Luna roja

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9. Mirando a la luna

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Mirando a la luna

Había llegado el momento que tanto temía Margot: la cena con el comisario. Se suponía que ella y Parker eran prometidos. Así es como se había presentado ante el hombre al que más admiraba en Madrid y con el que había aprendido tanto sobre cómo defenderse del mal. Hasta entonces había vivido en una burbuja, sobreprotegida por sus tíos y Camila, ahora había comenzado a caminar sola y por primera vez no se sentía vulnerable. Sin embargo, Margot se encontraba incómoda en la mentira y, desde que tomaron asiento en la discreta mesa del restaurante Lhardy, estuvo tentada de confesarle que todo había sido una estratagema para conocerlo. Pero no encontró el momento, ya que Harry Parker comenzó a hablar de su tema preferido.

—La luna está gibosa y en veinticuatro horas, cuando esté llena, coincidirá con un eclipse lunar total. Solo entonces podremos ver una luna de sangre, que llamará la atención, y no tardaremos en comprobar la incidencia que tendrá en el aumento de los crímenes que se produzcan ese día.

—Me llama la atención su teoría, señor Parker, porque le aseguro que he sido testigo de cómo se han producido crímenes en todas las fases lunares. De lo que estoy seguro es de que, en unas horas, presenciaremos este fenómeno de la naturaleza tan poco frecuente. ¡Los periódicos no dejan de hablar de ello! —afirmó convencido el comisario.

Margot estaba ensimismada mirando aquel reservado cuyas paredes habrían sido cómplices de negocios, amores secretos y grandes confidencias a todos los niveles, mientras Parker no dejaba de hablar.

—Se trata de todo un espectáculo que nos brinda la naturaleza, y que ha inspirado a escritores de todos los tiempos. Una luna que se tiñe de rojo al producirse un eclipse lunar total como consecuencia de un fenómeno conocido como la dispersión de Rayleigh. La tierra se interpone entre el sol y la luna. La sombra de la tierra se cierne sobre la luna total o parcialmente y en ese momento se produce la magia: el color rojo. Por cierto, el físico lord Rayleigh fue el primero en explicar este fenómeno, a finales del siglo pasado.

—Me interesa mucho ese mecanismo descrito por el lord inglés. ¿A qué se debe? —preguntó el comisario.

Parker estiró su chaqueta y pareció que renovaba fuerzas para tomar de nuevo la palabra y contestar a don Eugenio.

—Al ponerse el sol, este se encuentra en el cielo en una posición muy baja, por lo que el camino que tiene que recorrer su luz antes de alcanzarnos es más largo. En ese recorrido se dispersa una gran parte de luz azul y queda a la vista ese color rojizo tan misterioso.

—Parker, siempre me ha llamado la atención su conocimiento de la física.

—Es curiosidad por todo aquello que nos rodea.

—Su prometido, inspectora Peters, es de las mentes más ilustradas con las que me he topado en la vida.

Margot sonrió sin ganas al oír la palabra «prometido», pero pronto se le congeló la tímida sonrisa cuando Parker puso su mano sobre la suya. Fue un acto reflejo y la joven no dudó en darle un puntapié por debajo de la mesa. De manera totalmente instintiva: acción y reacción. Parker ahogó el dolor que le había ocasionado la patada en su rodilla con una tos repentina y quitó de inmediato su mano de la de la joven. Margot era poco dada a exteriorizar sus sentimientos, y menos aún si no existían. El comisario ahora hablaba de ella. La situación cada vez se volvía más incómoda.

—Le diré, querido Parker, que no me extrañaría nada que su novia le superara en poco tiempo en intuición y deducción, al más puro estilo Sherlock Holmes.

—No le diga eso a Margot —advirtió mientras se tocaba la rodilla—, que sir Arthur Conan Doyle es su autor favorito. Sus novelas ya las devoraba de adolescente, que es cuando la conocí. —Harry mantenía su marcado acento inglés.

—¿Sabían que Conan Doyle era escocés? —preguntó el comisario.

—¡Por supuesto! Nació en Edimburgo en 1859 y murió a los setenta y un años en la ciudad inglesa de Crowborough —contestó Margot.

El comisario se sorprendió de sus conocimientos. También se trataba de su escritor favorito. El creador del personaje de Sherlock Holmes.

—Debería presentarse a alguno de los concursos que hay en la radio —sugirió el comisario.

—Ni se me ocurriría hacerlo. Pero sí, me sé su vida y su obra al completo. Se trata del novelista que más he leído y, aún hoy, releo. Siempre hay algo en sus novelas que me atrae mucho: la deducción y el razonamiento. Desde entonces procuro fijarme en los pequeños detalles; en la observación intuyo que es donde se suele esconder lo importante. También tengo claro que no hay nada más engañoso que un hecho evidente. Me gustaría llegar a ser como Sherlock Holmes, encadenar los pensamientos con solo observar los hechos y llegar a un razonamiento final acertado.

—¡Cierto! Ahí está la clave para resolver el puzle de cualquier crimen. Solo le faltaría para parecerse a Holmes fumar en pipa —dijo el comisario con ironía.

—No lo había pensado. —La idea le pareció interesante.

Parker propuso un brindis, chocaron los tres sus copas y posteriormente se puso a hablar del cambio de estrategia en el régimen de Franco, al permitir instalar bases estadounidenses en España. Margot seguía pensando en lo de fumar en pipa. Parker, mientras tanto, seguía sin parar de hablar.

—Las muchas visitas del almirante Sherman a España han desembocado en la firma de un tratado que va a traer mucha ayuda militar y económica al país —comentó Benito Poveda.

—No le queda otra que abrirse al mundo, señor comisario. La época de aislamiento ha concluido. El apoyo de Estados Unidos lo va a cambiar todo. Y si no, tiempo al tiempo.

Parker había organizado la cena en el restaurante Lhardy, situado en la Carrera de San Jerónimo. Pidió la mesa en uno de sus reservados y los camareros se deshicieron en atenciones. Les sirvieron su famoso consomé y pusieron como aperitivo las croquetas que tanto gustaban al comisario. Siempre que aparecía por allí, se las servían como un detalle de la casa. Después el camarero sacó como plato principal un lenguado a la meunière para cada uno de los comensales. La comida, finalmente, concluyó con un sofisticado suflé como postre de la casa.

Según fueron pasando los minutos, la conversación derivó hacia la instrucción de Margot. Parker le pidió al comisario que insistiera en su enseñanza con las armas de fuego. Margot se iba incomodando en su asiento. Nada le parecía peor que intentaran decidir por ella qué le convenía más y qué menos, sin contar con su opinión.

—Tiene un instinto natural que le hace disparar con bastante precisión. Debe acudir a más clases de tiro, pero reconozco que lo hace francamente bien.

—Me alegra oír eso. Muchas gracias por el interés y el empeño que ha puesto en su formación. Significa mucho para mí.

Margot tenía ganas de vomitar y, de hecho, frenó una arcada con la mano tapándose con la servilleta. Si algo la sacaba de sus casillas era la mentira, y prolongarla en el tiempo la ponía mala.

—Señor Parker, somos amigos y para mí la amistad sería suficiente razón para volcarme en su enseñanza. Pero le diré que mi interés por la inspectora Peters no es tanto por usted como por mí. No hay mujeres en la policía y ella nos puede ser muy útil con su intuición innata y sus deducciones. Aunque hubo una mujer que ejerció como agente sin que nadie supiera su condición. Cierto es que se limitó a cocinar para los gobernadores civiles de Sevilla, pero durante treinta años pudo guardar su secreto. Hasta que se rompió una pierna y el médico descubrió que era una mujer.

El comisario hablaba de Fernando Marquenssen, al que conocían como Fernandito. Había nacido en París en el siglo XIX y a los nueve años se alistó en la Marina francesa vestida de chico, porque en ninguno de los cuerpos de seguridad y del ejército se permitía la presencia femenina. Sirvió en el ejército francés hasta que decidió venir a España. Entró en el Cuerpo de Vigilancia del Gobierno Civil, antecedente de la actual policía, sin pasar ningún reconocimiento médico. Al descubrirse la verdad, le abrieron un expediente y la expulsaron del cuerpo.

—¿Se da cuenta, comisario, de que nos hemos tenido que refigurar en otra identidad? —preguntó Margot de forma retórica—. Un siglo después nos resulta difícil ejercer una profesión para la que la sociedad no está preparada.

—Tiempo al tiempo, inspectora Peters. Estamos iniciando un camino que no tiene retorno.

—Me gusta que diga eso —comentó Parker—. También es una suerte para todos que su jubilación no sea un impedimento para seguir ejerciendo. Nadie quiere que se vaya de la brigada, ni tan siquiera quien le ha sustituido, el comisario Juan Bilbao. Pero hablemos de Margot y no de mí. Tiene con usted a una persona excepcional.

Margot no podía soportar la sobreprotección. Se consideraba una mujer hecha y derecha con la suerte de haber sido criada por sus tíos en ausencia de sus padres. No tenía la culpa de que ellos hubieran perdido la vida en un accidente del que nadie le hablaba. Lo había borrado de su mente. Un psicoanalista había dicho a sus tíos que era un bloqueo, una forma de autoprotección para poder seguir viviendo.

—Señores, ¿no les parece más interesante hablar de coches y no tanto de mí?

Los dos sonrieron ante su llamada de atención e hicieron intención de escucharla.

—¿Se han fijado en el nuevo vehículo que cada vez se ve más por las calles? Parece una moto con cuatro ruedas que se está comercializando como un coche pequeñito —intentó desviar la conversación hacia otros asuntos.

—¿Se refiere al Biscúter? —preguntó el comisario—. Dejaremos de ser los peatones perpetuos gracias a este vehículo de dos o tres plazas. Lo he visto y creo que va a ser muy útil para los que no pueden comprarse un descapotable como el suyo.

Margot abrió los ojos muy sorprendida y se quedó paralizada unos segundos al oír al comisario.

—Nunca he ido a la brigada en él, siempre voy en taxi. ¿Cómo sabe que tengo un descapotable?

—No hay tantas mujeres conduciendo uno por la Gran Vía. Soy policía.

—Mi querida Margot —contestó Parker—, antes de entrar por la puerta de la brigada ya sabían quién eras y qué ritmo de vida llevabas. Tus horarios e incluso tus hobbies.

—No podemos meter a cualquiera entre nosotros. Ni tan siquiera siendo novia de Parker —el comisario le guiñó un ojo.

Margot se preguntaba si con ese guiño le insinuaba que en realidad sabía que no eran novios. Le quedó la duda. Al final, el comisario conocía su vida y ella en cambio no había averiguado nada sobre él. Primera lección que había aprendido en esa cena: antes de ponerse a las órdenes de nadie, uno debe saber absolutamente todo sobre esa persona.

Concluyó la cena con la duda planeando sobre su cabeza: ¿sería el propio Parker el que había hablado de ella más de la cuenta? A medida que transcurrían los minutos, se fue convenciendo de ello. Salieron del local y Parker quedó con Benito Poveda en verse la próxima vez que regresara a España. Se dieron un apretón de manos y unas sonoras palmadas en la espalda a las puertas del restaurante. Ambos se apreciaban mucho después de haber colaborado en varios asuntos que afectaban a las relaciones diplomáticas entre España e Inglaterra. Margot acordó con el comisario que volvería a la brigada en un par de días. Se despidieron y, antes de emprender caminos distintos, Parker hizo intención de coger a la joven por el hombro, pero ella rápidamente apretó el paso.

—¡Hasta la vista, comisario! Margot, pero ¡qué prisa llevas! —gritó Harry.

Cuando llegó a su altura, bajó el tono y siguió hablando con ella.

—Estaba actuando como novios que hemos dicho que somos.

—No me ha gustado nada tu… actuación. —Margot estaba visiblemente molesta—. ¿Por qué me has tenido que coger de la mano y ahora pretendías apoyarte en mi hombro? No es necesario ser tan convincente. No todas las parejas son efusivas delante de sus jefes. Si me vuelves a coger la mano, le diré al comisario que te inventaste esta historia y que yo, tristemente, te seguí.

—¿Te arriesgarías a dejar el mundo del suceso? —preguntó sabiendo que ya sería imposible para ella renunciar.

—Evidentemente no quiero, pero no me pongas a prueba.

—Está bien…

El resto del camino hasta la casa de Margot lo hicieron andando y sin pronunciar una sola palabra. La noche era fría, pero ninguno de los dos dio importancia a las bajas temperaturas. Cuando la joven se enfadaba era mejor dejarla, ya que todo podía ir a peor. Parker lo tenía comprobado de cuando vivía en Londres. Sus enfados eran monumentales. Había que saber callar a tiempo. Por eso era mejor no decir nada y dejar que los malos humos se le pasaran. A punto de llegar a su casa, Parker rompió el hielo con su obsesión.

—Estoy deseando que llegue mañana por la noche. Algo tremendo va a suceder, ya lo verás.

—Me tienes intrigada con la luna de sangre, pero te aseguro que dormiré bien a pesar de tus malos augurios. Estoy muy cansada. No me gustan las mentiras. No puedo con ellas.

—Descansa. El día de mañana será muy largo.

Al llegar, el sereno hizo sonar su chuzo en la pared para advertir que estaba allí. Margot lo miró, pero no le hizo ningún comentario.

—Pareja, ¿necesitan que les abra?

—Sí —dijo Parker.

—¡No! —se adelantó ella a sacar las llaves del portal.

—¡Como ustedes quieran! ¡Buenas noches nos dé Dios!

Margot estaba segura de que el sereno también pasaba información de sus movimientos. Se despidió de Parker con un simple: «¡Hasta mañana!». Nada más meterse en el portal, subió a gran velocidad la majestuosa escalera que la separaba de su casa. Al llegar, abrió la puerta sigilosamente y fue caminando con cuidado para no despertar a nadie. Una vez dentro de su habitación, se dejó caer a plomo sobre su cama.

No pudo evitar soñar con Parker. Ambos aparecían en su sueño caminando cogidos de la mano por un lugar oscuro, lleno de sombras. Realmente el jefe de seguridad siempre le había resultado atractivo, pero su mente jamás se atrevió a reconocerlo. De hecho, en esa especie de pesadilla, el mundo que los envolvía era tan falto de luz que le parecía tenebroso. Harry tenía los ojos muy claros y el pelo negro, y ella el pelo rubio y los ojos oscuros. Parecían la cara A y la cara B de un disco de pizarra. A Parker lo imaginaba en su mente más corpulento de lo que en realidad era, y ella se veía a sí misma más bajita de la altura que tenía. No se parecían en nada, pero compartían la misma vocación por los temas más truculentos de la sociedad. Podrían estar horas hablando de crímenes, de pistas falsas y de sospechosos. De hecho, se podría decir que lo que más echaba de menos de su vida en Londres eran las largas conversaciones que mantenían. El sueño de esa noche se volvió tan oscuro que empezó a sudar en la cama. Todo aquello parecía estar viviéndolo realmente. Seguían caminando en mitad de la oscuridad, chocaban contra plantas y vegetación. Unos pájaros aparecían y volaban por encima de ellos.

Se despertó sobresaltada. Margot volvía a la realidad tras abrir los ojos. Habían transcurrido once horas.

—¡Ufff! ¡Qué tarde es! —se dijo a sí misma antes de ponerse en pie.

Se vistió todo lo rápido que pudo y salió de la habitación. Cuando vio a Sátur en la cocina, le preguntó por qué motivo la había dejado dormir tanto.

—¡Por salud, señorita! Nada más que por eso.

—Está bien… No pasa nada.

Estuvo el resto del día en el piso, sin intención de salir, y eso hizo feliz a Camila.

Después de la comida, se retiró a su cuarto y rebuscó entre los pocos recuerdos que tenía de su padre. Encontró la pipa que fumaba. Se miró al espejo con ella en la boca y le hizo gracia imitar a su admirado Sherlock.

—¿Por qué no puedo fumar en pipa, aunque no lo hagan las mujeres? —se preguntó mientras seguía mirando su reflejo desde todos los ángulos.

Salió de su cuarto y se puso delante de su tutora inglesa con la pipa en la boca, haciendo el ademán de fumar. Su actitud era un tanto desafiante.

Can’t believe it! Is that your father’s smoking pipe? —Camila se sorprendía y le preguntaba si era la pipa de su padre.

—Sí. Me gustaría fumar en ella. Aunque tendré que comprar tabaco.

A Camila no le gustaba la idea y le preocupaba lo que pensara la gente al verla.

—Me da igual lo que piense la gente.

Tenía la determinación de hacerlo y esa tarde, antes de prepararse para el baile, estuvo paseándose por la casa con la pipa en la boca. Le daba seguridad que fuera la que había utilizado su padre en vida. Deseaba que llegara la noche, pero ese día parecía que las manecillas del reloj no corrían tanto como ella quisiera.

A las ocho de la tarde descorrió las cortinas del gran ventanal del salón y se estremeció al ver la luna de sangre más hermosa que había visto nunca. Parecía un gran globo de color rojo recién escapado de las manos de un niño. Pensó que tenía razón Parker al decir que era un fenómeno extraordinario de la naturaleza. Tanta belleza en una noche de eclipse en la que podían torcerse las cosas, si el mal augurio de Harry se hacía realidad. Camila se unió a la contemplación de la luna.

—Jamás había visto nada igual.

—Yo tampoco —alcanzó a decir Margot, pensando en todo lo que aún podía ocurrir.

La luna de sangre aparecía a lo lejos como si fuera parte del sueño del que había despertado sobresaltada. La luna de color rojo desafiaba todo y a todos. Parecía la verdadera protagonista de aquella noche tan llena de misterio.

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