Luna roja
10. La hora del baile
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La hora del baile
A Margot le divertía el hecho de disfrazarse y ser por unas horas otra persona. Se iba a convertir en María Antonieta de Austria, reina consorte de Francia y de Navarra. Investigó en su historia y descubrió que desde niña ya proyectaron quién sería su marido: el delfín y futuro rey Luis XVI. La casaron con catorce años en un intento de estrechar lazos entre dinastías. Lo que más le perturbó de su historia fueron su final, guillotinada, y el odio que le tenía el pueblo francés.
Cuando llegó la hora de arreglarse, Saturnina la acompañó para ayudarla con las enaguas y la colocación del corsé. Por último, el traje rosa y blanco abullonado en las mangas, ceñido a la cintura y muy escotado. Luego llegó el momento de esmerarse con el pelo. Le hizo un moño bajo y le echó talco para que pareciera gris. Le sacó algunos mechones y se los rizó en forma de tirabuzones. Finalmente, le colocó un tocado con dos plumas de marabú. Margot se reía sin parar y aplaudió el resultado. Saturnina concluyó su transformación con un toque suave de colorete en las mejillas.
Sonó el timbre y Camila acudió a abrir la puerta. Era Parker, ya caracterizado de Luis XVI, el último rey de Francia, antes de la caída de la monarquía por la Revolución francesa. Las carcajadas de la dama inglesa fueron tan sonoras que provocaron la curiosidad de Margot, que salió a toda prisa de su habitación. Cuando entró en el salón transformada en María Antonieta, dejó a todos impresionados.
Saturnina se sentía orgullosa de haber contribuido a que la joven luciera tan bella con aquel traje que la hacía parecer una auténtica reina.
—Muy guapa. Muy guapa —repetía una y otra vez la mujer.
Parker nunca había visto a Margot vestida tan escotada. Se quedó sorprendido ante la nueva imagen de la joven. De hecho, estuvo un buen rato sin decir nada. Cuando pudo hacerlo, fue para informarle de que en la calle les esperaba un conductor para llevarlos hasta el hotel Ritz. Mientras bajaban las escaleras, quiso halagarla.
—¡Estás deslumbrante! —carraspeó nervioso.
—Muchas gracias. Espero que lo pasemos bien en el que, sin duda, es el gran acto social del año.
—¿Has visto la luna? Está teñida maravillosamente de rojo.
—No me digas nada de tu teoría y disfruta de la belleza que tenemos la suerte de apreciar esta noche. Por cierto, Parker, no vayamos a repetir en el baile el papel que interpretamos ayer delante del comisario.
—Capto el mensaje.
No tardaron mucho en llegar a la plaza de la Lealtad, número 5. A las puertas del hotel había una gran cantidad de personas con los disfraces más dispares. Al bajarse del coche, un portero con abrigo y chistera les dio la bienvenida.
Nadie podía adivinar quién estaba detrás de aquellas máscaras con las que todos se tapaban la cara. Resultaba divertido no saber en realidad con quién estabas hablando, pero lo que era seguro es que se trataba de alguien de la alta sociedad.
Los dos esperaron en la entrada del salón Neptuno la llegada de la duquesa de Alba. Con extrema precisión, entró en el Ritz a las nueve en punto de la noche, ataviada con un vestido con el que rendía homenaje a su antepasada retratada para la posteridad por Goya. Los reconoció nada más verlos, ya que Margot llevaba su vestido de María Antonieta y Parker, el traje que pertenecía a su marido, Luis Martínez de Irujo.
—Por la ropa sé quiénes sois. A todas luces estáis irreconocibles.
—¡De eso se trata! —contestó Parker.
—¡Vamos adentro que ya suena la música! —comentó Margot.
La máscara se sujetaba con la mano y, tan solo cuando alguien la bajaba para comer algún canapé de los que servían, se descubría quién hablaba. Otros preferían llevar antifaces fijos, sujetos a la parte trasera de la cabeza con una goma. En esos casos, era casi imposible saber quién se escondía detrás de ellos. Margot pudo observar trajes de todo tipo: de emperatrices, de nobles de épocas pasadas, pero sobre todo de arlequín; dorados, cobrizos, amarillos, en diferentes texturas… Era el disfraz elegido por la mayoría de los jóvenes que asistían al baile.
La música de la pequeña orquesta no paraba de sonar en aquel salón amplio repleto de sillas en los laterales, con una gran pista de baile central iluminada por dos grandes arañas de cristal de dos metros de altura. Cada una albergaba más de cien bombillas y dejaba a la vista un torrente de adornos de cristal tallado que, con la luz, se transformaban en miles de destellos de colores diferentes dependiendo desde donde uno mirara.
Los primeros invitados salieron con sus lujosos trajes a la pista de baile. Sonaban las sedas y los encajes de los trajes largos en su roce con el suelo. Los hombres desinhibidos sacaban a bailar a las mujeres. Las risas y la música se fundían. Margot y Parker se miraron mientras la duquesa de Alba estaba en animada conversación con los marqueses de Salvatierra.
—¿Le apetece que bailemos, María Antonieta? —dijo Harry Parker a Margot, ofreciéndole su mano.
El hecho de que nadie los reconociera le hacía gracia y, además, Margot se moría por salir a la pista.
—Por supuesto, alteza —respondió con una sonrisa.
Estuvieron bailando varias piezas seguidas. El inconfundible perfume de Margot envolvió a Parker por completo. El roce de su mejilla, la mano que sujetaba de ella con fuerza, su respiración entrecortada, toda aquella situación le hizo pensar que la joven realmente le gustaba. Margot lo miraba a los ojos, tan claros, y pensaba que era un hombre muy atractivo. Además, había una conexión evidente entre ellos, aunque ella frenaba constantemente la fascinación que sentía hacia él. Al tercer baile, ella se quejó de los zapatos que llevaba.
—Mis tacones son demasiado altos. ¿Qué tal si volvemos con Cayetana?
—Como usted quiera, María Antonieta —bromeó Parker.
—Muchas gracias, alteza.
Se gastaron bromas y se rieron mientras buscaban a la duquesa por todo el salón. Intentaban abrirse paso entre mosqueteros, sacerdotes, militares, princesas, hadas, magos, odaliscas, mujeres vestidas de charlestón… Algunas, por cierto, muy atrevidas. Pero sin duda el traje menos original, por repetido, era el de arlequín. Afortunadamente, ellos, que iban de María Antonieta y Luis XVI, eran únicos.
La música animaba a salir a la pista de baile, que estaba abarrotada. Unos a otros se robaban las parejas y eso hacía más hilarante la situación. Hubo un momento en que era difícil moverse por allí sin que alguien no parara a Margot para solicitarle un baile.
—¿Es que no ven que vas con Luis XVI? —Harry parecía molesto.
—La gente está completamente desinhibida —contestó Margot.
Lograron salir del gran tumulto, entre aquel mar de gente, y por fin vieron a la duquesa de Alba.
—¡Cayetana! ¿Dónde te habías metido? —preguntó Margot.
—He ido de aquí para allá, según reconocía a alguien tras la máscara. Algunos invitados han venido ya a despedirse de mí —comentó la duquesa.
—¿Tan pronto? Pues, sinceramente, no lo entiendo —respondió Margot—. Ya que haces el esfuerzo de vestirte, por lo menos disfruta de la noche. —Comprobó que, efectivamente, eran muchas las personas que salían del salón—. ¡Si la fiesta no ha hecho más que empezar!
—He adivinado algunas caras conocidas tras los disfraces —añadió la duquesa—, pero me resulta divertido no saber a ciencia cierta con quién estás hablando. Aline Griffith es la más reconocible, va vestida de bailarina de charlestón. Ha venido con su marido y con la marquesa de Torquemada, que va de reina con un traje dorado precioso. El alcalde de Madrid está por aquí también y lleva un esmoquin con máscara. ¡Muy soso!
—¿El conde de Mayalde ha venido? —preguntó Margot. Lo he visto por la embajada alguna vez. Es muy amigo de la familia Primo de Rivera.
—Fue el que llegó a esbozar un plan para liberar a José Antonio de la cárcel —comentó Parker—. Presionó al conde de Romanones, suegro de Aline, para que hablara con las autoridades francesas y estas a su vez solicitaran al gobierno de la República su liberación. Me lo contó con todo lujo de detalle en una de sus visitas a Londres.
En mitad de aquel baile, con cientos de personas hablando a la vez, de pronto se escuchó un grito agudo y sonoro que procedía del exterior del salón. A continuación, se oyeron otros gritos que hicieron que se parara la música. Al principio todos pensaron que se podía tratar de una broma, hasta que un hombre vestido de esmoquin se quitó la máscara y dijo en voz alta: «¡Una mujer ha muerto!».
Margot y Parker se miraron y, sin decirse nada, se fueron corriendo a ver qué era lo que ocurría. Al llegar al tocador de mujeres, tuvieron que abrirse paso entre una multitud que se apiñaba a la puerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Margot.
—Una dama yace muerta ahí dentro —se oyó decir a alguien que salió de allí corriendo.
—¡Déjenme pasar! —La joven quiso entrar en el servicio de mujeres.
—Hemos llamado a la policía y nos han dicho que no debe entrar nadie —comentó un hombre vestido con la indumentaria del hotel.
Margot se quedó con las ganas de comprobar por ella misma todos los detalles. Harry Parker sacó su acreditación y se la enseñó al hombre que no dejaba pasar a nadie.
—Soy jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido. Al menos debo echar un vistazo —comentó—. Tengo que comprobar si la persona que está dentro ha fallecido o se encuentra malherida.
—Está bien, usted sí. Pero nadie más —respondió el empleado del hotel.
Margot se acercó a la mujer que más lloraba. Imaginó que debía ser la persona que había encontrado a la dama sin vida.
—¿Qué ha visto usted? ¿Puede hablar? —la sujetó por los brazos intentando calmarla.
—A una señora de espaldas, apoyada sobre uno de los laterales del servicio que está al fondo. —Se echó a llorar—. ¡Terrible! Le he hablado, pero no me ha respondido.
—¿Me puede decir cómo la ha descubierto? —siguió interrogándola Margot.
—Entré en el servicio y me fui a la cabina del fondo. Allí vi que la puerta estaba entreabierta y comprobé que había una dama, con un vestido precioso de reina, así como usted. Estaba sentada de forma rara, como a horcajadas, de espaldas y sin moverse. Creía que estaba bebida y le hablé. La moví un poco y una de sus manos cayó a plomo. Me asusté mucho y fue cuando salí corriendo del lavabo y grité. Al rato entraron más mujeres, que también chillaron al ver que se trataba de alguien sin vida. Tengo mucho miedo. Me quiero ir a mi casa. —La testigo empezó a sollozar de nuevo.
Dentro del lavabo, Parker se fue hasta donde estaba el cuerpo de la mujer y comprobó la ausencia de pulso. Miró a su alrededor. Le extrañó que la muerte le sobreviniera de espaldas. Parecía como si hubiera entrado en el baño con alguien que conocía y que, finalmente, la había matado. Había unas manchas de sangre en el lateral derecho del vestido. No quiso tocar nada hasta que no llegara la policía.
Salió finalmente del lugar del crimen y certificó a todos los presentes que la mujer yacía muerta. Margot le miró y se acordó de su presagio: «Cuando la luna tiene un halo rojo, se va a cometer un crimen». Esta vez no era un halo rojo, era la luna cubierta de rojo por completo.
—¿Ha sido muerte natural? —preguntó la joven periodista, esperanzada de que le hubiera sobrevenido sin mediación de mano humana.
—No, Margot. Te aseguro, sin esperar al levantamiento del cadáver, que esta muerte no es natural. Alguien la ha provocado. El día, como sabes, se prestaba a ello. La luna roja ha empujado al criminal a hacerlo hoy. Me da igual que los científicos no encuentren lo que llaman pruebas sólidas para certificar lo que te estoy diciendo. El hecho es que la luna influye sobre nuestro comportamiento. ¡La han asesinado!
La mujer que la había encontrado y las otras que entraron después se echaron a llorar una vez más.
—¡Mantengan la serenidad! Ya no se puede hacer nada por ella —dijo Parker quitándose la peluca. El disfraz le hacía sentir incómodo, ridículo—. No esperaba que este baile acabara así.
—Yo tampoco.
Margot se recogió más el pelo y también se quitó las dos plumas de marabú. Todo había acabado de la peor manera posible. Ya no tenía sentido llevar los disfraces. Se acordó de la luna roja y sintió un escalofrío.