Luna roja

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24. Sin pistas del asesino

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Sin pistas del asesino

Apenas pudieron comer algo en el bar cercano a la brigada, situado en la calle del Correo. La declaración del joven ante la máquina de detección de mentiras los dejó preocupados y sin argumentos para la resolución del caso. Si no era él, ¿quién había matado a las dos mujeres? El asesino andaba suelto. Debían tomarle declaración de nuevo. El resultado de la máquina no tenía validez alguna. El juez decidiría su puesta en libertad o su traslado a la cárcel de acuerdo a su testimonio.

La opinión pública creía que la policía ya había atrapado al autor de ambos crímenes, así que el hecho de que no permaneciera entre rejas ni un minuto más iba a suponer un escándalo.

Cuando a primera hora de la tarde se presentaron el padre del detenido y el abogado de la familia, el comisario les mandó pasar a su despacho con otra actitud.

—Señores, vamos a tomar declaración al señor Pérez de las Casas. El juez de instrucción estará presente, pero les adelanto que, de forma voluntaria y sin validez judicial, se ha sometido a la máquina de detección de mentiras que nos ha llegado de Londres. Su hijo y defendido no tenía nada que perder y sí mucho que ganar. Debo decirles que el resultado ha sido excelente.

El padre y el abogado, Fernando Andrada, se quedaron perplejos. Iban a protestar por haber sometido a Juan a una prueba sin legalidad en España, pero, al escuchar del comisario las palabras «resultado excelente», se quedaron inmóviles y a la espera de que continuara.

—Juan… —Ya no era el detenido para el comisario—. Juan accedió a la prueba voluntariamente. Vamos a hacer lo mismo con otras personas que conocían a las víctimas. No tiene validez jurídica, pero da pistas. En este momento, íbamos a traerlo para su declaración ante el juez, con ustedes presentes, pero se ha indispuesto.

—¿Cómo que se ha indispuesto? —preguntó el padre con preocupación y sin saber a dónde les llevaba todo lo que les estaba contando el comisario.

El detenido no había dejado de vomitar desde que realizó la prueba en la máquina y se encontraba muy débil. El abogado insistió en verlo y Benito Poveda hizo llamar a uno de los policías que lo custodiaban.

—Conduzca al letrado hasta el calabozo donde se encuentra el detenido.

Mientras tanto, Eugenio Benito Poveda se quedó a solas con el padre del joven. Intentó tranquilizarlo, asegurándole que, en breve, se iban a aclarar las cosas. Con toda probabilidad se retirarían los cargos después de que el juez escuchara a su hijo.

—Sin embargo —continuó el comisario—, no le oculto que Juan, al conocer a ambas víctimas y por el hecho de haber estado en los dos escenarios del crimen antes de que se produjeran, hace que la policía lo tenga en el punto de mira. ¿Entiende?

—Mi hijo ha podido estar en los dos escenarios, pero no ser el autor de los crímenes. Cuando usted ha dicho que el resultado de la máquina ha sido excelente para él, interpreto que la máquina le da la razón a mi hijo.

—Exacto. El detector de mentiras asegura que su hijo dice la verdad.

—Aunque no tenga validez, seguramente sí pesará a la hora de exculparle de los cargos. Un argumento a su favor.

—¡Por supuesto! Por eso le digo que ahora no tengan prisa. Todo se va a ir aclarando, pero tenemos que documentar que los motivos que le llevaron al calabozo han cambiado. Eso necesita su tiempo. El juez es quien debe decidir su puesta en libertad. Debe tener paciencia. Su hijo se ha vuelto colaborador y ha eliminado la agresividad con la que llegó a comisaría. Todo irá bien.

—Si fuera su hijo el que estuviera en el calabozo y con los cargos que le achacaron, me entendería.

El abogado regresó y tranquilizó a su cliente. Corroboró que su hijo estaba enfermo, tumbado sobre el camastro del calabozo, pero con muy pocas fuerzas y pocas ganas de hablar.

—Está muy afectado por la muerte de Casilda. Desconocía que estuviera tan enamorado de ella.

—No entiendo el motivo por el que cortaron su relación —comentó el padre—. De haber seguido juntos, seguramente ella estaría viva.

—Su hijo puede tener la clave de todo. Estamos convencidos de que el asesino se encuentra en su entorno. Por eso es tan importante su testimonio. —El comisario intentaba convencerles del procedimiento.

—¿Qué hacemos? ¿Esperamos en comisaría? —preguntó el abogado.

—No, regresen a sus casas. Creo que debemos no tener prisa y confiar en que se reponga antes de declarar ante el juez. Hemos llamado a un médico y le pondrá un tratamiento. Les avisaremos cuando esté recuperado y el juez le vaya a tomar declaración.

—¡Ahí debo estar presente! —reiteró el abogado.

—Les avisaremos a los dos —dijo el comisario.

El padre y el abogado del detenido se marcharon con otra actitud.

Mientras tanto, en la brigada necesitaban ganar tiempo y acumular pistas que ayudaran a completar el puzle del caso.

Parker siguió probando la máquina con los inspectores que se prestaban a ello. Morales fue el único que no quiso probarla. Margot, mientras tanto, pidió permiso al comisario para irse.

—Esta noche acudirá a Chicote toda la aristocracia de Madrid, debo estar allí. Pienso que nos será de gran ayuda.

—Pregunte e indague. Seguramente el asesino estará presente, después de saber que el detenido no tiene que ver con la muerte de las jóvenes.

Margot, después de quedar con Parker en que la recogería para ir a la fiesta juntos, se fue a casa a cambiarse.

Nada más llegar, Sátur le comentó que habían llamado del atelier de Casares para que se pasara por allí al día siguiente. Querían hacerle la primera prueba de los trajes que había encargado con su tía. La esperaban a las once de la mañana.

Antes de vestirse, se tomó un té. Camila le preguntó por el caso que tenía en vilo a todas las mujeres de la alta sociedad.

You got already the guilty one? —Le preguntaba si ya habían detenido al culpable.

—Eso creíamos, pero parece que no. Volvemos al mismo punto en el que estábamos. Aprovecharé esta noche para averiguar alguna cosa más —exclamó resignada.

Oh my God! The killer could be at the party tonight. —Camila se mostraba asustada porque el asesino podría estar en la fiesta.

—El asesino no mata delante de la gente. No hay peligro. ¡Por favor, tranquilízate!

Sátur, que estaba de pie asistiendo a la conversación, quiso tomar partido.

—No estaríamos preocupadas si no se moviera en esos ambientes policiales, en contacto con lo peor de lo peor.

—Al revés, estoy más segura que nadie. No os preocupéis. ¡Voy a vestirme!

Margot dio dos besos a cada una e inmediatamente se fue a su habitación para elegir el traje de noche que se iba a poner en esa fiesta de homenaje a Chicote. Camila le había aconsejado el vestido largo blanco con ribetes negros de terciopelo, muy ceñido al cuerpo, que todavía no había estrenado desde que estaban en España. Aunque en un primer momento protestó y le pareció excesivo, poco a poco fue comprendiendo que aquella noche todos los invitados se iban a esforzar en ir especialmente bien vestidos.

Se lo puso y se miró al espejo. Pensó que Camila tenía razón. Con él pasaría desapercibida en esa fiesta tan repleta de personas conocidas luciendo sus mejores galas. Después se recogió el pelo rubio con unas horquillas. Se aplicó maquillaje en el rostro y finalmente se pintó los labios de rojo. Sonó el timbre de la puerta y supuso que era Parker. Finalmente se colocó unos guantes largos de color negro y se miró una última vez en el espejo. Cuando apareció vestida de noche, Parker, que estaba hablando con Camila, dejó de hacerlo. Era evidente que se había quedado impresionado al verla.

—Margot, estás muy guapa…

—¡No seas exagerado! Nos vamos cuando quieras. Me he vestido así para mimetizarme con el ambiente al que vamos. Necesitamos algo nuevo, una pista. La gente se pondrá muy nerviosa cuando el juez suelte al detenido.

—Ese hombre no ha cometido ningún crimen. Tiene muy mal carácter, diría que agresivo, pero se ha derrumbado y ha dicho la verdad —argumentó Parker.

—¿Tanta seguridad te da lo que te dice la máquina esa?

—¡Sí!

Camila y Sátur se quedaron con ganas de saber más, pero Margot no deseaba que estuvieran al tanto de lo que iban averiguando.

—¡Nos vamos!

Be careful!!! —Camila insistía en que tuvieran mucho cuidado.

—Eso, señor Parker, no la pierda de vista en toda la noche. ¡Estamos muy preocupadas!

—Estará bajo mi radar todo el rato. —Guiñó un ojo a Sátur.

—¡Yo también lo cuidaré a él! —remató Margot, que siempre abogaba por que podía arreglárselas sola.

Mientras bajaban las escaleras, le pidió algún dato más sobre sus propias respuestas ante el detector de mentiras.

—¡Dime que te ha dicho la máquina de mí!

—Pues que decías la verdad y alguna mentira.

—¿Mentira? Te lo acabas de inventar.

—¡En absoluto! Me chocó saber que estás enamorada…

—Pero si contesté que no…

—Pero la máquina detectó que no decías la verdad.

—¡Parker! Te lo estás inventando.

—A lo mejor. —No quiso ponerla nerviosa.

El jefe de seguridad se echó a reír. No tuvieron oportunidad de seguir hablando del tema porque nada más cruzar la calle ya habían llegado a Chicote. Margot vivía prácticamente enfrente. Había muchas personas agolpadas en los aledaños del local que querían ver a quienes entraban. Era una forma de soñar con estar cerca de las personas que iban tan bien vestidas, así como contemplar a las estrellas de cine del momento. La mayoría de la alta sociedad y los artistas de renombre internacional iban a acudir.

Margot y Parker lograron abrirse paso entre tanta gente y acceder al local. Buscaron una mesa en la que sentarse, pero era imposible. Aline Griffith los vio de lejos y les hizo señas para que se sentaran con ellos. La aristócrata llevaba un traje negro y un bonito collar de perlas naturales. El marqués de Quintanilla los saludó y se puso a hablar con Parker, al que conocía de sus visitas a la embajada española en Londres. Mientras tanto, Aline pidió a Margot que la acompañara a saludar a la popular cantante que acababa de llegar de su gira americana, Lola Flores. Muchos fotógrafos y personajes de la sociedad madrileña hacían corro a su alrededor. Aline pudo saludarla.

—¡Enhorabuena, querida! Sé que te acaban de dar un premio importante.

—La Copa de la Fama, que no se la dan a cualquiera. Estoy muy contenta —contestó la cantante con sus ojos negros de color azabache llenos de luz.

Mucha gente quería felicitarla. Sin duda, era uno de los personajes más populares del momento.

Chicote se acercó hasta ellas y se hicieron fotos. El barman estaba exultante por la condecoración y el reconocimiento del gobierno. Pero sobre todo, se mostraba feliz por la respuesta que había tenido su invitación.

—Aline, muchas gracias por ayudarme. Eres tú la verdadera artífice de este éxito de convocatoria —expresó el hostelero con cariño.

—Todo el mundo a quien se lo dije no dudó en venir. El éxito es tuyo.

En realidad, su bar era un lugar de encuentro de la gente bien y de aquellos que pisaban Madrid por primera vez y deseaban encontrarse con rostros conocidos del cine, del teatro y de la canción, y también de intelectuales que quedaban en aquel sitio para hablar de sus obras y empresarios que cerraban en Chicote suculentos negocios. El local se convirtió en el lugar emblemático de Madrid al que había que acudir obligatoriamente si gozabas de fama.

Pedro Casares se acercó a saludarlas. Margot nunca lo había visto tan sonriente. Parecía eufórico. Nada que ver con el hombre antipático que las había recibido días atrás en su taller a su tía y a ella.

—Señorita Peters, mañana la veré por mi atelier.

—Sí, a las once me han citado.

—Sea puntual, que mañana es un día de muchas citas.

—Querida, me encanta que te pongas en manos del mejor diseñador que tenemos. Creo que tu reportaje ha sido de gran utilidad para que su nombre esté en boca de todas estas señoras que hoy se encuentran aquí —añadió Aline con entusiasmo.

—Me alegro de haber contribuido a extender su fama.

—Señoras, brindemos por mi tocayo Chicote. Espero que algún día todas las damas que están aquí hayan pasado por mi atelier. Al fin y a la postre, yo soy un artesano de la costura.

—¡Lo que eres es un artista, un trabajador incansable! ¡No me digas que vas con la cinta métrica a todas partes! —apuntó Aline, que observó que de su bolsillo sobresalía el final de su herramienta de trabajo—. ¿También aquí?

Casares se quedó muy sorprendido de que Aline le hiciera ese comentario. Sonrió y la escondió rápidamente.

—Nunca sé si la voy a necesitar… —Bebió un largo trago de su vaso, que contenía un coctel especial preparado por el propio Chicote.

Iba vestido con traje negro, camisa blanca y corbata negra. Aline le echó un capote.

—Igual que yo con la pistola que siempre llevo encima —respondió Aline a la vez que abría el bolso y enseñaba a Casares el pequeño revólver del que nunca se desprendía.

—¿Alguna vez lo has utilizado? —preguntó el modisto con curiosidad.

—¡Sí! —dijo en voz baja—. Durante la Segunda Guerra Mundial, Madrid era un hervidero de espías. Y yo era una de ellas. En más de una ocasión me he encontrado en situaciones límite. Nadie se puede imaginar que una señora como yo haya hecho cosas increíbles. No me atrevo ni a contarlas.

—¿Has apretado el gatillo en alguna ocasión? —insistió Casares.

—Sí, mi querido amigo. Aunque preferiría no haberlo hecho nunca —confesó la estadounidense.

—Uno no debe arrepentirse de lo que hace, si es por un bien superior —manifestó el modisto.

La conversación se interrumpió de golpe cuando otras damas saludaron al diseñador y formaron un corrillo a su alrededor. Margot y Aline volvieron sobre sus pasos, hacia donde estaban Parker y el marido de la marquesa de Quintanilla. Las dos sonreían.

—Nadie imagina que las dos vamos bien pertrechadas con un arma —dijo Aline a modo de confidencia.

—¡Es difícil de imaginar viéndonos en traje de noche y con tacones! —comentó Margot—. Gracias por no decir que yo también llevo un arma.

—Esas cosas las debe contar una misma.

Estuvieron en animada conversación toda la noche, hasta que Aline y su marido decidieron seguir la fiesta en el tablao 1911, el más antiguo del mundo, considerado la catedral del flamenco. Se encontraba en el número 15 de la plaza de Santa Ana, haciendo esquina con el conocido como el callejón del Gato. Lola Flores y Luis Miguel Dominguín les invitaron a ir con ellos, junto con las actrices Ava Gardner y Lana Turner. Era difícil resistirse, pero Parker y Margot decidieron irse a dormir. Había muchas cosas que hacer al día siguiente.

La fiesta en Chicote había sido espléndida. No había faltado de nada. Los camareros no dejaron de pasar con bandejas de bebida y comida durante toda la noche. Perico Chicote ejerció de anfitrión despidiendo personalmente a cuantos se iban del local. Les agradecía emocionado que le hubieran acompañado «en una noche tan importante para mí», comentaba.

Al salir del local, el frescor de la noche ayudó a Harry Parker a despejarse un poco. En ese momento, se dio cuenta de que había bebido demasiado whisky y, aunque aguantaba bien la conversación, le patinaban las erres al hablar. Margot, que no había tomado nada de alcohol, estuvo observándolo por el rabillo del ojo. Se había convertido en un hombre atractivo y nunca lo había visto tan desinhibido como en este último viaje a España. La joven sintió frío al poner el pie en la calle, en contraste con el calor que hacía dentro del local. Harry no dudó en prestarle su americana. Cruzaron la Gran Vía y no tuvieron que andar demasiados pasos hasta llegar al número 27.

—Bueno, mañana nos vemos en la comisaría —dijo Margot.

—No, no, no… Te dejo en la puerta de tu casa, no en el portal. Tal y como están las cosas, es mejor así. Sátur y Camila no me lo perdonarían —afirmó tajante.

—No necesito tu ayuda, Harry.

—Pero yo sí necesito la tuya. Déjame tomar un café cargado en tu casa. No me veo capaz de andar hasta el hotel Palace.

—¡Un café! ¡Uno! ¿Por qué beberéis tanto los hombres y sin control? No lo entiendo. ¡Anda, vamos!

Parker tenía serias dificultades para andar y subieron en el ascensor, aunque solo era un piso. Margot cerró la puerta con el pie y Parker se acercó a ella tanto que estuvo a punto de besarla. El trayecto era demasiado corto y pudo zafarse de él abriendo el ascensor todo lo rápido que pudo.

—¡Estás realmente mal! —reprochó.

Sacó las llaves del bolso y las metió en la cerradura, sujetando con el hombro el peso de Harry. Lo que no pudo evitar fue el portazo al cerrar. Iba por el pasillo haciendo ejercicios malabares para que no tropezara. Finalmente, al llegar al sofá, lo dejó caer. Camila salió tras oír el ruido y sentir que hablaba con alguien.

What happened? Maybe he got sick. —Preguntaba qué es lo que ocurría. Le parecía que Parker podía estar enfermo.

—Esta enfermedad se le pasará en unas horas. Si no hubiera bebido tanto —aseguró Margot.

—¡Un café! —repetía Parker.

Sátur se despertó y se ofreció a hacerle el café bien cargado.

—¡Estos jóvenes no saben vivir ni beber! ¡Menuda cogorza que tiene encima! —exclamó la mujer.

—Sátur: muy, muy cargado. ¡Voy contigo! —se ofreció la joven.

Camila miraba a Harry y le decía en inglés que en esas condiciones no podía ir a la calle. Cuando Margot llegó con el café, Parker dormía todo lo largo que era encima del sofá. Decidieron dejarlo ahí esa noche.

—No me parecía que estuviera tan bebido hasta llegar al portal. Le dejamos aquí sin problema. Ahora mismo no sabe ni como se llama —concluyó.

It’s incredible! Incredible! —repetía Camila sin acabar de creerse que una persona tan responsable estuviera en esas condiciones.

Margot apagó la luz y cada una se retiró a su habitación.

Al día siguiente, Sátur despertó a Margot a las diez de la mañana. Había comenzado a sonar el teléfono antes de que las manecillas del reloj dieran la hora en punto.

—Le llama el comisario Eugenio Benito Poveda. Me ha parecido que debía despertarla —informó con algo de urgencia.

—Has hecho muy bien. —Miró el reloj y ya era una hora razonable para estar despierta, si no se hubiera celebrado una fiesta de por medio.

La joven se puso la bata encima del camisón y se fue corriendo hasta el despacho.

—¿Sí, comisario? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó casi con indiferencia.

—Acaban de encontrar muerta a otra joven.

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