Luna roja

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11. Se cumplió el mal presagio

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Se cumplió el mal presagio

El baile se suspendió y la mayoría de los invitados se fueron retirando poco a poco con el orden que imponía la recogida de sus prendas de abrigo del guardarropa. Los menos decidieron quedarse a la espera de noticias sobre la identidad de la mujer que yacía sin vida en el servicio de señoras. Entre los corrillos que permanecieron en el salón Neptuno buscaron al alcalde, pero alguien comentó que ya se había ido. Seguramente habría más autoridades entre los rezagados, pero, al estar parapetadas tras la máscara, pasaban desapercibidas.

El estado de nervios de quienes se agolpaban reclamando sus abrigos iba in crescendo. La gente quería irse de allí cuanto antes. Tuvieron que doblar el servicio de guardarropía. Aquella situación tan tensa logró dejar la educación de todas aquellas damas y caballeros a un lado. No se impidió salir a nadie ni tampoco se solicitaron las identidades de los asistentes. La única que no pudo moverse fue la testigo que se encontró con el cadáver. La custodiaban tanto Margot como Parker, a pesar de que el marido pedía insistentemente que la dejaran irse de allí.

—Ustedes no son policías. Mi esposa ya ha tenido bastante por hoy —les increpó.

—Podrá marcharse en cuanto llegue la policía y así lo decida —respondió Parker.

Margot respiró hondo al ver entrar por la puerta principal al comisario Benito Poveda y a los tres inspectores de la Brigada Criminal. Iban acompañados de un responsable del hotel.

—¡Inspectora Peters, señor Parker, entren con nosotros! —dijo don Eugenio al verlos.

El hombre del hotel que custodiaba la puerta franqueó la entrada a todo el grupo. Se quedó sorprendido de que el comisario dejara entrar a la mujer vestida de María Antonieta, que no se había identificado como policía.

—¡No deje que se vaya la testigo! —indicó el comisario al responsable del hotel—. Espero que acate esta orden tan a rajatabla como la anterior.

—Así lo haré.

Entraron en el baño y todas las puertas estaban cerradas excepto la última, que se encontraba entreabierta. La dama, que yacía muerta de espaldas a la puerta, estaba apoyada en la taza del váter con el cuerpo ligeramente inclinado hacia su lado derecho. La cabeza reposaba sobre la madera de una de las paredes del servicio. Era como si hubiera caído a plomo, sorprendida de espaldas por el asesino. El inspector Morales fue el encargado de fotografiar a la víctima y el escenario del crimen.

Al llegar el juez y permitir el levantamiento del cadáver, la tumbaron sobre una sábana que les proporcionó el hotel, y allí pudieron ver su rostro con más detalle. El comisario le cerró los ojos. Esos ojos sorprendidos que seguramente se encontraron con la muerte sin ver de frente a su asesino.

—A simple vista parece que fue estrangulada —comentó el juez.

—Sí, pero no lo han hecho con las manos, sino con algún cordel o algo similar —apuntó el comisario.

—La marca es demasiado plana para ser un cordel —señaló Margot, cuando pudo hablar después de reponerse de ver por primera vez el cadáver de una persona. Intentó disimular.

Parker daba vueltas en torno a la víctima.

—Señores, a esta dama le falta el dedo anular de la mano derecha. De ahí la mancha de sangre de su vestido.

—Ese dedo es donde llevan las mujeres casadas el anillo. ¿Sería para robárselo? —volvió a hablar Margot.

—No me convence que el móvil de este crimen sea un robo —contestó el comisario, mientras se tocaba una y otra vez la barbilla.

La mujer tenía la mano izquierda cerrada. No parecía a simple vista que le faltara ningún dedo en esa mano.

—Todavía no hay rigor mortis. Todo hace pensar que lleva muerta poco menos de una hora. —Le abrió la mano con suavidad y en la palma apareció una piedra tallada de color azul que había quedado oculta en su puño.

El comisario se agachó y, sin tocarla, la observó con detenimiento.

—Juraría que se trata de una piedra preciosa.

Margot se arrodilló y le dio la razón. La había visto muchas veces engarzada con brillantes en anillos de pedida de mano.

—Parece un zafiro, una piedra muy usada en joyería. ¿Por qué llevaría un zafiro en su mano izquierda? —añadió ella.

—Diría que quien la asesinó se lo puso en la mano con posterioridad. Lo normal, si te están estrangulando por la espalda, es que intentes zafarte del asesino —confirmó el comisario.

—Por lo tanto, lo del puño cerrado con la piedra es un mensaje que nos está enviando quien le quitó la vida. Habrá que saber interpretarlo —añadió Margot.

—No toquen nada. Que la policía científica haga su trabajo. ¡Nos vemos todos en la brigada cuando salgamos de aquí! Esto va por usted, señor Parker, y por usted, inspectora Peters.

—¡Muy bien! —respondió Parker.

—¡Allí estaremos! —confirmó Margot.

El jefe de seguridad de la embajada no cesaba de preguntarse por qué el asesino había actuado durante el baile de máscaras, rodeado de personas que podían ser posibles testigos.

Margot se fijó en el vestido, probablemente el más elegante de la fiesta. La tela era de color dorado y tenía un brillo especial.

—Diría que, por su grosor y su rigidez, es seda de mikado.

—Necesitamos que alguien identifique a esta mujer. ¿Queda alguna persona en el salón? —preguntó al inspector Gutiérrez.

—Supongo que sí. ¡Voy a cerciorarme! —dijo el más joven de la brigada, pero no le dio tiempo a hacerlo.

—No es necesario —se escuchó decir a Luis Figueroa, conde de Quintanilla, según entraba por la puerta acompañado del inspector Morales—. Se trata de la marquesa de Torquemada, muy amiga de mi mujer.

—¿Está usted seguro? —insistió el comisario.

—Segurísimo. Su marido y yo somos muy amigos —afirmó Luis Figueroa, esposo de Aline Griffith, uno de los impulsores del baile de máscaras.

—¿Está su marido en la fiesta? —preguntó el comisario.

—No, no se encuentra en España. Precisamente la convencimos para que viniera con nosotros. Estaba superando un momento anímicamente malo. ¡Qué desgracia! Tendré que comunicar la noticia a su marido —se lamentó el conde.

—No, no. Todavía no lo haga. Déjenos a nosotros —ordenó el inspector Suárez. Una máxima del comisario era que, en estos casos, los maridos siempre son sospechosos.

—Una cosa más. ¿Tiene hijos? —quiso saber el comisario Benito Poveda.

—No. Viven solos en una casa señorial de la calle Serrano.

—Muchas gracias. ¿Nos proporciona el teléfono en el que localizar al marqués? —pidió el comisario.

—¡Por supuesto! Está en el hotel Le Meurice, uno de los que más frecuentamos cuando vamos a París.

Luis Figueroa les proporcionó el teléfono. Finalmente, salió del servicio de señoras y se topó con la mirada de su mujer Aline, que estaba muy angustiada esperándolo. Margot iba detrás.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la condesa.

—Genoveva, la marquesa de Torquemada, ha sido asesinada —contestó escuetamente su marido.

Aline se quedó sin habla. Habían acompañado a la marquesa hasta el Ritz y después la habían visto disfrutar bailando sin parar con todos los caballeros que se lo pedían. Parecía que estaba logrando superar su tristeza crónica. Se la veía risueña y feliz.

—Margot, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Aline reclamándole información.

—Solo sé que la han encontrado muerta en uno de los servicios.

—Tenía una marca rara alrededor del cuello —añadió su marido—. No sé decirte.

Son of a bitch! —insultó entre dientes al asesino—. ¿Quién ha podido cometer esta monstruosidad? —Su acento estadounidense parecía más marcado esa noche.

—Eso tendrá que averiguarlo la policía. Estoy con el comisario de la Brigada Criminal del que me hice muy amiga a raíz del robo del collar de la marquesa de Manzanedo. ¿Recuerdas?

Aline movió la cabeza afirmativamente. No podía hablar. Estaba furiosa. ¿Cómo había podido ocurrir?, se preguntaba. Habían estado juntas casi toda la noche. Cada vez que salía a bailar, la dejaban de ver un buen rato, pero luego volvía al mismo lugar donde se encontraban Aline y su marido.

—Tristemente ya no hacemos nada aquí. ¡Vámonos a casa! —dijo su marido.

—Está bien… Habrá que avisar a la familia —comentó Aline en voz baja.

—No, lo hará directamente la policía. Esas malas noticias mejor que las den los profesionales. El comisario me ha pedido que no llamemos nosotros.

—¡El asesino estaba entre nosotros! —le dijo Aline al oído a Margot—. Tal vez alguien que ha bailado con ella esta noche.

Margot recordó que, según el comisario, Aline había sido agente de los servicios de inteligencia de Estados Unidos.

—Se lo diré al comisario. Gracias, Aline.

El matrimonio se dirigió al guardarropa y la encargada le dio a ella su capa de terciopelo. La condesa se fue en compañía de su marido con una honda tristeza. Por el camino se le cayó la máscara, pero no hizo ademán de cogerla y tampoco fue nadie a rescatarla del suelo y entregársela.

Mientras tanto, el marido de la única testigo pidió por enésima vez que atendieran a su mujer, porque deseaban regresar a su casa. El comisario salió del servicio y comenzó a interrogarla. Margot estaba presente.

—¿A qué hora aproximada entró usted en el baño?

—Serían las doce y cinco, doce y diez —respondió la mujer, aún algo alterada.

—¿Había alguien más en el baño?

—No. Antes de entrar, vi salir a una mujer vestida de arlequín.

—Había muchos arlequines esta noche, señor comisario —comentó Margot.

—¿Le vio la cara? —continuó el comisario.

—Llevaba puesta una máscara.

—Descríbanos a la persona que vio salir —sugirió Margot.

—No era ni alta ni baja. Mediana estatura.

—¿Y por qué presupone que era una mujer? —inquirió Benito Poveda.

—¡Hombre, era el baño de señoras! Además llevaba el pelo de color.

—¿Podría ser una peluca? —El comisario empezaba a presionarla.

—No lo sé. De todas formas, con la máscara era imposible ver quién se ocultaba detrás.

—¿Salió con prisa? —intervino de nuevo Margot.

—No, normal.

—Está bien. Tomad sus datos por si tenemos que volver a interrogarla en comisaría —ordenó el comisario.

—Una cosa más, ¿por qué no se quedó en uno de los baños más cercanos, que estaban libres, y sin embargo se fue al último? —preguntó Margot.

—Porque tenía que quitarme mucha ropa y pensé que allí no molestaría a nadie si tardaba.

La respuesta de la testigo fue convincente.

—Lo mismo debió pensar la víctima —reflexionó Margot en voz alta.

—Pues lo dicho. Gracias por la espera. Puede llevarla a casa —dijo el comisario a su marido.

—Está bien. Mi mujer solo ha tenido la mala suerte de haberla descubierto. No la conocía.

—Señor, llévesela sin más. Volveremos a ponernos en contacto con ustedes, si es necesario —insistió el comisario.

Hasta que el cadáver de la marquesa no fue trasladado para realizarle la autopsia, los miembros de la brigada no regresaron a la Dirección General de Seguridad. Parker y Margot fueron hasta allí en un taxi, vestidos todavía de María Antonieta y Luis XVI.

—Scotland Yard tiene una Oficina de Patología Forense. Ahí, en la camilla de esos médicos, se resuelven muchos asesinatos —comentó Parker a Margot—. Sin embargo, este parece un crimen de odio. No se va a resolver así como así.

—¿Dices crimen de odio? —Margot recuperó el interés.

—En esta muerte hay algo más. Parece un ritual. ¿Por qué le ha cortado el dedo anular? ¿Por qué la piedra azul? —especuló Parker.

—Zafiro, es un zafiro. Es la piedra que se regala a las novias —aclaró Margot.

—También creo que es la piedra que llevan los obispos en sus anillos —añadió el jefe de seguridad de la embajada.

—No lo había pensado.

Ninguno de los dos dudó en acudir a la llamada del comisario. Se había cometido un crimen y Eugenio Benito Poveda les había pedido ayuda. «Varios ojos ven más que dos», les había dicho. Además, ellos habían asistido al baile de máscaras, igual que la víctima.

Cuando llegaron a la Puerta del Sol, Benito Poveda ya estaba reunido con su equipo. Les habían dejado dos sillas vacías para que se sentaran en cuanto aparecieran por allí.

—¡Rápido, rápido! ¡Tomen asiento! —dijo nada más verlos. Estamos repasando todo lo que hemos visto y oído para que no se nos pase nada por alto.

—Su marido estaba en Francia; por lo tanto, fue sola al baile invitada por los condes de Quintanilla —comenzó a decir Margot.

—El hecho de que su marido estuviera tan lejos no lo descarta como sospechoso. Tiene una buena coartada, pero nada más —dijo Parker.

—Puede ser el inductor del asesinato de su esposa, seguramente por un tema de celos. Hay que averiguar si la pareja tenía problemas —indicó el comisario.

—Bueno, el conde de Quintanilla ha mencionado que estaba superando un mal momento, no sé de qué tipo. Ahora parecía encontrarse mejor. Estuvo toda la noche bailando con unos y con otros. Estaba alegre, después de haber pasado por un periodo oscuro —recordó Margot.

Gutiérrez observaba a Margot, pero no cruzó con ella una sola palabra. Le resultaba especialmente incómodo que estuviera allí su prometido. Ella no había dicho nada, pero el comisario sí les había informado de quién era Parker.

—¿Por qué no averiguamos quiénes iban disfrazados de arlequín? —preguntó el inspector Gutiérrez, que simpatizaba con Margot.

—Estaría bien —afirmó Margot.

—Puede que tuviera algún amante —sugirió Gutiérrez—. Y que se pusiera celoso porque la vio bailar con otros.

—No hay que descartar nada —dijo el comisario—. Puede ser, efectivamente, un crimen pasional. Pero volvamos a la hipótesis del marido. ¡Vamos a llamarlo! —dijo Benito Poveda de forma imperativa.

—¿A estas horas? —preguntó Suárez.

—Sí. Tenemos que comprobar que está en Francia.

Marcaron el teléfono de Le Meurice que les había facilitado Luis Figueroa. Se trataba de uno de los hoteles donde solía alojarse la nobleza española. Y el que siempre escogía el marqués por estar situado frente a los jardines de las Tullerías, en el corazón del París histórico.

—¿Alguno de ustedes habla francés? —preguntó el comisario antes de marcar el número.

—Yo —comentó Margot.

—Pues entiéndase con el recepcionista. —Y le pasó directamente el auricular.

Preguntó en un francés fluido por el marqués de Torquemada y minutos después alguien descolgaba somnoliento al otro lado del teléfono. Margot le pasó el auricular al comisario.

—¿Dígame?

—¿Hablo con el marqués de Torquemada? —preguntó Benito Poveda.

—¿Quién voy a ser si no? ¿Por qué llaman a estas horas? ¿Qué ha ocurrido? —Se le notaba molesto.

—Su mujer ha sido asesinada en el baile de máscaras que se ha celebrado esta noche en el Ritz. —Estaba claro que la sutileza no era una de las virtudes del comisario.

—¿Se trata de una broma pesada?

—Soy el comisario Eugenio Benito Poveda. Le llamo de la Brigada Criminal. Tristemente, su mujer ha aparecido muerta en los baños del Ritz —explicó con un poco más de tacto.

—No puede ser. ¿Dígame que no es verdad lo que me está contando? —El hombre balbuceó.

—Siento darle esta información, pero debe regresar a España cuanto antes —indicó el comisario.

—¡Por supuesto! ¿Me puede decir, al menos, cómo ha muerto? —quiso saber el marqués.

—Estrangulada.

—¡Dios! ¡Qué terrible! Necesito aire, voy a abrir la ventana —se escuchó a través del auricular—. Lo siento, tengo que colgar.

—¡Me ha colgado! —comentó el comisario Benito Poveda, extrañado.

—Al menos, sabemos que está en París. De haber sido el autor intelectual, debemos encontrar a quien ciñó la cuerda, el collar o lo que fuera al cuello de la marquesa —reflexionó en voz alta Margot.

—Vayan a quitarse esos disfraces. Aquí ya no pueden hacer nada más —sugirió Benito Poveda—. Mañana, si les parece, volvemos a encontrarnos a las nueve de la noche, a ver cómo avanza todo.

—Estaré mañana en España, pero al día siguiente regreso a Gran Bretaña —informó Parker.

A Gutiérrez se le iluminaron los ojos. Cuanto antes se fuera el inglés, mejor para todos. Especialmente para él, pensó.

—¡Descansen, por favor! Mañana los necesito a todos en plenas facultades —dijo el comisario.

Parker acompañó a Margot hasta su casa. El sereno se acercó otra vez hasta ellos con sus comentarios desafortunados.

—¡Menuda juerga!

—Mejor que no le cuente de dónde venimos —comentó Margot.

—No, usted mal no lo pasa —dijo el sereno con socarronería.

—La señorita ha estado ayudando a esclarecer un crimen. ¿Qué insinúa? —le cortó Parker con tono serio.

—Nada, nada… ¡Las dos de la mañana y sereno! —Se fue remarcando la hora en voz alta.

Al llegar a casa, Margot tuvo que pedir ayuda a Sátur para quitarse el traje. La despertó y le contó lo que había ocurrido. Esta no paraba de santiguarse.

—¡Madre mía, el mundo está loco y lleno de gente mala!

—Hay más buenos que malos, pero a estos últimos se les nota mucho —añadió Margot.

—¡Ave María Purísima! —volvió a persignarse—. Dan ganas de no salir de casa.

—Fuera de estas cuatro paredes, hay una jungla de seres abominables. Me encantaría descubrirlos a todos —sentenció la joven Margot Sanz Peters.

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