Luna roja

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15. Un funeral con muchos sospechosos

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Un funeral con muchos sospechosos

Al día siguiente, los tíos de Margot se encontraron con la grata sorpresa de que su sobrina había decidido acompañarlos al funeral de la infortunada marquesa. Lo que no sabían era el motivo real que le había hecho cambiar de opinión. Ellos tampoco le pidieron explicaciones.

El oficio religioso estaba previsto para las siete de la tarde en la iglesia de Santa Bárbara, que siglos atrás había pertenecido al antiguo convento de las Salesas Reales. Lo que más destacaba era su elegante fachada con las estatuas de san Francisco de Sales y santa Juana Francisca Frémyot, que acogerían a toda la sociedad del momento, conmovida por el terrible asesinato.

Afortunadamente había dejado de llover, pero el día seguía desapacible y frío. Eso no impidió que los aledaños de la iglesia estuvieran atestados de curiosos que querían ver a los familiares de la marquesa asesinada.

Desde media hora antes, el viudo, Juan Romero, marqués de Torquemada, y los conocidos más allegados fueron los primeros en acceder al templo. Por lo tanto, los primeros también en subir una majestuosa escalinata que a los inspectores, apostados en la parte superior, les permitía observar a todos los nobles y aristócratas que deseaban acompañar al marqués.

Las mujeres lucían sus mejores pieles y los hombres, sus buenos abrigos de paño. Aquello más que un funeral parecía una exhibición de estatus social. Justo en la entrada, un grupo de niños con las ropas remendadas pedían unas monedas con las manos extendidas a la vez que sonreían.

Mientras tanto, la policía buscaba a alguien con arañazos en la cara o en las manos. Todos los miembros de la brigada daban por hecho que el asesino iba a estar allí presente y lo podrían cazar por esos signos externos que lo delatarían. Estaban convencidos de que se había producido una lucha previa a la muerte de la infeliz Genoveva.

Al llegar arriba junto con sus tíos, Margot divisó a sus compañeros de brigada, pero disimuló y pasó a su lado sin saludarlos. Vio, entre los niños harapientos que pedían en la entrada de la iglesia, a uno que andaba con ayuda de una pequeña muleta. Se acordó del anuncio que acababa de hacer el laboratorio Behring sobre el descubrimiento de la vacuna contra la polio. ¿Cuándo llegaría a todos?, se preguntaba sin poder dejar de mirarlos. Era el momento en el que los dos extremos se daban la mano. Los que vivían fuera de la realidad y los que estaban atrapados en ella.

Enfrascada en estos pensamientos, Margot accedió al interior de la iglesia, unos pasos por detrás de Frances y Julián. Observando hacia un lado y hacia otro, intentó evitar la mirada del marqués de Torquemada, que la había visto en comisaría.

Según caminaba por el interior de la iglesia, disimuló parándose a leer los nombres de los sepulcros que se encontraban a su paso: Fernando VI y su esposa, la reina Bárbara de Braganza, o el del primer duque de Tetuán, Leopoldo O’Donnell.

Cuando Frances y Julián tomaron asiento, Margot se apresuró a sentarse a su lado. Respiró hondo. Miró a su alrededor y pudo ver a un par de jóvenes muy compungidos dos bancos por delante de ella. Uno llevaba un guante en la mano izquierda; el de la mano derecha se lo había quitado. Se preguntaba si sería el autor del crimen. Era extraño que se tapara la mano izquierda sin hacer ademán de quitárselo. Pensó que debería avisar a sus compañeros. Observó que Gutiérrez estaba cerca.

—Voy a saludar a un amigo de la revista —dijo a su tía—. ¡Guárdame el sitio!

—¡El funeral está a punto de empezar!

—Será algo rápido.

Se fue hacia la parte de atrás del templo y, al llegar a la altura del inspector Gutiérrez, le extendió la mano. Mientras lo saludaba haciéndose la encontradiza, le habló en voz baja.

—Dos bancos delante de donde estoy sentada hay dos jóvenes. Uno de ellos va con un guante en la mano izquierda. Ni dentro del templo se lo ha quitado. Podría ser quien buscamos —le informó en un susurro.

—Está bien. Me encargaré de él.

Margot retrocedió sobre sus pasos y volvió a ocupar su sitio junto a sus tíos. La misa comenzó y el sacerdote tuvo unas duras palabras para el autor de un «crimen tan execrable». Posteriormente, en la homilía, habló de la dureza del momento para los familiares y amigos.

El comisario subió a donde estaba situado el órgano de la iglesia, en la parte superior del templo, y desde esa altura observó cada movimiento de los asistentes.

En las primeras filas, el viudo no derramaba una lágrima, parecía ausente. Algunas de las mujeres que cotilleaban en la puerta sobre la difunta lloraban amargamente. Más atrás, el comisario se fijó en un hombre que permaneció sentado durante el transcurso de la ceremonia, parecía abatido. De vez en cuando, le hablaba al oído otro asistente que estaba a su lado. Se preguntó quién sería. Y en los bancos del final, otro hombre despertó sus sospechas. Miraba hacia un lado y hacia otro. Parecía que buscaba a alguien. Era el más joven de todos los sospechosos. Pensó que podría ser Juan Ignacio del Castillo, el hijo de los condes de Tomares, al que no habían podido seguir ni interrogar al no haber salido de su casa en toda la mañana.

Bajó hacia donde estaban los inspectores y a cada uno le dijo a quién debía seguir. A Gutiérrez le indicó que estuviera atento al joven del guante, como había sugerido Margot. A Morales, que no perdiera de vista al viudo. A Suárez, que vigilara al joven que parecía tan nervioso. Y a Margot, que se acercara hasta el hombre que no se levantó del asiento en toda la ceremonia. Para comunicárselo, tuvo que aproximarse hasta donde estaba la joven con sus tíos.

—Por favor, es solo un momento —se disculpó Benito Poveda.

—¡Es el comisario! —le dijo a su tía—. Lo conocí con Parker el día del crimen. Me quiere decir algo.

Se salió del banco y se puso en un aparte a hablar con él.

—Inspectora Peters. Hay un hombre en las primeras filas que parece abatido. Venga conmigo un segundo a observarlo desde la parte superior.

Subieron las escaleras que conducían al órgano de la iglesia y desde allí pudo señalarle de quién se trataba.

—Señor comisario, conozco bien a ese hombre. ¡Es el diseñador Pedro Casares! No creo que sea sospechoso. De todas formas, me acercaré a hablar con él. ¡Descuide!

—Nos vemos esta noche.

—¡De acuerdo! —confirmó ella.

Margot volvió a bajar las escaleras y se incorporó de nuevo al banco donde estaban sus tíos.

—¿Qué quería ese hombre? —preguntó Frances.

—Quiere que le eche una mano. Me ha pedido que vaya esta noche a la comisaría para decirle quién es quién de los asistentes al funeral. Están realizando fotos de los sospechosos y no tienen muy claro de quién se trata.

—¡Pero tú tampoco conoces a todo el mundo! —replicó su tía.

—Bueno, me ha pedido ayuda y no puedo negarme.

—No, claro.

Acabó el oficio religioso y sus tíos se acercaron a dar el pésame al viudo. Al rato, se formó una larga cola. Margot no los acompañó con la excusa de ir a saludar al modisto Pedro Casares. Se acercó poco a poco hasta su banco, mientras lo observaba de lejos. El modisto continuaba sentado, sin moverse. Margot le sacó de su estado al dirigirse a él.

—Señor Casares, no esperaba verlo aquí.

De pronto recordó que el mismo día que le hizo la entrevista recibió la visita de la marquesa. ¡Claro, la marquesa de Torquemada! ¡Era su clienta!

El modisto salió de su ensimismamiento y levantó la cabeza. No se había quitado la bufanda durante toda la ceremonia y tenía la cara congestionada.

—Buenas tardes —contestó muy serio—. La vida es muy complicada o más bien nos la complicamos. Todo esto se podría haber evitado.

—Ya… —Margot no sabía a qué se refería, pero le siguió en la conversación—. ¿Está convencido de que se podría haber evitado?

—Sí, pero ya es tarde para lamentarse. Lo hecho, hecho está. No hay vuelta atrás —se lamentó el modisto.

—Desconozco cómo se podría haber evitado… —insistió ella.

El modisto masculló algo ininteligible y se levantó del banco. Margot no supo si se había disculpado con ella por dejarla con la palabra en la boca o si la había contestado. Casares, acompañado de su pareja, se colocó al final de la cola para dar el pésame al viudo. Margot pensó en decirle al comisario que, más que abatimiento, lo que tenía el modisto era probablemente algo de agotamiento. Seguramente, habrían sido días de muchas citas con clientas conmocionadas con lo que había sucedido.

Cuando lo miró a los ojos, no vio nada. Ni pesar ni indiferencia. Era la persona menos expresiva que había conocido en su vida.

El inspector Gutiérrez siguió al joven del guante, que no se lo había quitado durante toda la ceremonia y había abandonado el templo sin dar el pésame al viudo. Cuando estuvo solo, alejado del resto de los asistentes, le cortó el paso y se identificó como policía.

—Inspector Gutiérrez —dijo a la vez que enseñaba la placa—. ¿Podría hacerle unas preguntas?

—¿A mí? ¿Por qué? —dijo evidentemente nervioso.

—Por su amistad con la marquesa.

—Muchas personas éramos amigos de la marquesa.

—Estamos hablando con todos —aclaró Gutiérrez.

El joven se quedó pensativo y, finalmente, accedió a ser preguntado en mitad de la calle.

—¿Qué desea saber? —Carraspeó.

—Lo primero, su nombre completo.

—Me llamo Mario Jiménez de las Heras.

—¿Estuvo en el baile del Ritz? ¿Bailó con la marquesa? —preguntó directamente el inspector.

—A la primera pregunta, sí, y a la segunda le respondo que no —contestó el joven igual de tajante.

—¿No bailó con ella? ¿Qué tipo de relación mantenía con la marquesa?

—Le gustaba que la acompañara, nada más.

—Y, sin embargo, usted no bailó con ella.

—Ya le he dicho que no.

El policía se quedó mirando su mano izquierda.

—¿Podría quitarse el guante?

—¿Por qué?

—Por curiosidad. Ha estado todo el funeral con el guante puesto.

—¿Sí? No me he dado cuenta, porque voy siempre con él —argumentó el joven.

—¿Me podría enseñar su mano sin el guante?

—Lo cierto es que no —se negó en rotundo—. ¿Qué tipo de pregunta es esa? He accedido a pararme, pero no estoy dispuesto a quitarme ni el guante ni la ropa.

—Está bien, le citaremos en comisaría. Deme un teléfono de contacto.

—Pues acudiré sin ningún problema siempre que no me coincida con mis compromisos. —El chico le dio el teléfono.

—¿A qué se dedica usted? —siguió preguntando Gutiérrez.

—A vivir. En mi familia no está bien visto trabajar. Vivimos de las rentas, aunque mi padre ha aceptado por un tiempo limitado ayudar a un ministro de Franco.

—¿Su padre quién es?

—¿No es usted policía? ¡Averígüelo! No quiero meter a mi padre en todo esto. Le pido que lo dejen al margen. Bueno, considero que ya tiene usted lo que quería de mí.

—Si me dejara ver su mano liberada del guante… —Gutiérrez insistía.

—No estoy dispuesto a dedicar a esta conversación ni un segundo más. Usted no sabe con quién está hablando. He tenido demasiada paciencia. —Hizo ademán de irse de allí—. En la policía no hay más que imbéciles.

—En ese caso, me veo obligado a detenerlo.

—¿Qué he hecho? Tengo cosas más interesantes que hacer esta noche. ¡Déjeme en paz!

—Queda detenido por desacato.

El inspector Gutiérrez le puso las esposas en mitad de la calle y le tapó las muñecas con la gabardina para que no le mirara nadie.

—¡Vamos a comisaria!

—No tiene ni idea de dónde se está metiendo —amenazó el detenido.

El inspector Suárez preguntó a varios asistentes si sabían quién era el joven que se veía tan nervioso durante el funeral. Todos coincidieron en que se trataba de Juan Ignacio del Castillo, hijo menor de los condes de Tomares. No había salido de su casa durante toda la mañana y su compañero Gutiérrez no pudo interrogarlo. Él esperó pacientemente a que saliera de la iglesia para abordarlo. Iba en compañía de otros jóvenes.

—¿Señor Del Castillo? —le interrumpió Suárez.

—Soy yo. ¿Qué desea?

—Necesito hablar con usted a solas. —Miró al resto del grupo.

—Puede hablarme delante de todos. No hay problema.

—Soy policía y estoy investigando la muerte de la marquesa.

—¿Y yo en qué puedo ayudarle? —dijo nervioso.

—Tengo entendido que usted bailó con ella en la noche del crimen.

—Sí, bailé con ella.

El resto del grupo que le acompañaba lo arropó.

—¡Nosotros también bailamos con ella! De hecho, no paró de bailar en toda la noche. Estaba eufórica —dijo el más descarado.

El inspector volvió a preguntar al hijo menor del conde de Tomares.

—¿Usted de qué iba vestido en el baile de disfraces?

—De arlequín —afirmó—. ¿Qué tiene que ver eso con lo que ha ocurrido?

De los cuatro amigos que le acompañaban, otros dos dijeron haber ido vestidos también de arlequín esa noche.

—Me van a dar todos sus datos, si no les importa. —Suárez anotó los nombres y apellidos de todos ellos, así como sus teléfonos.

—Dicen que usted —se dirigió a Juan Ignacio— mantenía una relación digamos que «cordial» con la marquesa. Se veían con mucha asiduidad.

—Éramos amigos, sí. No sé qué hay de malo en eso, cuando su marido no le hacía ni caso. Estaban casados, pero llevaban vidas separadas —confirmó el joven—. El marqués pasaba largas temporadas en Francia. Deberían investigar por ahí. Me temo que el que ha cometido el crimen ahora vendrá a por mí. Se muchas cosas que quizá no debería.

—Sería bueno que viniera a comisaría esta misma noche para que compartiera con nosotros eso que usted sabe… —sugirió el inspector

—De acuerdo.

—Le esperamos a partir de las diez en la Dirección General de Seguridad.

—¿No es muy tarde? —preguntó extrañado el joven.

—Para nosotros, no.

—Está bien. Allí estaré.

Morales fue el que tardó más en averiguar algo. Estuvo pendiente del marqués de Torquemada, el viudo. La larga cola con los asistentes dándole el pésame le dio una perspectiva que los demás no tenían. Vio pasar por allí a casi todos los que tenían algún título nobiliario y a los principales hombres de negocios del país. Comprobó que con unos era más efusivo que con otros. El comisario Eugenio Benito Poveda quiso ser el último en acercarse a darle el pésame.

—En nombre de la policía que investiga el caso, le doy nuestro más sentido pésame.

—Muchas gracias. Ustedes no descansan ni en un lugar sagrado como es este—dijo el marqués, molesto.

—Bueno, por eso conseguimos resolver los crímenes —le recriminó el comisario.

—¿Saben algo del asesino?

—Estamos cerca de él. —Se lo quedó mirando fijamente a los ojos.

El comisario se retiró, pero el inspector Morales no perdió de vista al viudo. Había algo en su comportamiento que le hacía sospechar de él. Aunque estuviera en París a la hora del asesinato de su mujer, podía haber contratado a un sicario que lo hiciera por dinero. Lo de contratar sicarios era tan antiguo como el Imperio romano, pensaba. No le parecía tan descabellada la idea.

Cuando el marqués se retiró en un coche con chófer, Morales regresó a la comisaría. A partir de las nueve, se iban a reunir todos. Habían conseguido pocos avances. El funeral no había dado los frutos que esperaban.

El comisario parecía muy serio cuando iban llegando uno a uno. No habían conseguido localizar a ningún asistente con arañazos en brazos o cuello. Solo tenían sospechosos, pero sin saber a ciencia cierta si tenían en su piel las señales de las uñas de Genoveva.

—¡Eso y nada es nada! —bramó el comisario.

—Bueno, en una hora vendrá a declarar Juan Ignacio del Castillo, el hijo menor del conde de Tomares. Dice saber algo que nos puede interesar —comentó Suárez.

—Algo es algo.

—Falta Gutiérrez. Es muy raro que ya no esté aquí —comentó el comisario.

Justo en ese momento, apareció el inspector en compañía de Mario Jiménez de las Heras. Aunque llevaba la gabardina encima de las manos, todos imaginaban que había llegado esposado a la brigada.

El comisario se levantó y le pidió que pasara a su despacho. Allí le harían el primer interrogatorio.

—Están cometiendo un gravísimo error. Ya les digo que les traerá consecuencias —dijo el detenido de muy malas formas.

—A estas alturas de mi vida las amenazas, no me hacen mella —contestó muy seco el comisario.

Se sentó al otro lado de la mesa y pidió a la inspectora Peters que entrara.

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