Luna roja
20. El novio de Casilda
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El novio de Casilda
El despacho no estuvo a oscuras durante el interrogatorio al doctor Ángel Biosca. El flexo de la mesa tampoco iluminaba su rostro. Había luz en toda la habitación y el comisario le dio un trato distinto al de los otros interrogados. Margot imaginó que se trataba de una estrategia diferente, aunque el fin fuera el mismo: llegar a la verdad. O simplemente que, por evidente, lo habría descartado incluso antes de comenzar a hablar.
—Doctor, le acompaño en el sentimiento. Ha tenido que ser muy doloroso para usted conocer la noticia del asesinato de su novia. —El comisario se levantó y le dio la mano.
—La peor de las noticias. Teníamos todo preparado para contraer matrimonio en dos semanas.
El médico se tragó las lágrimas y continuó mirando al comisario fijamente a los ojos, esperando sus preguntas. Parecía tranquilo, pero el movimiento constante de su pie derecho evidenciaba que no estaba cómodo.
—Imagino que no habrá ido a trabajar —supuso el comisario.
—Sí, he ido. Los pacientes no tienen por qué saber que su médico ha perdido a su prometida en tan horribles circunstancias. La noticia está en la radio, pero no ha trascendido mi nombre ligado a la crónica de sucesos. Yo soy médico por encima de todo.
—¿Qué es lo que sabe sobre lo ocurrido? —comenzó a preguntar el comisario.
—Lo que están diciendo…, que murió por asfixia. Parece ser que llevaba puesto el traje de novia. Imagino que se lo estaría probando. Yo sabía que se lo entregaban ayer.
Hizo un silencio y bajó la cara. El comisario no habló hasta que transcurrieron unos segundos. Antes, se encendió un cigarrillo.
—Doctor, ¿quién cree que pudo hacerlo?
—No se me ocurre. No tenía enemigos. Al menos, eso creía.
—¿Estaba ilusionada con la boda o la vio preocupada estos últimos días?
—Imagino que todas las novias están preocupadas antes de la boda por que todo salga bien. No hubo nada que me pareciera anormal —declaró.
—¿Estaba enamorada?
Se produjo un silencio incómodo que duró solo unos instantes. Después volvió a responder:
—¡No me esperaba esa pregunta! Creo que uno no se casa si no está enamorado. Yo sí lo estaba. Imagino que ella también. Nunca podemos saber qué piensa la otra persona por mucho que creamos conocerla. Ella tampoco es…, bueno, era… muy expresiva. —Biosca se sinceró con el comisario.
—Es decir, ¿no la veía con la ilusión que uno espera de una novia?
—A veces tenía la impresión de que sus padres la empujaban a este matrimonio. Y otras, tenía la certeza de que me quería.
—Digamos que usted tenía la duda.
—Si hubiera tenido dudas, no hubiera dado el paso de ir al altar. No entiendo que cuestione nuestra intención de casarnos —recriminó.
El comisario dejó de fumar y aplastó la colilla con energía sobre el cenicero que tenía en la mesa.
—Las preguntas son incómodas, pero tanto usted como yo queremos acercarnos a la verdad de este crimen. ¿Llegó a conocer usted a su anterior novio?
—Sí. Al final, nos movemos en un círculo pequeño.
—¿Le cree capaz de asesinarla? —preguntó directo el comisario.
—Solo puedo poner la mano en el fuego por mí y por nadie más. No sabría decirle. Tiene un carácter muy fuerte. Hemos tenido algún que otro encontronazo en lugares públicos. Aparecía cuando menos lo esperábamos.
—¿Él a qué se dedica? ¿Lo sabe?
—Trabaja en el negocio de su padre: compra y vende coches extranjeros.
—Por lo tanto, viaja mucho a otros países.
—Sí, sobre todo a Alemania e Inglaterra.
—¿Era una persona celosa? ¿Cómo llevaba el que ustedes se fueran a casar?
—Bueno, es un tipo que no sabe estar en su sitio. Cuando la veía en alguna reunión o acto en el que coincidíamos, se acercaba a ella con cualquier excusa, aunque yo estuviera delante. ¡Un caradura! ¡Un sinvergüenza!
—Usted no lo traga.
—No. Si ahora mismo le veo, me daría la vuelta. No quiero que se me acerque a dar el pésame. Tampoco creo que tenga la poca vergüenza de hacerlo —afirmó sincero el médico.
Cerró el puño derecho y lo envolvió con la mano izquierda.
—Veo que hay animadversión entre ustedes dos.
—¡Espero no verlo estos días, porque no sería dueño de mis actos! —dijo casi a modo de amenaza.
—¿Está convencido de que fue él? —Al comisario parecía que no se le acababan las preguntas.
—Su nombre aparece constantemente en mi cabeza.
—¿Qué le podría haber llevado a asesinarla?
—El hecho de pensar que Casilda se iba a casar conmigo. Imagino que él eso no lo podía soportar. Debió de llegar a la conclusión de que, o con él, o con nadie. ¡Un monstruo! Goya lo retrató como ninguno en la figura de Saturno devorando a uno de sus hijos. ¡Terrible!
Margot le pasó un papel al comisario donde se podía leer: «¿Puede preguntarle si conocía a la marquesa de Torquemada y si su novia llevaba un anillo en el dedo anular?». El comisario encendió otro cigarrillo y continuó:
—¿Tuvo conocimiento del asesinato de la marquesa de Torquemada?
—Sí, ¡y quién no! Además, su viudo es paciente mío. Anualmente viene a mi consulta.
—De modo que conocía más a su marido que a ella.
—De ella tenía referencias por el marqués. La pareja no estaba atravesando un buen momento, como imagino que sabrán. ¿Cree que ambas muertes pueden estar relacionadas? —El interés de Biosca parecía sincero.
—Me interesa más saber qué piensa usted.
—No lo sé, la verdad. Dos muertes tan seguidas… Pero ¿por qué iban a tener relación una con otra? El caso de la marquesa fue un robo, ¿no? Al menos eso es lo que dicen.
—Doctor, soy yo el que formula las preguntas. ¿Usted le regaló a su novia algún anillo? ¿Uno de los que las novias llevan siempre en el dedo?
—Una alianza, sí. ¿Por qué me lo pregunta? Podrán comprobar que tiene una inscripción con mi nombre, Ángel. Igual que yo llevo otra con el suyo.
Mostró su anillo al comisario, sin quitárselo del dedo. Era una alianza sencilla de oro que seguía en su mano como promesa del casamiento que jamás se llevaría a cabo. Bajó la cabeza y ocultó sus lágrimas durante un largo rato. El comisario observó lo afectado que estaba y decidió no continuar con el interrogatorio.
—Por mi parte no hay más preguntas. Le pido que no salga de viaje sin avisarme —le informó.
—No tengo pensado ir a ningún lado. Cuando hoy he terminado de trabajar y de ver a mis pacientes, se me ha venido el mundo encima. He pensado en Casilda y en cómo han tenido que ser sus minutos finales. Confío en que no haya sido una agonía prolongada.
—No le puedo decir. Todo pertenece al secreto del sumario. Confíe en nosotros. Lo dicho, le acompaño en el sentimiento.
El comisario se levantó y le tendió la mano de nuevo. El médico salió de allí más compungido de lo que había entrado. Gutiérrez lo acompañó a la salida y Margot se quedó a solas con don Eugenio.
—¿Qué piensa, inspectora? —Benito Poveda volvió a encender un cigarrillo.
—A mí me ha convencido. Me he creído por completo su versión.
—Estoy de acuerdo, no creo que tenga nada que ver con el asesinato —aseveró el comisario. Habrá que escuchar al novio ese al que odia tanto.
Margot y el comisario salieron del despacho. Este le pidió a Morales que localizase al antiguo novio y lo citara. Se trataba de Juan Pérez de las Casas, hijo único de una familia adinerada. Desde adolescente tenía fama de bala perdida, aunque no dejaba de ser un buen partido para cualquier joven casadera.
—Señores —comentó el comisario—, busquemos en este río. Creo que podremos pescar al asesino. Tengo esa intuición.
Margot se sentó en la mesa de Gutiérrez, intentando encontrar un nexo entre el antiguo novio y las dos mujeres.
—¡Suárez! —habló el comisario en voz alta—. Monte una vigilancia discreta en torno al domicilio del antiguo novio de la joven. Mañana, tarde y noche. Quiero saber qué hace, qué lee, qué come, con quién se relaciona… ¡Todo!
—Está bien. Me centro en ello, pero Morales lo quería citar.
—Sí, lo sé. Usted, inspector, procure que no le vean durante el interrogatorio. Necesito que lo pueda vigilar de cerca sin que intuya que es policía.
—¡Está bien!
Margot sacó su agenda de teléfonos y llamó a Aline Griffith. Después de preguntarle por su familia, fue al grano. Sabía que entre las familias aristocráticas no se hablaba de otra cosa: la muerte de la hija de los condes de Romelinos. Con su acento norteamericano, le informó del temor entre las mujeres de la alta sociedad. Creía que las dos muertes podrían estar relacionadas entre sí. Aline no era una dama al uso, se trataba de alguien que ayudó a su país en la Segunda Guerra Mundial y trabajó para la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos.
—Margot, hay que saber muy bien con quién nos relacionamos, porque desconocemos si estamos haciéndolo con el mismísimo diablo —advirtió la estadounidense.
—Está claro que el asesino conocía a las dos víctimas. Pienso como tú —confirmó Margot.
—¡Por supuesto! Yo tengo cargada mi pistola y no me separo de ella —confesó, cómplice—. Te aconsejo que hagas lo mismo. El asesino forma parte de nuestro círculo.
—¿Conoces a Juan Pérez de las Casas? ¿El antiguo novio de la hija de los condes?
—Me lo presentaron el día de la fiesta de máscaras. Estuvo allí hasta que…, bueno, ya sabes.
—¿Recuerdas de qué iba disfrazado?
—Creo que de arlequín, pero no me hagas mucho caso. Había muchos arlequines esa noche.
—¡De arlequín! ¡Cómo no! Fue al baile del Ritz y llevaba mal que Casilda se casara.
—¿Es importante este dato? ¿Sospechas de él? —se interesó Aline.
—No sé, cualquier dato es importante en estos momentos. ¿Recuerdas si bailó con la marquesa?
—Fue uno de los que la sacaron a bailar, sí. Ya veo, intentas encontrar un punto de conexión.
—¿Sabes por qué motivo lo dejaron Casilda y él? —Margot se refería a la segunda víctima.
—Me temo que por los celos. Casilda se vio forzada a dejarlo por sus padres. No les gustaba el chico. Sin embargo, veían con muy buenos ojos al doctor Biosca. Pero no parecía muy enamorada, la verdad. Hablabas con ella y daba la impresión de que iba al patíbulo en lugar de al altar. —Aline le proporcionó todos los detalles que conocía.
—No sé, la policía está muy despistada —habló como si ella no estuviera colaborando en el caso.
—Hay crímenes que jamás se resuelven, querida. Me da la impresión de que se trata de una vendetta del asesino contra ambas. Si rebuscamos en el pasado, casi todo tiene explicación. La policía debería indagar en el pasado de ambas.
Margot reflexionó un momento sobre lo que le acababa de decir Aline. Su amiga la sacó de nuevo del ensimismamiento.
—No te he dado la enhorabuena por el artículo de Siluetas. Ha quedado estupendo —exclamó con entusiasmo la estadounidense.
—Gracias, pero con tanto jaleo ni siquiera he tenido tiempo de verlo —confesó Margot.
—Y Pedro está fantástico, tan elegante, con ese aire ausente… Una tragedia para él que dos de sus mejores clientas hayan sido asesinadas. Eso no es buena publicidad para su negocio. Además, fui yo quien le presentó a la marquesa de Torquemada —se lamentó Aline.
—Estuve ayer en su taller con mi tía, y lo cierto es que no me pareció que estuviera afectado.
—Es poco expresivo, pero se había convertido en el confidente de la marquesa —señaló Aline—. Bueno, Casares es un poco el confidente de todas, pero jamás contaría a nadie nuestros secretos. Se trata de un modisto medio confesor que se cree con los mismos deberes que un páter de no revelar secretos.
—Sí, no me ha contado absolutamente nada de la marquesa ni de Casilda.
Margot se quedó pensando unos instantes mientras su amiga seguía hablando al otro lado del teléfono.
—¿El traje que llevaba Genoveva en el baile se lo hizo él? —preguntó de nuevo por la primera víctima.
—¡Por supuesto! La marquesa solo vestía de él. Por la mañana, por la tarde y por la noche. Estaba permanentemente renovando su vestuario.
—¿Sabes si los zafiros tenían para ella un significado especial?
—Le gustaban las joyas en general, pero desconozco si, de todas las piedras preciosas, el zafiro era su preferida. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, alguien lo insinuó. —No quiso decirle nada de la piedra que había aparecido en su mano izquierda.
—Quien sabe mucho de joyas es Casares —sugirió Aline.
—Lo sé. Me asesoró ayer sobre qué piedra era la más adecuada para según qué vestido —afirmó Margot, pero no le dio más información.
Aline confesó a su interlocutora que hablar de estos sucesos le estaba poniendo mal cuerpo. Intentó desviar la atención hacia otro evento que iba a concentrar a gran número de personas conocidas. Chicote, el barman más famoso del momento, había sido condecorado por el Consejo de Ministros de Franco. Precisamente, agradecido por este reconocimiento, iba a dar una fiesta en su local y le había pedido ayuda para convocar a personas de su entorno. Todavía quedaba tiempo, pero le pidió que anotara la fecha en su agenda. Margot le dijo que contara con ella.
En cuanto colgó a la condesa de Quintanilla, se fue directa al despacho del comisario. Le contó la conversación que había mantenido con ella y se reafirmó en que el antiguo novio de Casilda, la segunda víctima, tenía muchas papeletas de ser el sospechoso que buscaban. También había estado en el Ritz, en la fiesta de máscaras, y había bailado con la marquesa. A lo mejor no tenían que buscar más, le dijo.
—¡Suárez! —gritó el comisario desde dentro del despacho—. ¡Vaya con un coche de la brigada a los aledaños del domicilio de Pérez de las Casas! Le ha tocado pasar la noche en vela.
El inspector se acercó para saber exactamente qué es lo que quería que hiciera.
—Vigile toda la noche. No vaya a ser que salga inesperadamente de viaje. Mañana por la mañana le relevará Morales. Por la tarde será Gutiérrez. No le demos tregua desde por la mañana. ¡Que sienta el aliento de la policía! —ordenó el comisario.
La joven miró su reloj y le pidió permiso para irse de allí. Iba a ser la última noche de sus tíos en España. Su cara de preocupación era evidente.
—Sí, vaya. No sea que se enteren de que pasa usted por aquí más tiempo que en ningún otro sitio —apuntó el hombre.
—¡Gracias!
Según salía de la brigada, se quedó pensativa. ¿Por qué había dicho esas palabras? ¿Cómo sabía el comisario que sus tíos no aprobarían que colaborase con la policía? A veces, su jefe la sorprendía. Era como si conociera las conversaciones que sostenía con ellos en privado.
De regreso a casa, andando por Madrid ya con las farolas encendidas, siguió encontrándose con grupos de personas que aplaudían el regreso de los voluntarios de la División Azul. Imaginaba cómo estaría Barcelona ante la llegada de más de doscientos antiguos combatientes. La emoción se podía palpar en el ambiente a cientos de kilómetros.
Precisamente, al llegar a casa, la conversación de sus tíos había derivado hacia esa otra gran noticia: el retorno de tantas personas que se daban por muertas.
Se cambió de ropa y enseguida se juntaron todos para aprovechar la que sería la última cena en familia. Sátur había preparado un puré de verduras con picatostes y, de segundo, rosbif. El asado de buey era lo que más le gustaba al tío Julián. De postre, flan de huevo. Una vez que terminaron, pasaron al salón para hacer la sobremesa. Julián y su sobrina fumaron en pipa y compitieron por las volutas más grandes. Hubo risas y, sobre todo, muchos consejos antes de irse a la cama.
—¡Prométeme que no vas a quedarte a solas con ningún joven que no conozcas sobradamente! —pidió su tío.
—Tío, no voy con jóvenes. Solo con compañeros de trabajo que son mayores que yo. Mis salidas son para ir a trabajar. Nada más —afirmó Margot.
—Pues no estaría de más que salieras con Cayetana y su círculo —apuntó su tía—. Me gustaría que te enamoraras de un joven bien establecido.
—Lo que está claro es que el asesino pertenece a ese círculo, a ese ambiente. La seguridad absoluta no existe.
—Pues hasta que no se resuelva, procura salir lo menos posible —recomendó su tía.
—Lo sé. ¡Tranquilos!
Se despidió de ellos y se fue a dormir. En la cama comenzó a escribir en tarjetones los nombres de los jóvenes a los que habían interrogado. Al lado anotó sus impresiones. Los extendió encima de la colcha e hizo una especie de mapa con ellos. Observó los nombres una y otra vez. Algo se le estaba pasando por alto. Finalmente, el sueño la venció.