Luna roja
16. El interrogatorio
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El interrogatorio
El detenido era un hombre de mediana estatura, delgado y con muy mal carácter. El comisario pidió que le quitaran las esposas para interrogarlo. El inspector Gutiérrez lo había llevado hasta allí por desacato a la autoridad, pero, en el fondo, lo que pretendía era saber algo más de él y de su relación con la marquesa. A pesar de quedar liberado de las esposas, seguía sin quitarse el guante de su mano izquierda. Eso los mantuvo a todos alerta durante el interrogatorio. Cabía la posibilidad de que fuera el autor del crimen y estaban deseando resolver esta cuestión de una vez por todas.
—Señor Jiménez de las Heras, no ha respetado a la autoridad y eso es un delito —comentó el comisario—. Ha llamado imbéciles a los policías.
—¿Y qué esperaba? Me he parado voluntariamente y me he sometido a las impertinentes preguntas del inspector —se intentaba justificar—. A lo que me he negado ha sido a quitarme el guante. No lo podía consentir.
—No comprendo que pedirle que se quite un guante suponga un problema —observó el comisario.
—Pues sí que lo es. Yo voy siempre con guante. Mis amigos saben que no me lo quito nunca.
—Pero ¿cuál es el motivo?
—No tengo por qué decirle a nadie el motivo que me lleva a no quitarme un guante —se defendió el detenido.
—Está bien. Díganos qué tipo de relación mantenía con la marquesa de Torquemada.
—Una relación normal entre una persona que maneja mucho dinero y no sabe en qué gastárselo y otra que no maneja nada, como es mi caso, y sí conoce sitios a dónde ir —afirmó sin titubeos—. Yo le daba buenas ideas a Genoveva sobre cómo divertirse y, a la vez, sobre cómo ampliar sus conocimientos. De vez en cuando, nos escapábamos al casino Barrière de Biarritz, aprovechando las largas estancias en Francia de su marido, o nos íbamos a ver un museo de cualquier ciudad europea.
El comisario estaba frente al tipo de persona que más odiaba: el vago de cuna entretenedor de señoras. Le miraba a los ojos intentando averiguar si un ser tan caradura sería capaz de matar. Por su experiencia cerca del mal, diría que no, pero su empecinamiento en no quitarse el guante lo elevaba a la categoría de principal sospechoso.
Debían averiguar por qué motivo habría cometido el asesinato, qué oscuro deseo ocultaban esa cara de vividor y esa mano enfundada en un guante negro que no quería quitarse bajo ningún concepto. El comisario siguió preguntando.
—¿Qué tipo de servicios le ofrecía a la marquesa?
—La acompañaba en su soledad y nos lo pasábamos bien juntos.
—¿Dejó de llamarle por alguna causa? —El comisario no dejaba de presionarle.
—¿Por qué dice eso?
Evidentemente se molestó con la pregunta y no contestó. Saltaba a la vista que las cosas no debían ir bien entre ellos últimamente. Margot, que había estado callada y observaba desde lejos el interrogatorio del comisario, escribió una nota que le acercó a Gutiérrez y este a su vez se la pasó a Benito Poveda: «Me temo que la razón de no querer mostrar la mano es un complejo por algún deterioro. ¡Alguna enfermedad!». El inspector leyó la nota y la metió en su cajón. Siguió preguntando.
—¿Estaba ofendido porque le había rechazado por otro joven?
—Eso no es verdad. Seguíamos siendo buenos amigos —protestó Mario.
El inspector Gutiérrez carraspeó y con la mirada le pidió permiso al comisario para hacer otra pregunta.
—¿Y por qué usted no bailó con ella esa noche?
Miró al inspector de forma desafiante y no contestó. Su actitud fue de desprecio hacia Gutiérrez. El comisario volvió a intentarlo.
—De modo que usted no bailó esa noche con ella.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esa noche fue acompañada por… —dijo haciendo una pausa—… otras personas, y no quise importunarla.
—¿Acudió al baño de señoras para hablar con ella?
—No. Me limité a bailar con todas las damas que vi libres.
—Ya… Quiso darle celos —dijo el comisario de forma retórica.
—Yo no diría tanto…, pero me lo pasé muy bien bailando con todas las mujeres que me lo pedían con la mirada.
—¿La marquesa de Torquemada se lo pidió con la mirada?
—Lo cierto es que sí, pero no la saqué a bailar.
—¡La quiso castigar! —insistió Poveda.
—Digamos que… sí. Había muchos voluntarios para sacarla a la pista. Esa noche la vi moverse por todo el salón en brazos de distintos jóvenes, por lo que yo decidí no hacerlo.
De pronto, ese joven con vocación de gigoló confesaba que quería castigarla con su indiferencia en la noche en que fue asesinada. ¿Podían ser los celos motivo suficiente para acabar con ella? La respuesta era afirmativa para el comisario. Aun así, disimuló.
—¿Padeció de niño algún tipo de enfermedad? —continuó el interrogatorio cambiando de tema.
—¿Qué trascendencia tiene eso en su investigación? —preguntó sorprendido el interrogado.
—Puede ser importante, aunque no lo crea.
—¿Sufre alguna enfermedad en la piel? —repreguntó el inspector Gutiérrez.
Se quedó callado y miró hacia abajo. El comisario comprendió que se trataba de algún complejo que no tenía superado.
—¿Por qué no nos ha dicho que padece una enfermedad de la piel? —aventuró a decir el comisario.
—No… lo veo necesario —confesó—. No tengo que ir contando a todo el mundo mis problemas. ¡Es humillante!
—¿Se sintió despreciado por la marquesa? ¿Un desprecio más en su vida?
—¡No! ¡Le he dicho que no! —Elevó su tono de voz y la cara se le congestionó.
El comisario dio por terminado el interrogatorio y le dijo que podía irse. Sin embargo, le solicitó que no saliera de Madrid en los próximos días. El joven que llegó envalentonado a la brigada se había transformado en una persona taciturna y acomplejada. Salió del despacho y de la brigada todo lo rápido que pudo.
Cuando se quedaron solos, el comisario felicitó a Margot. Fue la única que dedujo que, detrás de su empecinamiento en no quitarse el guante, podría haber una enfermedad de la piel.
—Debe ser una enfermedad muy desagradable a la vista. Una ictiosis laminar o algo parecido. Seguro que le ha creado un profundo complejo. Pero no creo que con esa mano tenga fuerza suficiente como para asfixiar a nadie. Sin embargo, he de reconocer que no me gustan sus arranques de ira. Un hombre acomplejado sería capaz de cualquier cosa si se siente herido. ¡No le pierda de vista! —le dijo el comisario a Gutiérrez.
Seguían hablando del sospechoso Mario Jiménez de las Heras cuando apareció por la brigada Juan Ignacio del Castillo, el hijo menor de los condes de Tomares, que había sido citado por el inspector Suárez. No coincidieron ambos jóvenes por cuestión de minutos.
Era todo lo contrario al anterior. Parecía más tímido y a la vez más atractivo. Su aspecto era de buena persona y, por supuesto, más correcto en las formas.
—Aquí estoy para lo que ustedes quieran —dijo.
El inspector Suárez salió a su encuentro y le invitó a que pasara al despacho del comisario. A los lados de la mesa, se agolpaban montañas de expedientes. Le amedrentó, al entrar en él, su oscuridad. No ayudaba a relajarse el reflector que le iluminó la cara cuando lo encendieron. Tenía un efecto intimidatorio para todos los que se sometían a las preguntas de don Eugenio Benito Poveda. Antes de hablar con él, le pidió al inspector Suárez que hiciera pasar a la inspectora Peters. Cuando esta tomó asiento al fondo del despacho, comenzó a preguntar.
—De modo que usted iba vestido de arlequín el día del asesinato de la marquesa —fue lo primero que le espetó prácticamente sin mirarlo a los ojos. Se limitaba a leer el papel que le acababa de escribir el inspector sobre lo que le había dicho el joven tras el funeral.
—Sí, igual que dos de mis amigos. Nos diferenciábamos tan solo en el color del traje.
—¿El suyo de qué color era?
—Naranja con irisaciones doradas —respondió solícito.
—¿Cuántas veces bailó con la marquesa?
—Muchas. Cuando yo hacía una pausa para tomar una copa, ella bailaba con otros asistentes al baile. Entre todos, no la dejamos parar en toda la noche. En mi caso, deseaba que se olvidara de sus muchos problemas.
—¿Cuándo dejó de verla bailar?
—En un determinado momento, comentó que iba a descansar un rato y la vi con el grupo con el que había ido al baile, el conde de Quintanilla y su mujer, Aline Griffith. A partir de ahí, no volví a verla.
—¿Usted salió en algún momento del baile?
—Solo para ir al baño.
—¿Fue antes o después de perderla de vista?
—Antes.
—Usted le dijo al inspector Suárez que sabía cosas que temía que trajeran consecuencias nefastas para usted —recordó el inspector.
—Sí, así es.
—¿A qué cosas se refiere? ¿Qué tipo de problemas tenía la marquesa?
—El marqués de Torquemada llevaba una doble vida y su mujer lo sabía todo —afirmó el hijo del conde.
—¡Explíquese!
—Juan Romero mantenía una relación duradera en el tiempo con una francesa a la que frecuentaba cada vez que iba a Francia. Esa dama era el principal escollo entre la marquesa y su marido.
—Según usted, ¿quién mató a la marquesa? —El comisario intentaba ponerle nervioso.
—Es evidente que fue un encargo del marido a alguien que estaba dispuesto a matar por dinero. La marquesa y él no se entendían y ella no encontraba otra satisfacción en su vida que gastarse su fortuna. Viajaba constantemente, se hacía ropa y compraba joyas. Hacía tiempo que el marqués le había llamado la atención. A ella le gustaba dejarse ver con jóvenes como yo para darle celos.
—No le importaba lo que pensaran los demás.
—No. Era tan infeliz que solo quería divertirse.
—Entiendo… Usted cree que el marido es el principal culpable.
—¡Por supuesto! —afirmó categórico el chico.
—¿Y por qué no uno de los jóvenes que le proporcionaban diversión? ¿Por qué no usted? —El comisario fue directo al grano.
—¿Yo? Soy incapaz de matar una mosca. No tenía ni un solo motivo para…, para… poner fin a su vida. Eso solo lo pueden hacer seres despreciables.
Juan Ignacio del Castillo se tapó la cara con las manos y se echó a llorar desconsoladamente. Margot le dio su pañuelo y el joven, durante un rato, estuvo secándose las lágrimas con él. Suárez le acercó un vaso de agua y se repuso del mal rato que estaba pasando.
—¿Usted estaba enamorado de ella? —prosiguió el comisario.
—Creo que sí.
—Joven, o se está enamorado, o no se está. El término medio en el amor no existe —insistió el comisario.
—Me gustaba estar en su compañía, aunque me sacaba diez años. No es fácil relacionarse con las jóvenes de mi edad y ella siempre estaba dispuesta a hacerlo…
—¿El qué?
—Usted ya me entiende…
El interrogado miró a Margot. No quería ser más explícito delante de una dama.
—¡Ya!
—Genoveva tenía muchas carencias afectivas —añadió.
—De todos los jóvenes, ¿usted era el más asiduo?
—Digamos que últimamente sí. Estuvo saliendo mucho con Mario Jiménez de las Heras.
El comisario omitió que no hacía ni cinco minutos que había estado allí, en la misma silla en la que estaba él sentado.
—¿Se conocen ustedes? ¿Han coincidido alguna vez?
—Nos conocemos. Sí que hemos coincidido alguna vez. La última en el baile del Ritz. Digamos que no me puede ni ver.
—A pesar de esa enemistad entre ambos, ¿cree que el asesino fue su marido?
—Sí.
—Está bien. Hemos terminado por hoy. Procure no salir de Madrid sin avisarnos.
—¿Es que soy sospechoso?
—De momento, no. Nada más por nuestra parte. —El comisario dio por zanjada la conversación.
—Está bien…
Se levantó el joven y se despidió de todos. Salió de allí sin fuerzas para caminar. Parecía de más edad que cuando entró en el despacho. Su abatimiento manifestaba sus sospechas de que el siguiente en la lista del asesino sería él. Estaba convencido de que el marido estaba detrás de la muerte de su amiga la marquesa.
Una vez que el hijo de los condes de Tomares se marchó de la brigada, volvieron a reunirse todos con el comisario. Hubo unanimidad: Juan Ignacio del Castillo no tenía nada que ver con el asesinato.
—¡Señores! Sigamos al marido como principal sospechoso sin perder de vista la ira de Mario Jiménez de las Heras —ordenó—. Estamos pasando por alto algo en este crimen. Nunca en mi vida me había encontrado con un caso tan complicado de resolver.
—Sinceramente, el marido nunca me ha parecido trigo limpio —comentó Morales—. Todos los dedos lo señalan a él.
—Me parece demasiado obvio —comentó Margot, que hasta entonces había estado callada.
El teléfono sonó en el despacho del comisario. Al descolgarlo, comenzaron a oírse gritos ininteligibles a través del auricular. Los inspectores se miraban entre ellos. ¿Qué podía estar pasando?, se preguntaban. Cuando colgó, Benito Poveda lanzó varios exabruptos antes de hablar.
—¡Teníamos que interrogar al hijo del secretario del ministro de la Gobernación! —gritó indignado—. ¡Don Blas Pérez González ha llamado en persona al comisario jefe Juan Bilbao! Le ha echado una bronca descomunal por interrogar al hijo de su secretario y haber insistido en que se quitara el guante, cuando tiene una enfermedad de nacimiento que lo acompleja. ¡Lo que nos faltaba para el duro, que sintiéramos el aliento del gobierno a la hora de resolver este caso!
—¿Quién es su hijo? ¿Mario Jiménez de las Heras? —preguntó Margot.
—¡Exacto! ¡El del guante! —confirmó el comisario—. ¡También es mala suerte! ¡Esperemos que no haga ninguna tontería y tengamos que volver a interrogarlo! Aunque a mí me da igual sentir el aliento de nadie. Yo ya estoy en el tiemplo de descuento… No me voy porque no quiero.
—Daremos con el asesino —llegó a decir Margot—. Es cuestión de tiempo.
—Justamente es lo que no tenemos. ¡Tiempo! —comentó Morales—. Todas las miradas se han vuelto contra el marido. Quizá deberíamos centrarnos en él.
Todos le dieron la razón, incluida Margot, con la que no conectaba especialmente bien.
—Nos centraremos en el marido, pero no perdamos de vista a los jóvenes que rodeaban a la marquesa —insistió el comisario.
Esa noche regresaron todos a sus casas apesadumbrados por no encontrar la clave para resolver el crimen. Por la mañana temprano, citarían al marqués de Torquemada. Volverían a interrogarlo por la tarde, ahora que tenían más información sobre él y sobre su doble vida.
Margot llegó a casa agotada. Sus tíos estaban esperándola. Se mostraron preocupados por la cita con el comisario a unas horas para ellos tan intempestivas. La joven intentó tranquilizarlos asegurándoles que era algo excepcional. Parker le había presentado a don Eugenio Benito Poveda, que justamente tiraba de ella para que le informara de los pormenores de la sociedad en la que ella se manejaba bien gracias a la revista Siluetas.
—En el tiempo que llevo en Madrid, me he puesto al día de quién es quién y simplemente me ha pedido ayuda en este enrevesado caso de la marquesa —trató de explicarles Margot.
—Pues que tire de otras personas. Tú te dedicas a la moda. No sé qué habrá visto en ti —le recriminó Frances.
Camila estaba presente y callaba. No quería pronunciar una sola palabra, pero pensó que había llegado el momento de ayudarla. La veía acorralada.
—Your niece should have a good relationship with the police. It’s important. —Les dijo que era importante que su sobrina se llevara bien con la policía. No había nada malo en ello.
—No me gustan esos ambientes —afirmó su tía.
—No os preocupéis por mí. Me han tratado correctamente. Simplemente he visto fotos y he dicho quién es quién. Los conocía a todos.
—Tampoco es para tanto —comentó el tío, que encendió su pipa.
Margot se acercó a comprobar cómo lo hacía. Y poco a poco fueron cambiando de tema.
—¿Qué os parecería que fumara en la pipa de mi padre? —dijo en tono alegre.
—No conozco a ninguna mujer que lo haga —contestó Frances.
—Pues yo seré la primera.
—Mientras no sea en público —comentó su tío.
—Pues déjame que pruebe tu tabaco. ¡Voy a por la pipa!
Cuando salió del salón, sus tíos comentaron cómo a Margot le gustaba siempre salirse de la normalidad. Iba un paso más avanzada de lo que la sociedad permitía a las mujeres. Pantalones cuando pocas los llevaban, su carácter independiente y su firme propósito de no ennoviarse ni tener descendencia. Ahora deseaba fumar en pipa.
Camila les dijo que Margot era diferente a otras jóvenes. El hecho de que sus padres murieran cuando era tan niña la había hecho más fuerte y más independiente.
La joven regresó con la pipa que había pertenecido a su padre y junto a su tío intentó encenderla. Finalmente, lo consiguió y empezó a fumar tosiendo a cada calada, lo que provocó la risa de todos. Poco después, la tos se fue espaciando hasta desaparecer. Su tío comenzó a hacer figuras con el humo de la pipa y Margot intentó imitarle. Se estableció en aquel salón cierta competición entre los dos para saber quién hacía las volutas de humo más grandes.
—¿Sabes, Margot? El humo del tabaco tiene vida propia. Y diría más, tiene alma —explicaba su tío—. Uno no solo está fumando el tabaco de la pipa, está disfrutando de un momento de intimidad, ya que quizá el humo es el único partícipe de nuestros pensamientos. Fumando en pipa aprendemos también a saborear el tiempo. De alguna forma, lo detenemos y lo disfrutamos. Mis grandes ideas han surgido fumando a solas.
—¡Qué filósofo te has puesto! —dijo Frances.
—Me gusta mucho lo que dices. Cuando quiera reflexionar sobre algo que me torture en la cabeza, sacaré la pipa, haré que se detenga el tiempo y pensaré. ¡Un motivo más para fumar! ¡Una razón más para no olvidar a mi padre! ¡Sé tan poco de mi padre y de mi madre!
Todos se quedaron callados. Comprendían el sufrimiento de Margot al haberlos perdido con tan solo cinco años.
—Dicen —continuó hablando— que los recuerdos comienzan a las cinco años y yo, sin embargo, tengo ráfagas, instantes en los que me veo con ellos —confesó a sus tíos.
—¿Qué recuerdos tienes? —preguntó Frances, conmovida.
—Me veo de niña jugando en una playa y mi madre ayudándome a hacer castillos de arena. También puedo ver a mi padre saltando las olas cogido de mi mano. No sé si son sueños o recuerdos.
—Son recuerdos —contestó su tía, emocionada—. Antes del accidente estuvieron contigo en la playa, en Cádiz. Les gustaba mucho ir al sur. ¡Es increíble que te puedas acordar!
Todos contuvieron el aliento durante unos segundos. Su tío rompió ese momento tan cargado de emociones del pasado.
—¡Se ha hecho muy tarde! ¡Deberíamos acostarnos!
—¡Es cierto! —dijo Frances, aún afectada.
Margot les dio un beso a todos y se fue a dormir. Antes de lavarse los dientes, dio una última bocanada a la pipa de su padre.
—¡Cada vez que quiera parar el tiempo, la utilizaré! —pensó para sí misma.
Se metió en la cama y volvieron las imágenes jugando con su madre en la arena de la playa. Se durmió con la imagen de ella saltando las olas del mar, cogida de la mano de su padre.