Luna roja

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23. Las fases de la luna

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Las fases de la luna

En cuanto Harry Parker pisó territorio español, se puso en contacto con Margot. Su avión había aterrizado en el aeropuerto de Barajas a primera hora de la mañana. Nada más llegar a la habitación del hotel Palace, donde se alojaba, la llamó por teléfono. Desde que se inauguró en 1912, el personal de recepción presumía de tener uno de los edificios más seguros por su construcción en hormigón armado; era también de los pocos que tenían en cada una de sus habitaciones, además del baño, un teléfono y un interfono que ayudaban al cliente a tener hilo directo con los trabajadores del propio hotel. Situado en la Carrera de San Jerónimo, frente a las Cortes, era un lugar muy propicio para los encuentros con políticos o con los famosísimos actores norteamericanos que se alojaban allí. Era un hotel con más vida que el Ritz. En este último preferían mantener la exclusividad de sus clientes y se permitían rechazar a muchos personajes conocidos que no tenían la clase que exigían para alojarse en el recinto. El actor Laurence Olivier necesitó demostrar su condición de lord para que le permitieran pernoctar, y James Stewart tuvo que hacer valer sus múltiples condecoraciones como héroe de la Segunda Guerra Mundial —tras combatir como piloto de bombarderos y llegar al grado de coronel en menos de cinco años— para dormir allí.

Parker, que sabía de ese nivel de exigencia en el Ritz, eligió ir directamente al Palace. Al fin y a la postre, estaba a un paso de la Puerta del Sol, donde tenía pensado llevar el maletín que resguardaba la máquina de detectar mentiras. A la primera llamada, pudo localizar a Margot en casa.

Hi! Ya estoy en Madrid. Cuando quieras, nos vemos antes de que vaya a la brigada.

—Vente a mi casa antes y te pongo al día de cómo está la situación —propuso Margot.

—En media hora estaré por allí.

Haciendo honor a la puntualidad británica, a los treinta minutos de reloj, Harry Parker estaba llamando al timbre del piso de los Martín-Briz Peters en el número 27 de la Gran Vía.

Sátur abrió la puerta y le hizo pasar al salón. Al rato apareció Margot. Ambos se quedaron unos segundos parados. Parker se había cortado el pelo y estaba más atractivo. Margot, a su vez, se había vestido con pantalones palazzo negros y una camisa blanca. Era como si el jefe de seguridad la descubriera por primera vez. Fue ella quien rompió el silencio tras verse.

—¡Menudo corte de pelo! —exclamó ella.

—Lo tenía muy largo y pensé que, antes de verte, sería bueno que me hicieran un buen rapado. ¿No se dice así? ¿Cómo me ves? —decía con su acento inglés.

—Te queda bien. ¡Sí! ¿Has traído la máquina? —Cambió de tema.

—Sí, la llevo conmigo. Has dicho que querías ponerme al día. ¿Qué ha ocurrido? —quiso saber Parker.

—Llevamos dos mujeres asesinadas de familias con título y tenemos a una persona detenida que las conocía a ambas. El problema es que yo le interrogué ayer y no confesó su culpabilidad —explicó Margot con detalle—. Su padre se ha presentado en la brigada con un abogado e inmediatamente ha pedido que lo pongan en libertad. Lo cierto es que, si sigue diciendo que es inocente y no encontramos ninguna prueba contundente contra él, tendremos que hacerlo en las próximas horas.

—Si quisiera someterse al detector de mentiras, comprobaríamos rápidamente si miente o dice la verdad —propuso el jefe de seguridad—. He aprendido a utilizarlo y lo cierto es que a las policías italiana y americana les resulta muy útil.

—¡Es todo tan confuso!

Le comentó Harry que dentro de la alta sociedad estaban pasando asuntos muy turbios desde el comienzo del año. La informó del caso de la marquesa de Villasante, también baronesa de Alcalahí y varios títulos más, que había protagonizado un hecho terrible que la había llevado directamente a la cárcel, aunque su juicio estaba todavía pendiente.

—No habías venido a España todavía. El propio hijo denunció a la madre en el Juzgado de Instrucción número 14. El joven la acusaba de haber realizado diferentes mutilaciones al cuerpo de su hermana, que había muerto como consecuencia de una leucemia. Benito Poveda creyó al hijo y tus compañeros se presentaron en el domicilio de la marquesa; en uno de los armarios encontraron una mano cortada sumergida en un líquido blanquecino. Los periodistas bautizaron este tema como «El caso de la mano cortada». Resultaba espeluznante saber que la marquesa había hecho algo semejante a su hija. El juez ordenó exhumar el cadáver y se encontraron con que a la difunta le faltaba la mano derecha. La marquesa negó haber sido ella, pero el juez ordenó su inmediata detención. Lo mismo algún loco se ha animado a seguir sus pasos en este caso.

—Sí, me lo habían comentado mis compañeros. ¿Crees que un loco despierta a otro loco a cometer hechos abominables?

—Sí, sin duda. Más aún si la luna está llena y ya no digamos si tiene un halo rojizo —le recordó Parker.

—¡Oh! Se me habían olvidado tus teorías sobre la luna…

—Pues aquí estoy de nuevo para recordártelas. La luna no solo influye en nuestra mente, también en nuestro cuerpo. Si tomáramos conciencia de las fases por las que pasa la luna, estaríamos más preparados para combatir el crimen —argumentó él—. En la luna nueva, casi completamente oculta por el sol, el que quiere matar lo planifica. La luna nueva es la que marca el final de un ciclo y el comienzo de otro nuevo. Aquí, el asesino en potencia toma la decisión de hacerlo. En la luna creciente, los humanos nos encontramos con más vitalidad y energía. El asesino que ha tomado la decisión de matar planea cómo llevarlo a cabo. Y llega de nuevo mi amada luna llena, la más enérgica —continuó explicándole con entusiasmo—. A los que no tenemos instinto criminal nos ayuda a enfrentarnos a nuestros propios monstruos. Es como un proceso de liberación. Aquí, sin embargo, los asesinos no pueden reprimir el impulso de matar.

—¿No decías que eran cuatro? —advirtió Margot.

—Sí, falta una. La luna menguante. La he dejado para el final. En esta fase queremos deshacernos de todo lo que no necesitamos. No hay arrepentimiento, pero sí necesitamos limpiar, ordenar…, también poner nuestra cabeza en dirección a un rumbo nuevo.

—Pues me parece que en estos días tenemos otra luna llena. Espero que no haya ningún halo rojo y que no empuje a nadie a matar.

—Da igual, Margot. El que ha matado por primera vez en la luna roja o luna de sangre, cada vez que haya luna llena sentirá la necesidad de volver a hacerlo —advirtió Parker—. Como si fuera un autómata, la fase de luna llena le recordará el placer que sintió al matar y querrá volver a experimentarlo.

—Siento asco, repugnancia hacia las personas violentas. Utilizan el descuido y el poder que ejercen sobre esas personas a las que deciden matar. Son peor que las hienas. Puedo llegar a entender al que roba, pero jamás al que mata —argumentó furibunda.

—Nunca te había visto con tanta rabia como hoy —observó él.

—El poderoso influjo de la luna, Harry. Bueno, deberíamos acercarnos hasta la brigada. Por si el detenido se decide voluntariamente a enfrentarse a la máquina. Creo que deberías utilizarla con nosotros previamente para ver si los parámetros que vas a controlar están bien —sugirió Margot.

—Tienes razón.

—Por cierto, ¿podrías acompañarme esta noche a un acto que va a concentrar a toda la sociedad española e internacional?

—¿De qué se trata? —se interesó Parker.

—El barman Perico Chicote ha sido condecorado y abre sus puertas a todos sus clientes. Aline Griffith me pidió que fuera.

—Por mí, un placer acompañarte —afirmó el inglés con entusiasmo.

Margot se fue a terminar de arreglar antes de salir a la calle y le pidió a Camila que atendiera a Harry. Mientras caminaba por el pasillo, los oía hablar en inglés sobre la embajada y los muchos chismes que siempre rondaban por el ambiente diplomático. Ya con el abrigo en la mano, se despidió de las dos mujeres que velaban a todas horas por ella.

—¿Vendrá a comer, señorita? —preguntó Sátur.

—No, ya nos quedaremos a tomar algo por la Puerta del Sol. Vendré sobre las ocho a arreglarme. Parker y yo iremos un momento a Chicote.

Sátur y Camila se miraron entre ellas. Para no querer nada con chicos, su amistad con el jefe de seguridad de la embajada iba creciendo por días. La inglesa sonrió y no hizo ningún otro comentario.

Una vez en la calle, mientras iban buscando atajos para acortar el camino hasta la Puerta del Sol, Margot le pidió a Parker que, poco a poco, la dejase de tratar como su novia frente al comisario. Le comentó que había llegado el momento en el que sintiera que estaba allí por ella misma y no por su recomendación.

—Si lo prefieres, no le haré ningún comentario a ese respecto, pero tampoco le puedo decir que lo hemos dejado. Le resultaría extraño que siguiéramos teniendo contacto —argumentó Parker—. Enfriaremos la relación, pero no la apagaremos. Así tendré la excusa perfecta para aparecer por la brigada. El contacto permanente con Madrid me es muy útil para mi trabajo en la embajada.

—Está bien, pero no quiero ni que me cojas el hombro ni que pongas tu mano sobre la mía. Me haces sentir incómoda —dijo Margot a modo de advertencia.

—De acuerdo. Ninguna expresión de amor. Somos profesionales que no deseamos que nadie se confunda, incluido yo.

Margot se detuvo, lo miró fijamente y se echó a reír. Lo bueno de Parker era que derivaba las situaciones tensas al humor y el ambiente volvía a relajarse. Llegaron a la Dirección General de Seguridad y caminaron por el interior del frío edificio hasta la brigada.

—Aquí hay muchas personas encerradas simplemente por su ideología. Ten cuidado y no expreses jamás ningún tipo de pensamiento contrario al régimen, podrías tener un problema. Estás literalmente en la boca del lobo. —Parker consideró prudente advertirla.

—Lo sé. Como me he criado en Inglaterra, me consideran medio inglesa y no hablan conmigo de política —especificó—. Quizá el comisario lo hace para no comprometerme. A Churchill lo miran de reojo, aunque con respeto. Lo de «Gibraltar español» sale de vez en cuando. Además, creo que me ayuda que Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia esté al frente de la embajada. Nadie me dice nada, la verdad. ¿Sigue todo bien por allí? —se interesó Margot.

—Al embajador le han hecho presidente honorífico de la Liga Angloespañola de la Amistad.

—Eso suena muy bien. Te diré que me acuerdo mucho del maravilloso palacete donde está la embajada. En el número 39 de Chesham Place, junto al 49 de Belgrave Square —detalló ella.

—Me gusta que lo tengas tan presente.

—Cierro los ojos y veo las pinturas, las esculturas… El salón español con los escudos de los reinos peninsulares de los Reyes Católicos en el techo. Y la mesa gigantesca del comedor. —Enumeró los elementos que recordaba de memoria.

—¡Donde se firmó la construcción del Titanic! Todo está tal y como lo dejaste. Quizá esperándote. ¿Piensas volver? —Parker mostraba interés por el futuro de Margot.

—Todavía no lo sé. Estoy intentando encontrar mi sitio aquí.

Al llegar a la brigada, dejaron de hablar de Inglaterra y de su posible vuelta. Saludaron a todos y se fueron directamente al despacho del comisario Eugenio Benito Poveda.

—Comisario, le dejo con Parker —indicó Margot.

—Está bien, inspectora. Me quedaré unos minutos hablando con su novio. Tenemos que ponernos al día —precisó el comisario.

Margot cerró los puños y se fue con rabia a la mesa del inspector Gutiérrez. Al poco rato de estar allí sentada, le preguntó cómo había pasado la noche el detenido. Le contó que le había surgido un problema intestinal que le tuvo toda la noche yendo y viniendo del baño. Después quiso saber si había alguna novedad y Gutiérrez le dijo que las cosas seguían en el mismo punto que el día anterior. Mientras Margot repasaba su cuaderno de notas con la declaración del detenido, el comisario salió del despacho y se marchó de la brigada para hablar con algún superior al que quería informar de la utilización de la máquina de detectar mentiras. Margot se acercó al despacho y Parker, que ya tenía todo el aparato preparado, le pidió que se sentara. Sería con ella con quien probaría la máquina. Harry la llenó de cables por la cabeza, el pecho y el brazo y comenzó a hacerle preguntas.

—¿Cómo te llamas?

—Margot Sanz Peters.

—¿Murieron tus padres en un accidente?

—Sí.

—¿Te gusta la moda o los sucesos?

—Ambas cosas. Un poco más los sucesos.

Miró con detenimiento el papel que iba escupiendo la máquina. Había un sinfín de rayas que se agudizaban o se volvían más suaves dependiendo de su contestación.

—¿Estás enamorada?

—¡No!

La máquina comenzó a trazar unas rayas enormes en el papel. Harry sonrió, pero no le dijo nada. La máquina indicaba que estaba mintiendo. Siguió preguntando por otros asuntos.

—¿Te sientes sola?

—¡No!

La máquina volvió a llenarse de rayas que atravesaban la hoja por completo. Margot se quitó todos los cables de golpe y decidió que la prueba había terminado.

—No me han gustado tus preguntas. Seguramente ahora tienes más información de mí que yo de ti —exclamó enfadada.

—La máquina funciona. Te lo aseguro. Ahora deberíamos probarla con el detenido.

A los pocos minutos de estar hablando, apareció el comisario. Les dijo que tenían permiso de sus superiores para hacer la prueba con el detenido, antes de que llegara el abogado.

—No le vamos a decir que volveremos a interrogarlo a las cuatro en presencia de su abogado —propuso el comisario—. Simplemente le preguntaremos si quiere someterse voluntariamente al detector de mentiras. Se trata de una prueba sin validez jurídica, pero si no tiene nada que esconder… Gutiérrez se ha ido a hablar con él. Veremos qué nos dice.

Al salir del despacho, Margot siguió dando vueltas a las preguntas de Parker. ¿Por qué motivo había sonreído en algunas contestaciones? «¿Qué habría visto en mis respuestas?». No tuvo mucho tiempo de seguir elucubrando sobre el mismo tema, ya que Gutiérrez regresó con la negativa del detenido. Se lo comunicaron al comisario, que se quedó muy frustrado. Estaba intentando asimilar la voluntad del prisionero cuando llegó un policía de uniforme y le dijo que, finalmente, el detenido había cambiado de opinión y accedía.

—¡Tráiganlo inmediatamente! —comentó el comisario con voz imperativa—. No vaya a ser que se arrepienta de nuevo.

Al cabo de varios minutos, apareció por allí Juan Pérez de las Casas completamente despeinado y con barba de dos días, la camisa por fuera muy arrugada y los pantalones medio desabrochados.

—En cuanto termine de aquí, quiero que lo aseen. ¿Me han escuchado? —El comisario se refería a los policías que lo escoltaban.

Le hicieron sentarse en una silla que se reclinaba hacia atrás. Parker empezó a colocarle los cables que iban a reflejar su ritmo cardiaco, la sudoración y su presión arterial. Todo confluía en forma de rayas que Harry posteriormente tendría que interpretar.

—Señor Pérez de las Casas, esta prueba es voluntaria y no tiene ningún efecto jurídico —informó el comisario Benito.

—Estoy deseando hacerla para que ustedes vean que digo la verdad. No he matado a nadie en mi vida —insistió Pérez de las Casas.

—Le pido que se tranquilice —rogó Parker con su evidente acento inglés—. Concéntrese en lo que le pregunte y responda la verdad. Si no tiene nada que ocultar, todo saldrá bien.

—De acuerdo.

—Por favor, pido a los guardias que nos dejen solos. ¡Cuantas menos personas aquí, mejor! —sugirió Parker mirando al inspector Gutiérrez. Este se fue de la habitación.

Margot se puso de espaldas al detenido. No deseaba que la viera. Ella no dejaba de anotar todo lo que sucedía en su cuaderno.

—¿Cómo se llama?

—Juan Pérez de las Casas Romaní.

Parker observaba las rayas que escupía la máquina.

—¿Cuál es su profesión?

—Compro y vendo coches extranjeros.

La máquina seguía lanzando rayas y sonidos. Todos menos Parker guardaban silencio.

—¿Conocía usted a la marquesa de Torquemada?

—¡Sí!

—¿Se alegró de su muerte?

—¡No! ¡Por Dios!

—¿La mató usted?

—¡No! ¡Y mil veces no! —afirmó con vehemencia el detenido.

La máquina se movía sin parar y trazaba líneas que subían y bajaban dependiendo de su contestación.

—¿Su infancia fue feliz?

—¡Sí!

—¿Algún recuerdo que le venga a la mente?

—Los paseos de la mano de mi madre por las playas de San Sebastián.

Parecía que la maquinaba se serenaba. Parker volvió a preguntar sobre el caso.

—¿La última vez que vio a su novia estaba usted enfadado?

—¡No! Y ya no era mi novia.

—¿Le molestaba que se fuera a casar con el doctor Biosca?

—¡Sí!

—¿Decidió matarla para que no se casara con el doctor?

—¡No! ¿Cómo iba a matar a alguien a quien amaba?

El joven se echó a llorar. Después de dos días encerrado, estaba sin fuerzas para tragarse las lágrimas. La máquina seguía haciendo su trabajo.

—¿Mejor que alguien matara a su novia antes que casarse con otro? —insistió Parker.

—¡No! ¿Se ha vuelto loco?

La máquina continuó con sus rayas en forma de montañas y valles. El detenido fue cogiendo confianza en sí mismo.

—¿Le atraen los asesinos?

—Me parecen seres abominables.

—Pero ¿los admira?

—¡En absoluto!

—¿Usted por qué mataría?

—¡Por defenderme de algún ataque!

—¡En defensa propia!

—Exacto.

—¿Y matar por celos? ¿Le parece que está justificado?

—Yo jamás hubiera matado a Casilda, aunque sí mataría gustosamente a su asesino —aseguró Pérez de las Casas sin alterarse.

—¿Qué hubiera utilizado para matarlo?

—No lo sé. Hubiera cogido una escopeta y le hubiera pegado cuatro tiros.

Parker observaba la larga tira de papel que salía de la máquina.

—¿Y al doctor Ángel Biosca? ¿Le hubiera matado?

—No le oculto que, si se hubiera casado con ella, la idea se me podría haber cruzado por la cabeza.

—¿Lo pensó en alguna ocasión?

—Sí. Pero a nadie se le condena por pensar, digo yo.

—Y ahora, sin Casilda, ¿qué planes tiene?

—Encontrar al asesino… y hacer lo mismo que hizo con ella. —Volvió a echarse a llorar.

Parker dio por terminada la prueba.

—Muchas gracias, señor Pérez de las Casas. Ha sido muy amable. Le recomiendo que no se tome nunca la justicia por su mano —intervino el comisario.

El jefe de seguridad inglés le quitó los cables y la policía se llevó al joven destrozado. Después de unos minutos cotejando los gráficos, Harry se dirigió al comisario en presencia de Margot.

—Ha dicho la verdad. La variación de su presión arterial, el ritmo cardiaco, la frecuencia respiratoria, los estímulos nerviosos y la respuesta de su piel indican que no miente.

El comisario se quedó pensativo y repreguntó:

—¿Cabe el fallo?

—Solo en personas insensibles, psicópatas. En esos casos, la máquina no detecta la mentira. Pero le aseguro que no es el caso.

—Pues tenemos un problema —concluyó el comisario.

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