Luna roja

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17. El triunfo de Pertegaz

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El triunfo de Pertegaz

Por la mañana, Frances acompañó a su sobrina a la revista Siluetas. Había quedado con el director, Justino Ochoa, ya que, en tanto que una de las principales inversoras, quería saber cómo iba la publicación. Mientras su tía estaba reunida en el despacho, Margot hablaba con el redactor jefe, quien le encargó realizar un reportaje sobre Manuel Pertegaz, el diseñador español que llevaba un año en Estados Unidos y había conseguido que la principal modelo del momento, Suzy Parker, luciera uno de sus modelos para la edición estadounidense de Vogue. Se trataba de un espectacular abrigo de noche confeccionado en tafetán verde esmeralda. Lucía unos grandes pendientes también verdes y el pelo muy corto de color pelirrojo. Unos guantes largos de seda rosa eran el complemento que acompañaba al abrigo. Suponía todo un hito para el diseñador español. Suzy era la mujer del momento en el mundo de la moda. Protagonizaba películas y programas de televisión, las mejores portadas eran suyas y, además, le gustaba arriesgar ante los mejores fotógrafos. No había ninguna otra modelo que ganara cien mil dólares anuales como ella.

—Quiero un buen artículo. Que se entere la sociedad española de que nuestros modistos son reconocidos en todo el mundo —exclamó el redactor jefe—. Hasta ahora, el rostro insigne de la moda era Coco Chanel. Una mujer elegantemente femenina y segura de sí misma. Ahora, esta portada de Vogue ha inmortalizado a Pertegaz para siempre. Ya está en el Olimpo junto a Balenciaga.

—Siempre me ha gustado la cara de Suzy. Es natural y moderna. Todo lo que lleva le sienta bien. Me gustará mucho hablar sobre ella y sobre el diseñador español. ¿Para cuándo lo quieres? —preguntó Margot.

—Si te oye Justino, te dirá que para ayer —bromeó—. Yo te digo que lo antes posible.

—Está bien. —Margot sonrió.

Se quedó recopilando toda la información que pudo hasta que su tía salió del despacho del director y decidió acompañarla. Como tantas veces, escribiría el artículo en su casa, igual que la mayoría de los colaboradores.

Frances comentó a su sobrina que el director estaba muy satisfecho con las noticias y reportajes que daba en primicia gracias a su estrecho contacto con la nobleza. Por otro lado, estaban deseando que se resolviera el asesinato de la marquesa de Torquemada. Desde entonces no habían vuelto a ver a Margot por la redacción.

—Tienes que venir más por aquí —le recriminó su tía—. El director asegura que te has volcado en exceso en la muerte de la marquesa. Y que puede tardar meses en resolverse. Me temo que con este asunto te has despistado un poco.

—Sencillamente estoy recopilando datos para hacer un reportaje amplio. Y gracias a la ayuda que le presto al comisario, consigo información extra. —Margot no daba puntada sin hilo—. Además, ahora me han mandado otro tema sobre el modisto Pertegaz y una modelo internacional que ha posado con uno de sus trajes.

—Puede ser bonito —exclamó Frances.

En casa, estuvo trabajando con los datos que tenía del diseñador. Nacido en Olba, Teruel, en 1918, abandonó el colegio para dedicarse a la sastrería, una vez que sus padres se trasladaron con toda la familia a vivir a Barcelona. Tenía una carrera tan meteórica que con veinticinco años ya había abierto su primera casa de moda de alta costura en la avenida Diagonal y, poco después, inauguró su primera tienda cara al público en Madrid, en la esquina de la calle Hermosilla con Velázquez. De la modelo tenía los datos que había conseguido en la revista y estuvo trabajando en el artículo hasta que llegó la hora de la comida.

Fue en el almuerzo cuando sus tíos le comunicaron que en un par de días regresarían a Londres. Margot miró a Camila y ambas respiraron aliviadas, aunque no hicieron ningún comentario. Era muy difícil mantener el trabajo en Siluetas y en El Caso sin que sus tíos se dieran cuenta.

—Mañana iremos a Pedro Casares, a que te haga un par de trajes nuevos para ir a tanta fiesta como requiere tu trabajo —comentó su tía.

—¿A Casares? —preguntó extrañada.

—Sí, todas las damas van a él. Yo aprovecharé para hacerme también un vestido de fiesta nuevo.

—¡Perfecto! Muchas gracias. Me hace ilusión, la verdad —exclamó Margot.

En el fondo, lo que estaba deseando era no perder la ocasión para ver de nuevo a Casares. Esta vez no como periodista, sino como clienta. Se preguntaba si sería tan parco en palabras o se esforzaría en parecer un poco más cercano. Pronto saldría de dudas. La cita sería al día siguiente.

Por la tarde, escribió el artículo y en hora y media ya lo había terminado. Se fue a su habitación a tumbarse en la cama. Era el lugar donde le venían las mejores ideas. Se puso varios cojines en la espalda, mientras se apoyaba en el cabecero, y cargó de tabaco la pipa. Necesitaba parar el tiempo y pensar, como le había dicho su tío. ¿Qué excusa podría inventar esa tarde para lograr escaparse e ir al interrogatorio del viudo de la marquesa de Torquemada? Lanzaba bocanadas de humo contra el espejo de su coqueta. Al principio tosió, pero después se fue acostumbrando a tragar el humo y a hacer las volutas que le había enseñado su tío. Se le ocurrió, como excusa para salir, que tenía que hablar con varias modelos, maniquíes profesionales, para sacar alguna información más sobre la gran Suzy Parker. Habían citado al marqués a las siete de la tarde, así que no tendría que justificar su retraso ni dar más explicaciones a su familia. Llegaría a casa justo para la cena.

Sus tíos le pidieron que no regresara tarde. La esperarían para cenar. Camila la miró y supo a dónde iba, igual que Sátur, que intentaba cubrirle las espaldas. «¡Esta chica!», se repetía a sí misma. Menos mal que los tíos habían dicho que se volverían a Londres en dos días. Así, Margot volvería a ser dueña de su tiempo y a no tener que inventar excusas.

Cuando llegó a la brigada, el marqués de Torquemada todavía no había aparecido por allí. Respiró hondo. Estaba muy angustiada, tenía la sensación de no llegar a tiempo a nada. Esta vez pudo quitarse el abrigo y el sombrero y sentarse en la mesa del inspector Gutiérrez sin prisas.

Cuando llegó el marqués, pocos minutos después, le hicieron pasar al despacho del comisario. Morales entró con él y Benito Poveda reclamó nuevamente la presencia de Margot, a pesar de que nada podía importunar más al inspector.

—Pase, pase, inspectora Peters —indicó el comisario.

Margot tomó asiento y comenzó a anotar todo lo que le llamaba la atención del interrogatorio. Morales la miraba por el rabillo del ojo. No acababa de fiarse de ella. El comisario fue directo al grano.

—Quiero que sepa, señor marqués, que algunas personas a las que hemos interrogado le señalan a usted como principal sospechoso.

—Tengo la tranquilidad de que yo no estaba en Madrid, ni tan siquiera en España. Es imposible relacionarme con la muerte de mi esposa —se defendió.

—Nos han informado de que usted pasa cada vez más tiempo en Francia, porque mantiene allí, digamos…, una relación estable. Su mujer, además, lo sabía. —El comisario le habló abiertamente.

—Tengo varias amistades. Eso no me convierte en asesino. Mi mujer y yo no manteníamos ningún tipo de convivencia. Como tantos matrimonios que se tienen que soportar. Sin embargo, sentí su muerte. Ese final no lo merecen ni los animales.

—El hecho de que disfrutara gastándose su fortuna con jóvenes le exasperaba. Usted ya no podía más. ¡Reconózcalo!

—Bueno, eso es lo único cierto que ha dicho usted. No sabía ya qué hacer para que el dinero no se nos fuera como el agua por el sumidero. Las cosas no me están yendo demasiado bien en los negocios —confesó el marqués.

—Ya…

Mientras el interrogatorio continuaba en el despacho del comisario, sonó el teléfono en la brigada. Contestó el inspector Gutiérrez y, tras escuchar a su interlocutor, comprendió que tenía que interrumpir al comisario.

—¡Es urgente! Le pido que conteste al teléfono.

—Estamos en pleno interrogatorio y…

—¡Es muy urgente! De no ser así, no se me ocurriría interrumpirle. Solo quiere hablar con usted.

Se disculpó con el marqués y descolgó el teléfono. La cara del comisario se fue transformando según escuchaba a su interlocutora. Solo se le oía responder con escuetos síes. Finalmente fue más explícito.

—Estaremos allí en breve. ¡Que nadie entre ni toque nada! Ha hecho lo correcto.

Cuando colgó, se dirigió de nuevo al marqués y le pidió disculpas.

—Siento mucho interrumpir su declaración. Por el momento, hemos terminado. No salga de Madrid sin avisarnos —lo despidió apresuradamente.

—¿Ya? Sin más explicaciones me invitan a irme después de hacerme venir… ¿para perder el tiempo? —dijo el marqués, molesto.

—De momento es todo. Muchas gracias. Acompáñelo hasta la puerta, inspector Morales.

El comisario estaba deseando que el marqués se fuera de allí. Morales estaba perplejo. No entendía que el comisario interrumpiera de golpe un testimonio tan valioso. Benito Poveda estaba muy serio y muy pálido. Les pidió a todos que se reunieran con él en el despacho de forma urgente.

—Señores, debemos salir rápidamente hacia la casa del conde de Romelinos. Se acaba de cometer otro crimen.

Hubo un silencio entre todos los inspectores.

Margot se moría de ganas por saber más sobre aquel nuevo crimen, pero recordó la cena con sus tíos. Decidió inventar una mentira piadosa antes de acompañarlos.

—¿Puedo utilizar el teléfono? —pidió Margot al inspector Gutiérrez.

—Sí. Por supuesto.

Marcó el teléfono de su casa y afortunadamente lo cogió Saturnina.

—¿Sátur? Soy Margot. Di a mis tíos que no me esperen a cenar. Se me han complicado las cosas. Me llevará el fotógrafo hasta casa. Tranquilízalos, por favor.

—Imagino que se han torcido las cosas… mucho.

—¡Justo! Algo muy grave. No digas nada.

—Descuide, daré el recado.

Margot descolgó el abrigo del perchero y se fue corriendo tras los pasos de sus compañeros. Hizo todo lo posible por montarse en el coche en el que iba el comisario. Necesitaba saber qué nuevo crimen se había cometido.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo casi antes de cerrar la puerta del vehículo.

—Un nuevo asesinato, inspectora. Otra mujer de la alta sociedad. La hija soltera de los condes de Romelinos —informó el comisario—. Se encontraba sola, había dado la tarde libre al servicio. Cuando ha regresado el ama de llaves a las ocho de la tarde, se la ha encontrado sin vida. He pedido que no toquen absolutamente nada.

No tardaron en llegar a la calle del Pintor Rosales. Allí, en uno de los pisos señoriales que había frente al parque del Oeste, se había producido el asesinato. Al llegar, acordonaron la zona y, a partir de ese momento, no dejaron pasar a nadie. Una colilla, una huella, un botón…, cualquier cosa podría ser importante para la investigación, les dijo el comisario.

Dos inspectores entraron en el domicilio: Gutiérrez y Morales. Suárez se quedó inspeccionando al detalle la escalera. Tomó huellas del pasamanos, del timbre, de la puerta… Margot permaneció al margen hasta que el comisario le permitió acceder al escenario del crimen.

El ama de llaves les indicó dónde estaba el cadáver. La encontraron boca abajo, tendida en su cama. Llevaba puesto el traje de novia que todavía no había estrenado. Daba la impresión de que el asesino se lo estaba abrochando, ya que no tenía terminados de cerrar los muchos botones que sujetaban el vestido en la espalda. Cuando el juez ordenó el levantamiento del cadáver y le dieron la vuelta, comprobaron que tenía una marca ancha y recta en el cuello. A Margot le impresionó ver la cara de aquella joven. No le había pasado lo mismo con la marquesa. Esa chica podía ser ella. Tuvo la sensación de que la vida se podía acabar en cualquier momento. No había pensado en ello hasta entonces. Le dio una arcada y la reprimió como pudo. Comenzó a toser para disimular y dio unos pasos hacia atrás. El comisario siguió inspeccionando el cadáver.

—La misma marca que la marquesa de Torquemada, de unos dos centímetros de grosor. No es una cuerda. No consigo adivinar qué es lo que utiliza el asesino para matar.

Demasiadas coincidencias con el caso anterior, pensó el comisario.

En su mano derecha también faltaba el dedo anular.

Los agentes y el comisario se miraron entre sí. Debían empezar de cero nuevamente. Alguien estaba matando a mujeres de la alta sociedad sin ningún nexo de unión aparente entre ellas. Todos se percataron de que la víctima también se encontraba de espaldas a su asesino.

—¿Cuándo tenía pensado casarse? —preguntó el comisario al ama de llaves, que no cesaba de llorar.

—La boda era en dos semanas…

El comisario le pidió que saliera de la habitación para seguir interrogándola fuera de la escena del crimen. Margot observó que la mano izquierda de la víctima estaba cerrada y le comunicó a don Eugenio la conveniencia de que la abrieran. La sugerencia le pareció oportuna y le pidió al juez que procediera. Sonó un chasquido como a dedos rotos que a Margot le produjo un escalofrío. Era evidente que ya había aparecido el rigor mortis. El juez halló en su mano una piedra preciosa.

—¡Un rubí! —exclamó Margot.

—¡Señores! Alguien está matando por el placer de matar y debe encontrar excitante tener a la policía completamente despistada. Nos lleva la delantera y no tenemos hilo del que tirar. Nosotros seguiremos indagando y señalando a nuestros sospechosos. Evidentemente está en el entorno de estas mujeres —afirmó el comisario.

—¿Vivía sola? —preguntó Margot a la única persona que se encontraba en la casa.

—Gran parte del tiempo, sí. Sus padres realizan largos viajes por todo el mundo, pero iban a regresar de una cacería por África en un par de días. ¡Menudo disgusto! No me he atrevido a llamarles. Casilda se iba a casar en dos semanas. Hoy le habían traído el traje de novia —dijo la mujer del servicio.

—¿Quién lo trajo? —preguntó Margot.

—Del atelier de Pedro Casares.

—Está de moda entre la aristocracia —explicó Margot al comisario—. Yo mañana casualmente voy con mi tía a su atelier. Tenemos una cita con él.

—Intente averiguar todo lo que pueda. A lo mejor vio u oyó algo que le llamó la atención —sugirió el comisario—. ¿Cuándo viene el servicio? —preguntó al ama de llaves, que fue quien avisó a la policía.

—Mañana —contestó la afligida mujer.

—Pues no vamos a decir nada a la prensa y le pido —se dirigió al juez— que este atestado no lo haga público hasta mañana.

Interrogaron al ama de llaves y les dijo que el novio era un prestigioso cardiólogo de mediana edad, el doctor Ángel Biosca, compañero del yerno de Franco, el marqués de Villaverde. Ella había cumplido los treinta años y no había dado nunca el paso de casarse, a pesar de haber tenido novios con apellidos de la alta alcurnia. Ahora se había decidido, presionada por sus padres.

El comisario distribuyó trabajo a todos para investigar el entorno de la víctima, pero les pidió que se reunieran en la Puerta del Sol antes de dar por concluido el día. En el trayecto en coche, Margot soltaba ideas en voz alta por si alguna podía hacer encajar las piezas del puzle.

—Es como si el asesino utilizase un ritual para matar a sus víctimas —confesó Margot.

—Hablamos ya de una mente trastornada. ¿Por qué las mata? Esa es mi pregunta —dijo el comisario—. ¿Tenían algún tipo de conexión la marquesa de Torquemada y la hija de los condes de Romelinos?

—Demasiadas preguntas sin contestación —añadió el inspector Gutiérrez.

Al llegar a la brigada, Benito Poveda llamó al comisario jefe, Juan Bilbao, para comunicarle lo sucedido. Le pidió discreción hasta que la policía diera a la prensa la noticia. Este a su vez llamó al ministro de la Gobernación. El caso es que al día siguiente la noticia corría de boca en boca entre la alta sociedad. Tanto fue así que la muerte de la joven llegó a los oídos de sus padres antes de que los llamara la policía e interrumpieran su viaje.

A pesar de que los periódicos comentaban que el 11 de abril de ese año 1954 había sido el día en el que mundialmente se habían producido menos noticias, «el día amorfo» decían, el revuelo que había en la Dirección General de Seguridad contradecía esa información. Se había cometido un segundo crimen en la alta sociedad, lo que provocaría el pánico entre las mujeres de cierta posición social. La policía recababa datos y los inspectores intentaban comprobar dónde habían estado todas las personas cercanas a la víctima el día del crimen, y si alguna tenía algo que ver con la marquesa de Torquemada.

Había que desenmascarar a un asesino que había encontrado en el crimen el placer de matar. Como decía el comisario: «Sentirse Dios le hará repetir. Esto no acaba aquí».

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