Luna roja
12. El día después
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El día después
Cuando Margot se despertó, después de la larga noche vivida, llegó a pensar que la muerte de la marquesa de Torquemada era más fruto de su imaginación que de la realidad. Una llamada de teléfono la situó de nuevo ante lo inevitable. El director de El Caso, Eugenio Suárez, le pedía un reportaje sobre esta noticia que había corrido como la pólvora y había conmocionado a la sociedad en general.
—¿Te has enterado del asesinato de la marquesa de Torquemada en el baile de máscaras del Ritz? —preguntó Suárez.
—Estuve allí. Y el comisario me dejó pasar a la escena del crimen.
—¡Fantástico! Necesito que escribas todo lo que tengas para la portada del semanario. Vuelve a ser tuya.
—Muchas gracias, aunque hubiera preferido no haber vivido esa experiencia —respondió Margot.
—¡Lo necesito ya! —apremió el director.
Las prisas de Suárez siempre le generaban una angustia indescriptible. Cuando colgó el teléfono, se fue a la cocina, donde estaban Camila y Saturnina, y les explicó el dilema moral que tenía.
—Por un lado, debo escribir lo que viví ayer para El Caso y, por otro, tengo que mantener la confidencialidad necesaria para la investigación.
Camila le sugirió que lo importante era no perjudicaran la investigación del caso. Se levantó de la silla y se acercó a besarla.
—Eso lo tengo claro. Otra cosa será cuando cojan al autor o autores del crimen —añadió Margot.
Sátur y Camila insistían en que no le diera pistas al asesino y se quedara con un as en la manga.
—Lo sé, lo sé. Obviaré que le han encontrado a la víctima una piedra preciosa en el puño izquierdo. Creo que es un zafiro. Tampoco contaré que al cadáver le faltaba el dedo anular de la mano derecha. Ambas cosas me parecen relevantes en la investigación. —De pronto le surgió una idea, aunque de momento no comentó nada a sus «guardianas».
Se levantó de la mesa y se fue a su despacho. Las dos mujeres se quedaron comentando el suceso. Una en inglés y la otra en español. Se entendían así desde hacía tiempo.
Margot empezó a teclear en su nueva máquina. Contaba que la víctima iba con el traje más bonito del baile. Daba detalles que solo podía conocer alguien que, como ella, había estado en el Ritz. Narró también que una testigo había visto salir del baño de señoras a una persona disfrazada de arlequín que podía ser la autora del crimen. Igualmente, dijo que la marquesa había acudido al baile invitada por los condes de Quintanilla, que se quedaron muy afectados con la noticia. Su marido, el marqués de Torquemada, se encontraba en París a la hora del asesinato. La noticia, que le había comunicado la policía por teléfono, lo había dejado en shock. Aun así, había sido citado a declarar en España. Finalmente, mencionó que la Brigada Criminal, con Benito Poveda al frente, llevaba la investigación. Antes de poner el punto final, firmó de nuevo como Inspectora Peters. Era su manera de salvaguardar sus dos identidades: una como periodista de moda y otra como redactora de sucesos.
Antes de llevarlo a la redacción, llamó por teléfono a una de las joyerías que tenían más renombre entre la nobleza: Ansorena. Sabía que Cayetana, la duquesa de Alba, había actualizado allí alguna de las joyas que había heredado de su madre. Preguntó por el dueño y se puso al teléfono Ramiro García Ansorena, joyero de la reina Victoria Eugenia, que vivía en el exilio.
—Don Ramiro, soy Margot Sanz Peters, amiga de Cayetana Fitz-James Stuart.
—Encantado de hablar con usted. Dígame en qué puedo ayudarla —se ofreció el joyero.
—Quisiera hacerle unas preguntas sobre piedras preciosas. Necesito saber si el zafiro tiene algún significado, puesto que se regala en las peticiones de mano. Es curiosidad. Estaba pensando en hacerme una sortija.
—Venga por nuestra joyería en la calle Alcalá y podremos hablar largo y tendido —se ofreció él.
—Sí, pero antes de ir quería esa información, por llevar las ideas más claras —se excusó Margot.
—El zafiro es una de las piedras más usadas en joyería. Se trata de la segunda gema perteneciente al grupo del corindón. Puede hallarse en diferentes colores. El azul es el más común, pero los hay verdes, amarillos, anaranjados y un larguísimo etcétera. Es una piedra muy bonita.
—Pero ¿por qué se regala a las novias? ¿Tiene algún significado? —Margot insistía.
—Hay mucha literatura en ese sentido. Hay quien dice que es una piedra amante de la castidad y salvaguarda la lealtad. —El joyero era un gran experto en piedras preciosas, en la historia de la joyería y en las propiedades de las gemas—. Al que la lleva, le da paz y luz. La Iglesia lo adoptó como anillo eclesiástico. Se cree que aplaca los apetitos desordenados, remodela el carácter ardoroso aportando templanza. Yo no creo en esas cosas, pero algunas personas afirman que es una de las gemas más puras del sexto rayo o Júpiter.
—¿Qué es eso del sexto rayo? —preguntó Margot, cada vez más interesada.
—Señorita, como ve, hablar del zafiro da para mucho —apuntilló Ansorena—. En los tratados tradicionales, me refiero a los no litúrgicos, se describe siempre un ordenamiento de las energías en la escala del siete, en justa correspondencia con los siete planetas conocidos desde la antigüedad. Aquellos que emiten luz y pueden ser observados a simple vista, incluyendo el Sol y la Luna.
—¿Es grande el impacto de esta escala del siete en nuestra vida?
—Totalmente. Es muy curioso conocer hasta dónde está arraigada esta escala en la percepción humana. Mire, la luz se descompone en siete colores, la música en siete notas, la semana en siete días —prosiguió el joyero con entusiasmo—. Pero resulta mucho más interesante saber que, en áreas como las de los sentidos, son siete los sabores genuinos; en el tacto ocurre igual, son siete sus características: caliente, frío, húmedo, blando, duro, suave y áspero. ¡Siete! Con el olfato sucede lo mismo, y son siete los olores primarios. Pues igual ocurre con las gemas, se las puede relacionar con siete colores o clasificar en base a diferentes notas de la escala vibratoria de las piedras preciosas. Son siete. Debo aclararle que este es un tema fronterizo entre la ciencia y la religión, pero yo soy un estudioso de todo lo que tiene que ver con las piedras.
—¿Y el zafiro tiene relación con el sexto rayo? —Margot estaba cada vez más fascinada con la información.
—Sexto rayo o Júpiter, por el astro que le corresponde. Sus colores son los azules y transparentes —precisó él—. Según esta teoría, las piedras como el zafiro mejoran las facultades creadoras y amplifican la conciencia moral y el sentido de la justicia. Como le comentaba antes, aplaca los apetitos desordenados.
—No sabe lo esclarecedor que me ha resultado hablar con usted, señor Ansorena. Gracias.
—¡Avíseme cuando se vaya a pasar! No siempre estoy en la joyería —advirtió él.
—Así lo haré.
Se quedó muy pensativa. Comió algo rápido y se vistió para llevar a la redacción de El Caso el reportaje del crimen. Fue todo el camino pensando en lo que le había dicho el joyero. ¿Qué podría significar esa piedra en la mano izquierda de la marquesa?
Una vez que aparcó su coche descapotable, subió a la redacción del semanario sin problema. A esas horas de la tarde tan solo estaban la secretaria de redacción y el incansable cocodrilo Leopoldo, paseándose entre las mesas.
—Muy sola te veo, Clotilde —dijo Margot a modo de saludo—. Aquí traigo el reportaje que me ha pedido el director.
Sacó los folios y se los entregó. Después se dirigió a su mesa.
Hizo algunas llamadas y, cuando se disponía a marcharse, apareció el dibujante, Josechu Pineda. Pudo contarle cara a cara lo que vio en el baño del hotel, cuando encontraron sin vida a la marquesa. También le habló del traje dorado que llevaba y de la marca roja que presentaba en el cuello. Nada más. Los detalles significativos para la investigación se los quedó para ella. Su preocupación era que había un asesino suelto y debían encontrarlo lo antes posible.
Al salir de la redacción, tuvo el tiempo para ir al garaje cerca de su casa, aparcar su coche y coger un taxi hasta la Dirección General de Seguridad. Cuando llegó a la brigada, ya estaban todos esperándola, incluido Parker. El comisario estaba con el reloj en la mano.
—¡En punto, sí, señora! —exclamó.
—Me hubiera gustado venir antes, pero he estado haciendo unas llamadas —Margot se disculpó—. Por cierto, Eugenio Suárez me ha pedido escribir lo vivido ayer y he omitido los detalles que me parecen relevantes para la investigación. No he contado ni lo del dedo de la mano ni lo de la piedra.
—¡Bien hecho! —añadió don Eugenio.
—Eso de trabajar con periodistas… no es bueno para nuestro trabajo —protestó Morales.
—O todo lo contrario, inspector. Bueno, vayamos a lo que hemos averiguado de ayer a hoy —expuso el comisario, y se dirigió al jefe de seguridad, que había llegado con mucho tiempo a la brigada.
Parker miró a Morales con cara de pocos amigos y luego habló.
—He mantenido una larga conversación con mi colega en la embajada de España en París —empezó a contar Parker—. Conocen al marqués de Torquemada y aseguran que viaja con asiduidad a la capital francesa. Al parecer, tiene negocios en la industria del acero. También apoya al que fue ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, en su idea de la creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Por cierto, que Schuman está de nuevo bien posicionado para ocupar otro alto cargo. El marqués, como ven, mantiene muy buenas relaciones al más alto nivel. —La información del jefe de seguridad era escrupulosa—. También he podido saber que se llevaba mal con su mujer.
—He hablado con diferentes personas que constatan lo que usted dice. El matrimonio ya no disimulaba su poco entendimiento. Discutían mucho, incluso en público —corroboró el inspector Suárez.
—Yo también discuto con mi mujer —comentó el comisario—. Quiere verme más por casa. Pero de ahí a querer matarla va un trecho.
Todos se rieron, pero, inmediatamente después, el comisario se puso muy serio.
—El comisario jefe Juan Bilbao nos pide resultados. Y cuanto antes, mejor. El ministro de la Gobernación quiere que este tema sea prioritario a todas luces. Cualquier pequeño avance se puede convertir en la resolución del caso. Expongan en voz alta sus averiguaciones, por pequeñas que les parezcan —sugirió Benito Poveda.
—He averiguado que el zafiro que llevaba en la mano izquierda es la piedra de las alianzas de pedida de mano. Representa la lealtad, la paz ante las bajas pasiones; es la piedra de la firmeza de carácter contra la deslealtad… —comentó Margot.
—Resulta interesante. Es posible que el asesino nos esté indicando que la víctima era infiel, predispuesta a las bajas pasiones. Eso cuadraría con que le falte el dedo anular, el dedo donde se lleva el anillo de casada —siguió Parker con las hipótesis.
—El marido está a punto de llegar. Haré yo solo el interrogatorio —puntualizó el comisario—. Gutiérrez, pase usted para levantar acta de las preguntas y las respuestas. Inspectora Peters, usted también quédese con nosotros. Necesito de su sexto sentido. Los demás, esperen a que termine su declaración. La comentaremos en cuanto se vaya.
—Aprovecharé para tomar un café —añadió Harry Parker. Los inspectores Suárez y Morales se retiraron a sus mesas, disconformes con la decisión de su jefe.
Diez minutos después, aparecía en la brigada Juan Romero, marqués de Torquemada y marido de la víctima. Era un hombre de mediana estatura, delgado y con un bigote fino alrededor de la boca. Iba con un traje negro de raya diplomática y un bastón que portaba en su mano izquierda, sin necesitarlo para andar.
—Pregunto por el comisario —se dirigió a Morales, que fue el primer inspector con el que se topó.
—Haga el favor de sentarse en esta silla y espere un momento —indicó.
El secretario Jesús Moreno apareció y le hizo pasar al despacho del comisario. Gutiérrez entró para dar fe de todo lo que allí iba a ocurrir y Margot se sentó discretamente al lado de don Eugenio Benito Poveda.
—Le acompaño en el sentimiento, señor marqués —añadió el comisario.
—Muchas gracias. Todavía no me creo lo que le ha ocurrido a mi mujer. Me gustaría verla. —El marqués se expresó con contundencia.
—Están realizándole la autopsia —explicó el comisario—. Todavía no puede. No se preocupe, le avisaremos. Querría saber si tiene usted enemigos.
—Que yo sepa, no. Aunque de lo que sí estoy seguro es de los buenos amigos que poseo.
—¿Y su mujer? ¿Podría tenerlos?
—Lo desconozco. Últimamente discutíamos mucho por sus amistades… Le gustaba salir al teatro y al cine con hombres jóvenes, lo que a mí me dejaba en muy mal lugar. —El marqués se mostraba realmente ofendido.
—¿Eso le enfurecía a usted? —sugirió Benito Poveda.
—Me ponía de mal humor. Yo ya no tengo edad para celos. Pero… ¿no pensarán que he sido yo? —Miró sorprendido al comisario—. Me encontraba en París, como saben.
—Lo sabemos… —comentó Gutiérrez.
—¿Su mujer llevaba el anillo de casada?
—Sí, ¿por qué lo dice? —El marqués cada vez entendía menos.
—No apareció el anillo por ninguna parte —comentó el comisario, ocultándole que también le faltaba el dedo anular.
—El anillo es lo de menos. Se lo habrá robado el asesino. ¿Qué pistas están siguiendo ustedes?
—Todas, señor marqués. Absolutamente todas las vías de la investigación están abiertas en este momento. Le pediré que, hasta que no esté resuelto el crimen de su esposa, no salga fuera de España —indicó el policía.
—¿Cómo dice? Yo tengo negocios en Francia. —La indignación del marqués aumentaba.
—Pues los negocios tendrán que esperar. Por cierto, ¿qué significan para usted los zafiros?
—Pues no sé, una piedra preciosa. La verdad, no entiendo la pregunta.
—¿Y para su mujer tenían estas piedras una atracción especial?
—No tengo mucha idea de joyas, la verdad. He pagado mucho por ellas porque le gustaban. Desconozco si le atraían o no los zafiros. ¿Qué importancia puede tener esto en el caso? ¿Me han traído hasta aquí como sospechoso?
—No, en absoluto. Comprenda que no podemos decirle nada de nuestras pesquisas. Así pues, por el momento nada más —concluyó el comisario.
—¿Pero tienen alguna idea de quién ha podido asesinarla? ¿Quizá unos ladrones que iban a por sus joyas? —seguía preguntando el marqués.
—De momento, son solo hipótesis. Por cierto, observe si le falta algún collar. Muchas gracias por venir hasta aquí.
El comisario se levantó de la silla y estrechó la mano del viudo, que estaba perplejo por las preguntas que le habían hecho. Ni Margot ni Gutiérrez abrieron la boca. Los dos se limitaron a observar. Gutiérrez acompañó al marqués a la salida.
—¿Qué le ha parecido? —preguntó el comisario a Margot.
—No me ha gustado su reacción con respecto a los amigos jóvenes de su mujer —confesó ella.
—Deberíamos investigar precisamente a sus amistades —sugirió el comisario.
—¿Cree que la marca en el cuello la podría haber dejado una gargantilla o un collar? —especuló Margot.
—No lo sé, la verdad. ¿Por qué la marca es uniforme y plana? No tenemos respuestas claras.
Todos los inspectores volvieron a reunirse con el comisario, además de Harry Parker. El inspector Gutiérrez leyó toda la declaración a los presentes.
—Tenía un móvil para hacerlo —comentó Morales.
—Demasiado evidente —añadió Harry Parker—. Ningún asesinato de estas características se resuelve en un día. Hay que investigar a su entorno.
—Estoy de acuerdo —dijo el comisario.
—Yo iré a ver a Aline Griffith para preguntarle por la marquesa. Fueron juntas al baile, quizá sepa algo más —dijo Margot.
—Cada uno que haga su investigación. Nos veremos mañana a la misma hora.
—Yo me despido —señaló Parker—. No dude en consultarme todo lo que crea necesario.
—Eso haré. Muchas gracias por su colaboración —se despidió el comisario.
—Ya ha visto que Margot tiene muy buenas ideas y una gran intuición.
La joven se puso colorada con el inesperado comentario de Parker. El jefe de seguridad se levantó y se despidió de todos. Margot aprovechó para irse de allí también. Apretó el paso y cogió la delantera.
—¡Margot! ¡Margot! —la llamó Parker—. ¿He dicho algo que te haya molestado? —Alcanzó a cogerla.
—No soy una niña que necesite protección. ¡No vuelvas a hacerlo! —le recriminó.
Parker no podía evitarlo, le sacaba catorce años y siempre le salía el instinto de protección. Fueron hasta casa de Margot caminando; conversaban y cada uno daba sus impresiones sobre el caso. Al llegar al número 27 de la Gran Vía, se despidieron con un simple: «¡Hasta pronto!». Parecía que al día siguiente se iban a volver a ver.
—¡No dudes en llamarme! No te enfades, ya sabes que me puede el afán por cuidarte. ¡Lo siento! —arguyó—. Pasará un tiempo hasta que volvamos a vernos.
Margot se dio la vuelta y transformó su evidente enojo en una sonrisa. El responsable de seguridad se quedó impresionado de lo inaccesible que era la joven. Quiso hablar para que se le pasara el enfado.
—¿Vendrás a Londres a ver a tus tíos?
—No lo sé. Es más fácil que vengan ellos a verme a Madrid.
—¡Hasta la vista! —Levantó la mano a modo de despedida.
El diplomático inglés no apartó la vista hasta asegurarse de que Margot entraba en casa. Su instinto protector lo aplicaba, en el caso de la joven, hasta sus últimas consecuencias.