Luna roja
8. Las margaritas
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Las margaritas
A las once y media de la noche, Margot ya había llegado a la brigada. Tuvieron que esperar un par de horas, atendiendo asuntos menores, hasta que, de madrugada, salieron de la Dirección General de Seguridad en dos coches patrulla. Por un lado, el comisario y el subinspector Gutiérrez junto con Margot; por otro, los inspectores Suárez y Morales. Este último no aprobaba que fuera una periodista con ellos, y menos aún que la llamaran inspectora Peters sin serlo. En ambos coches iban todos en silencio. Eran conscientes de que la operación podría resultar un éxito o un auténtico fiasco. Al llegar a la calle de las Margaritas, se bajaron todos para continuar a pie hasta llegar al número 10.
—No quiero que corráis ningún riesgo —dijo Eugenio Benito Poveda en voz baja—. La operación tiene que ser rápida y por sorpresa. Si el chivatazo es real, los pillaremos a todos in fraganti.
Suárez abrió el portal con la maestría de un profesional del robo. A los pocos minutos, estaban los cinco frente a la puerta de la casa. Nuevamente el inspector se comportó como un profesional de la espada y fue quien forzó la cerradura del domicilio sin hacer ruido. Una vez dentro, se distribuyeron las habitaciones para entrar de dos en dos. El comisario movió el brazo como si fuera un director de orquesta e irrumpieron a la vez en los cuartos. Margot apuntaba con su pistola tal y como hacía el subinspector.
—¡Policía! ¡No se muevan o disparamos! —dijo Gutiérrez a la vez que esposaba al primer ladrón, al que reconoció inmediatamente.
—¡Hombre, Telilla, tú por aquí! Estarás unos cuantos años a la sombra.
Margot habló con la mujer que dormía a su lado e intentó tranquilizarla, ya que se puso a chillar nada más despertarse y verse encañonada por ella.
—¡Tranquilícese! Si no hace tonterías, no le sucederá nada.
Los inspectores Suárez y Morales entraron en el dormitorio donde se encontraba otro viejo conocido de la policía, el Lorencín. Este no acababa de creerse lo que estaba sucediendo. Pensó que era una pesadilla. El comisario lo sacó de dudas.
—Sabíamos que estabas detrás de varios robos. Teníamos el convencimiento de que tarde o temprano regresarías a la trena. ¡Inspectores, no lo pierdan de vista! ¡Espósenlo!
En la otra habitación, mientras Gutiérrez esperaba órdenes, le hizo un gesto aprobatorio a Margot. Ella seguía sin quitar ojo a los dos delincuentes. Mientras tanto, el Telilla la miró con descaro y criticó a los policías por llevarla con ellos.
—¿No os valéis por vosotros mismos? ¿Os tiene que ayudar una mujer? ¡Menudos calzonazos! Y tú… —se dirigió a su pareja, que estaba como él con las manos esposadas—. El fuscabante seguro que ha sido tu antiguo amante, que quiere que le quede el campo libre para volver contigo. ¡Ha sido él! ¡Te juro que me las pagarás!
—¿Yo? Pero ¿qué tengo que ver con todo esto? —protestó la mujer.
—¡Silencio! —replicó el comisario al aparecer en la habitación—. El fuscabante, en el argot de los delincuentes, es el delator —dijo a Margot—. No ha habido chivatazo. Íbamos detrás de vosotros. No nos quites el mérito. —Se acercó hasta quedarse a un centímetro del ladrón.
—¡Alguien os ha dado el soplo! ¡No me chupo el dedo! —dijo el Telilla, desafiante.
—No tienes ni idea. ¡Cállate de una vez!
Mientras llegaban los refuerzos, buscaron piezas de valor por la casa. Detrás de una cómoda, Margot encontró un reloj Longines de oro.
—Bravo, Peters. Tiene número de serie, daremos con su dueño.
Siguieron registrando y localizaron joyas escondidas en uno de los colchones.
—¡Qué contentas se van a poner las personas a las que habéis robado! ¡Os hemos pillado con las manos en la masa! Al menos ganaremos en tranquilidad, porque no podréis robar en un tiempo bastante largo.
Cuando llegaron el resto de los agentes de policía, se llevaron a los detenidos. El Telilla siguió amenazando a su pareja.
—¡Te vas a enterar, esto no quedará así! ¡Aunque te vayas al fin del mundo, te encontraré!
—Pero ¿qué dices? Yo no he tenido nada que ver. ¿No me estás viendo esposada como tú?
Margot pensó que en realidad había sido ella la que les había mandado el anónimo. Hasta que no se los llevaron a todos esposados no se lo comentó al comisario.
—Creo que fue ella la que nos condujo hasta aquí.
—¡Bien visto! El Telilla no es tonto. Mira cómo la señalaba. Habrá que protegerla —advirtió—. Bueno, señores, ¡enhorabuena! Era verdad el anónimo, y Peters acertó con lo de la calle.
Margot sonreía. Esa adrenalina que había experimentado no la había sentido nunca.
—Mañana lo escribiré para El Caso. Gracias por dejarme entrar como si fuera una más.
—Eugenio Suárez estará contentísimo. ¡Te dará la portada, ya lo verás! Mañana no haremos guardia, de modo que ¡a descansar! Bueno, inspectora Peters, usted tendrá que seguir entrenando el manejo de la pistola.
—¡Por supuesto!
—Le ha echado mucho valor. ¡Estoy muy satisfecho! —comentó el comisario—. Ahora retire todas las balas de su arma. Tenga siempre esa precaución.
Margot se entretuvo en sacar la munición.
—Señor, parecía una inspectora más. La está adiestrando tal y como hizo con nosotros. —Gutiérrez sonrió a Margot después de hablar bien de ella.
—Ya veo que está haciendo equipo con Gutiérrez. ¡Eso está muy bien! Será usted la primera en felicitarle, porque ha aprobado la oposición a inspector.
—¡Enhorabuena! —dijo Margot con entusiasmo.
Gutiérrez se puso colorado mientras todos aplaudían la noticia que les acababa de transmitir el comisario.
—Llegar a inspector cuesta. Por eso, que a usted, recién llegada, la llamen inspectora, resulta un poco frustrante —protestó Morales.
—Todos sabemos que no lo es, pero no quiero que se sepa que alguien ajeno a la brigada nos acompaña. Sin embargo, necesitamos de su sexto sentido y perspicacia. Además, no descarto que algún día lo sea y se convierta en la primera mujer que acuda a la Escuela.
Margot lo miró y sonrió.
Cuando regresaron a la brigada, ya eran las siete de la mañana. Cumplimentaron los trámites de las detenciones y se fueron juntos a tomar chocolate con churros a San Ginés. Había que celebrar el momento que acababan de vivir. La prensa se haría eco gracias a Margot del nuevo éxito policial.
—Le pediré al dibujante que plasme el momento que hemos vivido en la casa de la calle de las Margaritas —dijo Margot sin ningún signo de cansancio.
—¡Cuantos menos datos dé sobre nosotros, mejor! —comentó Morales—. Yo no estoy muy de acuerdo con que venga con nosotros —insistió— una mujer sin ningún tipo de formación, por mucha intuición que tenga.
—¡Cuidado con lo que dice, no vaya a ser que en unos días sea ella quien nos saque de algún apuro! Tiene intuición y sentido común. ¿Qué más se le puede pedir a un novato? Nos vendrá muy bien que la inspectora, además de sus labores periodísticas, nos ayude con los detenidos a sacarles información. Le aseguro que tiene una habilidad fuera de lo común —reiteró el comisario.
—Si usted lo dice —comentó Morales sin mucho convencimiento.
—Lo digo. Puede sernos muy útil. ¡Insisto!
—¿No te has dado cuenta de cómo ha calmado a la fulana del Telilla? La dejamos unos minutos más y estoy seguro de que se pone a cantarlo todo —dijo Gutiérrez a su díscolo compañero mientras les servían los chocolates en el local que se encontraba tan cerca de la Dirección General de Seguridad.
Morales se encogió de hombros y Suárez le dio un golpe seco en la cabeza. Volvieron las sonrisas. Iban a vivir de ese éxito durante días.
A la salida, Gutiérrez acompañó a Margot a coger un taxi. Llegó a casa justo antes de que Camila y Saturnina se pusieran en pie. Se quitó los tacones y accedió a su cuarto caminando de puntillas. En cuanto cerró la puerta, se desvistió rápidamente y se metió en la cama en combinación y sin quitarse las medias. Al poco sintió cómo alguien entraba en la habitación. Era Camila, que comprobaba si estaba durmiendo. No movió ni un músculo y de nuevo la puerta se cerró. Margot se quedó inmediatamente dormida.
—¡Despierte, señorita! ¡Despierte! —De nuevo Saturnina la zarandeaba—. Le llama el director de El Caso.
—¡Ohhh! ¿Por qué me llamará tan temprano? —dijo somnolienta.
—No son horas de estar durmiendo, señorita Margot. Es normal que se llame por teléfono a media mañana.
—Vaya… ¿Qué hora es? —preguntó mientras se desperezaba.
—Las once.
—Está bien…
Se levantó tal y como estaba en la cama, aunque se quitó las medias, y se fue andando descalza hasta su despacho.
—¿Director?
—Perdona, Margot. Necesito saber si tenemos el tema de portada o no.
—¡Lo tenemos! Ha sido una operación brillante. La brigada ha detenido a dos de los ladrones más buscados por la policía. Había joyas y relojes en la casa. Si me llama el dibujante, le diré cómo fueron sus detenciones.
—¿Estuviste allí?
—Sí, fue como formar parte de una película de policías y ladrones. —Omitió dar más información porque sabía que Camila y Saturnina podrían estar escuchándola.
—¡Pues cuéntalo con todo lujo de detalles!
—¡Claro! Solo una cosa. Si no le importa, firmaré el artículo como «Inspectora Peters». A fin de cuentas, es como me llama el comisario.
—Me gusta. Imagino que así no te reconocerá tu familia.
—Puede ayudarme…
—¡Hecho!
Camila y Saturnina, que efectivamente estaban atentas a la conversación, se quedaron preocupadas. No quisieron decirle nada, pero supieron por lo que habían escuchado que ella había estado presente en la detención de unos malhechores.
Saturnina se santiguó y, mientras la joven desayunaba, se fue a hacer su cuarto repitiendo una y otra vez: «¡Esta chica! ¡Menudo disgusto!». En un momento determinado, haciendo la cama, tiró del colchón y dio sin querer a la mesita de noche, donde estaba apoyado el bolso de la joven. Antes de que cayera al suelo, lo pilló en el aire. Se abrió de forma repentina y, al ver la pistola, se asustó y lo soltó.
—¡Virgen santa! ¡Una pistola!
En ese momento entró Margot y se percató de que la mujer había visto el interior de su bolso.
—Sátur, no se te ocurra decirle nada a Camila. Estoy aprendiendo a disparar, nada más. No sufras; al revés, estoy recibiendo clases para aprender a defenderme.
—Yo no necesito armas y tengo más años que usted. Simplemente evito el peligro, con eso me doy por satisfecha. ¡A usted, querida niña, lo que le gusta es meterse en la boca del lobo!
—Por favor, te pido que me guardes el secreto.
—No me gustan los secretos.
—Te lo pido por favor.
—Está bien…
Saturnina se fue de la habitación santiguándose y mascullando algo ininteligible para Margot. Estaba muy asustada e iba a ser difícil poder calmarla. Mientras tanto, Camila estaba en el salón haciendo punto y no se percató de lo que acababa de suceder.
Después de sentarse ante la máquina de escribir y terminar el reportaje de la detención de los ladrones más buscados, Margot se quedó muy satisfecha. Había sido su gran aventura, la que la había expuesto a una situación de riesgo que, en lugar de amedrentarla, le había emocionado. Ahora, al menos, sabía que ese mundo era el que realmente la atraía. La moda, de momento, sería su tapadera de cara a sus tíos y a sus conocidos.
Al día siguiente, el semanario El Caso publicaba a cinco columnas su texto. A Margot le hizo mucha ilusión ver el artículo en portada, firmado con el seudónimo de Inspectora Peters. La exclusiva fue muy comentada en la radio e incluso en la revista Siluetas, aunque Margot no desveló en la redacción que ella era la autora del famoso reportaje. En cambio, todos en El Caso le dieron la enhorabuena. El dibujante había sabido plasmar varias escenas del momento de la detención, gracias a los datos que le proporcionó Margot.
Camila prefería no saber nada sobre esa faceta que no le gustaba de ella, pero Saturnina, que estaba más al corriente, se encargó de informarla. Había comprado el semanario y lo había leído con todo lujo de detalle.
—¡Esta chica tan aventurera! —En el fondo lo dijo con admiración.
La llegada de Harry Parker revolucionó la actividad de Margot y durante un par de días no acudió a entrenar sus habilidades con el arma. Acompañó al jefe de seguridad de la embajada a varias de sus visitas, entre ellas a la duquesa de Alba. Esta había pedido a Parker que supervisara la seguridad del palacio de Liria, una vez que habían concluido las obras.
La Guerra Civil se cebó con el palacio, que fue bombardeado y saqueado. Solo quedaron las cuatro fachadas; el interior hubo que reconstruirlo por completo, máxime cuando un incendio provocado por las bombas lo arrasó todo. Afortunadamente, las principales obras artísticas pudieron salir de España, junto con los cuadros del Museo del Prado, hacia la Sociedad de las Naciones, en Ginebra. Los muebles, libros, vitrinas, lámparas, tapices, alfombras y objetos de valor fueron custodiados por diferentes entidades, como el Banco de España y la Academia de Bellas Artes de San Fernando, e instancias oficiales, como la embajada inglesa. El padre de Cayetana, Jacobo Fitz-James Stuart, tras la contienda tomó la decisión de reconstruir el palacio y recuperar todas sus pertenencias. No vio la restauración terminada antes de morir, pero su hija, la decimoctava duquesa de Alba, junto con su marido, Luis Martínez de Irujo, se ocuparon de llevar a término tanto los trabajos como el regreso de los enseres y obras de arte para darle al palacio su esplendor de antaño.
Harry Parker revisaba tanto el acceso al recinto como la custodia de las joyas artísticas que había en su interior. El palacio, por lo tanto, no solo era una gran mansión del siglo XVIII, sino también la residencia, el hogar, de la actual duquesa de Alba. Estaba ubicado en el barrio que se conocía como de los Afligidos y se había convertido, con su rehabilitación, en el domicilio particular más grande de Madrid. Los amplios jardines rodeando el palacio también había que tenerlos en cuenta a la hora de establecer perímetros de seguridad.
Mientras Harry inspeccionaba el acceso al palacio desde todos los flancos, las dos amigas aprovecharon para hablar.
—Margot, se te ve poco en reuniones sociales.
—Lo sé. Estoy muy ocupada con algunos asuntos que nada tienen que ver con la moda. Primero, me encargaron lo del robo del collar de la marquesa, ¿te acuerdas? A raíz de eso, empecé a ir por la comisaría de la Puerta del Sol y me han ido atrapando las historias relacionadas con el mundo del suceso. El culpable de esta atracción por los delitos es un comisario que he conocido gracias a Parker.
—Deberías visitarme con más frecuencia. Dentro de unos días se va a celebrar en el Ritz un baile de máscaras. ¿Podrías acompañarme? Luis no podrá venir conmigo. Me haría ilusión que fuéramos juntas.
—Está bien, pero tengo en Londres mis trajes de época.
—Yo tengo aquí muchos. Más o menos tenemos la misma talla.
—¡Está bien! Iré contigo.
Cayetana abrazó a Margot. Parker apareció para comentarle a la duquesa qué virtudes y defectos había visto a la seguridad del palacio. Después les preguntó la razón por la que estaban tan eufóricas.
—Vamos a ir a un baile de máscaras. ¿Te apetece acompañarnos? Estaremos más seguras contigo. Luis tiene varios trajes que te puede prestar —propuso la anfitriona.
—No estaba en mis planes, pero puede ser divertido.
A Margot no le gustó la idea, aunque no le dijo nada a Cayetana. Al final, Parker iba a estar demasiado presente en su vida durante su estancia en España. Eso la perturbaba. Primero, tenían pendiente la cena con el comisario y, después, el baile de máscaras. En el fondo, Margot no quería que Parker se hiciera ilusiones ni que tomara un camino equivocado con respecto a ella.
—Por cierto, estará Casares. Le ha invitado Aline. ¿No lo querías conocer? —preguntó la duquesa.
—Ya lo he conocido y le he podido hacer el reportaje. De hecho, debe de estar a punto de salir. Me pareció un hombre muy serio y muy frío.
—No es simpático, pero es una tumba guardando secretos. Todas nos abrimos en canal con él. Son demasiadas horas probándonos sus vestidos y, al final, es como si estuvieras ante un confesor.
—Eso me pasa a mí con Parker. Le cuento mi vida y me escucha muy atento. Por cierto, ya que hablamos de él, tiene la teoría de que, si la luna está roja, ocurrirá un crimen. Y dentro de dos días habrá una de esas lunas que llaman de sangre.
En ese momento entró Harry en el salón, después de haber supervisado los tres mil quinientos metros cuadrados del interior.
—Tendré que venir algún día más para hacer el croquis exacto de los puntos débiles del palacio y así reforzar la seguridad.
—¡Por supuesto! Luis estará encantado de ayudarte en todo lo que necesites.
—Estupendo. Me ha parecido escucharos que hablabais de la luna. Y sí, estoy convencido de que, si la luna nos muestra un halo rojo, algo terrible va a suceder.
—Ya me habéis dejado intrigada —afirmó la duquesa.
Cayetana invitó a su amiga al vestidor. Al cabo de veinte minutos, regresó con un traje de María Antonieta, muy ceñido en el cuerpo y con una amplia falda abullonada que dejaba a la vista las enaguas y los tobillos.
—Al menos no me arrastra y podré caminar fácilmente.
—Tendrás que recogerte el pelo y ponerte alguna pluma o adorno —comentó la duquesa—. Y tú, Parker, ¿de quién quieres vestirte?
—¡Ya lo tengo! Yo me vestiré de Luis XVI. Así iremos a la par la señorita Sanz Peters y yo.
—Ya sabéis cómo acabaron. ¡Mejor no pensarlo! —apuntó Cayetana y todos se echaron a reír.
—A mí ya me duele el cuello y todavía no me han guillotinado —bromeó Margot.
Al final, el baile de máscaras se fue convirtiendo en todo un aliciente para aquellos fríos días de mediados de marzo, en los que habían llegado a caer unos copos de nieve. Por un momento desapareció de la cabeza de Margot el miedo a que la luna llena tuviera un halo rojo atravesándola.
Camila y Saturnina respiraron más tranquilas y aplaudieron mucho la visita de Parker, que estaba devolviendo a Margot a sus antiguas costumbres. Volvía a ser la joven de siempre.