decir —precisó Nicodemo—. Pero creo que nosotros podemos adivinar lo que hará el Gran Sacerdote.

—¿Y es?

—La ley es un palo que los sacerdotes y los fariseos blanden sobre el pueblo, porque ellos son los únicos que pueden interpretarla como les parece. Jesús no podrá permitirse seguir hablando con mucha frecuencia de manera tan categórica como hoy lo ha hecho, sin infringir por lo menos algunos detalles de la ley oral. Y en cuanto lo haga lo acusarán de blasfemo.

Nada excita con tanta seguridad y con tanta violencia al pueblo como una acusación de blasfemia o de amenazas contra el Templo.

José sintió el frío de una siniestra premonición correr por su médula, al recordar las palabras pronunciadas por Jesús aquella misma mañana: He aquí que tu casa está abandonada… Vosotros sois todas estas cosas: en verdad os digo que no quedará de ella piedra sobre piedra

Repitió a sus dos amigos el apostrofe de Jesús, y el rostro del abogado se ensombreció:

—Roguemos —dijo— para que Caifás no se entere de las palabras exactas que el Maestro ha pronunciado. Podría suceder que ni Jesús mismo fuera capaz de salvarse si le acusa de blasfemia contra el Templo de Dios.

María se estremeció y José le pasó un brazo por encima de los hombros: adivinó que ella se acordaba del día en que Jesús, solo, la salvó de la inminente lapidación. Él también se daba cuenta de lo que podía ser la ira de la masa. Sabían que Nicodemo tenía razón y decía la verdad, al pensar que la actual simpatía de la gente no bastaría para salvar a Jesús de una tal eventualidad. Todos los parásitos del Templo se unirían instantáneamente contra él, y les costaría poco amotinar a la chusma, todos aquellos que tenían tienda abierta en el atrio interior, los cambistas, los vendedores de especias o de animales para el sacrificio, los vendedores de perfumes e incluso de manuscritos, los centenares que vivían cerca del Templo y que medraban de lo que su cercanía les facilitaba. Se trataba, en su mayoría, de gente rica e influyente, y una vez que se juntara en masa suficiente para alzar un frente común contra el hombre a quien tanto odiaban, la violencia podría surgir.

Los peregrinos inmovilizados ante la masa de sus discípulos y la importante disminución de ingresos que ello implicaba, constituían un motivo más que suficiente para conducirlos a los extremos más brutales.

—¿Qué crees que deberíamos hacer, Nicodemo?

—Es preciso que Jesús se vaya de Jerusalén —dijo con energía el abogado—. No veo otra solución.

—¡Sin embargo, la gente que viene a él aumenta de día en día! Sus adeptos son cada vez más…

—No lo ignoro, pero lo que sucede es que la mayoría de estos nuevos adeptos son celosos defensores o, por lo menos, piensan así, y por consiguiente, resultan más peligrosos que útiles.

—Tú, que estás más cerca de Jesús que las otras mujeres que le siguen, quizá pudieras convencerle de que abandone la ciudad. Tú le has aceptado como el Mesías, como el Cristo, y le amas; yo, por una razón que ignoro, no puedo aún lograr que mi corazón lo reconozca con seguridad por Aquel que es esperado.

—Cuando llegue para ti la hora de descubrir al Mesías en Jesús, tu corazón lo reconocerá con toda seguridad —dijo María, tranquila y esperanzada—. Es una experiencia por la cual cada uno de nosotros tiene que pasar, individualmente y por su propia cuenta. El Maestro regresará a Betania mañana por la mañana: intentaré convencerle, pero tengo una vaga sospecha de que tal es su intención.

Nicodemo la miró sorprendido, pero José había ya aprendido a saber cuan justas eran las intuiciones y la comprensión profunda que María parecía poseer del Maestro nazareno, de sus proyectos y de sus objetivos.

—¿Por qué dices eso, María? —preguntó Nicodemo.

—El éxito de Jesús en Jerusalén es inmenso, quizá mayor aún que el de Galilea. Pero ¿quiénes vienen a él? Aquellos que le tienden lazos, los enfermos que desean ser curados, aquellos que ven en él a un Mesías capaz de conducirlos triunfalmente a Roma. Muy pocos vienen a él con una fe sencilla y confiada, porque él predica un reino mayor que cualquier reino de este mundo, un reino que sobrepasa todas las posibilidades terrestres y materiales: el reino de Dios en el corazón de los hombres.

Los otros dos permanecieron silenciosos, no teniendo nada que oponer a aquellas verdades indiscutibles. Ella continuó:

—Ya una vez, cuando quisieron proclamarlo rey de Galilea, Jesús se marchó. Supongo que ahora sucederá lo mismo… a menos que… a menos que…

Ella se interrumpió y una gran tristeza asomó a su rostro.

—… a menos que él sepa que ha llegado la hora de morir para enseñar a los hombres lo que es el reino de Dios…

Nicodemo poseía un espíritu lógico:

—Si tal es, en efecto, la única manera de convencer a los hombres, si la hora ha llegado, él debe de saberlo siendo el Mesías.

Y José tenía memoria:

—¡Él mismo lo ha dicho! Todos le habéis oído decir que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén.

—Todo esto forma parte del designio de Dios —dijo pensativa María—. Siendo Cristo, Jesús, si lo quisiera, podría salvarse.

Pero si él ha decidido que debe morir a fin de que el pueblo comprenda por qué ha venido a este mundo, no utilizará su poder.

—De todas maneras, Caifás, por ahora, no se atreverá a detenerlo —dijo Nicodemo—. Por consiguiente, nos quedará tiempo para buscar un medio de proteger al Maestro si se niega a abandonar la ciudad.

Sucedió que Nicodemo se equivocaba.

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