Luna roja
18. Una cita con Pedro Casares
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Una cita con Pedro Casares
Al día siguiente, en el desayuno, los tíos de Margot no disimularon el enfado con su sobrina al no haber aparecido en la cena, tal y como habían quedado la noche anterior. Saturnina y Camila intentaban calmarlos. Les dijeron que no era habitual que no acudiera a las citas familiares, y menos aún no cenar con ellos cuando se había comprometido. Además, les aseguraron que la joven estaba deseando pasar el mayor tiempo posible con ellos.
—There is likely a reason for her being absent. —Camila les dijo que tendría una razón de peso.
Sátur también los intentó tranquilizar comentándoles que seguro que habría una explicación a su comportamiento.
—Trabaja mucho. No hay nada malo en ello. Además, es muy responsable.
Frances y Julián se tomaban un chocolate con churros recién traídos de San Ginés, la chocolatería con más fama de Madrid. Sátur había madrugado para que llegaran calientes a la mesa. Preguntaron si habían hablado con Margot por la noche, pero tanto Sátur como Camila reconocieron que se habían acostado antes de que llegara a casa. Los tíos mostraron su preocupación. No les parecía bien que regresara sola a casa más allá de las diez de la noche y ellas estuvieran tan tranquilas.
—Ayer nos avisó de que venía a casa acompañada por el fotógrafo de la revista —comentó Sátur.
Camila les aseguró que sabía con quién estaba y los lugares que frecuentaba.
Los tíos no se quedaron muy conformes, pero se fueron relajando un poco más con la conversación. Llegaron al convencimiento de que la sociedad española no era la sociedad inglesa. No era lo mismo pasear por Piccadilly Circus de noche que por la Gran Vía. Frances medió en la conversación y finalmente Julián fue cambiando de parecer.
—Por lo que se ve, esto no es Inglaterra, querida —indicó Julián a su mujer.
Cuando Margot entró en el comedor, las aguas ya estaban tranquilas. Se había vestido para visitar el atelier de Casares y deseaba irse cuanto antes con su tía. Se dio cuenta de que todos se quedaron callados cuando apareció. Sátur la ayudó lo que pudo.
—Sus tíos comentaban lo tarde que llegó ayer. Ya les dije que la traería hasta casa su compañero de la revista. —Sátur se adelantó a ella.
—Sí. Así fue. A veces, las modelos nos citan a horas intempestivas. Nada me hubiera gustado más que estar con vosotros. —Margot intentó parecer convincente.
Se acercó a sus tíos y les dio unos besos tan sonoros que provocaron la risa de Frances y la sonrisa de Julián. De pronto, el teléfono interrumpió aquella escena familiar. Saturnina acudió a cogerlo. A los pocos minutos, le dijo a Margot que la llamaban. Por la cara de Sátur supo que sería algo importante. Rápidamente fue hasta su despacho.
—¿Sí? ¿Con quién hablo? —contestó al teléfono.
—Soy Gutiérrez. Me ha pedido el comisario que te llame. Nuestro plan se ha venido abajo. Se ve que ayer las autoridades llamaron a sus conocidos y hoy todo Madrid está enterado de la muerte de la hija de los condes de Romelinos.
—¡Qué contrariedad! ¿Es que nadie sabe guardar un secreto?
—Se ve que no. Hoy nos requiere a todos a las cuatro de la tarde en comisaría.
—Allí estaré —dijo ella.
Colgó y tardó unos minutos en recomponerse. Antes de volver al salón, llamó al director de El Caso. Se puso la secretaria de redacción, Clotilde Acisclo. Tras conversar con ella sobre el cocodrilo Leopoldo, le pidió hablar con Eugenio Suárez. Tardó unos segundos en transferir la llamada.
—Margot, aquí estamos con un lío del carajo. ¿Te has enterado? Han asesinado a la hija de los condes de Romelinos —espetó el director sin mediar una conversación previa.
—Sí. Por eso le llamaba.
—Lo quiero todo sobre la joven. He puesto también en el caso a José María de Vega. Al final, espero que entre los dos tengáis toda la información cuanto antes —sugirió el director.
A Margot le dio un pellizco el estómago. No le gustaba ni su compañero ni compartir información. Podría tener un problema con el comisario. Ella sí sabía respetar los secretos necesarios para la resolución de los casos, pero José María tenía fama de no hacerlo. Iba siempre a por todas. Le importaba más una exclusiva que la resolución del propio crimen. Le habló con sinceridad al director.
—Don Eugenio, sabe que mi relación con el comisario Benito Poveda es estrecha. Si José María se mete entremedias, podríamos tener un problema. A la policía debo ir solo yo —le recordó.
Margot peleaba por el sitio que se había ganado a pulso. No estaba dispuesta a compartirlo. Lo dijo con tanta vehemencia que dejó sorprendido al director.
—Está bien. Él tocará otros hilos. Irá más por las relaciones de la hija de los condes —la tranquilizó Eugenio Suárez—. Tienes razón, no conviene marear al comisario, no vaya a ser que cierre la espita de la información para todos. Ahora bien, quiero algo importante lo más pronto posible.
—Lo tendrá —aseguró Margot.
Cuando colgó el teléfono, se quedó muy preocupada. No le gustaba redactar la información a medias con su compañero. Debía advertir a los inspectores que tuvieran cuidado con lo que contaran al periodista. Nadie en la prensa conocía tampoco a ciencia cierta qué hacía ella dentro de la brigada. El desconocimiento entre los periodistas de su participación en la investigación era total. No deseaba que nadie se enterara. Respiró hondo y entró de nuevo en el comedor.
—¿Ocurre algo? —comentó Frances al verla más pálida.
—Bueno, sí… Ha muerto en extrañas circunstancias la hija de los condes de Romelinos —dijo de pronto. No tenía sentido ocultarlo.
—¿En extrañas circunstancias? ¿No será otro asesinato? —preguntó a bocajarro su tío Julián.
—Sí. Eso parece.
Disimuló sentándose a la mesa para tomar el té que acababa de servirle Sátur. No quiso hacer ningún comentario más. Sus tíos y Camila estaban impactados con la noticia. Comentaban extrañados que ambos asesinatos se hubieran producido tan seguidos y en personas de la alta sociedad.
—¿Y no tendrán relación entre sí las dos muertes? —Julián se dirigió a su sobrina.
—No lo sé. No tengo ni idea —contestó Margot, haciéndose la ignorante.
Removía un azucarillo en su té sin levantar la mirada de la taza. Todos estaban deseando que les dijera algo más, pero no soltaba prenda.
—¡Qué fatalidad! —Julián encendió su pipa. Necesitaba pensar. Y comenzó a fumar—. Seguro que Parker tendrá su particular opinión a este respecto. Tiene un sexto sentido difícil de igualar.
Margot pensó que su tío tenía razón. Llamaría a su amigo Harry en cuanto pudiera quedarse a solas. Mientras tanto, Frances continuó la conversación.
—Conozco a la condesa. Es muy melómana y hemos coincidido en algún concierto benéfico cuando hemos venido a España.
—Yo, lógicamente, sé más de él —replicó Julián—. Le van bien las cosas con sus ganaderías. Sé que estaba de cacería con otros matrimonios en África. Siente pasión por cazar leones y elefantes. Tiene su finca en La Granja llena de trofeos. Parece más la casa de un taxidermista.
—Tienen más hijos, ¿verdad? —comentó Frances.
—Creo que la chica que han asesinado era la pequeña; los mayores están casados y con hijos. Era la única mujer y soltera —dijo Julián.
Margot, que seguía callada como si no supiera nada, levantó la cabeza al escuchar el último comentario de su tío, pero decidió que era mejor no decir nada de momento. Camila la miraba y no articulaba tampoco una sola palabra. Estaba segura de que Margot tenía mucha más información. Sátur escuchaba desde lejos todo lo que se hablaba en la mesa. Le resultaba extraño que la joven no abriera la boca en una reunión familiar.
—Lo mejor sería que, hasta que se resuelva todo, volvieras con nosotros a Londres —sugirió su tío—. No me gusta lo que está ocurriendo.
—Pero ¿por qué? Yo solo trabajo y me veo con mis conocidas: Cayetana y Aline. No sé cuál es el peligro —replicó Margot—. Tampoco hay que preocuparse más de la cuenta. Siempre voy acompañada.
—Está bien, si te llama de nuevo el comisario, di que no vas a colaborar más con ellos. No quiero que corras riesgos —comentó su tío.
—Pero ¿cómo voy a decir eso? Habrá que ayudar a la policía a resolver este y cualquier caso. Además, de momento puedes estar tranquilo, porque no me ha llamado. —Margot intentaba tranquilizar a su tío—. Tía Frances, deberíamos ir pensando en acercarnos al taller de Casares. Se está haciendo tarde.
Miró su reloj. Estaba ansiosa por encontrarse con el modisto cara a cara.
—Tienes razón. Esta noticia me ha trastornado. La vida sigue. Voy a por mis cosas y salimos.
A los pocos minutos, se habían colocado ya el abrigo y un sombrero a juego. Estaban listas para salir hacia la calle Ayala, donde tenía Casares el taller. Dejaron a Julián muy pensativo en el sofá del salón, mientras las volutas de humo del tabaco alcanzaban el techo y creaban un ambiente nebuloso. Pensaba en lo que acababa de acontecer. No sabía si debía regresar a Londres o retrasar el viaje. Al llamar al embajador, supo que debía seguir con el plan previsto. Le estaban esperando en la embajada y, además, parecía que iba a abrirse otra crisis y debía intentar pararla.
Margot condujo su descapotable con tanta rapidez que llegó a la calle Serrano en pocos minutos. A su tía le gustaba mirar los escaparates, sobre todo de las joyerías. La joven aparcó su coche rojo en la calle perpendicular, en Ayala. Tan solo tuvieron que andar unos pocos pasos hasta alcanzar el portal. El portero se apresuró a abrirles la puerta del ascensor y, a la hora convenida, tocaban el timbre del taller.
—¿A quién tengo el gusto de anunciar? —preguntó la antipática ama de llaves.
Iba uniformada con un traje negro y un mandil con puntillas blancas.
—A la señora de Martín-Briz y a su sobrina —contestó Frances.
Margot miró hacia abajo. No quería que la reconociera como la periodista que había entrevistado al modisto. Pero justo antes de entrar a la sala donde estaba Casares, salió a su encuentro Juan Palomeque, su pareja y mano derecha.
—¡Sean bienvenidas! —El joven les tendió la mano.
Juan Palomeque la reconoció nada más verla.
—¿Margot Sanz Peters? —preguntó extrañado.
—Sí, estuve aquí para entrevistar a Casares. Hoy vengo como clienta con la intención de hacerme unos trajes —dijo con timidez.
—Me acuerdo de usted. Estuvo en el funeral de Genoveva, ¿verdad? Le diré a don Pedro que están aquí.
A los pocos minutos, las hicieron pasar. Casares estaba de espaldas, mirando por el gran ventanal que daba a la calle. Le recordó a la portada de la revista Siluetas, que recogió la misma escena. El fotógrafo lo había capturado en una situación idéntica. Se dio la vuelta y, al verlas, siguió con su rictus serio.
—Señoras, bienvenidas.
Estaba tranquilo, frío, como siempre. Sin un gesto que lo humanizara. Nada. Otra vez la expresión marmórea con la que lo había conocido la joven periodista.
—La última vez que nos vimos, me lo ha recordado Palomeque, fue en el funeral de la marquesa de Torquemada —comentó la joven.
—Sí. Es cierto. ¡Ya me dirán qué es lo que desean de mis servicios! —preguntó con sequedad. Continuaba con la bufanda alrededor del cuello, incluso en el taller.
Casares no hizo ningún comentario más, y eso que la muerte de la marquesa había sido el tema central de las conversaciones en la alta sociedad.
—Quería que le hiciera varios trajes de chaqueta a mi sobrina, y a mí un vestido de noche —indicó Frances—. Mañana me iré a Londres, pero regresaré aproximadamente en un mes y medio. Por lo que no me podré hacer la primera prueba.
—No se preocupe. Le cogeré las medidas y pasaremos directamente a la segunda prueba cuando usted esté aquí —confirmó el modisto—. Si quiere, señorita, puede ir escogiendo algún figurín con mi ayudante.
—Está bien —declaró Margot, algo incómoda.
Casares se quedó a solas con Frances y Margot pasó a la sala contigua, donde tenían los figurines de la nueva colección. Fue allí donde intentó averiguar algo de lo sucedido.
—¡Qué terrible lo que ha pasado con la hija de los condes de Romelinos!
—No sabemos nada. ¿Qué ha ocurrido? —dijo sin más.
—Al parecer, ha sido asesinada. Era clienta de esta casa, ¿verdad? —Margot intentaba sonsacarle.
—Puede que sí. ¡Son tantas clientas! ¡Vayamos a su traje! —Y le mostró los figurines.
Le extrañó su reacción. El vestido de novia de Casilda lo había entregado el día anterior. No hizo ningún comentario al respecto. Dos asesinatos de mujeres que conocían y no salía nada por su boca. Le pareció que tanto Casares como el joven eran dos seres sin sentimientos.
Margot miró los bocetos y seleccionó varios. Con ellos en la mano, fue de nuevo al encuentro del modisto.
—¡Don Pedro, la señorita ya ha escogido! —dijo su ayudante.
Casares le pedía a su amante que delante de las clientas le llamara de usted. Resultaba ridículo cuando todo el mundo conocía su relación, al menos, entre la clientela. La tía le pidió opinión a su sobrina.
—Mira, Margot. Me gustan estas dos telas. ¿Cuál debería escoger?
Una era de tafetán lila a juego con una organza del mismo tono y la otra era de seda adamascada de color guinda.
—Las dos me parecen preciosas. Quizá la de color guinda me guste más para ti —sugirió.
Casares no dijo si le parecía bien o mal. Simplemente se dispuso a tomarle medidas. Llevaba al cuello la cinta métrica y comenzó a utilizarla con maestría. Primero le sugirió a Frances que se pusiera en posición erguida. Después tomó la medida del contorno de cuello, de pecho, de cintura y, finalmente, de cadera. Por último, le cogió el largo de manga y de falda. Después se acercó a mirar la tela elegida; la acarició con sus manos grandes y estilizadas.
—Opino como Balenciaga: las telas hablan y nos dicen a los modistos qué es lo que debemos hacer con ellas —expuso Casares.
El diseñador cogió la tela, se la echó por el brazo y la dejó caer hasta el suelo.
—Uno no puede ir en contra de la tela, sino a favor de ella. Es la única manera de que el vestido no se deforme ni se arrugue —declaró de forma casi solemne—. Dior añade algo más: «Balenciaga hace lo que quiere con las telas y los demás lo que podemos». Pues eso. Vamos a intentar hacer algo bello.
—Admira muchísimo a Balenciaga.
—No lo puedo negar. Le he visto hacer un vestido de novia con tan solo una costura. Minimalismo puro. Además, está constantemente innovando. Ahora le debemos el gazar aplicado a la alta costura.
—¿Qué es el gazar? —preguntó Margot—. Lo desconozco por completo.
—Se trata de una tela tejida en seda. De traza uniforme y urdimbre regular, semitransparente y con cuerpo. Algo parecido a la organza, pero más tupida y un poco más rígida. —No contestó Casares, sino Palomeque.
Frances escuchaba la explicación del modisto sobre la idea que tenía del vestido de noche con la tela elegida. Siguió sus consejos y no tardó en decidirse. Cuando todo estuvo claro, Casares empezó con Margot. Esta aprovechó que se encontraba a escasos centímetros, tomándole medidas, para hablar del último crimen, a pesar de que ya había tanteado a su ayudante unos minutos antes.
—¿Se ha enterado de la muerte de la hija de los condes de Romelinos? —preguntó a bocajarro.
Ante su silencio, Frances habló por él.
—¡Es horrible! Dos muertes tan seguidas y de personas de nuestro entorno.
—No sabíamos nada. —Palomeque salió al paso.
Casares, impasible, seguía a lo suyo. Margot volvió a intentarlo.
—¡Clienta suya! —insistió.
Después de un silencio, el modisto se decidió a hablar.
—Sí, como muchas damas de la alta sociedad que son clientas mías.
Margot no soportaba su prepotencia, pero disimuló.
—¿Dicen que usted le había hecho el traje de novia que iba a utilizar en unos días? —La joven subió la apuesta.
—Justamente se lo entregamos ayer. —Volvió a anticiparse Juan Palomeque, que minutos antes no había querido hablar.
—No lo pudo lucir —habló Casares—. Una pena para ella y una pena para mí. Nos esforzamos mucho en hacer una verdadera obra de arte que jamás verá nadie.
Lo dijo sin transmitir ningún tipo de emoción. Parecía de mármol, en vez de carne y hueso.
—¿Estará preocupado ante lo que está sucediendo? —Margot insistía.
—No entiendo su pregunta. —Al fin había despertado su interés.
—Me refiero a que si está afectado por el hecho de que hayan asesinado a dos de sus clientas.
—¡Claro! Ahora debería ser la policía la que nos diga qué está pasando. Por cierto, no parece ser muy eficaz, ¿no cree? No salimos de una muerte y ya estamos en otra. Yo solo hago vestidos e intento que todas mis clientas se sientan bellas cuando llevan mi ropa —sentenció el modisto, impasible.
Casares acabó de anotar las medidas y salió un momento de la estancia. Juan Palomeque le acercó a Margot diferentes telas y ella fue escogiendo unas y desechando otras. Casares regresó con un cigarrillo en la mano.
—¿Usted le llevó el vestido a la joven infortunada? —Margot dirigió la pregunta a Palomeque.
—No. Tenemos varios recaderos para entregar los encargos. Es muy raro que yo me mueva de aquí.
Su tía, que no se enteraba de nada, sonreía. Estaba contenta con la elección de su sobrina. La antipática ama de llaves les ofreció tomar un té o un jerez, pero rechazaron ambas cosas.
Palomeque le indicó a Frances la señal que debía dejar para iniciar el trabajo. Esta pagó al contado y le pidió a Casares que se dieran prisa en hacerle a Margot la primera prueba.
—Tiene que acudir a muchos actos y necesita cambiar muy a menudo de traje —insistió la tía.
—La llamaremos pronto para la primera prueba. Ya sabe, sobre una toile. Ahí haremos todos los ajustes.
Ahora Margot era quien se sentía ofendida. La trataba de ignorante. Como si jamás le hubieran hecho un traje de chaqueta a medida. Tragó saliva y continuó.
—Gracias. Una cosa más. ¿Qué joya le pegaría a mi tía con ese traje color guinda que ha escogido? —Encontró la excusa perfecta para hablar del rubí.
—Los diamantes siempre son una buena elección —comentó Casares, que seguía fumando impasible.
—¿Y los rubíes? —repreguntó.
—Nada más bonito que un collar de rubíes birmanos sangre de paloma, que son los más caros pero también los más bellos. Es la piedra de los elegidos.
—Ya veo que es un gran conocedor de las piedras preciosas —dijo Frances—. Sabe usted de todo.
—¿Y el rubí tiene algún significado más allá de su hermosura? —perseveró Margot simulando una pregunta inocente.
—Veo que tiene usted mucha curiosidad. Pues le diré que sí. El rubí es fuego. Se asocia al poder, a los reyes, a los nobles… Y como todas las piedras, repercute y tiene efectos sobre quien lo lleva. Por ejemplo, aleja las energías malignas. —El modisto se explayó en la información.
—¿Las energías malignas?
—Sí. Son piedras adecuadas para hacer el viaje al más allá.
—¿Cómo los egipcios? —dijo Frances con interés—. En Londres hay mucha curiosidad por las excavaciones y las tumbas de los faraones. Allí es donde he oído que se hacían enterrar con oro y piedras de gran valor.
—Algo parecido. Las joyas son escudos en vida y en la muerte —afirmó él.
Margot se quedó pensativa. Ahora ya tenía la información sobre el significado del rubí, al igual que Ansorena le había hablado de los zafiros. Sabía que las piedras tenían un componente ritual en los crímenes, solo necesitaba averiguar cuál era. Frances y Margot se despidieron de Casares. A la joven le dijeron que la llamarían en un par de semanas. Juan Palomeque las acompañó hasta la puerta.
Hasta que no bajaron las escaleras y salieron del portal, tía y sobrina permanecieron calladas.
—¿Qué te ha parecido el modisto? —preguntó Margot a Frances.
—Bien…, peculiar. Muy serio para mi gusto, una persona sin expresión. Lo importante es que cose de maravilla —precisó.
—Sí, cose muy bien. Eso es innegable. No acabo de entender su frialdad. Parece que ni siente ni padece. Y su ayudante, igual. Su infancia debió ser terrible.
—Al final, somos producto de nuestra infancia —admitió su tía.
—Nunca te agradeceré lo suficiente lo que tú y el tío hicisteis por mí.
Frances la abrazó.