Luna roja

Luna roja


13. Intentando encontrar un motivo

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Intentando encontrar un motivo

Margot, desde casa, marcó el número de teléfono de Aline Griffith. Intentaba averiguar más detalles sobre la vida y la muerte de la marquesa de Torquemada, pero no podía abordar a la condesa directamente. Se le ocurrió la excusa de entregarle en persona un ejemplar de la revista Siluetas, en la que aparecía ella con Casares. Aline aceptó la invitación, pero puso una condición: comer juntas. La citó a la una y media de la tarde en su casa.

—Así podremos comentar a solas lo sucedido en el baile y con plena libertad —añadió la estadounidense.

Margot llegó antes de tiempo y esperó dando vueltas a la manzana a que el reloj marcara la hora convenida. Mientras caminaba de un lado al otro de la acera, aprovechó para pensar en el caso que investigaba y descartar que se tratara de un asesinato por dinero. Las joyas habían desaparecido del cadáver de la marquesa, pero el tipo de crimen dejaba en evidencia una vendetta o una cuenta pendiente entre ella y el asesino.

Sacó de su bolso la pipa de su padre y la cargó con el tabaco que había comprado hacía días en el estanco. Estaba cortado en hebras de distinto tamaño, unas más largas y otras más gruesas, fermentadas y prensadas. La mezcla que le habían vendido era dulce, aromatizada con vainilla. Le dijo el estanquero que se trataba de una preparación que imitaba la que se usaba en las tradicionales pipas francesas de Saint Claude. Cogió un fósforo y lo prendió dando caladas breves y no muy seguidas, sin inhalar el humo, manteniéndolo en la boca. Lo había visto hacer mil veces. De pronto, los dedos alcanzaron tanta temperatura que se quemó.

—¡Mierda! ¿Cómo lo hace la gente sin quemarse? —exclamó.

Se fue pasando la pipa de una mano a otra hasta que empezó a cogerla con apenas dos dedos y el calor se hizo más llevadero. No le gustó el sabor. Le pareció algo picante. Decidió abandonar el tabaco en este primer acercamiento y, en el banco de piedra que vio cerca de la casa, dio varios golpecitos a la pipa del revés y volcó el contenido. Se sintió frustrada, pero se dijo a sí misma que lo intentaría de nuevo en otro momento. La guardó en el bolso y continuó caminando y pensando… El marqués de Torquemada estaba en el punto de mira, pero, a la vez, no sabía nada del zafiro ni de la falta del dedo anular de su mujer. Su desconocimiento era total. ¿Y si se tratara de una mujer que se hubiera enterado de las andanzas de su marido con la marquesa o de un novio despechado después de verla en el baile con tantos hombres? A lo mejor, la rabia interior que había sentido le habría llevado a cometer ese asesinato. Andaba en estas disquisiciones cuando miró el reloj y, cinco minutos antes de la hora a la que habían quedado, llamó al timbre de la casa.

Una señora del servicio perfectamente uniformada le dio la bienvenida y la condujo hasta el salón. No había un solo rincón en el que no hubiera una foto de Aline con sus hijos o con actores o políticos norteamericanos. Apareció vestida con camisa blanca y unos pantalones palazzo negros.

—Querida, gracias por aceptar mi invitación. Hablaremos aquí con más tranquilidad. ¿No te parece? —El acento estadounidense parecía cada día más marcado.

—Al revés, un honor estar compartiendo mesa contigo —exclamó Margot.

Antes de pasar al comedor, otra mujer del servicio les sirvió una copa de jerez y unos taquitos de jamón y queso.

—Me encantan las costumbres españolas y las he hecho mías completamente. No hay nada más agradable que tomar el aperitivo —aseveró.

—Nosotros, a pesar de vivir en Inglaterra, también hemos conservado la costumbre de tomar un vino antes de comer —añadió Margot.

—¿Cómo están tus tíos? Me contó Cayetana que te han criado como a una hija.

—Sí, totalmente. Mis únicos recuerdos están ligados a ellos. Les estoy muy agradecida. Me criaron como la hija que no tuvieron. —Margot hablaba de sus tíos con verdadero sentimiento—. Vendrán a verme en unas semanas. Ya me han anunciado su visita. Ni se imaginan el lío de trabajo que tengo. Bueno, vayamos a lo que me ha traído de nuevo a tu lado —dijo cambiando el tono —. ¿Qué piensas que pudo pasar la noche del asesinato? ¿Sospechas del marido?

—Creo que su marido sería incapaz de encargar ese «trabajo» a nadie —afirmó Aline—. No me cuadra con su personalidad, pero no se le puede descartar. El matrimonio se llevaba muy mal, discutían delante de todos, pero no son los únicos que lo hacen. Es muy difícil que una relación sobreviva al paso del tiempo.

—Entonces ¿quién podría ser? —planteó Margot.

—Ella salía con hombres más jóvenes y a su marido ya le daba igual. Por ahí quizá deban centrarse las investigaciones.

—He pensado lo mismo que tú.

—El matrimonio estaba roto. La noche del crimen bailó con todos los que se acercaron a ella y se lo pidieron —confirmó Aline.

Margot se quedó un momento pensativa y volvió a tomar la palabra.

—No creo que se trate de alguien que bailara con ella de forma casual. Mi intuición me dice que se trata de una persona que la conocía bien. Lo del baile sería la gota que colmó el vaso. ¿Quizá uno de esos hombres que frecuentaba podría haberse enamorado de ella?

—Puede ser… Ella era muy joven cuando se casó con el marqués. Entre ambos había veinticinco años de diferencia. Él ya está cerca de los setenta y ella no hace mucho había cumplido cuarenta y cinco. Pienso que el amor no existió jamás entre ambos. En la alta sociedad muchos matrimonios son de conveniencia. Ellos, tienen sus amantes y ellas, también —apuntó Aline.

—Es algo que no acabo de entender. ¿Por qué te casas si se trata de una farsa? —reprobó Margot.

—Todavía eres muy joven. La vida es así. Además, las familias intervienen mucho. A veces, demasiado.

—Solo hay que mirar a la familia real en el exilio. Una vez que salieron de España, Alfonso XIII vivía en Roma y Victoria Eugenia entre Inglaterra y Suiza. El caso lo conocían bien mis tíos. Ahora que la reina está viuda, habla con admiración del rey y de su legado. Da la impresión de que ha olvidado los muchos feos e infidelidades que cometió. —Margot estaba bien informada sobre el tema.

—Es la reina y ahora solo piensa en sus hijos y nietos. Espero que las nuevas generaciones rompáis con la obligación de casaros con quien no amáis —observó su amiga.

—La reina fue de las pocas que se casaron por amor, según me ha contado Cayetana. Su padre fue el jefe de la Casa hasta que murió. Yo no pienso casarme nunca. No quiero sufrir de desengaño —afirmó.

—El amor no se elige, te atrapa sin pedir permiso y no te puedes escapar. Te lo digo con conocimiento de causa. —Aline sabía de lo que hablaba.

Apareció una de las empleadas del servicio y les indicó que la comida iba a ser servida. Aline se levantó y Margot la siguió. Le encantaba conversar con una mujer de mente tan abierta como ella. Se sentía muy cómoda en su casa. En cuanto pudo, volvió a hablarle del caso de la marquesa que le había llevado hasta allí.

—¿Sabes si le gustaban las piedras preciosas? Los zafiros, en concreto.

—Le gustaban las joyas en general, pero desconozco si, de todas las piedras preciosas, el zafiro era su preferida. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, alguien lo insinuó. —No quiso decirle nada de la piedra que había aparecido en su mano izquierda.

—Quien sabe mucho de joyas es Casares. ¿Por qué no le preguntas a él?

—¡Es cierto! Lo había olvidado. Me lo dijiste cuando os hicimos el reportaje. Por cierto, te he traído la revista. Espero que te guste.

—¡Seguro!

Aplaudió mucho las fotos y los titulares, que leyó a simple vista.

Mientras comían, hablaron del otro gran evento que tendría lugar ese año. El marco sería la ciudad de San Sebastián. Aprovechando que todas las familias aristocráticas se trasladaban allí desde finales de junio, se iba a poner en marcha un festival de cine.

—Se trata del primer festival internacional que se va a celebrar allí, organizado por la Federación de Productores Asociados de Películas. Quieren que paseen por la playa de la Concha los grandes actores y directores de cine de fama mundial. ¡No te lo puedes perder escribiendo como lo haces en Siluetas! —manifestó Aline con entusiasmo.

—Me haría mucha ilusión. Pocas cosas me gustan tanto como el cine y la lectura —dijo emocionada.

Hablaron de temas triviales relacionados con la alta sociedad madrileña y disfrutaron de la deliciosa comida. Pero Margot tenía un propósito, que no era otro que averiguar todo lo posible sobre la víctima, la marquesa de Torquemada. Hasta que al fin desvió de nuevo la conversación al tema que le ocupaba.

—¿Te acuerdas de las joyas que llevaba Genoveva esa noche? —preguntó Margot, restándole importancia.

—Un collar espectacular de brillantes y zafiros. Ahora que lo pienso, se echaba la mano al cierre constantemente. Tenía miedo de perderlo. Me dio la sensación de que se lo podrían haber prestado, aunque ella tenía unas joyas maravillosas.

—¿Quién se lo pudo prestar?

—No tengo ni idea. Pero se lo tocaba todo el rato para asegurarse de que lo llevaba.

—¡Qué extraño! —exclamó Margot.

Continuaron conversando hasta que a Margot se le hizo tarde. Antes de acudir a la Dirección General de Seguridad, debía ir a la redacción de Siluetas. Había descuidado sus colaboraciones, pero este tema de la marquesa volvería a activarlas. Tanto Aline como Margot se despidieron con el compromiso de contarse las novedades que fueran surgiendo.

—Adiós, querida. No tardes en volver a verme.

—¡Descuida!

Veinte minutos después entraba en la redacción de la revista. El director, Justino Ochoa, la estaba esperando. Le había comunicado telefónicamente que le llevaría datos de la marquesa asesinada para incluirlos en el número siguiente.

—¡Benditos los ojos que me permiten verla! —exclamó.

—Sí, don Justino. He tenido que atender al jefe de seguridad de la embajada española en Londres. Me ha sido imposible venir antes por aquí —se disculpó ella.

—¡Cuénteme eso que tiene para nosotros! —sugirió Ochoa.

—La muerte de la marquesa en el baile de máscaras del Ritz. Llevaba, al parecer, un collar de brillantes y zafiros que desapareció. No lo tenía puesto en la escena del crimen.

—Me interesa —confirmó Ochoa—, obviamente no para portada, ya que vamos con temas más amables, pero sí para páginas interiores.

Mientras hablaba el director, a Margot se le ocurrió una idea que podría ser útil para la investigación: publicar en la revista de moda una pista falsa de la que hablara todo el mundo. Eso podría llevar al verdadero asesino a ponerse nervioso.

—¿Me está escuchando, Margot? —preguntó Justino al ver que no parecía atender a lo que le estaba diciendo.

—Perdón, sí, sí. Por supuesto —dijo volviendo en sí.

—Como le decía, me gustaría que contara quién era ella, a qué se dedicaba su marido. Desde cuándo estaban casados. Creo que no tenían hijos… —sugirió él.

—No, no tenían. —Margot seguía dándole vueltas a su idea.

—Todo lo que pueda interesar a nuestras lectoras. La parte criminal se la dejamos a El Caso. Nosotros somos otra cosa.

—¡Por supuesto! —No quiso comentarle que ella estaba también colaborando en el periódico de sucesos.

—Nosotros somos elegantes y nada truculentos. Solo quiero el aspecto humano que nos ayude a conocer al personaje. Algo emotivo, Margot. Sobre todo que haga emocionarse al lector.

—Al parecer, ella tenía amantes, no era la mujer perfecta, don Justino —apuntó Margot a modo de advertencia—. Lo digo por si espera que escriba un cuento de hadas mientras toda la sociedad conoce la verdad.

—Está bien —dijo resignado el director—, pero habrá cosas que será mejor que obvie. Lo de los amantes, ya me entiende. El marido se puede sentir ofendido.

—Haré lo que pueda, pero no le prometo la historia de la Cenicienta.

—¡Está bien!

Margot se fue de allí un tanto decepcionada. Los dos medios eran completamente distintos, pero la verdad solo tenía un camino, se dijo a sí misma. Se riñó por dentro por meterse en dos mundos que no coincidían en nada. Al cruzar la calle, se encontró con el fotógrafo Luis Lequerica, con el que había hecho el reportaje a Casares y Aline.

—¿Te han gustado las fotos?

—La portada de Casares mirando por el ventanal me ha encantado. Aquí llevo un ejemplar, y le he dado otro a la condesa. —Señaló su bolso—. Oye, Luis, ¿no tendrás alguna foto de la marquesa de Torquemada? Sola o con su marido.

—Te lo miro en el archivo. ¿La han asesinado, no? Por ahí apuntan que seguramente se trate de un robo.

—Sí, seguramente —dijo Margot.

No le pareció mal aquel argumento para ponerlo en la revista, junto con la diferencia de edad y la historia del supuesto amor que los llevó ante el altar.

Por otro lado, a Margot le convencía cada vez más la idea de intentar poner a prueba al asesino. Exasperar al autor o autora. Seguía sin descartar que pudiera tratarse de una mujer.

Después de haberse hecho andando el recorrido hasta la Gran Vía, llegó a su casa sudorosa. Tuvo poco tiempo para cambiarse, cenar algo rápido y volver a salir camino de la brigada. Camila y Saturnina no se atrevieron a decirle nada. Se la veía sobrepasada de trabajo.

Antes de las nueve de la noche ya había llegado a Sol. Todos los inspectores estaban sentados en el despacho del comisario Benito Poveda.

—¡Vamos, vamos, inspectora Peters! ¡Tome asiento! —apremió el comisario—. Expongamos las novedades. ¡Gutiérrez, empiece usted!

—El marido está muy nervioso, según cuentan sus empleados. Por lo visto había más de un joven que frecuentaba a la marquesa cuando él estaba ausente —explicó el agente.

En una gran pizarra, el comisario puso el nombre del marqués y escribió la palabra «amantes» en plural. Al lado dibujó una gran interrogación.

—¡Más! ¿Suárez?

—He vuelto a interrogar a la única testigo, la mujer que encontró el cadáver. Reconoce que los andares del arlequín que salía del baño parecían masculinos. Todo me hace pensar que pudiera ser un hombre el que salió del servicio de señoras.

El comisario abrió una tercera vía poniendo la palabra «asesino», y la remarcó con la tiza.

—¡Morales, vayamos con sus pesquisas!

—En el Banco de España me han dicho que el marido tiene pérdidas importantes en sus inversiones, y que su mujer gastaba a espuertas. Podríamos unir a los celos sus problemas económicos.

El comisario apuntó en grande las palabras «pérdidas monetarias».

—¡Inspectora Peters, su turno!

Margot carraspeó antes de tomar la palabra.

—Aline Griffith me ha constatado que el matrimonio ya no disimulaba ni en público lo mal que se llevaba. El día de su asesinato, la víctima lucía un collar de zafiros y brillantes que se tocaba constantemente para cerciorarse de que el cierre estaba bien ajustado. Tuvo la sensación de que se lo habían prestado. —Margot empezaba a adoptar el lenguaje policial.

—Pues el collar no estaba en el lugar del crimen.

—¿Por eso tendría esa marca roja plana sobre el cuello? —remarcó Margot.

—Dudo que sea la marca del collar, pero el asesino se lo llevó junto con la sortija y su dedo. Todo muy macabro —evidenció el comisario.

—Estoy segura de que se trata de alguien que la conocía bien —afirmó la joven.

—¡Coge fuerza el crimen pasional, a pesar del robo del collar! Podría ser para disimular —comentó Morales.

El comisario apuntó de nuevo algo en la pizarra. Finalmente todos vieron la palabra «collar» subrayada.

—Aquí están las claves del asesinato. —El comisario hizo un breve resumen—. Por un lado, el marido con problemas económicos y celos. Por otro, sus amantes esporádicos y quizá alguna mujer despechada. Y un collar desaparecido junto con su sortija de casada y su dedo. Este es el puzle que tenemos que resolver. ¡Sigamos preguntando! Pero mucho cuidado, porque a lo mejor estamos haciendo preguntas al asesino.

—Don Eugenio —interrumpió Margot—, he pensado que, como también colaboro en la revista Siluetas, podría escribir una historia que no tenga que ver cien por cien con la realidad y tender una trampa que provoque al asesino.

—¡Me parece una gran idea! Pero añada que la policía está tras la pista del asesino y que le están pisando los talones. Cuente que tenemos una huella. Como bien dice, ¡pongámosle nervioso!

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