Luna roja

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5. Un nuevo mundo ante sus ojos

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Un nuevo mundo ante sus ojos

Saturnina tuvo que despertar a Margot precipitadamente. Estaba al teléfono el director de la revista Siluetas. Era la segunda vez que llamaba en esa mañana. Parecía impaciente, como si tuviera que comunicarle algo importante. La joven, sobresaltada, se tiró de la cama en camisón y se fue descalza hasta el teléfono.

—Buenos días, don Justino. ¿Ocurre algo?

—Sí, por fin te localizo. Aline Griffith ha quedado hoy con Pedro Casares para tomar el té en el atelier del modisto, a las cinco de la tarde. Tenía urgencia por decírtelo, no fueras a hacer otros planes.

—¡Allí estaré! Por cierto, han aparecido el collar y las joyas robadas de la marquesa de Manzanedo. Tengo la historia al completo, incluido el autor del robo.

—¡Bien hecho! Estoy muy contento con tu trabajo. Para lo de esta tarde enviaré también a un fotógrafo. Sería estupendo que Aline posara para nosotros con la ropa de Casares.

—En su día, Aline me dijo que lo haría. Otra cosa será que se cambie de ropa varias veces. De todas formas, no creo que haya ningún problema.

—¡Seguro que harás una buena entrevista!

Tras colgar, se fue a la cocina. Allí estaban Camila y Saturnina, empeñadas en hablarse por señas. Margot estaba pensativa y las dos mujeres se lo notaron. Daba vueltas con la cucharilla a su té sin abrir la boca.

—¡Decía mi abuela que «gente parada, mal pensamiento»! —comentó Saturnina—. Lleva usted ahí sentada un rato sin pronunciar palabra.

Sátur tenía razón. Llevaba desde la noche anterior dándole vueltas en la cabeza al mismo tema. Le parecía apasionante el mundo con el que se había topado por casualidad. Había puesto su vida ordenada y predecible del revés.

—Es que no sé qué hacer. No les puedo fallar a mis tíos, pero me atrae el mundo de los sucesos, aunque no sea nada apropiado para una mujer. —Al fin se atrevió a decirlo en voz alta—. Sé que eso es lo que piensan. Sin embargo, a mí me gusta abrir caminos inexplorados. Tampoco hay muchas mujeres en las universidades estudiando carreras más propias de hombres. Eso no quiere decir que no estemos capacitadas para hacerlo.

El teléfono sonó de nuevo. Esa mañana parecía que todos se habían puesto de acuerdo en llamar temprano. Esta vez se trataba de su tía Frances. Camila habló con ella largo rato. Quería saber cómo les iba a las dos en España y le contestaba que todo iba sobre ruedas. Comentaba que poco a poco iba comprendiendo el español, aunque no lo hablaba. Por otro lado, no quiso preocuparla y omitió lo de las dos largas noches de Margot en comisaría.

Tía Frances pidió hablar con su sobrina. Camila le rogó al oído a Margot que no dijera nada de sus nuevos gustos periodísticos. Finalmente, la joven se puso al teléfono.

—¡Tía! ¿Cómo estáis?

—Con mucho revuelo en la embajada —contestó Frances desde el otro lado del teléfono.

—Y ahora ¿por qué? —preguntó curiosa Margot.

—Por la reina. Va a ir a Gibraltar con su marido, Felipe de Edimburgo, y sus hijos Carlos y Ana. Será la última parada del viaje que está realizando por algunos países de la Commonwealth. El embajador y tu tío intentan parar esta nueva crisis.

—¿Qué pretenden hacer?

—Que no viaje allí. Consideran que sería una provocación para España. Miguel Primo de Rivera ha mandado una carta al secretario del Foreign Office, Anthony Eden, en la que muestra su disconformidad. No van a otros destinos conflictivos, como Chipre y Guyana, y, sin embargo, sí tienen proyectado ir al Peñón.

—Me temo que acabará yendo a Gibraltar y volveremos a los desencuentros tan habituales con Inglaterra.

—Eso nos tememos también. Si definitivamente viaja allí, se están planteando cerrar el consulado español en el Peñón. España no piensa rendir pleitesía a una reina que viaja a Gibraltar como si fuera de ellos.

—Tía, sigue siendo una colonia británica desde el Tratado de Utrecht. Eso lo he estudiado de niña. Fue cedido por el rey Felipe V a la Corona inglesa a perpetuidad. En ese momento, perdimos Gibraltar.

—Ahí tropiezan siempre las relaciones diplomáticas con el Reino Unido. Parecía que Isabel II lo estaba haciendo muy bien hasta que, en su primer viaje como reina, planifica ir allí. Ni se te ocurra hablar de Gibraltar en el entorno en el que te mueves. ¡Menudos están los ánimos en el gobierno de Franco con este tema!

—¡Tranquila! La moda puede resultar un oasis en mitad de la tormenta.

—Me gusta oír eso. Viajaremos allí en febrero. ¡Estamos deseando verte!

—¡Y yo a vosotros!

Después de colgar, Margot se fue a su cuarto a vestirse, una excusa en realidad, porque necesitaba respirar hondo. Le hubiera gustado comentar a Frances la otra tormenta que estaba viviendo en su interior, pero siguió el consejo de Camila: mejor no decir nada y dejar que el tiempo pase. Aunque era consciente de que no todo lo arreglaba el paso del tiempo.

Había algo en los sucesos que la atraía de una manera incontrolable. Nada que ver con los tranquilos y cursis ecos de sociedad, en los que solo se exaltaban las virtudes de los protagonistas de la noticia. Su cabeza había hecho un clic que lo había puesto todo del revés. Ahora deseaba investigar y contar hasta qué punto los seres humanos eran capaces de perseguir el mal. Regresó al despacho para concluir el reportaje del robo y, cuando estuvo listo, metió los folios en un sobre. Cogió su bolso y se despidió de sus «guardianas», como las llamaba.

—Camila, Sátur, me voy a llevar el artículo a la revista. ¡No me esperéis a comer! Me van a presentar al director de un periódico en el que me gustaría colaborar.

—Usted solo piensa en trabajar, y eso es malo —sentenció Saturnina.

No quiso decirles que de nuevo se iba con el comisario, esta vez a conocer al director de un periódico de sucesos. Comprendía que era mucho cambio para todos. Difícil de digerir para ella y difícil de asimilar para los demás.

Primero dejó su artículo en la revista. Saludó a otras compañeras que, como ella, también habían ido a la redacción a entregar sus colaboraciones para el número que se estaba cerrando y maquetando. Al rato se fue de allí para comprar y leer de arriba abajo el semanario en el que pretendía colaborar. El Caso salía a la calle los domingos desde hacía un año. Costaba dos pesetas y, aunque tuvo una difusión de diez mil ejemplares en su primer número, unos meses después sobrepasaba los cien mil. Su sede estaba en el número 1 de la calle Jordán. A Margot le llamó la atención la portada en rojo y negro y el gran titular: «El caso de la mano cortada». El contenido tenía muchas fotos, dibujos y temas insólitos sobre robos, timos, rescates de los bomberos y un asesinato del que se hacía un gran seguimiento. Cuando Margot llegó al local donde había quedado con el comisario, se había aprendido el contenido del periódico.

Al abrir la puerta de aquel bar pequeñito, pegado a la redacción, se hizo un silencio, hasta que el comisario se percató de que aquella chica rubia que acababa de entrar en realidad era Margot.

—¡Por aquí, señorita Peters!

La joven se acercó hasta donde estaba el comisario, junto a un hombre corpulento vestido con traje oscuro y corbata. Fue ella quien le extendió la mano sin esperar a que la presentaran.

—¡Un placer conocerlo!

Eugenio Suárez sonrió. Le gustó la determinación de esa mujer decidida y atractiva que llevaba el semanario debajo del brazo.

—El placer es mío. De modo que a usted le gustan los sucesos, viniendo del mundo de la moda.

—Sí, desde niña me apasionan las historias relacionadas con las investigaciones criminales. Más por la deducción, a través de las pistas para dar con el malhechor, que por otra cosa.

—No es un mundo fácil, y menos para mujeres. Mire lo que llevo aquí. —Se abrió la chaqueta y enseñó una pistola—. Si uno va a trabajar entre delincuentes, debe ir protegido. No estaría de más, si quiere moverse en nuestro mundo, que aprendiera a disparar y llevara un arma.

—¿Yo? No sabría donde esconder un arma como la suya.

—Señorita Peters, nos haríamos con una pistola pequeña que podría llevar en el bolso, incluso sujeta en la liga. Una bala es una bala en todas las pistolas, las de mayor y las de menor calibre —replicó el comisario.

—¿Pero es estrictamente necesario? —repreguntó.

—¡Sí! —dijo escuetamente Eugenio Suárez.

—¡Hay mucho malhechor suelto, señorita Peters! Usted tiene una cualidad imprescindible para el oficio de periodista y el oficio de policía: la observación. A usted no se le escapa una y eso es relevante. Puede darse el caso de que, entre aquellas personas a las que pregunte, encuentre alguna que sea culpable del delito que esté investigando. ¡Nunca debe confiar en nadie! Todos los que se mueven cerca de una víctima, en principio, son sospechosos. Uno tiene que desconfiar del que más llore. ¡No lo olvide! —le aconsejó el comisario Benito.

—Bueno, no siempre será así. Imagino que la familia será la más afectada.

—¡La familia también debe entrar en sus sospechas! Todo cuenta. Fíjese, como le digo siempre, en los detalles. Por ejemplo, cuando entre en el lugar donde se ha cometido un robo, resultará importante observar si el desorden es grande o escaso. Deberá cerciorarse de si el dinero, las alhajas o los efectos de valor estaban fácilmente al alcance de los ladrones, o si estos llegaron sin titubear hasta donde se guardaban.

—Señorita Peters, le está dando una clase magistral el mejor comisario que he conocido, y sin asistir a la Escuela de la Policía.

—Es importante lo que le estoy diciendo, porque podrá descartar si el robo lo cometieron con ayuda de un santero. Es decir, si recibieron previamente datos concretos de personas conocedoras de la casa —siguió explicando el comisario—. También, si hay desorden, puede ser para disimular y dar la impresión de que no intervino santero alguno. Igualmente, la forma en la que entra un ladrón, es decir, si es espadista o topero, da muchas pistas.

Margot sacó su cuaderno y se puso a anotar más palabras dentro del argot de la policía y de los periodistas de sucesos.

—«Espadista» significa que es un delincuente que utiliza una llave falsa para entrar —añadió Suárez.

—Y «topero» es el ladrón más vulgar, el que sale a robar al azar, a topar o a la aventura, con palanqueta generalmente. Sin previa preparación. Lo contrario del espadista —continuó el comisario.

Margot abría mucho los ojos. No quería perder ni un solo detalle de todo lo que le estaban contando.

—Le he dicho a la señorita Peters que pase por la comisaría cuando quiera. Eso sí, que previamente me llame, por si no estamos allí. Yo estoy jubilado, pero me siguen dejando ejercer por la noche.

—Comisario, usted jamás se va a jubilar de facto. Le ocurre como a mí. Nuestra profesión es nuestra vida.

—Eso es cierto. No sabría vivir sin pensar en cómo resolver un crimen.

—Si quiere, podría enseñarle la redacción —se dirigió a Margot.

—Me encantaría.

Salieron del bar y subieron al primer piso del inmueble que pegaba al local, donde se ubicaba la redacción. Margot procuraba no perderse detalle. Entró en aquel espacio abierto, lleno de mesas salvo dos despachos al final, con cristaleras grandes. A la secretaria que se encontraba cerca del despacho de Suárez, le preguntó por el baño. Le indicó dónde estaba con una sonrisa.

—Al fondo a la derecha. Señorita, tenga cuidado con…

—Con nada —interrumpió Suárez—. La señorita Peters sabrá arreglárselas sola.

La secretaria no siguió hablando y se puso a teclear en su máquina.

Cuando Margot abrió la puerta del baño, no se percató de que en la bañera había un «inquilino». Fue al tirar de la cadena del váter cuando sintió que algo se movía. Miró y encontró una especie de lagarto grande. No chilló. Procuró aguantar el susto. Al salir no hizo ningún comentario, y eso que tanto los periodistas que había en la redacción como Suárez y el comisario Benito Poveda no perdían de vista su reacción. Ella no les dijo nada.

—¿No ha visto a Leopoldo, nuestra mascota? —preguntó el director.

—Sí. He visto un lagarto precioso.

—Se lo dije, la señorita Peters no es de las que se asustan así como así —afirmó el comisario.

—¡Gracias! —dijo al pasar cerca de la secretaria—. Usted intentó prevenirme.

La secretaria sonrió. Y con la mirada le agradeció que no hubiera chillado.

—Se trata de un cocodrilo que le tocó a una señora en una rifa benéfica, pero rechazó llevárselo a casa. De modo que aquí está Leopoldo. A veces dejamos que se pasee entre las mesas. ¿Supone para usted algún inconveniente? —preguntó el director.

—No, en absoluto. ¿Por qué le han puesto el nombre de Leopoldo?

—Por Leopoldo Eijo y Garay, el obispo de Madrid que autorizó que publicáramos el semanario.

Margot sonrió. Todo aquel entorno parecía una locura, pero tenía mucho atractivo. Le hablaron de la censura y de cómo había que sortearla a la hora de escribir.

—Nunca nadie está semidesnudo, sino semivestido. ¿Comprende el matiz? Tampoco podemos dar más de un asesinato a la semana. Dimos dos durante algún tiempo y nos lo prohibieron. No pueden suceder tantos hechos graves a la vez. ¡Pero aquí estamos!

Le hablaron de las condiciones por artículo, y pagaban mucho mejor que en la revista Siluetas. Pero para Margot no era cuestión de dinero, se trataba de seguir un camino para el que quería prepararse. Quedaron en llamarse los próximos días. Mientras tanto, el comisario la volvió a citar para el jueves de esa semana, ya que volvería a estar de guardia.

—Me haré con una pistola —comentó el comisario— y le enseñaré personalmente a tirar. ¡No se preocupe!

—Gracias.

Salió Margot de allí eufórica. Todo aquel mundo para ella era nuevo. Le sonaba a aventura y eso es lo que ella quería en su vida. Cogió un taxi y se fue a casa. Tenía que vestirse para acudir a la cita con Aline y el modisto Casares. Debía cambiar de registro. Dejó el traje de chaqueta sencillo que se había puesto para esa ocasión y se transformó en una mujer a la moda con un vestido ceñido en la cintura de falda acampanada. Se puso un sombrero sofisticado y un abrigo de astracán. No se olvidó de los tacones ni de los guantes.

Have you had anything to eat? —Camila le preguntaba si había comido algo.

—Lo cierto es que no me ha dado tiempo, pero tampoco tengo hambre. De verdad. Estoy contenta de haber conocido al director de un semanario que me ha dicho que podría colaborar con ellos si aceptaba las condiciones. Son mejores que las de Siluetas.

You can’t leave your aunt’s publication; she is a major shareholder. —Le decía que no podía dejar la publicación de su tía, ya que era una de las principales accionistas.

—No, no, descuida. No pensaba dejarla, sino compaginar ambos trabajos.

Camila le preguntó en inglés si no supondría mucho esfuerzo y si no tendría problemas por tratar temas parecidos.

—No. Una es de moda y la otra… de sucesos. Ya sé lo que me vas a decir, pero me entusiasma la idea. No me impidas hacerlo. ¡Por favor!

Margot, you’re going to have a real problem… —Estaba segura de que tendría un verdadero problema, sobre todo cuando se enteraran tus tíos.

—No tienen por qué enterarse. En una firmaré como Margot Sanz y en la otra como Peters. No me relacionarán. Ellos solo vendrán aquí una vez al mes. Al ser un semanario, me permitirá vivir ambos mundos sin que colisionen.

Camila, con muy buenas palabras, le dijo que no saldría nada bueno de su doble trabajo. También le comentó que nada podría hacer para impedir que viviera su aventura. Reconoció que, en el fondo, a ella le hubiera gustado hacer lo mismo.

Se abrazaron. Margot cogió las llaves de su descapotable rojo y salió de casa. ¡Estaba eufórica!

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