Luna roja

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22. Terremoto informativo

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Terremoto informativo

La publicación de El Caso provocó tal demanda de información en las redacciones de periódicos y radios que la presión sobre la policía no se hizo esperar. El hecho de que el asesino hubiera seccionado el dedo anular de ambas víctimas generaba más preocupación en una población que no entendía qué estaba pasando. El semanario se agotó a las pocas horas de salir a los quioscos. También fue muy comentado el hecho de que iba a llegar a España una máquina que ayudaría a la policía a discernir si los investigados decían la verdad o mentían.

Los teléfonos no dejaron de sonar durante todo el día en la Brigada de Investigación Criminal. Cuando apareció Margot, había tres agentes más como refuerzo a la escasa plantilla policial. También se encontraba en las dependencias el comisario jefe, Juan Bilbao, que llevaba una hora reunido con el comisario Eugenio Benito Poveda. Habían llamado desde el Ministerio de la Gobernación y apremiaban a la dirección de la policía para que resolvieran el caso que estaba provocando tanto temor en la población femenina.

Margot se sentó, como siempre, en la misma mesa que el inspector Gutiérrez. En un tono confidencial se refirió a la situación que se estaba viviendo.

—Mucho revuelo por aquí, ¿no?

—Si Morales no hubiera hablado, no estaríamos ahora así —se quejó.

—El asesino estará satisfecho. Los criminales tienen mucho de narcisistas. Desean que el público, ávido de este tipo de noticias, sepa que no es casual lo que hacen, sino que matan por alguna razón —explicó el inspector.

—Eso es perverso, porque así se justifican. El que se atreve a matar tiene la maldad en el cuerpo. Nada más. La sociedad pretende envolver este tipo de comportamientos en tesis sobre las frustraciones. Sin embargo, el que mata lo hace porque le gusta y no da valor a la vida del otro. Se cree en un plano superior —argumentó Margot.

—Lo terrible del que cruza la línea roja, como tú dices, es que quiere repetir.

—Afortunadamente, podríamos tener al asesino de las dos mujeres en el calabozo. El comisario está convencido de ello. ¿Cómo ha pasado la noche? —preguntó Margot.

—Insultando a la policía y pidiendo que le pusiéramos en libertad. ¿Estás preparada para interrogarlo?

Margot afirmó con la cabeza y sacó el cuaderno con las preguntas que había preparado. Desde que se lo avanzó el comisario, no había dejado de pensar en ello. Probablemente iba a vivir el momento profesional más importante de su vida. Estar cara a cara con alguien que podría ser un asesino múltiple le aceleraba el corazón. No iba a ser fácil. Antes tendría que sonsacarle su confesión de culpabilidad.

El comisario le había dicho que en cada interrogado tenía que aplicar una técnica distinta. Pero lo fundamental era «acorralarlo con las preguntas para que la mentira quedara en evidencia». Eso es lo que pensaba hacer, empujarlo a que confesara él mismo la verdad.

Media hora más tarde, el comisario jefe salía del despacho de Benito Poveda. No se paró con ellos, sino que se limitó a decir en voz alta: «¡Señores, hagan su trabajo!». No añadió nada más. En esa pequeña frase había implícita una crítica. Daba la sensación de que les reprochaba que hasta entonces no lo habían hecho. Se miraron entre ellos un tanto desconcertados. Al rato, se asomó el propio Benito Poveda al umbral de la puerta y pidió a Gutiérrez y a Margot que se acercaran hasta su mesa.

—Las cosas están muy mal —se sinceró—. Necesitamos la confesión del detenido. Confío en que le arranque una rotunda declaración inculpatoria, inspectora Peters. De no ser así, rodarán cabezas. Gutiérrez, ¡traiga al detenido! —ordenó—. Y usted, inspectora, acerque su silla y siéntese a mi lado. Hoy el peso del interrogatorio lo va a llevar usted. Puede hacerlo. De modo que no se ponga nerviosa.

—Está bien —dijo con fingida calma.

Margot tragó saliva y se trasladó al otro lado de la mesa, junto al comisario. Fijó la mirada fija en la puerta y esperó a que apareciera el detenido. El comisario encendió un cigarrillo. Margot se acordaba de la pipa de su padre. Pensó que debería llevarla siempre encima, le hubiera calmado los nervios. Intentó disimular, pero movía el lápiz con los dedos como la baqueta de un tambor contra el cuaderno que tenía apoyado sobre la mesa.

Al rato apareció con las manos esposadas Juan Pérez de las Casas, custodiado por Gutiérrez y Morales. Este último se fue una vez que sentaron al detenido en la silla. Por el desaliño que presentaba Pérez de las Casas, era evidente que no había logrado dormir esa noche, en el calabozo.

—Si no hace usted ninguna tontería, le quitaremos las esposas para el interrogatorio —dijo el comisario.

—Se lo agradezco. Tengo ganas de que toda esta pesadilla acabe cuanto antes. ¿Por qué me han encerrado?

Gutiérrez le quitó las esposas y lo primero que hizo el sospechoso fue atusarse el cabello y mirar indistintamente a Benito Poveda y a Margot. Le extrañó ver a una mujer al otro lado de la mesa. Margot comenzó el interrogatorio de forma directa.

—Señor Pérez de las Casas, está aquí porque se han cometido dos asesinatos. Han muerto dos mujeres que, casualmente, conocía usted.

—Que las conociera a las dos no me convierte en sospechoso —arguyó.

—En absoluto. Queremos que nos diga qué hacía usted cuando se cometieron ambos asesinatos —dijo Margot con mucha mano izquierda—. En el primero, usted estaba en el baile, incluso bailó con la víctima. Además, iba vestido de arlequín, exactamente igual que la última persona que la vio con vida. ¿Qué nos puede decir ante tantas coincidencias?

—No sé qué decirle… ¿Me podrían dar un vaso de agua? —pidió.

Pérez de las Casas se mostraba muy nervioso. No podía hablar con la boca seca. Gutiérrez le acercó un vaso y le sirvió agua de la jarra que siempre tenía el comisario. Después de beber un gran sorbo, continuó.

—Las casualidades existen. Yo fui al baile, la saqué a bailar e iba vestido de arlequín. Todo eso es cierto, pero yo no la asfixié —se defendió.

—¿Por qué habla de asfixiar? Yo no he dicho eso —dijo Margot, muy seria.

—No lo sé. Lo leí o lo escuché en algún sitio.

—¿Con qué lo hizo? ¿Cómo la mató? —quiso saber Margot, dando por hecho que era culpable.

El comisario la observaba con admiración. Iba directa y sin rodeos. Tampoco dejaba de mirarle a los ojos ni un segundo.

—Señorita, ¿por qué presupone que lo hice yo? —preguntó elevando el tono.

—Inspectora, si no le importa —advirtió el comisario—. Conteste por favor.

—Sabía que la habían asfixiado porque, como les he dicho, lo oí en la radio o lo leí en algún periódico. No lo sé. No tengo ni idea de cómo la mataron, pero yo no lo hice.

—Será más fácil para todos que confiese cómo lo hizo.

—¡Me quieren cargar con las dos muertes! ¡Pues soy inocente!

Hubo un silencio y al rato Margot continuó.

—¿Dónde estaba usted el día que murió su novia?

—No era mi novia, fue mi novia. Y ya se lo he dicho, estaba en casa.

—Ella muere justo el día que recibe el traje de novia. ¿No le parece extraño?

—Puede que sí…

—¿Usted manifestó a gente del entorno de la joven que no le hacía ninguna gracia que contrajera matrimonio?

—Sí. No hay nada de malo en eso.

—¿Por qué no quería que se casara con el doctor Biosca?

—Porque no estaba enamorada de ese matasanos. Iba a cometer una tontería que le pesaría toda la vida.

—Y por eso usted decidió acabar con su vida…

—¡No! —gritó poniéndose de pie—. ¡Yo no he hecho nada! No consiento más insinuaciones perversas.

Miró a Margot de forma amenazante, pero ella mantuvo su mirada retadora. Continuó sentada en la silla sin mover un solo músculo. El comisario medió.

—¡Haga el favor de sentarse! Está usted siendo interrogado y debe mantener las formas. Nos queda claro que usted es una persona violenta. ¡Cálmese!

El detenido se sentó y bebió agua. Intentó respirar hondo antes de seguir.

—¡Continúe! —le dijo el comisario a Margot.

—¿Cuál fue la última vez que se vio con doña Casilda de los Llanos?

—No lo recuerdo.

—¿No fue ese mismo día en que murió?

—No lo recuerdo —insistió.

—¿No recuerda usted si la vio o no la vio el mismo día que la asesinaron?

—Puede que la viera…

—¿A qué hora se vieron y dónde?

—En su casa, sí. No recuerdo la hora exacta.

—¿Le ayudo a refrescar la memoria? Usted estaba allí cuando recibió el traje de novia. No pudo reprimir su sentimiento de odio y se dijo a sí mismo: «O para mí, o para nadie». Y la asesinó.

—¡No es cierto! La vi antes de que le llegara el vestido. Me fui de allí compungido, porque nos amábamos. Ella iba a cometer una locura.

—¿Qué ha hecho con los anillos de su novia y de la marquesa?

—No entiendo.

—Usted se los ha quedado. Les seccionó el dedo anular para quitárselos.

—¡Qué dice! ¡Están todos locos!

Le dio el dato que ya venía en la prensa y quiso observar su reacción. Se quedó lívido.

—¿Quién puede haber hecho algo así? —añadió Pérez de las Casas.

—¡Usted! —respondió rápido Margot.

—¡No! ¡Eso no es cierto! No me hable así o… —Se volvió a poner de pie sin dejar de mirar a la inspectora.

—O ¿qué? ¿Cuál es su amenaza? —El comisario salió al quite.

Pérez de las Casas se volvió a sentar. Parecía abatido.

—¿Por qué quiso acabar con sus vidas? —insistía Margot.

—Yo no he matado a nadie… ¿Cómo quiere que se lo diga?

Ya no la miraba, mantenía la vista baja.

—Le conviene a usted confesar. Los criminales sienten alivio cuando les pillamos. Ya no tienen que esconderse. Su conciencia también descansará.

—Yo no maté a Casilda y tampoco maté a Genoveva… Veo que me quieren endosar ambas muertes. Necesito hablar con un abogado. No quiero contestar ninguna pregunta más.

—Una cosa más: ¿qué utilizó para matarlas? —preguntó Margot.

—¿Quién es usted para hablarme así? —replicó sin reparos.

—¡Está bien! ¡Hemos acabado por hoy! ¡Gutiérrez, llévelo de nuevo al calabozo!

—Están tratándome peor que a un perro. ¡Necesito un abogado! ¿Me oyen? ¡Un abogado!

Gutiérrez lo volvió a esposar y se lo llevó mientras gritaba y protestaba por estar en esa situación.

Cuando se quedaron solos, Margot y el comisario compartieron la misma impresión. Ahora parecía más culpable que cuando lo encerraron el día anterior. Sin embargo, no habían conseguido su declaración inculpatoria.

—Estamos igual que cuando lo detuvimos. Nos parece culpable, pero no conseguimos su confesión. Habrá que dejarle más tiempo detenido hasta que no pueda más y cante —sugirió el comisario.

—Siento mucho no haber podido acorralarlo más.

—Lo ha hecho con mucha maestría. Me ha dejado ciertamente impresionado. ¿Cuándo vendrá Parker?

—Mañana.

—Podríamos utilizar la nueva máquina con él. Sería de gran ayuda —propuso.

A pesar de no haber obtenido su confesión, Margot se fue satisfecha después de escuchar las palabras que le dedicó el comisario. Sin embargo, no estaba acostumbrada a tanta violencia verbal. Sintió miedo cuando el detenido se levantó y parecía que iba a pegarla. Afortunadamente, pudo disimular y mantener la calma. Después de un rato sentada frente a la máquina de escribir de Gutiérrez, comenzó a teclear con rabia y pasó a papel la declaración del detenido. Cuando estaba escribiendo el final, aparecieron el padre del joven y su abogado.

—Hemos venido a ver al comisario Benito Poveda. Soy Juan Jesús Pérez de las Casas. Vengo a sacar a mi hijo de aquí.

Morales se hizo cargo de ellos y les mandó esperar sentados hasta que el comisario los recibió. El padre parecía todo un caballero. Y el abogado era uno de los que más renombre tenían en la alta sociedad: Fernando Andrada. Había conseguido cierta fama a base de sacar de la cárcel a más de un hijo díscolo de familia bien. El comisario se reunió con ellos largo rato.

Al regresar el inspector Gutiérrez, le informó Margot de lo que pasaba en el despacho de Benito Poveda. Transcurrió más de una hora sin que supieran nada de lo que hablaban, hasta que sonó el teléfono de la mesa. El inspector respondió y escuchó atentamente lo que le decía Benito Poveda al otro lado del teléfono.

—El comisario quiere la declaración de Juan Pérez de las Casas. ¿Has terminado de pasarla? —preguntó a Margot.

—Sí. ¿No quiere que se la lleve yo?

—Por algún motivo, no.

Le dio el original que había escrito mientras él trasladaba al calabozo a Pérez de las Casas. Margot imaginaba que el comisario debía estar sorteando como podía las preguntas tanto del padre como del abogado. Supuso que, si no quería que fuera ella, seguramente era por la presencia de Fernando Andrada. A fin de cuentas, ella trabajaba allí sin pertenecer al cuerpo. Era una de esas extrañas circunstancias que se vivían en la brigada. El mismo hecho de que el comisario continuara trabajando a pesar de su jubilación convertía todo aquello en un verdadero problema para las autoridades policiales, si las investigaciones se torcían. Sin embargo, Benito Poveda, como profesor de la Escuela de la Policía y comisario a deshoras, resolvía crímenes constantemente y sus éxitos se contaban a cientos. Solamente se le habían complicado estos dos últimos asesinatos.

Al entrar en el despacho, Gutiérrez dejó entreabierta la puerta. Margot se acercó todo lo que pudo, simulando buscar algo en los archivos, hasta escuchar alguna de las frases que pronunciaba el abogado.

—Si no le han aplicado a mi defendido la Ley de Vagos y Maleantes y no tienen un cargo específico contra él, debe abandonar los calabozos inmediatamente —decía el abogado.

—Queremos volver a interrogarlo. Nos ha dejado muchas dudas por resolver.

—En ese caso, tendré que estar yo presente la próxima vez que lo interroguen.

—Pues venga mañana, a las cuatro de la tarde.

—¿Y va a estar encerrado tantas horas hasta mañana?

—Sí. No podemos dejarlo en libertad. Los delitos que estamos investigando son muy graves.

—Puesto que son muy graves y puede caerle la pena de muerte, no volverá a comparecer ante ustedes sin estar yo presente.

La pena capital había sido restablecida en el Código Penal antes de la conclusión de la Guerra Civil. El gobierno de Franco argumentó que «su abolición no era compatible con el buen funcionamiento de un Estado». El 29 de marzo de 1941, se aprobó la Ley de Seguridad del Estado, con la sentencia de muerte para varios supuestos, y en 1944 se dio luz verde al nuevo Código Penal, en el que la pena máxima era «pena única o alternativa» para delitos muy graves. Y este doble asesinato lo era.

—Comprenda, señor comisario —dijo el padre guardando las formas—, que está en juego la vida de mi hijo. Estoy convencido de que él no ha cometido ningún crimen. El hecho de conocer a ambas mujeres lo convierte en sospechoso, pero nada más. Lo único que puede hacer en el calabozo es llenarse de piojos. Le pediría una vez más que lo soltara.

—Le doy mi palabra de que mañana, si no obtenemos mayor respuesta que la que hemos conseguido hoy, lo pondremos en libertad.

—Está bien. Nos volveremos a ver mañana, a las cuatro de la tarde —concluyó el abogado.

Margot se retiró de la puerta y regresó a la mesa de Gutiérrez. Se sentó frente a la máquina de escribir y evitó mirar al padre o al abogado. Comprendía que todo lo que había ocurrido comprometía al comisario.

Una vez que se fueron, Margot se acercó hasta el despacho de Benito Poveda.

—¿Se puede? —pidió permiso antes de entrar—. ¿Qué es lo que ocurre?

—Esto se está torciendo por minutos. Tengo la sensación de que pedirán mi cabeza si sigue encerrado —se lamentaba el comisario—. Si mañana no se confiesa autor de los crímenes, habrá que ponerlo en libertad. No me gusta el abogado. Nos va a traer problemas.

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