Luna roja

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7. Una llamada inesperada

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Una llamada inesperada

Amaneció el día con una niebla espesa sobre Madrid. Camila miraba por el gran ventanal del salón y con dificultad veía a los transeúntes moverse por la Gran Vía. Pensó que aquella imagen era más típica de Londres que de la capital española. Sin embargo, había comenzado el día con la ciudad teñida de gris y bañada en una humedad que traspasaba los cristales. A las nueve de la mañana, sonó el teléfono en el despacho de Margot y Camila se acercó presurosa a descolgarlo. Al reconocer a su interlocutor, se mantuvo un buen rato en una animada conversación en inglés. Saturnina acudió rápidamente a la habitación de la joven Margot.

—¡Despierte! ¡Despierte! Alguien está llamando desde Inglaterra interesándose por usted, señorita. Vaya a su despacho sin tardar, que doña Camila lleva un buen rato de conversación.

—Está bien. ¿No sabes de quién se trata?

—No, pero la señora lleva hablando mucho tiempo.

Margot se puso una bata de satén blanca y se calzó unas zapatillas del mismo color antes de dirigirse hasta su despacho. Al verla, Camila se despidió sonriente de quien estaba al otro lado del teléfono. Antes de cederle el auricular, lo tapó con una mano y le dijo al oído que se trataba del señor Parker, el jefe de seguridad de la embajada.

—¿Sí? —preguntó la joven.

—¿Margot? Soy Harry, Harry Parker —se esforzaba en hablar español con ella, pese a su marcado acento inglés.

—Buenos días. ¿Ocurre algo? —No dijo más, todavía estaba somnolienta.

—¿He llamado demasiado temprano?

—No, en absoluto. Simplemente, me he acostado tarde porque estoy yendo por la noche a ver al comisario.

—¿Sigue con lo del robo del collar? ¿Han detenido ya al ladrón?

—¡No! Todavía no, cruzó a Francia y sabemos que está trabajando allí de camionero. Yo sigo yendo por la Puerta del Sol. El mundo de los sucesos me está atrapando. Sinceramente, me gusta más que el de la moda. Quizá por eso continúo en contacto con don Eugenio Benito Poveda.

—¡Vaya, vaya, con mi amigo el comisario!

—Reconozco que mis encuentros se han prolongado más de lo que pensaba.

—Pues voy a viajar a España y me gustaría ir a verle. Por cierto, Margot, espero que vayamos juntos, ya que «somos novios» —dijo con ironía.

—¿Pero vamos a seguir con esa pantomima? Sería mejor decirle la verdad.

—No creo que le siente muy bien. Pensará que le hemos tomado el pelo los dos.

—Ya… Pues en estos momentos no me gustaría defraudarle.

—Fuera de bromas, tengo que ir a España. Parece que el «problema» del embajador se ha resuelto positivamente para todos. Por fin Anthony Greville-Bell se ha casado con Helen Scott-Duff. De momento, parece que todo está en orden.

—¿Definitivamente? —preguntó Margot.

—Los problemas derivados del amor no se resuelven nunca, y menos definitivamente.

—Esperemos que en este caso, sí. A veces, un tema que creemos que es exclusivamente amoroso puede derivar en un problema político. Hablando de otros asuntos, Parker. ¿Sabe?, voy a vivir la primera luna llena fuera de Inglaterra. Confío en que no tenga un halo rojo para que no se cumplan sus predicciones.

—¡El poderoso influjo de la luna! Ya sabe que, si está teñida de rojo, se cometerá un crimen —volvió a recordar Parker.

—Confío en que no sea una ciencia exacta. De todas formas, preferiría que no tuviera el halo rojo del que tantas veces me ha hablado. Por cierto, Parker, esta noche voy con su amigo de cacería. Quiere que le acompañe a la detención de unos ladrones. Han recibido un anónimo dando detalles de dónde se esconden.

—¡Usted no para! Ya me contará cómo acaba todo cuando esté allí. Perdone que insista, pero me gustaría que cenáramos juntos con el comisario Benito Poveda. ¿Qué le parece quedar a pesar de la luna llena?

—¡Cuente conmigo! Me parece un hombre tremendamente interesante y didáctico. ¿Sabe? También me va a enseñar a disparar con pistola.

—Vaya, vaya… ¡Sí que confía en usted!

Margot miró el reloj y se dio cuenta de que tenía que vestirse cuanto antes. Debía acudir a la Escuela de la Policía. Y por la tarde tendría que entregar la entrevista que le había hecho a Pedro Casares. De un momento a otro, el director de Siluetas se la iba a reclamar.

—Señor Parker, tengo que dejar esta conversación. No sé hasta cuándo podré compaginar ambos trabajos, pero lo voy a intentar. Nos veremos por aquí enseguida.

—¡Harry! Llámeme simplemente Harry. No se le escape un «señor Parker» delante del comisario. Deberíamos comenzar a tratarnos de tú.

—Está bien, Harry.

Nada más colgar, Margot se quedó pensativa. No le hacía gracia lo de tener que aparentar un noviazgo cuando ella no quería ennoviarse con nadie. Camila le preparó el desayuno y aprovechó para pedirle una vez más que recapacitara y se dedicara exclusivamente a la moda.

You must understand that you… —Le decía que debía entender que no había venido a España a meterse entre delincuentes. Le insistía en que no era para ella el mundo de la noche y le solicitaba que lo abandonara.

—No me pidas que me aleje de mi aventura sin apenas haberla vivido —contestó en español. Sabía que la entendía, aunque Camila se resistía a hablarlo.

La dama inglesa se sinceró con ella. Le daba miedo dónde se estaba metiendo. No era más que eso, miedo.

—No temas por mí. Estoy más segura que nunca de lo que estoy haciendo.

Ohhh! What will you do when your uncles find out? —Le preguntaba por lo que iba hacer cuando sus tíos se enteraran.

—No tienen por qué saberlo.

Margot le dio un beso y se fue corriendo hacia su habitación. Media hora después, salía vestida con un traje de chaqueta y un sobrio sombrero en la cabeza.

—¡Espero venir a comer! —comentó a Saturnina.

—¡Por favor! Vuelva a sus hábitos de siempre. Doña Camila está muy preocupada por usted, señorita.

—Lo sé, lo sé, pero no puedo prometer algo que no voy a cumplir.

Se fue de allí a toda prisa y se quedaron Camila y Saturnina mirándose a los ojos con la seguridad de que hablar con ella no había servido para nada. Margot estaba persiguiendo un sueño y a todas luces parecía imposible frenarla.

Esa mañana iba a aprender a disparar con arma corta y decidió no contarlo en casa. No quería más preocupaciones. Cuando llegó a la Escuela de la Policía, Eugenio Benito Poveda la estaba esperando con su reloj en la mano. Deseaba llevarla al entrenamiento de tiro cuanto antes.

—¡No diga nada de que es periodista! A todos los efectos, estoy entrenando a una alumna. En unas semanas, cuando termine su entrenamiento, le daré un papel que acredite que pueda llevar armas.

—¿Lo cree necesario?

—Sí.

—Como usted diga.

Le pasó unos tapones para que la detonación y el ruido que iba a generar cada disparo no le dañaran los tímpanos. Igualmente le proporcionó unas gafas protectoras para los ojos. A los pocos minutos, le puso en las manos una pistola semiautomática.

—Antes de disparar a la diana, existe una regla en el mundo anglosajón que lo mismo le ha mencionado Harry Parker.

—¿De qué regla se trata?

—La de las tres erres. Se basa en tres conceptos: reciente, relevante y realista. La primera: no deberá dejar que transcurra mucho tiempo entre este entrenamiento y el siguiente. La segunda, relevante: dar prioridad a la práctica de tiro de acuerdo con el trabajo para el que se está preparando. Y por último, realista: hay que tratar de realizar el entrenamiento con los medios y en las situaciones más parecidos a la realidad. Por eso, aprenda a sujetar esta pistola. Se trata de un arma ligera, compacta y del calibre 9 corto que llevará siempre en el bolso. Las situaciones de tensión con las que se puede encontrar serán muchas. En ningún caso deberá quedarse paralizada. La inmensa mayoría de los enfrentamientos armados se producen en distancias inferiores a siete metros. No huya jamás, la podrían disparar por la espalda. Siempre al adversario de frente. Nunca lo pierda de vista, ¿me entiende?

—Sí, lo tendré en cuenta.

—Y algo más: en la repetición cogerá destreza para extraer la pistola, encarar, apuntar y disparar. Si entrena, estará preparada. No olvide, inspectora Peters, que no siempre podemos acceder a nuestra arma, máxime en su caso, que no la llevará a la vista. Tiene que aprender también a defenderse con objetos cotidianos: una pluma, incluso un periódico pueden servirle. Los malhechores esperarán que usted se amedrente. ¡Y eso nunca!

—De acuerdo. Aunque espero no verme en situaciones de tanto peligro.

Margot estaba realmente atenta a todo lo que le decía el comisario. No había más alumna que ella. Era evidente que tenía verdadero interés en que aprendiera rápido.

—Señor comisario, ¿por qué me dedica tanto de su valioso tiempo?

—Todo esto, señorita Peters, lo hago por puro egoísmo. Insisto en que no hay mujeres en la policía. Verdaderamente la necesitamos. Usted podrá llegar allí donde nosotros no llegaremos. Y estoy seguro de que mi intuición no me engaña.

El comisario pidió a los preparadores una diana y rápidamente le pusieron a la joven una delante. Tenía un gran círculo negro en el centro y otros círculos concéntricos en blanco de más tamaño. Cada uno tenía un número asignado del uno al diez, de fuera adentro. Por último, le señaló hacia dónde debía disparar.

—Quiero ver su destreza antes de enseñarle la técnica. Se trata de apuntar al círculo negro.

Margot miró la diana, apuntó y disparó cerrando un ojo y guiñando el otro.

—Jamás dispare con los ojos cerrados. ¡Jamás! ¿Me ha entendido? Se le puede desviar el tiro y matar a un inocente.

—Lo siento.

—Está manejando usted una semiautomática. Es decir, después de cada disparo se carga automáticamente. Tan solo es posible realizar el disparo de un cartucho cada vez que se acciona el disparador. ¿Le gusta esta arma? ¿Le resulta cómoda?

—Me encanta. La condesa de Quintanilla lleva una pistola de bolsillo similar a esta.

—La condesa tiene licencia para llevar pistola porque perteneció al servicio secreto americano. Bueno, ¡usted concéntrese en disparar!

Margot comenzó a hacerlo. Esta vez con los ojos bien abiertos. El comisario seguía intentando que absorbiera todos sus conocimientos.

—Disparar con los dos ojos abiertos le permite usar la visión periférica y estar más atenta a lo que sucede alrededor. Sé que al principio supone un reto. Su ojo dominante es el derecho; antes de disparar, fije la mirada y, después, dispare.

Apretó el gatillo y agujereó la diana en el número siete. Se disculpó.

—No estoy cómoda. ¿Cómo debo situar los pies?

—Las casas se construyen desde los cimientos y los pies son nuestros cimientos. Serán la base de su estabilidad. Deben estar alineados y separados con la referencia de la anchura de nuestros hombros. Ligeramente hacia atrás el pie derecho, ya que es diestra, para soportar el retroceso del arma tras el disparo. Nos inclinamos un poco, es decir, los hombros un poco por delante de nuestras caderas. Las rodillas deben estar algo flexionadas. El brazo que sujeta el arma también ligeramente flexionado, para que el arma permanezca estable. La mano izquierda va por encima de la mano que sujeta el arma, dejando libre el dedo índice.

Era mucha información de golpe. Aun así, la joven siguió disparando y poco a poco fue acercándose al círculo negro del centro de la diana.

—Genera mucha ansiedad disparar, pero usted debe permanecer siempre en calma y con la mente lúcida. ¡Continúe!

Margot disparó y disparó hasta coger cierta destreza con la pistola. El comisario miró su reloj y a la hora dio por terminada la clase.

—¡Llegó el momento de descansar! Esta noche será muy larga. Procure llegar con tiempo a la comisaría. Hoy será uno de esos días que jamás podrá olvidar. Será su bautismo con la maldad en acción.

—Gracias por la oportunidad. ¡Llegaré antes de la media noche!

—Seguiremos practicando con la pistola. Eso sí, ¡tráigala esta noche!

Se despidieron y Margot se fue a casa nerviosa pensando que llevaba el arma en el bolso. El momento que acababa de vivir con el comisario había sido el más emocionante de toda su vida. Sabía que el camino que estaba recorriendo no tenía vuelta atrás. Se lo había advertido Parker. El mundo del delito —mirar al mal cara a cara— resultaba apasionante. A la vez, sintió un escalofrío y pensó que ojalá nunca tuviera que hacer uso de la pistola.

Al llegar a casa, se moría de ganas de compartir ese momento con sus «guardianas», pero no quiso preocuparlas. Después de comer se encerró en el despacho y comenzó a escribir la entrevista a Pedro Casares. «¡Menudo cambio radical!», se dijo. Era pasar del infierno a tocar el cielo con los dedos, de lo grotesco a lo glamuroso, del mundo oscuro al escaparate de los famosos. Durante un par de horas, estuvo ocupada transcribiendo las palabras del modisto y dándoles forma. Una vez terminado el artículo, lo llevó en mano a la revista Siluetas. No se entretuvo demasiado en la redacción porque esa noche tenía por delante la gran aventura de su vida.

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