Luna roja

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19. La noticia corrió como la espuma

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La noticia corrió como la espuma

La radio ya informaba del asesinato de la hija de los condes de Romelinos. Sátur se lo dijo a Margot nada más entrar por la puerta. El locutor aseguraba que el cuerpo sin vida de la joven había sido descubierto en su casa. También daban la noticia de que la policía encontró a la víctima con el traje de novia puesto. El dato de que llevara el suntuoso vestido blanco que pensaba lucir el día de su boda añadía más tragedia a su muerte. Afortunadamente para la policía, no facilitaron datos sobre la marca que había en su cuello, señal de que había sido estrangulada. Tampoco hablaban del rubí hallado en su mano izquierda, ni del dedo anular de su mano derecha seccionado.

Sátur estaba muy afectada por los nuevos detalles que había escuchado en la radio. El aparato se encontraba en un lugar preferente de la cocina, en la estantería frente a los fogones, compartiendo el mismo espacio que los tarros con legumbres, harina y diferentes especias. A ratos lo ponía y a ratos lo quitaba para canturrear alguna copla antigua e intentar amortiguar las noticias que la impactaban. Sin embargo, desde el último asesinato, no lo apagaba nunca. Igualmente, Camila no se alejaba de la cocina como muestra de su preocupación ante la muerte de dos mujeres de la alta sociedad. Sátur le trasmitía las novedades y ella intentaba asimilar las informaciones que tocaban tan de cerca a Margot. A fuerza de escuchar las voces que salían por el transistor, el español le iba resultando más inteligible.

Ese día, durante el almuerzo, no se habló de otra cosa. Julián había estado conversando con algunos amigos cercanos a los condes de Romelinos. Al parecer, los padres de la víctima estaban teniendo verdaderas dificultades para regresar a España desde el corazón de África. Lógicamente se quedaron muy impactados con la noticia de la muerte de su hija pequeña, Casilda. El hijo mayor de los condes, Juan, y su hermano Gonzalo se estaban haciendo cargo de todo en ausencia de sus padres.

Margot se limitó a escuchar. No quiso que se le escapasen datos de la investigación. Sátur la miraba sin pestañear mientras servía la sopa juliana. Intuía que manejaba información que todavía no había salido a la luz. Solo hacía falta observarla y ver lo extrañamente callada que estaba. Camila, por su parte, disimulaba hablando y dando la razón a Julián sobre lo ocurrido.

El segundo plato fue un pastel de carne al estilo inglés, elaborado por Camila, que gustó mucho en la mesa. Margot comía y callaba. Frances, al ver lo incómoda que parecía su sobrina, cambió de conversación. Les dijo a todos que iba a estar muy guapa con los trajes que Casares iba a confeccionar para ella.

—Como todos los artistas, es un hombre muy interesante y reservado.

—Es una forma muy elegante de calificar a la persona más rara que he conocido en mi vida —sentenció Margot.

Se apresuró a hablar para no dar opción a que regresara la conversación sobre el asesinato. Sin embargo, su tía fue la responsable de que el tema volviera a la mesa.

—Te diría que su mano derecha, aún más raro. No sé por qué no hicieron ningún comentario sobre el asesinato y sobre el traje de novia que llevaba puesto la hija de los condes. Lo habían confeccionado en el taller, ¿no, Margot?

—Sí. Estos crímenes los ha cometido alguien despechado. Tal vez un antiguo novio de la joven o su prometido. Incluso puede que estemos hablando de la misma persona que mató a la marquesa de Torquemada —insinuó Julián.

Margot miraba el plato y comía sin hacer comentarios. En los postres pidió permiso a su tío para levantarse.

—¿No tomas nada más? Sátur ha aprendido a hacer el syllabub. Le ha salido muy bueno —insistió su tía—. ¡Con lo que te gusta la crema!

—Tengo que ir a Siluetas. Se me está haciendo tarde. —Miró su reloj—. ¡Dejadme un poquito!

Se despidió de sus tíos y de Camila con un beso. También se acercó a la cocina y le guiñó un ojo a Sátur. Le susurró al oído un «¡gracias!» que solo ella escuchó. Era su cómplice y la fiel guardiana de sus secretos.

Frances y Julián se quedaron conversando con Camila en una sobremesa que se prolongó una hora más. Se dejaron esa tarde sin compromisos, mientras apuraban sus últimas horas en España. Necesitaban hablar de Margot y de cómo la dama inglesa debía exigirle más en sus horarios de regreso a casa.

She’s working very hard, only going out for work. You should be proud of her. —Les decía que solo tenían motivos para estar orgullosos de Margot, una joven muy trabajadora cuyas salidas de casa eran solo de trabajo.

—Pero nos preocupa que, tanto usted como Sátur, se acuesten sin esperarla —comentó Frances.

—Esto pienso que deben corregirlo —observó Julián antes de dar una calada a su pipa.

This will not happen again. Keep calm. I’ll be waiting for her every day. —Camila respondió que no volvería a ocurrir y que se encargaría ella personalmente de esperarla para su tranquilidad.

—Por favor, Margot lo es todo para nosotros —insistió Frances.

Su sobrina era como una hija desde que murió su hermana. Ya no dijo nada más. Se levantó de la mesa y se fue a su cuarto. Quería tener preparadas las maletas. Le costaba dejar a su sobrina sola con lo que estaba pasando. Desde el fallecimiento de su hermana y su cuñado en el accidente de coche del que nunca se hablaba, se convirtió en la tutora y responsable de Margot. La consideraba su niña, la hija que nunca había podido alumbrar. A todos los efectos ejercía de madre. No la había parido, pero la sentía como suya. Su conexión con la joven era total.

Esa tarde, Margot no fue a la revista Siluetas. Mintió a sus tíos por no disgustarlos. Dirigió sus pasos a la Puerta del Sol para acudir a su encuentro con el comisario. Mientras caminaba por la calle del Carmen, ensimismada en sus pensamientos, se iba encontrando con gente visiblemente eufórica. No sabía qué era lo que sucedía y se dirigió a un corrillo en el que hablaban a voces.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó con curiosidad.

—¡Que vuelven! ¡Están vivos!

—¿Quiénes?

—¡Los voluntarios de la División Azul que cayeron en manos de los rusos!

Se quedó perpleja. Se trataba de la noticia del regreso de los más de doscientos voluntarios de la División Azul que partieron a Rusia en 1941 para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Por fin eran repatriados, tras haber sido prisioneros de las autoridades soviéticas durante más de una década. En el mismo barco iban otras diecinueve personas que habían desertado y cuatro adolescentes que en su día partieron como «niños de la guerra», en 1937, y ahora regresaban como hombres y mujeres hechos y derechos. También volvían diecinueve marinos mercantes y quince alumnos de aviación de la República. Todos regresaban a casa ante la incredulidad de sus familias. Y lo hacían a bordo de un buque con nombre de reina asiria, Semíramis. Habían partido de Odessa en marzo y un mes después atracaban en el puerto de Barcelona.

Margot pensó que esa noticia les iba a dar un respiro para la resolución del asesinato de la marquesa de Torquemada y de la hija menor de los condes de Romelinos. El hecho de que el interés informativo se trasladara a la llegada de cientos de personas dadas por muertas o desaparecidas, en el mejor de los casos, la tranquilizó. España se preparaba para uno de los momentos más emotivos de los últimos años.

Sin embargo, al llegar a la brigada, los inspectores seguían con cara de pocos amigos. No había euforia, sino todo lo contrario. Debían encontrar al asesino o asesinos de las dos mujeres y no tenían ninguna pista firme. Margot les pidió que pusieran la radio. Probablemente, la noticia del regreso de cientos de personas en el Semíramis iba a desviar la atención de los dos asesinatos.

—Hay una explosión de alegría en la calle. ¿Os habéis dado cuenta? —dijo a los agentes.

—Sí, lo sabemos. Compañeros de la Político-Social se trasladaron al puerto de Estambul hace unos días para saber quiénes eran en realidad los que regresaban y qué ideología abrazaban después de tanto tiempo. Tras la muerte de Stalin, la Cruz Roja francesa ha ayudado para que este regreso fuera posible —explicó Gutiérrez.

—Imagino que muchas familias ya los daban por muertos —siguió comentando Margot.

—Incluso muchas madres iban de luto, y algunas mujeres habían rehecho sus vidas y se habían casado de nuevo —añadió comentando Gutiérrez.

—Vaya. Lo de las mujeres que han rehecho sus vidas puede ser un problema.

El comisario entró y escuchó el final de la conversación.

—Esta noticia nos dará un margen frente a las autoridades. Durante varios días, nuestros asesinatos estarán oscurecidos por el Semíramis. Nos dará un respiro. ¡Aprovechémoslo! —El comisario venía a dar la razón a Margot.

—Esta mañana, las radios contaban al detalle el último asesinato. No sé de dónde ha salido la información —señaló Margot.

—Alguna de las autoridades habrá hablado con directores de periódicos, y de ahí a la radio hay un paso muy corto. —El comisario sabía cómo funcionaban las fugas de información.

—Mi compañero de El Caso, José María de Vega, también llevará este tema por su cuenta. ¡Cuidado con lo que se le dice desde la brigada! Contará hasta el detalle más pequeño sin valorar que la investigación se pueda resentir.

—Si llama a la brigada, me lo pasáis a mí —ordenó el comisario.

—Está bien —respondió Gutiérrez—. El director me ha asegurado que no llamará aquí, pero no me fío de que respete mi parcela. —Margot insistía en avisar.

—Estamos advertidos —dijo Morales con malos modos—. Volvamos a lo importante.

—Debemos interrogar de nuevo a los sospechosos del primer crimen y añadir al antiguo novio de la última víctima y a su prometido. Ahí están las claves —comentó el comisario.

Sonó el teléfono de la brigada y, mientras Benito Poveda continuaba hablando, Gutiérrez atendió la llamada. Al rato, tocó el hombro de Margot para decirle que era Parker desde Londres.

—¿Parker? —preguntó extrañada.

—Sí.

Pidió permiso al comisario y fue a atender la insólita llamada de Harry.

—¿Sí?

—Margot, ¡por fin te localizo!

—¿Es tan urgente para llamarme a la brigada?

—Sí. Me ha dicho tu tío lo del segundo asesinato —exclamó—. He estado reunido estos días con expertos italianos y americanos. Todos hablan entusiasmados de un aparato que detecta las mentiras. Puedo hacerme con uno para que podáis usarlo con vuestros sospechosos. Se trata de una técnica que lleva cincuenta años utilizándose en Italia. Cesare Lombroso fue el pionero, el que utilizó estímulos del cuerpo, como la sudoración, el ritmo cardiaco y la respiración, para saber si un detenido dice la verdad. Iba a llamar al comisario, pero quedaría muy raro que tú, mi novia, no supieras nada —apuntilló Parker.

—Gracias. Sí, se notaría demasiado nuestra propia mentira —dijo susurrando para que nadie la escuchara.

—Esta técnica desarrollada en Italia también tiene mucha fuerza en Estados Unidos —continuó explicando—. En la Universidad de Berkeley la han bautizado como «detector de mentiras». Un tal Larson, relacionado con la Escuela de Policía de esta ciudad, ha sido el primero en aplicarlo y registrar simultáneamente la respiración y la respuesta cardiovascular con el propósito de detectar el engaño. ¿Por qué no utilizarlo en España?

—Espera. ¿Cuándo podríamos tener una de esas máquinas? —preguntó con interés.

—Viajaré a España en breve y la llevaré conmigo. ¡Coméntaselo al comisario!

—Muchas gracias. Creo que puede ser de mucha utilidad.

Margot colgó y esbozó algo parecido a una sonrisa. Le gustó que la llamase para hablarle de esa novedad. Podría dar luz a estos casos que se les estaban resistiendo y enquistando.

La joven se unió de nuevo al grupo y, cuando el comisario le dio la palabra para preguntarle sobre sus últimas pesquisas, habló de su encuentro con Casares.

—He estado con él y reconoce que ese traje de novia que llevaba Casilda era suyo. Pero poco más, no suelta prenda. No muestra emoción alguna cuando le comento que las dos víctimas eran clientas suyas. Asegura que, en realidad, no hay nadie entre la nobleza y la alta sociedad que no sea su clienta, —Margot se mostraba resignada.

—Que sean sus clientas no le convierte en sospechoso —añadió Morales—. Yo, sin embargo, he citado al novio, el doctor Ángel Biosca. Vendrá al salir del hospital, sobre las seis de la tarde.

—¡Está bien! —Al comisario se le notaban las ojeras. No había dormido en toda la noche—. No descartemos que el asesino vuelva a actuar en un tiempo récord. Le gusta tenernos en jaque. El ritual de los dedos seccionados, las piedras preciosas en el puño izquierdo… ¿Qué nos querrá decir?

Como nadie se atrevió a hacer una reflexión en voz alta, Margot habló de nuevo.

—Las está señalando por algún motivo —comentó—. La marquesa tenía relaciones con otros hombres. Y esta joven a punto de casarse a lo mejor no quería a su futuro esposo. Era una boda de conveniencia y el asesino lo sabía. Casares me comentó que el rubí rojo tiene un significado muy curioso. Es la piedra de los elegidos y, por otro lado, ayuda a alejar las energías malignas. Pero dijo más: «Son piedras adecuadas para hacer el viaje al más allá».

—Está claro que Casares está como una chota —comentó Morales.

—Dejemos hablar a la inspectora Peters —le increpó el comisario—. ¡Siga adelante con su reflexión!

—Creo que eso que ha dicho Casares y lo que me contó el joyero de Ansorena en su día, dan sentido a todo. Con el zafiro parece que el asesino acusaba a la marquesa de infiel. Hubo algo moral en ese asesinato. Y ahora, con el rubí nos dice que había energías malignas que debían eliminarse, porque seguramente se iba a casar con quien no amaba. Vuelve a erigirse en Dios de la moral.

Hubo un silencio que rompió el comisario.

—Lo que dice tiene sentido, inspectora. Esas dos mujeres no querían ni a su marido ni, tal vez, a su novio. Lo podremos corroborar al interrogar a su prometido. Pero la pregunta es: ¿quién lo hizo? Es evidente que las conocía a las dos.

—Ahora resulta que es un asesino con moral —señaló Morales—. Las mató porque una era mala esposa y la otra, una mala novia. Sabemos que las cosas no son así de sencillas. A veces, se mata por contagio. Un asesino ha despertado a otro asesino. Sin más.

—Sin embargo, pienso que la teoría de Peters de un asesino que se cree en posesión del bien y del mal resulta coherente —añadió Gutiérrez—. Además, si no fue el mismo asesino, ¿por qué les seccionó el dedo anular y les puso la piedra en la mano izquierda? ¿Uno tenía información del otro?

Margot continuó seria, pero por dentro agradeció el apoyo del inspector que más la había ayudado hasta el momento.

—Suárez, está usted muy callado —dijo el comisario.

—No acabo de ver esa teoría, ni la de Morales. Pienso que el que mata lo hace cuando puede, sin más. Por el placer de matar. Un tarao, alguien que ha visto que no lo hemos pillado a la primera y nos está poniendo en jaque. Sinceramente, si no lo atrapamos pronto, seguirá matando. Es la misma persona en los dos casos.

—Interesante su reflexión. De modo que cree que seguirá matando al sentirse impune. —El comisario escuchaba a Suárez con interés.

—Eso es —contestó el inspector.

—Por cierto, comisario —tomó la palabra de nuevo Margot—. Me ha llamado Parker para decirme que tiene en su poder una máquina muy útil para detectar mentiras. Viene con ella en su próximo viaje, por si queremos utilizarla.

—¡Hombre! Llevo años oyendo pros y contras sobre esa máquina. Me gustará verla. Si los sospechosos se ofrecen de forma voluntaria, podríamos utilizarla, aunque sin ninguna validez judicial. ¿Cuándo dice que viene Parker? —quiso saber el comisario.

—En breve, me dijo.

—Está bien.

La reunión terminó y cada uno se fue a su mesa. Margot se sentó frente al inspector Gutiérrez. A la espera de que llegara el prometido de Casilda, la joven siguió elucubrando en silencio sobre el nexo entre ambos asesinatos. Pensó en los jóvenes a los que había interrogado. Mario Jiménez de las Heras, el joven que no se quitó el guante, hijo del secretario del ministro de la Gobernación, demostró ser violento. Sin embargo, su mano izquierda lo invalidaba para asfixiar a nadie. Y Juan Ignacio del Castillo, el hijo de los condes de Tomares, el que afirmó estar enamorado de la marquesa a pesar de la diferencia de edad, lo que tenía era miedo. Estaba convencido de que el marido de Genoveva era el asesino y ahora iría a por él. Aunque a los dos los descartaba, había que averiguar si conocían a la joven, a la segunda víctima. Y el marido de la marquesa, al que todos señalaban, quedaba excluido, al menos de momento. No había una ligazón entre un asesinato y otro. Ni tan siquiera los negocios del marqués y los del conde de Romelinos tenían nada en común. Uno había invertido en acero y el otro, en cabezas de ganado. ¡Nada! Lo único que tenía claro Margot es que el asesino se codeaba con la alta sociedad o pertenecía a ella.

Diez minutos después, apareció un hombre bien vestido, con un traje gris y un sombrero del mismo color. Tenía un pequeño bigote alrededor de la boca y el pelo engominado. Sus manos eran tan largas que parecían de pianista.

—¡Doctor Biosca! El comisario le está esperando. Pase a su despacho. —Gutiérrez salió a su encuentro.

Al rato, el inspector le pidió a Margot que pasara también.

—El comisario quiere que estés presente en el interrogatorio.

Cogió su cuaderno de notas, una pluma y entró en el despacho de Eusebio Benito Poveda. Tenía curiosidad por saber cómo se expresaba el médico y cómo había recibido la noticia de la muerte de su prometida.

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