Luna roja
21. La despedida
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La despedida
La tía Frances no pudo reprimir las lágrimas al despedirse de su sobrina. Pasaría mucho tiempo antes de verla de nuevo. Le dio un abrazo fuerte y prolongado. El tío Julián ironizó con su mujer: «¡Suéltala, que la vas a romper!».
El día anterior le compraron a Margot una pequeña caja fuerte y le dieron dinero suficiente para que se administrase y no pasara ningún apuro hasta que regresaran. El matrimonio le dejó a Camila la responsabilidad de vigilarla más de cerca, y a Sátur la de alimentarla bien. Sobre todo porque, en este viaje, la habían encontrado «más flacucha».
Llegó el momento de salir de casa y Julián apremió a su mujer por miedo a perder el vuelo. Frances miró a su sobrina una última vez y volvió a abrazarla. Margot lo pasó muy mal. Detestaba las despedidas.
—¡Cuidaos vosotros! Sabéis que sois lo más importante para mí —declaró con cariño.
Aunque deseaba recuperar su autonomía, ciertamente sentía la marcha de sus tíos. Eran el único nexo con su familia materna. Al mirar a Frances, de alguna manera veía a su madre. Se parecían mucho, incluso en la forma de expresarse. Cuando su tía la abrazaba, era como si lo hiciera su madre también. Se apretaron mucho al despedirse. Margot tenía muy presente el último abrazo que le dio su madre antes de emprender el viaje del que no volvió. Por eso, en el momento de las despedidas se le hacía un nudo en el estómago. Sentía miedo a la pérdida. No lo podía evitar. Temía que la vida volviera a golpearla como ya lo había hecho por partida doble. Eso la hacía vulnerable ante los viajes de sus tíos y ante cualquier adiós.
—Llamadme en cuanto lleguéis a la embajada, por favor —pidió.
—Sí, sí. Descuida —dijo su tío. Y tú ¡no trabajes tanto!
—Soy adulta y sé cuidarme. No sufráis por mí. Por cierto, imagino que lo sabéis: Parker va a venir pronto.
—Que venía a España, sí. Lo que no imaginaba es que se pusiera en contacto contigo. Me parece que a Parker le gustas… —comentó la tía con complicidad.
—No digas esas cosas… Solo es un amigo. Yo no me quiero ennoviar ni nada por el estilo —recordó Margot.
—¡Deja a la chica! No necesita de nadie para salir adelante. Te diría más, a nosotros tampoco.
—Eso no es verdad. Os necesito más de lo que pensáis. ¡Cuidaos! —fue lo último que les dijo mientras sus tíos bajaban las escaleras.
Sátur y Camila observaron desde la puerta toda la escena. Nunca habían visto a Margot con tanto sentimiento. Camila sabía perfectamente lo que estaba pasando por su mente. La ausencia de sus padres había dejado en ella muchos miedos que disimulaba con un carácter fuerte. Una especie de coraza que se había afianzado en ella con el paso de los años.
El portero se hizo cargo del equipaje y un taxi esperaba a Frances y a Julián en la puerta para llevarlos al aeropuerto. La joven se acercó al gran ventanal para verlos subir al coche. Por unos segundos se quedó mirando la calle y, cuando vio alejarse el taxi, sintió de nuevo un pinchazo en el estómago. No pronunció una sola palabra y se dirigió al despacho. Cerró la puerta y se puso a escribir. Una vez más, el trabajo salía en su rescate.
Camila y Sátur se miraron y decidieron no comentarle nada. Sabían que, aunque se hacía la fuerte, lo pasaba mal cuando se separaba de sus tíos.
En los días siguientes, escribió sin parar; sobretodo el reportaje para El Caso. Lo hacía muy rápido, contando historias colaterales a la investigación. Al terminar, comunicó a Camila y Sátur que saldría a llevar su artículo al periódico.
—¿Vendrá a comer, señorita? —preguntó Sátur.
—Lo intentaré, pero tendré que hacerlo en cinco minutos. Hoy debo llegar pronto a la Puerta del Sol. Bueno, ya sabéis.
—Sabemos y, porque sabemos, nos preocupamos —comentó Sátur—. ¡Esta chiquilla!
—Eat something before you leave. —Le decía Camila que no debía irse sin tomar algo.
—Ahora no me entra nada. Haré lo posible por venir a mediodía.
Margot se fue a su habitación y, mientras se vestía, cogió la pistola que tenía guardada debajo del colchón. Comprobó que estaba el seguro puesto y la metió en su bolso, siguiendo el consejo de Aline Griffith.
Tuvo que arreglarse en un abrir y cerrar de ojos y salir de casa todo lo rápido que pudo. Incluso llegó a bajar las escaleras del portal de dos en dos. Tomó la primera bocacalle a la izquierda, la calle de la Salud, para llegar a la plaza del Carmen, donde se encontraba el garaje en el que guardaba su coche. Necesitaba conducir. Sentarse al volante le hacía olvidar la sensación de soledad que le había dejado la marcha de sus tíos días atrás.
Al llegar a la calle Jordán, pudo aparcar fácilmente. Subió las escaleras como si fuera una atleta y se paró en la puerta de la redacción para respirar y coger aire antes de tocar el timbre. Abrió Clotilde, la secretaria de redacción, y justo detrás de ella, reptando por el suelo, apareció Leopoldo.
—¡Has crecido mucho, Leopoldo! Ya no eres el pequeño lagarto que me encontré en la bañera. Eres todo un señor cocodrilo. —Le pareció que Leopoldo entendía sus palabras y que, con su boca abierta, incluso quería decirle algo.
—Le gustas a Leopoldo —dijo Clotilde irónicamente.
—¿Qué le dais de comer? —preguntó Margot.
—Pescado. Todo tipo de peces. ¡Es todo un presupuesto para esta redacción! —aseguró la secretaria.
—El próximo día, te traeré uno —dijo Margot al cocodrilo.
—Al menos, nos tiene la redacción limpia de arañas, cucarachas y cualquier insecto… ¡Es una ventaja!
Margot sonrió y le entregó su artículo. El director no estaba y había solo dos o tres redactores escribiendo en las aparatosas Hispano Olivetti de la redacción.
—Si quieres ver al equipo directivo, tendrás que ir al bar de enfrente —avisó Clotilde.
—No. Tengo mucha prisa. Prefiero que se lo des tú.
Antes de irse, le preguntó si José María de Vega ya había entregado su reportaje. La secretaria le contestó afirmativamente. Aprovechando que no estaban sus jefes, se lo dejó leer. Le hizo una señal a Margot para que no dijera nada y pasara al despacho del director. Al entrar, vio de refilón el titular y por poco tropieza con Leopoldo: «El asesino de las damas les seccionó el dedo anular de la mano derecha». Citaba fuentes de la investigación. Se quedó helada. No esperaba que esa información tan trascendente fuera a salir de alguno de sus compañeros. Su enfado era monumental, pero disimuló. Ya había advertido en comisaría que podía pasar y, finalmente, había ocurrido. Se quitó el abrigo y se sentó a leer el resto de la información. Al terminar, habló sinceramente con Clotilde.
—Después de ver lo que ha escrito Vega, debo modificar alguna cosa de mi artículo. Por favor, no digas nada.
—Soy una tumba. —La secretaria hizo un gesto de cerrarse la boca con los dedos.
Clotilde le cedió su máquina de escribir, pero antes Margot intentó localizar al comisario. No fue demasiado difícil, puesto que ya estaba en la Puerta del Sol trabajando. Sin ningún tipo de preámbulo, le contó lo ocurrido.
—Señor comisario, les advertí que, si se le daban información a José María de Vega, lo iba a contar todo con pelos y señales. El titular de su artículo dice que el asesino ha seccionado el dedo anular a las dos mujeres.
—¡Por Dios! ¿Quién está tan loco como para contarlo? —maldijo Benito Poveda.
—A mí me deja en muy mal lugar, señor comisario. He escrito un artículo muy genérico donde me he centrado más en detalles como el vestido de novia. El director pensará que no me entero de nada estando allí con usted. No le extrañe que me quiten de la brigada y pongan a José María de Vega.
—No, eso no lo voy a consentir. Déjeme pensar… Hable usted del detector de mentiras que traerá Parker —sugirió—. Diga que haremos una prueba voluntaria entre los conocidos y familiares de las víctimas que no tengan ningún inconveniente en someterse a la máquina. Manifieste que aquellos que no quieran someterse a ella quedarán en evidencia. Deje claro que no tiene valor judicial, pero sí valor moral. Creo que por ahí puede tirar de un hilo interesante para que no quede usted fuera de juego en el periódico. Es evidente que hay alguien dentro de la brigada que desea perjudicarla. Lo peor de todo es que también daña la propia investigación.
—Puedo imaginar de quién se trata —dijo Margot en voz baja.
—Yo también. Hablaré con él.
Los dos pensaron en el inspector Morales, que tanta animadversión mostraba hacia Margot. Nada le sacaba más de quicio que el comisario la tratara como una inspectora más. Incluso, que fuera ella quien estuviera presente en todos los interrogatorios. Desde que había llegado, Morales no había vuelto a estar en ninguno.
Cuando colgó, puso en la máquina de escribir dos papeles en blanco y uno de carboncillo entremedias y empezó a teclear. Tituló: «La máquina de detectar mentiras llega a la Brigada Criminal». Y como subtítulo: «Será voluntario someterse a ella para la resolución de los dos últimos crímenes». Habló de cómo la policía italiana y la norteamericana la utilizaban para señalar a los criminales. Una máquina que se basaba en parámetros físicos, cardiovasculares y pulmonares, así como en la sudoración del que se sometía a ella. Añadió que la traería a España un importante investigador británico. Después, aportó datos curiosos sobre el traje de novia y sobre Pedro Casares, el cada vez más famoso diseñador. El vestido lo había confeccionado en seda traída de la India. Afirmó que la policía estaba tras la pista de un sospechoso, al que estaban siguiendo de cerca. Concluyó el artículo y entregó el nuevo original a Clotilde.
—Le he hecho una modificación. Aquí lo tienes.
—¡Muy bien! Se lo daré al director. ¿Qué hago con el otro?
—¡Rómpelo!
Margot se quedó con una copia del nuevo y la guardó en su bolso.
—Ahora sí que me voy de verdad. Dile al director que, si necesita cualquier aclaración, que me llame. Me voy a Sol.
—Está bien. Se lo diré.
—Muchas gracias. —Se agachó para despedirse de Leopoldo, que no se dejaba acariciar por nadie salvo por ella—. ¡Hasta pronto, Leopoldo! Deberías morder en el pie a José María de Vega. Así sabría lo que es bueno.
Clotilde sonrió y sujetó al cocodrilo para que no se fuera detrás de ella. Cerró la puerta con fuerza con el fin de evitar que el animal se escapara.
Cuando Margot se subió al coche, apretó el acelerador. No deseaba encontrarse con el director ni con nadie de la redacción que la entretuviera más de la cuenta. No podía dejar de pensar en el inspector Morales.
—It will be disgusting! —En inglés le salió en voz baja, pero un «¡será asqueroso!» sí se oyó bien fuerte mientras iba al volante.
Aparcó el coche en el garaje, pero no le dio tiempo a ir a comer en casa. Bajó andando hasta la Puerta del Sol y, una vez allí, saludó discretamente a todos. Gutiérrez era el único ausente, estaba siguiendo al antiguo novio de Casilda. Margot dejó sus cosas en una silla y se fue directamente a hablar con Morales. No hubo ningún preámbulo, fue directamente al grano.
—Te dije que no hablaras con José María de Vega —le increpó directamente—. Va a contar lo del dedo anular seccionado. ¿Estás loco? ¿De qué vas, me lo puedes decir?
—Tú no eres nadie para darme lecciones de lo que tenemos o no tenemos que hacer —replicó Morales, casi en un enfrentamiento.
—Eran instrucciones del comisario. ¿No te das cuenta de que Vega va a revelar un secreto de la investigación?
—No tenemos nada. De modo que no veo en qué nos puede afectar.
—Tu odio hacia mí te lleva a perjudicarnos a todos. ¡Eres un mal compañero!
—A mí no me insultes —amenazó envalentonado.
Las voces iban subiendo de tono. El comisario salió de su despacho y los invitó a los dos a pasar. Antes de decir nada, se sentó detrás de la mesa y meditó unos segundos sus palabras.
—Señores, no sigan poniéndomelo difícil. Es la última vez que discuten delante de todo el mundo.
Los dos se retaron con la mirada, pero guardaron silencio.
—Señor Morales, se ha ido usted de la lengua comprometiendo la propia investigación.
—Pero si…
—Aquí no hay peros que valgan —interrumpió el comisario—. Si no está conforme, ahí tiene la puerta. Como vuelva a filtrarse más información del caso, le pondré de patitas en la calle. No preguntaré si ha sido usted o no. Directamente, lo echaré. ¿Me ha entendido?
—Perfectamente. —Se levantó con malos modos de la silla.
—Aún no he terminado. ¡Siéntese! —ordenó furioso—. Respete a su compañera, la inspectora Peters. La necesitamos aquí mal que le pese a usted. También le pido que respete mi decisión. No acabo de entender su actitud.
—¿Ha terminado? —Siguió con muy malos modos.
—¡No! Somos un equipo y usted no va a decir nada que yo no quiera que se filtre. ¿Me ha entendido, verdad? ¡Nada! —dijo en un tono muy fuerte—. Eso que se va a publicar en El Caso me va a suponer muchas preguntas de periodistas y de políticos. Si le llaman de cualquier periódico o radio, me lo pasa a mí. Si se filtra algo más, insisto, le haré responsable. Ahora sí puede irse.
Morales se levantó y se fue del despacho refunfuñando. Cuando se quedó a solas con el comisario, Margot le dio las gracias.
—Jamás me he sentido tan respaldada —reconoció—. ¡Es una suerte trabajar a su lado!
—Deberíamos plantearnos contratarla —expuso con sinceridad.
—Creo que de momento hago un doble servicio si permanezco en la prensa. Pienso que puedo ser más útil.
—Creo que tiene razón.
Días después irrumpió en la brigada el inspector Gutiérrez. Venía sudoroso y con la mitad de la camisa por fuera. Se fue al despacho del comisario.
—Está aquí el que fue novio de Casilda de los Llanos. Me ha costado convencerlo para que viniera. He estado a punto de esposarlo por desacato —afirmó Gutiérrez.
—Está bien. ¡Hágale pasar!
Margot, que hacía días que esperaba ese momento, se levantó y apagó la luz del despacho a la vez que el comisario encendía el flexo. Al rato, Gutiérrez les presentaba a Juan Pérez de las Casas.
—Aquí está el señor Pérez.
—¡Pérez de las Casas, para ser más exacto! —dijo puesto en pie frente a la mesa donde estaba el comisario—. ¿Se puede saber qué quieren ustedes de mí?
—Haga el favor de sentarse y conteste a las preguntas que le vamos a formular.
—¿Estoy detenido?
—No. Todavía… Díganos, ¿dónde se encontraba usted la tarde en la que Casilda fue asesinada?
—Estaba en mi casa.
—¿Había alguien con usted que lo pueda corroborar?
—El servicio.
—¿Conocía usted a la marquesa de Torquemada?
—Sí. Pero ¿qué tiene que ver ella con Casilda? —preguntó.
El comisario tenía paciencia, pero, cuando llegaba a su límite, era implacable.
—Usted limítese a contestar. ¿Fue disfrazado de arlequín a la fiesta de máscaras, ¿verdad?
—Sí, pero ¿eso es relevante?
—Sabemos que la sacó a bailar.
—¡Por supuesto! Yo y veinte jóvenes más que estábamos con ella. No la dejamos parar en toda la noche. Era una persona muy divertida… Estaba muerta en vida.
—¿Muerta? ¿A qué se refiere? —insistió el comisario.
—Bueno, quiero decir que su marido no se portaba bien con ella.
—Quiere decir que moralmente… no se portaba bien.
—Exacto.
—¿Usted se considera el guardián de la moral de la alta sociedad?
—No sé qué quiere decir con eso.
—Que a usted le molestaba la actitud del marqués hacia su mujer. ¿Verdad?
—Sí.
—¿Qué le pareció su asesinato?
—Mal… No entiendo. ¿Qué me va a parecer?
—¿Y el asesinato de su antigua novia, Casilda?
—Mal también. Iba a casarse con ese matasanos, aunque me seguía queriendo.
—¿Y eso? ¿Cómo lo sabía?
—Todo el mundo lo sabía. Ella se casaba por conveniencia, por seguir la corriente a sus padres.
Margot escribió en un papel: «Pregúntele por las alianzas y por el zafiro y el rubí. Exploremos sus conocimientos sobre piedras preciosas». El comisario lo leyó y se encendió un cigarrillo. El joven pidió un vaso de agua, que Gutiérrez trajo inmediatamente.
—Señor Pérez de las Casas, ¿le gustan las joyas?
—Pero eso ¿a qué viene ahora?
—¡Conteste! —le conminó Gutiérrez.
—Sí, me gustan.
—¿Le gusta coleccionar alianzas de pedida?
—¡Por supuesto que no!
—Y las piedras preciosas… ¿tienen para usted algún significado? Por ejemplo, el zafiro.
—No sé qué quiere que le diga. Las piedras preciosas me parecen muy bonitas. Y el zafiro, pues la verdad es que me gusta mucho.
—¿Y el rubí?
—Bueno, me gusta todavía más. Pero ¿qué me están preguntando? Parece que se hayan vuelto locos. ¿A cuento de qué viene todo esto?
—Usted es el que tiene que contestar, no nosotros.
—Oiga, mire. No me gusta el tono que está utilizando conmigo. Me voy a ir…
—Usted no va a ir a ninguna parte. Se va a quedar con nosotros en el calabozo hasta que el juez nos diga qué hacer con usted.
—He dicho que me voy… Me están haciendo perder el tiempo. —Se levantó Gutiérrez y lo frenó—. ¡No me toque! ¡Déjeme en paz!
Le dio un manotazo al inspector y Gutiérrez lo redujo.
—¿Qué hace? —preguntó Pérez de las Casas, realmente confundido.
—Ponerle las esposas.
—Señor Pérez, vaya pensando en llamar a su abogado. Pasará esta noche a buen recaudo.
—Esto es una tropelía. ¡Suéltenme!
Morales se acercó al oír los gritos y ayudó al inspector Gutiérrez a llevarlo a los calabozos. El joven no paró de gritar en toda la noche y de advertirles que su detención no iba a quedar impune.
—Señores —el comisario se dirigió a todos—, creo que tenemos al asesino. Este joven tiene algo en su mirada que te hiela por dentro. Mañana volveremos a interrogarlo. Necesitamos su confesión. Margot, será usted la encargada del interrogatorio.
—¿Yo?
—Sí, usted. Demuestre a todos su capacidad para sonsacar a los malhechores.
—Está bien.