Luna roja
14. Dios por una noche
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Dios por una noche
Antes de que Margot se sentara ante la máquina de escribir, se quedó con la mirada perdida observando la Gran Vía madrileña desde el ventanal de su casa. El día era soleado y parecía que despertaba la ciudad con más ímpetu que otros días. La gente caminaba deprisa y los coches sorteaban a los viandantes que cruzaban por cualquier parte sin ningún temor a los vehículos, incluidos los tranvías. Estos últimos circulaban tan despacio que algunas personas se subían en ellos en marcha.
Pensaba que, entre toda aquella gente que deambulaba por la calle de una acera a otra, había un asesino suelto. Alguien que se sintió Dios por una noche para quitarle la vida a la marquesa. Una persona que probablemente se movía entre los peatones con total impunidad y que habría cometido el crimen por robarle el collar o porque reprobaba el comportamiento de la difunta Genoveva y había decidido que era el momento de poner fin a su existencia. Sin duda se trataba de alguien que se creía por encima del bien y del mal. Imaginaba el odio y el rencor que debía sentir.
Después de tomar un té, se fue a su despacho. Quitó la funda a su máquina de escribir y se sentó frente a ella. Puso dos folios y un papel carboncillo en el rodillo. Comenzó a escribir su artículo para la revista Siluetas:
Genoveva Font llegó a Madrid para casarse con Juan Romero, marqués de Torquemada, cuando acababa de cumplir veintidós años. Se habían conocido pocos meses antes en San Sebastián, en una de las muchas fiestas que se organizaban en el hotel María Cristina. La ciudad costera, en el punto sur del golfo de Vizcaya, se había convertido en el destino favorito primero para la realeza y posteriormente para la aristocracia. Todo el que era alguien en aquella sociedad que se abría camino, todavía con los ecos de la Segunda Guerra Mundial, se daba cita allí. El tradicional recorrido por el paseo marítimo en las tardes de verano había propiciado encuentros entre ellos nada casuales. Las múltiples cafeterías y las mesas al aire libre hacían posible ser vistos y entablar conversaciones que finalmente ayudaron a formalizar una relación como la suya. Ella deseaba emanciparse de sus padres y él era un hombre maduro y libre, ya que años antes se había quedado viudo. Veinticinco años había de diferencia entre ambos. Pero la gran posición social del marqués hacía que la familia de ella viera con muy buenos ojos esa relación que desembocó en una boda precipitada.
Margot tecleaba con fuerza intentando explicar todo lo que le habían contado las personas que conocían bien a la marquesa, hasta llegar al fatal desenlace. Como pudo, coló en el texto que la policía había conseguido una huella —la pista falsa— que podía ser importante para la resolución del caso. Por otro lado, los investigadores habían constatado el robo de la alhaja con la que había ido al baile: «Un collar de zafiros y diamantes de gran valor que había desaparecido de la escena del crimen».
Estaba intentando poner el punto final a su artículo cuando sonó el teléfono de su casa. Lo descolgó inmediatamente y se encontró con la voz de Parker al otro lado.
—¿Margot? Soy Harry.
—¿Qué tal estás? —se interesó.
—Muy bien. Gracias por preguntar. Te llamaba para saber si tenéis más datos sobre el asesino de la marquesa.
—No, seguimos igual. Ahora sabemos que llevaba puesto un collar de zafiros y diamantes que probablemente le habrían prestado para esa noche. ¿Crees que el asesino utilizó el collar para ahogarla? —preguntó Margot.
—No, la marca era uniforme y ancha. Sigo pensando en una soga o algo parecido. Te llamaba porque estoy convencido de que tenéis que buscar en su entorno —explicó—. Este tipo de crímenes están más cercanos de lo emocional que del robo. Piensa en ello. Puede ser clave.
—Gracias, Harry. Se lo trasladaré al comisario.
—Por cierto, tus tíos te van a dar la sorpresa de presentarse allí próximamente —informó a modo de advertencia.
—Sabía que tenían esa idea en la cabeza. Te agradezco que me avises. Ya sabes que ellos no verían con buenos ojos mis salidas nocturnas.
—Por eso te quería advertir.
—Muchas gracias, Parker.
Después de colgar y quedarse pensativa, decidió concluir su artículo. Añadió una coletilla que, estaba convencida, pondría nervioso al asesino: «La persona que asesinó a la marquesa de Torquemada pertenece a su círculo más cercano. La policía lo sabe y está esperando el momento oportuno para su detención. Este caso no tardará en resolverse».
Margot sonrió. Estaba segura de que el artículo llegaría a manos de quien quitó la vida a la marquesa. Y picaría el anzuelo, solo había que esperar. Era cuestión de tiempo, se convencía a sí misma.
Se arregló para salir de casa. Llevaría primero el artículo a la revista y después devolvería a Cayetana los trajes de fiesta que les había prestado a Parker y a ella. En esa ocasión fue en su descapotable hasta el palacio de Liria. Cayetana llevaba poco tiempo allí instalada con toda la familia, después de las largas obras de reconstrucción. Una persona del servicio la condujo hasta uno de los salones y allí esperó a la duquesa de Alba.
—¡Margot! ¡Qué alegría verte por aquí!
—Te he traído los trajes que nos prestaste para el infausto baile de máscaras —dijo alargando la bolsa que llevaba en la mano.
—No había prisa —dijo, y cambió de tema—: Voy a aprovechar para enseñarte cómo han quedado las habitaciones principales. Bueno, Luis te lo explicará mejor, que hoy está aquí.
Cayetana hizo que el servicio llamara a su marido y, a los cinco minutos, Luis Martínez de Irujo hizo su aparición ante ellas.
—Ya me contó Cayetana la tragedia de la que fuisteis testigos. ¡Terrible! ¡Qué muerte tan cruel! —exclamó mientras se acercaba a Margot para saludarla.
—No me quito el caso de la cabeza, pero hablemos de algo más agradable. Tengo que darte la enhorabuena por el trabajo que has desarrollado aquí —afirmó Margot mientras recorría la estancia con la mirada.
—Muchas gracias, Margot. Al final, el arquitecto Manuel Cabanyes ha sido el encargado de construir el nuevo palacio. Ha utilizado los planos de reformas que hizo el arquitecto inglés sir Edwin Lutyens. Hemos hecho muchas modificaciones en el proyecto. Por ejemplo, en la escalera principal, en la capilla y en el zaguán. Tenías que haber visto cómo estaba todo. La guerra lo dejó completamente destrozado. Hubo varios incendios y prácticamente solo quedó la fachada. El padre de Cayetana hizo mucho hasta su muerte. —El marido de la duquesa se explicaba con total soltura.
—¿Se perdieron obras de arte en esos incendios? —quiso saber Margot.
—Dentro de la desgracia, la mayor parte de la colección fue salvada y protegida en diferentes lugares de la capital: la embajada británica, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el Banco de España, entre otros —aclaró Cayetana.
—Menos mal. No quiero imaginar qué hubiera pasado de perderse todo vuestro patrimonio.
—Hubiera sido una pérdida irreparable. Aquí hay obras de Goya, Velázquez, Murillo, Zurbarán, el Greco, Ribera, Rubens, Tiziano…
—Es un privilegio que me enseñéis estas joyas artísticas —confesó embelesada.
—Piensa que aquí conservamos más de quinientos años de coleccionismo: pinturas, esculturas, tapices, muebles, grabados, documentos importantes y primeras ediciones de libros. La responsabilidad de tener en mis manos ese patrimonio me ha quitado el sueño muchas noches. Pero el trabajo difícil ya está todo hecho.
—Ahora queda que lo podáis disfrutar. Luis, Cayetana, no me canso de daros la enhorabuena. Cuando mis tíos vengan a Madrid, me gustaría enseñarles la reconstrucción que habéis hecho.
—Están invitadísimos. Ya lo sabes —añadió Cayetana.
Margot miró el reloj, se estaba haciendo tarde para la clase de tiro que tenía en la Escuela de la Policía. El duque de Alba insistió en que tomara un vino de jerez antes de irse. Margot aceptó. Cayetana, como estaba embarazada, bebió un zumo de naranja.
—¡Salud! —dijo el duque levantando su copa.
—¡Salud! ¡Y que cojan pronto al asesino de la marquesa! —chocó su copa.
—Sigo sin reponerme —comentó Cayetana—. Ha sido algo horrible.
—¿Cómo se encuentra su marido? —preguntó Margot.
—Está muy mal. Una cosa es que ellos se llevasen regular y otra que su mujer apareciese muerta.
—¿Ha comentado el marqués si le ha desaparecido alguna pieza del joyero? —se interesó.
—No, que yo sepa. ¿Por qué lo dices? —preguntó Cayetana con curiosidad.
—En el baile llevaba puesto un collar de zafiros y diamantes que, cuando apareció en los servicios, ya no llevaba encima.
—Entonces ¿fue un robo el motivo del crimen? —sugirió Cayetana.
—No, no creemos que se trate de un ladrón. Aquí hay algo más. ¿Conocíais a los jóvenes con los que salía?
—Eran hijos de aristócratas. El que más la acompañaba a actos y eventos sociales era Juan Ignacio del Castillo, el hijo del conde de Tomares —afirmó Luis Martínez de Irujo.
—¿Crees que podría hablar con él?
—No creo que tenga ningún inconveniente. Te puedo dar el teléfono de sus padres.
—Me harías un gran favor. ¿Ellos dónde viven? —afirmó Margot.
—En la calle del Pintor Rosales. Creo que en el número 17 o 19.
El duque escribió el número de teléfono en un papel que Margot guardó en su bolso.
—Muchas gracias. Espero volver a veros muy pronto.
Miró de nuevo el reloj. Se le había hecho tarde. Se despidió precipitadamente y se fue en su coche a toda velocidad a la Escuela de la Policía.
Aunque el comisario Eusebio Benito Poveda ya no se encontraba allí, la dejaron pasar a la sala de tiro. Durante media hora no paró de disparar una y otra vez a la diana y realizó tres impactos certeros. Otros policías la felicitaron. Al terminar, volvió a guardar la pistola Astra 3000 en el bolso.
Regresó a casa con la satisfacción de ver que mejoraba la puntería.
Al abrir la puerta, escuchó unas voces que le resultaban familiares. Entró en el salón y se encontró con sus tíos, Julián y Frances. Mientras la esperaban con impaciencia, Saturnina había improvisado un almuerzo.
—¡Sorpresa! —dijeron los dos.
Margot sonrió al verlos. Parker le había advertido, pero no le había dicho que, en realidad, iban a viajar ese mismo día. Los abrazó y ellos enseguida le pidieron novedades sobre su vida en Madrid.
—¡Cuánto te hemos echado de menos! No hay día que no pensemos o hablemos de ti —confesó su tía.
—Parker nos puso al día de todas las novedades. Supimos por él que habían asesinado a la marquesa de Torquemada cuando tú estabas en el mismo baile de máscaras. ¡No nos dijiste nada! —le recriminó su tío.
—No quería preocuparos. En realidad no sé mucho.
—¡Pero ha tenido que ser horrible para ti! —insistía su tía Frances.
—Yo estaba con Parker acompañando a la duquesa de Alba. Imaginamos que quisieron robarle el valioso collar que llevaba. —Camila, para no delatarla, añadió que, en realidad, la joven estaba tan volcada en su mundo de la moda que no se enteraba de lo que pasaba a su alrededor.
—Ya veo —dijo su tío—. Bueno, estos días vamos a quedar con nuestras amistades y nos gustaría que nos acompañaras.
—Tengo mucho trabajo —pretendió excusarse—. Dependerá de la hora a la que quedéis. Si es por la noche, no contéis conmigo. Me estoy acostando muy pronto. Os lo puede decir Saturnina —dijo buscando la complicidad de la mujer.
—Prontísimo, sí, señor. Nos tiene preocupadas, porque trabaja mucho. ¡Muchísimo! —Margot le sonrió agradecida.
—Como quieras, pero mañana deberás sacar tiempo para ir al funeral y dar el pésame al marqués de Torquemada. El embajador me ha pedido que vaya ex profeso de su parte —la conminó su tío.
Margot abrió los ojos como platos. No supo responder. No le iba a decir a su tío que en realidad era una de las personas que habían estado presentes en el interrogatorio del marqués en la Dirección General de Seguridad.
—Preferiría no hacerlo. Son cosas vuestras… —se atrevió a decirles.
Camila, algo nerviosa, sugirió que no deberían llevar a Margot a algo tan desagradable. Se lo dijo medio en inglés medio en español.
—¡Ya veo tus avances! Has entendido lo que estábamos diciendo —exclamó Frances, antes de volver la vista hacia Margot—. Está bien, no te vamos a insistir, pero lo suyo sería que nos acompañaras —añadió, sin comprender exactamente lo que le ocurría a su sobrina.
—Piensa que yo estoy escribiendo en la revista Siluetas sobre el tema. No me parece bien verlo cara a cara —se excusó.
—Entiendo —dijo su tío, consciente de que, si Margot decía que no, no habría forma de convencerla—. Quizá mañana lo veas con otra perspectiva.
Margot no añadió nada más. Miró su reloj de muñeca y resopló. No sabía cómo escaparse a la Dirección General de Seguridad.
—Confío en que no os parezca mal, pero he quedado con Cayetana en acercarme al palacio de Liria. Espero que me podáis disculpar. No sabía que veníais. Mañana pasaré con vosotros todo el día. ¿De acuerdo?
—¡Claro! Me encanta que te veas tanto con ella. ¿Te arreglarás un poco, verdad? —recomendó Frances.
Se fue a su habitación y Saturnina siguió sus pasos. Pudieron hablar cuando se quedaron a solas.
—Señorita, ¡nos van a pillar sus tíos! Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo. Se lo digo yo.
—Llamaré a Cayetana mañana. Seguro que esta noche tiene algún compromiso. No hay ningún problema. He estado esta mañana con ella y tengo novedades que contarles.
—¡Dios mío! —Saturnina no dejaba de santiguarse.
—El problema va a ser que esta noche tendré que ir más arreglada de lo normal a la comisaría.
—¡En qué ambientes se mueve usted últimamente para llevar pistola! —recriminó Sátur.
—De eso, por favor, nada de nada a nadie, y menos a mis tíos. ¿Me oyes? Además, ¡dónde voy a estar más segura que con la policía!
—En eso tiene razón.
Se puso un traje de chaqueta negro con una blusa de seda de color blanco y un sombrero sofisticado, que pensaba quitarse nada más llegar a la Puerta del Sol. Pidió de nuevo discreción a Saturnina y se despidió de sus tíos oliendo a perfume con gotas orientales, como le gustaba a Frances.
—¡No vuelvas muy tarde!
—Tranquila, tía. Me traerá su chófer hasta aquí.
Se quedaron esa primera noche sin acudir a ninguno de los muchos compromisos que tenían. Se encontraban cansados de un viaje tan largo. Les gustó mucho el piso y cómo lo habían decorado, así como la ubicación. Julián miró a través del gran ventanal del salón y disfrutó al divisar a lo lejos la luna nueva.
—¿Has visto, Frances? La luna está preciosa. El cielo de Madrid es único.
—Margot is like you. —Camila le dijo a Julián que su sobrina era como él. Siempre mirando a la luna a través del gran ventanal.
—Es cierto, no sé qué atractivo especial tiene la luna para ambos—contestó Frances.
Al salir, Margot pudo coger un taxi y llegar puntual a la Puerta del Sol. Como tenía previsto, antes de entrar en la Dirección General de Seguridad, se quitó el sombrero. Aun así, Morales le dedicó unas palabras poco afortunadas.
—Estás en una comisaría. No vas a un acto de los tuyos. Esto de moda tiene poco —opinó de forma malintencionada.
—No tienes ni idea de dónde vengo. De modo que ¡cállate! —dijo en un tono de enfado que jamás habían visto antes en ella.
—¿No puedes ser un poco más amable con la inspectora Peters? —le recriminó Gutiérrez, que estaba a su lado.
—Ni es inspectora, ni tengo por qué ser amable.
—Personas como usted hacen la vida mucho más difícil a los demás —afirmó Margot.
Morales se quedó inquieto con lo que acababa de decirle Peters. ¿Era una persona que complicaba la vida a los demás? De momento, el comentario de Margot sirvió para que no volviera a abrir la boca.
El comisario salió de su despacho sin saber de qué estaban hablando y les pidió a todos que pasaran.
—Señores, necesito nombres. Alguien que nos ayude a tirar del hilo.
—Yo tengo uno —comentó Margot.
—¿De quién se trata? —preguntó el comisario con curiosidad.
—De uno de los más asiduos acompañantes de la marquesa. El hijo mayor del conde de Tomares, Juan Ignacio del Castillo.
—¿Sabe cómo localizarlo?
—Vive en la calle Pintor Rosales. Tengo también su teléfono. Yo creo que deberíamos esperarlo en la puerta de su casa para que no le dé tiempo a preparar una coartada —sugirió Margot—. Iría yo, pero me temo que tendré que asistir al funeral de la marquesa acompañando a mis tíos. No quiero que los marqueses de Tomares me vean rondando por su casa.
—Gutiérrez, irá usted mañana temprano, lo esperará a la salida y le preguntará por su relación con la marquesa —ordenó el comisario—. También necesitamos saber si estaba en el baile y si bailó con ella. Será interesante lo que nos vaya a decir. ¡Gracias inspectora! ¿Y ustedes han averiguado algo?
—El marido se veía frecuentemente con una dama en París. Podría tener un motivo más que suficiente para acabar con su mujer. Me lo han contado confidencialmente.
—Ya veo que el caso se va torciendo. La autopsia ha confirmado que su muerte fue por asfixia, lo que ya sabíamos. Hay algo más: entre sus uñas han encontrado restos de piel. Su asesino debe llevar un arañazo en algún lugar del cuerpo. No ha tenido tiempo de que le cicatricen las heridas —informó el comisario Poveda.
—Entonces deberíamos asistir al funeral —comentó Margot—. Allí estará toda la alta sociedad. Parker insiste en que el asesino se encuentra en su entorno.
—Nos mezclaremos entre la gente. Por mi experiencia, es de los que estén más compungidos, los que lloren más, de quien habrá que sospechar. Estaremos muy atentos. Opino como Parker, el asesino se encontrará allí seguro.