Luna roja

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6. El atelier de Pedro Casares

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El atelier de Pedro Casares

Cuando Margot se subió a su descapotable rojo, llamó la atención de los transeúntes, que se quedaron mirándola hasta que desapareció de la calle. Lo aparcaba durante el día en un garaje de una de las calles adyacentes a la Gran Vía. No era frecuente ver a una mujer al volante, y menos con un coche descapotable. Le costó adaptarse a las miradas de la gente y a conducir sentada en el asiento izquierdo, así como seguir el sentido de la circulación por la derecha, cuando en Londres estaba acostumbrada a hacerlo por la izquierda. Fue su gran reto.

No había demasiado tráfico. Por un lado, los viejos tranvías Westinghouse y, por otro, los taxis negros con una franja roja que recogían pasajeros en las paradas. Los vehículos con los que se cruzaba eran de las marcas Ford y Citroën, que convivían con los nacionales Seat 1400. También se topaba con cocheros que llevaban un carruaje de dos ruedas tirado por un caballo. La gente coloquialmente los denominaba «simones». Tenían los días contados, ya que la ciudad se estaba motorizando a un ritmo vertiginoso.

Al llegar a la calle Ayala, donde tenía Casares su taller, Margot pudo aparcar con facilidad. Unos niños, que jugaban en la calzada al fútbol con una pelota rudimentaria hecha con papel y goma, se acercaron a mirar aquel coche que se podía descapotar. Se imaginaron que quien iba dentro debería ser una actriz y no le quitaban ojo.

—Os daré dos pesetas si me lo cuidáis —les dijo, y los niños se pusieron a aplaudirla.

La joven, como la acostumbraron sus tíos, quiso llegar con tiempo suficiente al atelier del modisto, situado en el número 27 de esa misma calle. Se miró al espejito del bolso antes de entrar al portal y se repasó los labios con una barra de color rojo. También se atusó el pelo y se recolocó el sombrero. Los niños seguían sin perder detalle de los pasos de aquella joven que andaba con tacones de salón muy altos. Se les unieron un par de ancianos que caminaban por allí y deseaban observar con descaro a aquella joven tan elegante.

Margot sonrió a aquel público improvisado y se metió en el portal. El portero del inmueble, al verla, le preguntó si iba a visitar al modisto Pedro Casares. Ella movió la cabeza en sentido afirmativo y subió andando al primer piso. En cuanto llamó al timbre, una señora vestida de negro le abrió la puerta y la llevó hasta el salón de la casa, situado en el extremo contrario al taller. Allí la estaban esperando Aline Griffith y un hombre vestido con esmoquin y pajarita.

Darling, te presento a Pedro Casares —dijo la condesa de Quintanilla.

Margot extendió la mano y el modisto hizo ademán de besarla. El hombre, con un gesto serio, la invitó a sentarse. La primera impresión que recibió fue de frialdad. A decir verdad, el modisto no había movido un solo músculo de la cara. Jamás había conocido a nadie tan inexpresivo.

—Imagino que Aline ya le ha explicado que vengo de parte de la revista Siluetas —comentó, nerviosa—. En un momento llegará el fotógrafo para tomar unas fotos junto a la condesa, si no tiene inconveniente.

—Ninguno. Solo espero que la sesión no se prolongue toda la tarde, porque me viene a ver la marquesa de Torquemada para un asunto personal. Tenemos aproximadamente dos horas.

—Descuide, para entonces habremos terminado.

A los pocos minutos, sonó el timbre de la puerta y la misma persona de confianza del modisto acompañó al fotógrafo hasta donde estaban ellos. Margot presentó a su compañero, Luis Lequerica, que pidió disculpas por el retraso. Llevaba un traje gris con poca plancha y una corbata estrecha de color burdeos. Se quitó el sombrero y, en cuanto desenfundó su cámara, le pidió a Aline que posara en aquel salón. Primero sola y después junto al modisto. La condesa había elegido un traje negro ceñido al cuerpo y un broche de brillantes que llamaba la atención.

Al terminar, en tanto Aline se cambiaba de ropa, el fotógrafo se quedó junto a Casares y le solicitó que posara de cara al gran ventanal, sorteando un gran visillo blanco que impedía ver el exterior. Casares posaba con su esmoquin negro mientras fumaba un cigarrillo con la mano derecha y metía la otra en el bolsillo izquierdo del pantalón. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y resultaba atractivo a sus cuarenta años.

Al poco apareció su pareja y mano derecha, Juan Palomeque, un hombre muy delgado de la edad de Margot. Sonrió a todos y preguntó si hacía falta algo.

—Yo necesito un café —comentó Casares.

—Muy bien. ¿Alguien quiere otro café o un té?

Margot y Lequerica dijeron que no y continuaron con su trabajo.

—Señor Casares, entre foto y foto, si le parece bien, voy a ir haciéndole algunas preguntas —comentó la joven.

Dijo que sí con un movimiento de cabeza y continuó fumando. La entrevista comenzaba.

—¿Qué le atrae de la moda?

—Favorecer a las mujeres, embellecerlas y mostrar la personalidad que tiene cada una. Un traje para cada mujer y para cada momento, ese es mi lema.

Posaba para el fotógrafo mientras contestaba a las preguntas de Margot. Se le veía muy concentrado en lo que hacía y en lo que decía. Palomeque apareció con el café y Casares se lo tomó antes de continuar. Cogió el metro del que se había desprendido para la foto y se lo puso sobre los hombros, sujetando los extremos con sus manos de pianista. Lequerica le hizo otra foto.

—¿Sigue las pautas de algún modisto nacional o internacional?

—Hago mi propia ropa con las telas que traigo de países tan distintos como Italia, Francia o incluso la India. Yo soy yo y procuro no fijarme en nadie. Tengo mi propio concepto de la moda. No obstante, estoy al corriente de lo que hace Balenciaga, sin apenas cortes ni costuras, creando volúmenes con unas mangas perfectas. Observo a Dior con una mirada muy atenta. Me gusta que conciba la moda no como algo único, sino que haya diversificado su negocio y se haya metido en el mundo de la cosmética. Es el que mejor ha entendido que la moda es un todo. Le daría muchos nombres nacionales, pero, si dejo a alguno fuera, luego me criticarán a mí —bromeó.

Aline apareció con un traje de noche blanco con lentejuelas negras en el cuerpo y escote palabra de honor.

Et voilà ! Une robe à paillettes… merveilleuse —comentó Aline en francés aludiendo a su vestido de lentejuelas, al que calificaba de maravilloso.

Margot aplaudió su repentina aparición. El traje era un verdadero sueño.

—¡Es realmente precioso! —comentó la joven.

Casares se acercó a Aline y se lo ajustó más al cuerpo. Hasta que no quedó conforme con la caída, no dio permiso para realizar otra fotografía.

—Esta vez me gustaría que la hicierais en el taller. Las costureras os ayudarán a desplegar telas por todas partes, incluido el suelo.

—Puede quedar muy bonita la foto —comentó el fotógrafo.

Una vez que todos entendieron la idea, Aline posó como una modelo profesional mientras las telas eran extendidas por las costureras del taller. Parecía un mar de colores en movimiento. El fotógrafo no paraba de disparar con su cámara unida a un flash de mano que acababa en una pantalla metálica con una bombilla incorporada. Primero sonaba un clic y luego la escena se iluminaba de golpe. Era muy difícil no cerrar los ojos ante ese fogonazo de luz.

—¡La tengo! —dijo el fotógrafo.

Aline se retiró para hacer un tercer cambio de ropa. Casares miraba el reloj, pero todavía no habían transcurrido las dos horas que les había prometido. Margot siguió preguntando.

—¿Qué le hizo dedicarse a la costura?

—Es complicado contar mi vida en tan poco tiempo.

Casares se quedó pensativo, sin decir nada. Margot recordó las palabras del director de la revista sobre la infancia del modisto y tuvo la seguridad de que estaría acordándose del abandono de su madre. Seguramente eso le llevó a coser, a tener un oficio. Su mirada pareció nublarse, pero de pronto continuó.

—Mi vida no fue fácil. Por resumir y sin entrar en detalles, le diré que me crie entre sastres. Fue algo natural que yo me acercara a un patrón, a unas tijeras y a una aguja e hilo. Era lo que veía a mi alrededor. He estado siempre rodeado de hombres que cosían. Las mujeres no han formado parte de mi vida salvo como clientas. Mi formación ha sido completamente masculina y, de hecho, las primeras personas a las que vestí eran hombres.

—Mi vida tampoco ha sido fácil. Con cinco años murieron mis padres en un accidente. Me criaron mis tíos en otra ciudad y en otro país, Inglaterra. —De alguna manera, Margot quiso que supiera que no había sido el único que había sufrido en su niñez.

—Son cicatrices lo que nos dejan esas infancias tan duras y difíciles.

Aline regresó con un traje de noche blanco con dos lazos negros a modo de tirantes y otro gran lazo negro central en el escote. Estaba guapísima. Casares volvió a encajar el vestido en el cuerpo de la condesa.

—Es muy importante que la tela no quede arrugada. Es la diferencia entre un buen modisto y uno malo. Yo no doy por terminado un traje hasta que cae sin formar arrugas sobre el cuerpo de mi clienta. Igual que la obsesión de Balenciaga son las mangas y los ojales, en mi caso son las arrugas. No puedo verlas. Me obsesionan. Mi trabajo debe quedar perfecto.

Casares se hizo una foto más con Aline y finalmente se despidió de Margot y del fotógrafo. Acababa de llegar su clienta y debía atenderla.

—Si tiene alguna duda a la hora de escribir el reportaje, llame y mi asistente me comunicará sus necesidades.

—Gracias, don Pedro. Así lo haré.

—Pueden quedarse aquí el tiempo que deseen, Aline les atenderá.

Desapareció con el porte que le daba el esmoquin que llevaba. Tampoco le hacía ninguna arruga. No lo hubiera permitido.

—Aline, ¿qué me puedes decir de Casares?

—Que estamos ante uno de los grandes del diseño y la confección. Un gran experto también en joyas. Es espectacular el broche que me hizo poner con el traje negro. También los diseña. Hay un joyero que se los monta. Es muy completo. Lo descubrí entre los sastres y modistos que me gusta visitar. Es un diamante, pero le hace falta más nombre en los círculos de moda. Ya has visto que no es un hombre simpático, pero a un atelier no vienes a hacer amigos. Lo que ocurre es que sus silencios te incitan a contarle tu vida.

—¿Qué destacarías de él?

—Es un gran profesional que va con su cinta métrica a todas partes. Le da seguridad. Su vida está en estas cuatro paredes. La aristocracia viene aquí por el boca a boca. Nos encanta su trabajo. Yo le digo que debería ir a alguna reunión de sociedad, pero él solo está a gusto trabajando. Poco a poco, de todas formas, le vamos sacando de su aislamiento y acude a algunos eventos.

Aline bajó la voz y le habló confidencialmente.

—¡Qué daño hacemos las madres! Jamás ha perdonado a la suya. Primero, que engañara a su padre y, segundo, que un buen día se fuera de casa sin decir adiós. Cuando él quiera te lo contará, pero esa herida no la ha superado. Máxime cuando no sabe si su madre vive. Está el pobre muy atormentado. ¡Gracias por ayudarlo!

—Me ha gustado conocerlo. Gracias por todo, Aline. Debemos irnos. Por cierto, uno de estos días me van a enseñar a disparar con pistola —le dijo también en el tono confidencial que había utilizado la condesa—. Sé que eres la única persona que me puede entender. Me han dicho que perteneciste al servicio secreto de Estados Unidos. Tu vida me parece fascinante.

—Cariño, muchas gracias. Te diré que bienvenida al club. —Cogió su bolso y le enseñó una pistola de calibre corto. La volvió a ocultar—. Desde antes de llegar a España, siempre llevo una pistola en el bolso. Me ha salvado de alguna situación incómoda. El saber no ocupa lugar. Ya me dirás qué tal se te da.

—¡Por supuesto!

Luis y Margot se despidieron de la condesa de Quintanilla. Juan Palomeque los acompañó hasta la puerta en nombre de Pedro Casares, que seguía atendiendo a su aristocrática clienta. El fotógrafo le pidió el favor a su compañera de llevarlo hasta la redacción de Siluetas, y ella no lo dudó. Antes de montarse en el coche, vio a los niños sentados en la acera esperando a que saliera. Les dio las dos pesetas prometidas y se fue de allí a tal velocidad que el motor del coche sonó más de la cuenta. Una vez que dejó a Lequerica en la redacción, se acercó a casa a cambiarse. Acelerada, se puso un sencillo traje de chaqueta azul marino y cogió un sombrero de corte masculino. Dio un beso a Camila y volvió a ausentarse de casa sin pasar antes por la cocina a comer algo.

This girl is going to get sick from working so hard. —Comentó en voz alta que se iba a poner mala de trabajar tanto.

Saturnina, aunque no sabía inglés, podía imaginarse lo que acababa de decir.

—Trabajar en demasía tampoco es bueno. No lo es.

Las dos se quedaron preocupadas por la deriva que iba tomando el trabajo de la joven. Camila pensó que, cuando llegaran sus tíos, debería bajar el ritmo si no quería enfadarlos. De no hacerlo, la que veía peligrar su trabajo era ella. Al fin y al cabo, cuidarla era responsabilidad suya.

Mientras tanto, cerca de la puerta de casa, Margot se subió a un taxi y pidió que la llevaran hasta la redacción del diario El Caso.

—Por favor, a la calle Jordán número 1. Todo lo deprisa que pueda.

El taxi voló y, afortunadamente, ningún guardia de tráfico los vio. En cuanto llegó al inmueble, pagó y subió las escaleras corriendo. Al entrar en la redacción, Clotilde Acisclo, la secretaria de Eugenio Suárez, le pidió que pasara al despacho. Dejó sus cosas sobre una mesa y entró inmediatamente.

—Buenas tardes, don Eugenio. He venido tan pronto como he podido. Siento el retraso.

—No sé hasta cuándo va a poder compaginar las dos vidas que usted tiene. En fin, esta noche tiene guardia el comisario Benito Poveda. Estamos faltos de temas. ¿Por qué no husmea si hay algún caso interesante?

—Está bien.

Cuando salió del despacho, el cocodrilo Leopoldo andaba suelto por el suelo de la redacción.

—¿Seguro que es un cocodrilo? —preguntó a Clotilde.

—Sí, pero todavía es pequeño. Veremos qué hacemos cuando empiece a crecer. Más de un susto nos va a dar Leopoldo.

Margot se despidió y se fue con la idea de subirse a otro taxi que la llevara hasta la Puerta del Sol. Clotilde le había dicho que los gastos de los traslados los pasara al día siguiente para que se los abonaran. Veinte minutos después, entraba en la Dirección General de Seguridad. Rápidamente la dejaron pasar. Su cara ya era familiar para el policía que flanqueaba la entrada. En cuanto llegó a la brigada, se dio cuenta de que algo sucedía por el revuelto que había de inspectores alrededor del comisario.

—Inspectora Peters, ¡pase, pase!

Le gustó que le llamara así. Era la primera vez que lo hacía. Los inspectores Suárez y Morales, que se encontraban junto a él, y el subinspector Gutiérrez se dieron la vuelta. Para el comisario, aquella joven ya era uno más de ellos.

—Mire, le estamos dando vueltas a este anónimo.

Margot lo leyó:

Si quiere efectuar un buen servicio, preséntese mañana de madrugada en la calle de las Dalias número 10. Podrá capturar a dos de los ladrones más hábiles. Seguramente tendrán joyas y objetos de valor de sus últimos robos. De día no vaya, porque no los encontrará.

Se quedó pensativa.

—¿Cree usted que es verdad o nos están tomando el pelo? Por otra parte, hay gente a la que le encanta marearnos —preguntó el comisario.

—Me da la impresión de que es verdad.

—Ya, pero la calle de las Dalias no existe —comentó Gutiérrez.

—Podría haberse confundido de flor el delator —dijo Margot.

Suárez se fue a por un callejero de Madrid y al rato regresó con los nombres de flores que tenían algunas calles de la capital.

—Lo más parecido a una dalia es una margarita. Si el anónimo nos ha llegado desde fuera de Madrid y no conoce bien la ciudad, a lo mejor se refiere a la calle de las margaritas.

—No perdemos nada por ir. ¿Nos acompañará mañana? Si es cierto, puede ser una operación peligrosa —le advirtió el comisario.

—Lo sé. Aun así, me gustaría ir.

—Mañana venga con ropa oscura. Estaremos al acecho hasta que las personas del inmueble estén dormidas. Así los pillaremos completamente desprevenidos. Si quiere, por la mañana estaré en la Escuela. Podremos empezar a hacer las prácticas de tiro.

—Me gustará mucho. Gracias.

—Pues primero nos veremos en la Escuela de la Policía, donde se han formado todos estos que ve por aquí. Por la noche, siguiendo su intuición, iremos a comprobar si el anónimo es cierto o una tomadura de pelo. La gloria se obtiene siguiendo muchas pistas falsas. Hasta que de repente, un día, alguna resulta ser cierta. Nosotros lo vamos a intentar. Tengo ganas de que toquen el piano todos los pillos que hay en esta ciudad.

«Tocar el piano» era arrestarlos y que les tomaran las huellas digitales en un papel blanco especial, como quien aprieta las teclas, antes de pasar al calabozo y, de ahí, a la cárcel. Había cierta euforia con la posible detención, en ese piso, de varios malhechores que se dedicaban a apropiarse de lo ajeno.

—¿Quién ha podido denunciarlos? ¿Alguien que fue de la banda? —preguntó Margot.

—Lo averiguaremos mañana. Es alguien despechado. Eso está claro —contestó el comisario.

Afortunadamente, esa noche pudo regresar a casa pronto. Desde su despacho llamó a Eugenio Suárez y le dijo que había un posible chivatazo de dónde se podía encontrar una banda de ladrones.

—¡Gran tema, sí señor! Podría ser la portada del semanario. Ve y me cuentas. No aparezcas por la redacción. Tendrás que estar despierta de madrugada. Aprovecha para dormir —indicó el director del periódico.

—Eso haré.

Colgó el teléfono y Camila no fue capaz de decirle nada. Tenía tanta cara de cansada que decidió dejar que durmiera y repusiera fuerzas. Hablaría con ella al día siguiente.

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